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Por eso es que tenemos esperanza

Domingo de Pascua de ResurrecciónResurreccion

“Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales.

Lo cierto es que Cristo ha sido levantado de entre los muertos, como primicias de los que murieron. De hecho, ya que la muerte vino por medio de un hombre, también por medio de un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán a vivir, pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; después, cuando él venga, los que le pertenecen. Entonces vendrá el fin, cuando él entregue el reino a Dios el Padre, luego de destruir todo dominio, autoridad y poder. Porque es necesario que Cristo reine hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies. El último enemigo que será destruido es la muerte, pues Dios «ha sometido todo a su dominio». Al decir que «todo» ha quedado sometido a su dominio, es claro que no se incluye a Dios mismo, quien todo lo sometió a Cristo. Y cuando todo le sea sometido, entonces el Hijo mismo se someterá a aquel que le sometió todo, para que Dios sea todo en todos.

1 Co 15:19-28

Sal 118:14-24

1 Sa 2:1-6

Mt 28:1-10

 

Cristo resucitó, él está vivo. Las profecías se cumplieron. El fue y es el mesías esperado, el ungido, el elegido de Dios. El redentor, el salvador. Sólo por medio de él tenemos un acceso directo al Padre, a Dios. Todos los que desean ser salvos y heredar la vida eterna están invitados a creer en él. ¿Creer en qué? Creer en todo esto .Esa es la única opción.

¿Cómo puedo creer, si yo no estuve allí? No conviví con Jesús, no vi sus milagros, no vi su resurrección, no vi las marcas de los clavos en sus manos. Jesús le dice al escéptico Tomás que, había incluso conocido a Jesús y visto todo lo que él hizo durante su ministerio: “—Mientras no vea yo la marca de los clavos en sus manos, y meta mi dedo en las marcas y mi mano en su costado, no lo creeré —repuso Tomás Luego le dijo a Tomás:

—Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe.

—¡Señor mío y Dios mío! —exclamó Tomás.

—Porque me has visto, has creído —le dijo Jesús—; dichosos los que no han visto y sin embargo creen. (Jn 20:25ss)

El cristianismo no es una filosofía de vida, una doctrina que, se aprende, un concepto intelectual que, hay que aprender. Cuando queremos enseñar a los más jóvenes en la iglesia, sea en la escuela dominical o en la confirmación, nuestra intención, si es que eso aún no sucedió en el hogar, es poder acercarles la oportunidad de aceptar creer en Jesucristo como Hijo de Dios. Es una invitación y la persona es libre de aceptar o no. Y eso tiene lugar en su mismo espíritu. Nosotros, los cristianos no lavamos el cerebro a nadie, ni tenemos los argumentos más convincentes del mundo. De hecho, si debiéramos basarnos en la razón como la mayoría del mundo lo hace, el cristianismo no tendría muchos argumentos científicos para sostenerse. Pero la ciencia no lo es todo en este universo. Así como también el hombre y sus logros tampoco lo son todo. Hay una dimensión más en este universo que, es la inteligencia sabia y universal a la que conocemos como nuestro padre Dios que, excede nuestra comprensión racional y va más allá de ella. La fe no niega la ciencia, ni los logros del ser humano, pero son dos cosas distintas. En Dios se nos invita a creer, a aceptar, no a juzgar, sopesar, probar según los parámetros del ser humano.

Dos hombres, ambos borrachos, salieron de la taberna y subieron al bote que debía llevarlos al otro lado de la bahía. Se sentaron y comenzaron a remar. Trabajaron toda la noche, y no podían comprender por qué no llegaban nunca al otro lado. Cuando amaneció, descubrieron que el bote estaba anclado. Se habían olvidado de levar el ancla.

Así pasa con muchos que, están esforzándose por poder creer para entrar en el reino de los cielos. No pueden creer, porque están anclados a este mundo. ¡A veces es necesario cortar el cable! Confesar nuestra falta de fe y entregarse por completo a Cristo ¡Liberarse del peso de las cosas terrenas, para poder acceder a Cristo!

Cuando la persona, especialmente desde la más tierna edad ha aceptado a Jesucristo, esa persona sentirá desde lo más profundo de su espíritu la necesidad de informarse acerca de la palabra de Dios. Para eso queremos en la iglesia brindar la oportunidad de que la persona, los fieles, puedan aprender acerca de la palabra de Dios, tanto sea en la escuela dominical, como en el curso de confirmación y especialmente durante toda la vida por medio de los estudios bíblicos y distintas actividades en la iglesia que, sirven para el aprendizaje de la Palabra de Dios. La palabra de Dios se nos muestra, se nos ofrece, no se adoctrina. Nosotros una vez que la aceptamos estamos en condiciones de poder aprenderla cada día al leerse y explicarse la Biblia. Hay muchas iglesias que, tienen pocas personas activas pues, no ha habido lamentablemente aún un momento donde se invita a la persona a aceptar conscientemente a Cristo. No queremos tampoco nosotros descuidar esta tarea tan importante que, se llama evangelización.

Hoy es el día donde recordamos que, Jesús resucitó. Muchos de nosotros hoy aquí, ojalá todos, hemos aceptado a Jesucristo como Señor y Salvador, nos consideramos cristianos, pero más que nada, salvos por su palabra cuando él nos dice: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn 3:16) Sabemos que, los que hemos aceptado a Cristo tenemos la vida eterna. Los que hemos aceptado a Cristo, hemos sido bendecidos con el Espíritu Santo, así lo dice la Palabra: “En él también ustedes, cuando oyeron el mensaje de la verdad, el evangelio que les trajo la salvación, y lo creyeron, fueron marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido” (Ef 1:13-14)  En el momento que aceptamos a Cristo, el Espíritu de Dios viene a habitar en nosotros y éste nos da la certeza de su existencia. Pero si aún no lo hemos hecho, es necesario que lo hagamos para que él pueda vivir en nosotros (Ro 8:9b).

Por lo tanto, la mejor manera de poder tener fe en la resurrección es primero por medio de la invitación a creer en Jesucristo. Ese es el primer paso. No hay otra forma. Es imposible decir que creemos en la resurrección si primero no hemos aceptado a Cristo. El único que nos muestra las pruebas y nos dará la certeza en nuestro propio espíritu, es el Espíritu Santo. Dios no se maneja con las pautas científicas de la humanidad. Dios se maneja en otra dimensión, además de la dimensión material que, tanto impera en nuestro tiempo.

Una vez al famoso predicador inglés Charles H. Spurgeon se le pidió que predique de forma que pudiera convencer a la gente que la Biblia era efectivamente verdad y él contestó con una frase muy gráfica: “¿Qué defienda la Biblia? Sería como defender a un león. Solo déjela libre y se defenderá a sí misma.”

El Espíritu de Dios no necesita ser defendido por nadie. Dios es Dios y no necesita ser defendido por nadie. En todo caso, es al revés cada uno de nosotros tiene la oportunidad única de aceptar a Dios y poder modificar su destino eterno.

¿Qué haga todo lo posible para que la gente crea? Cuál es la mejor manera para que la gente crea. En primer lugar, yo debo creer. Yo personalmente debo haber aceptado creer en Cristo como Hijo de Dios, resucitado. En segundo lugar, debo dar testimonio de mi fe, mostrar los frutos de esa fe. Mostrar mi testimonio de amor para con los demás. Mostrar que, mi forma de vida es distinta a la que el mundo plantea, esa manera de comportarse y de ser será una de las mejores propagandas que tendrá el cristianismo para extender la fe.

Y en tercer lugar, debo invitar, debo hablar de Jesucristo, debo acercar la palabra de Dios a los más pequeños, a los niños, a los jóvenes y claro está a cualquiera. La tarea de evangelizar no es sólo de los pastores es de cada uno de nosotros que, somos cristianos.

Si hemos aceptado a Cristo, el Espíritu Santo habita en nosotros. Por tanto tenemos toda la capacidad para creer. Aceptemos por fe que Jesús resucitó. Pidámosle al Espíritu Santo de Dios que, fortalezca nuestra fe, nuestra confianza en Dios que, tengamos la fe y confianza necesaria para que Cristo pueda obrar con su poder en nuestras vidas, no tan sólo de la forma humana, de la que estamos acostumbrados, sino también de forma divina, como es propio de Dios.

El apóstol Pablo le dice a la congregación de los corintios que, como muchos de los cristianos de hoy en día, pudieron haber estado débiles y dubitativos en la fe:

“Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales”.

No, claro que no. Nosotros cristianos sabemos que esta vida en esta tierra no lo es todo. Va a haber una resurrección de los muertos en cuerpo y en Espíritu. Así como Cristo resucitó primero, luego resucitaremos nosotros, todos aquellos que, hemos aceptado a Cristo e inclusive los no cristianos también resucitarán y todos tendremos que comparecer ante el juicio de Dios. Pero nosotros ya sabemos que Dios nos informó sobre los resultados de esa sentencia. Nosotros seremos justificados, seremos hallados libres de culpa, a los que hemos aceptado creer en Cristo se nos otorgará la salvación.

En este día de la pascua de resurrección, te puedo decir: Si no crees en la resurrección como Tomás, acepta a Jesucristo como tu Señor y Salvador y pídele al Espíritu Santo tomar control de tu vida, Dios te dará la fe para creer. Si estás deprimido en esta vida, pero crees en Cristo, no pierdas las esperanzas, esta vida en la tierra no lo es todo, prepárate para el encuentro con Dios.

Es bueno estudiar la Biblia y leer muchos libros sobre la Biblia, la iglesia y sus tradiciones, pero lo más importante es que Dios esté vivo en tu corazón que, puedas creer en él y que puedas estar listo para dar testimonio de tu fe delante de aquellos que no creen. Si de veras crees serás salvo, eso es un hecho, aunque haya muchos a nuestro alrededor que, no crean, Cristo vive y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, porque él es el Hijo de Dios. Amén.

Experimentar Su Resurrección

Domingo de Pascua de ResurrecciónDomingo de Pascua de Resurrección

“Pero María estaba afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados donde el cuerpo de Jesús había sido puesto; uno estaba a la cabecera, y el otro a los pies. Y le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?» Les dijo: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto.» Tan pronto dijo esto, María se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí; pero no se dio cuenta de que era Jesús. Jesús le dijo: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.» Jesús le dijo: «¡María!» Entonces ella se volvió y le dijo en hebreo: «¡Raboni!» (que quiere decir, «Maestro»). Jesús le dijo: «No me toques, porque aún no he subido a donde está mi Padre; pero ve a donde están mis hermanos, y diles de mi parte que subo a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes.» Entonces María Magdalena fue a dar las nuevas a los discípulos, de que había visto al Señor, y de que él le había dicho estas cosas”.

Juan 20:11-18

Sal 118:14-24

1 Sa 2:1-8

1 Co 15:1-11

La noticia más sensacional de la historia de la humanidad: la resurrección de Jesucristo el Hijo de Dios. ¿Es esta una noticia sensacional para ti?

¿Qué es una noticia extraordinaria para ti? ¿Cuáles son las buenas noticias?

Seguramente que, cada uno de nosotros tiene distintos parámetros para definir que son buenas noticias. Todos más o menos compartimos que son buenas noticias. Como la palabra lo dice, es todo aquello que sea bueno. Y qué hace que algo sea ‘bueno’. ¿Qué significa la palabra bueno? Que es agradable que, brinda beneficios que, produce felicidad.

Beneficio y felicidad, son las dos palabras claves dentro de la palabra “buena” noticia. ¿En qué me beneficia a mí como cristiano la noticia de la resurrección?. La resurrección es la prueba de que Jesús fue lo que dijo ser: El Hijo de Dios, el mesías esperado, el enviado al mundo de parte de Dios, el embajador de Dios. Cuando Jesús resucita, le demuestra a sus discípulos, a todos sus seguidores y al mundo de su entonces que, él verdaderamente, tenía un poder divino, y que daba crédito a todo lo que había predicado. La resurrección indica, y me indica, también a mí hoy que, toda la fe y esperanza que yo deposite en la palabra de Dios la Biblia, no me defraudará, porque está probado que es verdad.

Que Jesús haya resucitado, significa que hay una garantía en la palabra de Dios, que Jesús es verdadero y que él cumple lo que él promete.

Que Jesús haya resucitado quiere decir que, la palabra de Dios es confiable y verdadera, que la palabra de Dios es honesta y poderosa. Esa es la parte beneficiosa de conocer la buena noticia de la resurrección.

Y la parte feliz de esta buena noticia es que, esto debería alegrarme de tal modo que, mi vida en esta tierra ya no debería ser más infeliz. No tengo motivos para vivir infeliz. Sabiendo que, nuestra existencia en esta tierra es un tiempo acotado y limitado y que para todos viene un final, tendríamos que saber que, la buena noticia consiste en que, más allá de esta muerte física hay una resurrección de los muertos, como decimos en nuestro Credo. Esa es la buena noticia.

Poder vivir a diario la buena noticia es el secreto para vivir ya a partir de esta vida una vida feliz. Y otra vez, así como en predicaciones anteriores, quiero formular esta pregunta: ¿Eres feliz? ¿Estás viviendo una vida en felicidad?

Si de veras crees en el hecho de la resurrección, aunque no estés viviendo la vida que el mundo dice que, es una buena vida, igualmente, no deberías tener motivos para vivir infeliz. Esta vida así como la conocemos es una vida fugaz, temporaria. Lo que más importa es qué sucederá más allá de esta vida. Si puedes vivir cada uno de tus días en la perspectiva de la vida eterna por delante, tu vida aquí en la tierra cambiará drásticamente para mejor. Si de veras puedes depositar tu confianza en el hecho de la resurrección, en la providencia y bendición de Dios que, comienza ya aquí en la tierra, en el momento que decides creer en Cristo, como el Hijo de Dios.

Hay muchas personas que buscan evidencias históricas que, apoyen la resurrección.

Podemos simplemente recordarlo hoy:

a.Hay muchos que dicen que Jesús no murió. Jesús tuvo que soportar los latigazos romanos, donde incluso muchas personas morían durante este. Estuvo clavado en la cruz por espacio de seis horas. ¿Un hombre en tal condición podría haber movido una piedra de sepulcro de quizás tonelada y media? Los soldados romanos estaban bien convencidos que Jesús murió, sino no lo hubieran bajado de la cruz. Si ellos hubieran permitido que un prisionero escape, hubiesen corrido el peligro de la pena de muerte. Además cuando los soldados descubrieron que Jesús estaba efectivamente muerto: “uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante le brotó sangre y agua” (Jn 19:34). Esto parece ser la separación de coágulo y suero que, hoy se entiende como evidencia médica clara que Jesús estaba muerto. El evangelista Juan no escribió esto sin razón; él no poseía este conocimiento, lo que hace más poderosa la evidencia que Jesús estaba realmente muerto.

b.Algunos decían que los apóstoles robaron el cuerpo y luego esparcieron el rumor que Jesús había resucitado. Sin contar con el hecho que la tumba estaba vigilada, esta teoría es psicológicamente improbable. Los discípulos estaban deprimidos y desilusionados en el momento de la muerte de Jesús. Hubiera tenido que ocurrir algo extraordinario para transformar al apóstol  Pedro en el hombre que, predicó en Pentecostés cuando se convirtieron 3000 personas. Además si uno piensa todo lo que los apóstoles tuvieron que sufrir: látigos, torturas e incluso algunos la muerte, parecería inconcebible que pudieran estar preparados para afrontar todo esto por algo que ellos sabían que no era verdad.

c. Algunos otros decían que, las autoridades habían robado el cuerpo. Esto parece ser lo menos probable de todo. Si las autoridades habrían robado el cuerpo, ¿por qué no lo mostraron cuando se corría el rumor que Jesús había resucitado de los muertos? Quizás la prueba más fascinante de evidencia relacionada con la ausencia de Jesús sea la descripción de las ropas de Jesús en el sepulcro que, hace Juan. En realidad “tumba vacía”, es un nombre incorrecto. Cuando Pedro y Juan van a la tumba encuentran sus ropas allí. Es como si Jesús hubiese pasado a través de sus mismas ropas. No es una sorpresa que Juan lo viera y creyera (Jn 20:8)

d. Sus apariciones a los discípulos. Es que fueron quizás alucinaciones. Las alucinaciones generalmente suceden en personas altamente aceleradas, muy imaginativas y nerviosas o en gente que está enferma o drogadictos. Los discípulos no encuadran dentro de esta categoría. Rudos pescadores, recolectores de impuestos y escépticos como Tomás no es probable que alucinaran. Además la gente que alucina, luego dejan de hacerlo. Jesús se apareció a sus discípulos en once diferente oportunidades, en un período de seis semanas. La cantidad de veces y la cesación de éstas hace improbable que se tratara de alucinaciones. Además más de 500 personas vieron a Jesús. Una persona puede alucinar, o incluso dos o tres. Pero es poco probable que, 500 personas hayan alucinado lo mismo. Además las alucinaciones son cosas subjetivas, no hay en ellas una realidad objetiva; es como ver un fantasma. Pero a Jesús lo pudieron tocar. Comió pescado (Lc 24:42,43) y en una ocasión hizo el desayuno para sus discípulos. Comieron y bebieron con él (Hch 10:41) Tuvo largas conversaciones con ellos, enseñándoles muchas cosas acerca del reino de Dios (Hch 1:3).

e. El efecto inmediato. El efecto de la resurrección de Jesucristo de los muertos, como uno podría esperar, tuvo un impacto dramático en el mundo. La iglesia nació y creció a un ritmo increíble. De un puñado de pescadores a ‘conquistar’ el imperio romano en trescientos años.

f. La experiencia cristiana.  Millones de personas, durante muchas eras, pudieron vivir al Cristo resucitado en sus vidas. Gente de toda raza y pueblo, clases sociales, económicas, intelectuales, etc

Podemos decir que como dice C.S. Lewis:

“Aquí, estoy tratando de evitar que alguien diga realmente la cosa más tonta que la gente a menudo dice acerca de Él: “No tengo problema en aceptar a Jesús como un gran maestro moral, pero no acepto su afirmación de ser Dios”.

Esa es la única cosa que no debemos decir. Un hombre, que fue simplemente un hombre y que dijo las cosas que Jesús dijo, no pudo haber sido un gran maestro moral. Habría sido, o un lunático — al mismo nivel del hombre que se dice ser un huevo revuelto – o de lo contrario sería el Demonio del infierno. Usted debe hacer su elección. Este hombre, o era, y es, el Hijo de Dios: o de lo contrario un loco, o algo peor. Usted puede descartarlo como loco, puede escupirlo y matarlo como a un demonio; o puede caer a Sus pies y llamarle Señor y Dios. Pero no vengamos con ninguna tontería condescendiente acerca de que fue un gran maestro humano. Él no nos dejó esa salida. No era su intención”.

Si a mí hoy me dijeran, aún así, no hay pruebas científicas comprobables que Jesús resucitó, no las necesitaría, pues sé que Jesús vive en mí, pues lo siento, lo experimento, hablo con él todas las mañanas y las noches. Si quieres una evidencia que Cristo resucitó, deberás aceptarle, creer en él, comenzar a confiar en él y tendrás la prueba más fuerte que él vive. Podrás experimentar su Amor, su Poder y la realidad de una relación que te convenza que él realmente está vivo.

Esas son las buenas nuevas de la Pascua de resurrección, no lo busques más en lo humano, búscalo en lo espiritual y podrás experimentar su resurrección en tu propia vida. Amén

©Enzo Pellini

 

 

La fuerza elevadora de Dios

 

Resurreccion

Domingo de Pascua de Resurrección

 

Ana elevó esta oración:

«Mi corazón se alegra en el Señor;

en él radica mi poder.

Puedo celebrar su salvación

y burlarme de mis enemigos.

»Nadie es santo como el Señor;

no hay roca como nuestro Dios.

¡No hay nadie como él!…

»Del Señor vienen la muerte y la vida;

él nos hace bajar al sepulcro,

pero también nos levanta.

El Señor da la riqueza y la pobreza;

humilla, pero también enaltece.

Levanta del polvo al desvalido

y saca del basurero al pobre

para sentarlos en medio de príncipes

y darles un trono esplendoroso”.

 

1 Samuel 2:1-2.6-8ª

 

Salmo 118:14-24

Epístola: 1 Co 15:1-11

Evangelio: Mc 16:1-8

 

 

 

De seguro que, alguno de nosotros habrá subido ya a alguna de estas torres altísimas, como la que se encuentra en Toronto. Al subir con el ascensor las personas no se dan cuenta de la aceleración y la gran velocidad vertical que, desarrollan estos ascensores. Es un movimiento impresionante: se lo percibe en el estómago, o se lo siente en los oídos y cuando el ascensor frena, el cuerpo es un poco más liviano de lo normal. La persona que se interese por las características técnicas se dará cuenta que, allí se esconde un poderosísimo motor eléctrico.

 

A este ascensor se lo puede comparar con la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, si me permiten la comparación. A pesar de esa “fuerza de gravedad” de la muerte, Jesús vuelve a la vida y se eleva de la tumba y lo hace ya al tercer día. Hoy podemos decir que, lo celebramos en tiempo real. Anteayer Viernes Santo, un culto solemne con melodías no muy alegres, así como también es nuestra costumbre de poner paramentos de color negro y no colocar flores en el altar. Y hoy, todo es blanco y las canciones y las letras son alegres, tuvimos un festivo desayuno de Pascua y hoy un culto donde los ánimos se muestran más alentados. El día más triste y el día más alegre del año de la iglesia, se encuentran bien cerca el uno del otro. Si observamos la diferencia anímica que, nos evocan ambos días, podemos compararlo con un ánimo que se eleva, cual la velocidad de uno de estos ascensores: del subsuelo de la tristeza al mirador de la alegría. ¡Nuestro Señor ha resucitado, aleluya! ¡Ya no está más muerto, ya no está más en la tumba, sino que vive! ¡Pero qué movimiento hacia arriba más grandioso!

 

“Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta”, así dice nuestro texto de predicación. Esta palabra del Antiguo Testamento ha sido confirmada y cumplida con el milagro pascual. De esta manera, podemos darnos cuenta qué es lo que sería el arriba y el abajo: a los fallecidos se los deposita en tierra; su mundo es por tanto ‘abajo’, allí se puede decir está el reino de los muertos; allí es donde está la oscuridad, allí es la noche. Arriba, por el contrario, es el día, está la luz, arriba está la vida, arriba está Dios. La pascua es por así decirlo el ascensor milagroso de Jesús que va para arriba, hacia la luz. A la “resurrección” le llamamos el  milagro más poderoso que tira para arriba.

 

Pero la Biblia no habla sólo de la resurrección por sí sola, sino también de que Jesús fue levantado, resucitado. No sólo es que “Jesús resucitó”, sino que también: “Dios lo resucitó”. Así es como se formula en nuestro texto, de la promesa pascual del Antiguo Testamento: “Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta”. Allí estamos, por así decirlo junto a ese enorme y poderosísimo motor del ascensor. Es el Padre en los cielos que, ha sacado a su Hijo de la tumba y la muerte, él con su gran poder de vida, con su poder creador, con su omnipotencia. La pascua nos permite sorprendernos de lo que es capaz de hacer Dios.

 

Es por eso que, no tenemos que dejar de lado que, su poder actúa en ambas direcciones. Es decir no sólo va para arriba sino también para abajo. Y lo mismo pasa con el motor del ascensor: tira para arriba y conduce hacia abajo. Y nuestro texto de predicación no lo omite: “Del Señor viene la muerte…; él nos hace bajar al sepulcro…”. Algunos no se percatan de esto. La resurrección es un milagro de Dios, pero la muerte, ¿No es acaso algo natural? Para ir para arriba, se necesita fuerza, pero para ir para abajo, no es que se encarga de ello sólo la ley de gravedad?. Pero pensemos en la muerte de Jesús: ¿Quién permitió que Jesús muera? ¿Los soldados romanos que crucificaron a Jesús? ¿O Poncio Pilatos que condeno a Jesús? ¿O los fariseos que llenos de odio planeaban matarle? ¿O Judas que lo traicionó? ¿O él mismo que a pesar del peligro prefirió no obstante entrar en Jerusalén? Detrás de todas estas razones terrenales, se encuentra la razón última y esta es Dios mismo. El Padre Celestial había determinado que su Hijo debía morir, es por eso que él lo envió al mundo. Es decir: “Del Señor viene la muerte…; él nos hace bajar al sepulcro…”

 

Y hasta nuestros días es así. La última causa de la muerte de una persona no es la debilidad senil, o la enfermedad terminal, o la incompetencia de los médicos, o el mal cálculo cuando se quería sobrepasar a un auto, o la bala mortal del asesino, la última causa es siempre Dios que, ha determinado la muerte como consecuencia del pecado en nuestro mundo. Otra vez: “Del Señor viene la muerte…; él nos hace bajar al sepulcro”

 

Pero el también hace volver a la vida, él hace que nos elevemos de entre los muertos. Así lo hizo con Jesús y de esta manera mostró que también lo hará con toda la humanidad. Quien pertenezca a Jesús, deberá una vez “descender a los infiernos” (como dice nuestro Credo Apostólico), es decir al lugar de los muertos, pero Dios lo resucitará para tenerlo en su gloria celestial. Ese es el tan preciado mensaje de Pascua para nosotros hoy. Así como ese maravilloso suceso que ocurrió hace dos mil años, es el mensaje de vida del Evangelio para hoy. Y no comienza a obrar recién después de nuestra muerte. No. Si creemos en Jesús, la fuerza resucitadora de Dios comienza ya ahora a obrar en nuestras vidas.

 

Eso será bien evidente, cuando seamos conscientes de las palabras del Antiguo Testamento que, hoy estamos compartiendo: “Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta”. Había una vez una mujer que, no le había ido tan bien en la vida. Tenía por cierto, un buen marido, pero no podían tener hijos. Esto hacía que cada tanto se enfermara. Además tenía una enemiga que, se burlaba desconsideradamente de su infertilidad. La mujer oraba a Dios, y finalmente Dios le respondió y le concedió un hijo. Ella estaba tan feliz que, le compuso un salmo de alabanza. El salmo habla de cómo Dios por medio de su poder puede cambiar las cosas que, nosotros consideramos son ‘imposibles’ de cambiar. Las mujeres estériles tienen hijos, los ricos se hacen pobres, los pobres se hacen ricos, los desposeídos asumen el poder, los príncipes son derrocados. Y precisamente en ese contexto tiene que ver la palabra del profeta con la cual reflexionamos hoy para con la resurrección de Cristo:  “Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta”. La mujer que había orado, se llamaba por cierto, Ana y su hijo se llamaba Samuel a quien pertenece el libro de la lectura para hoy.

 

Así, esto se relaciona de forma bien personal, con nosotros, con nuestra vida.

Quizás pueda tener semejanzas con la vida de Ana, en cuanto a esperar la respuesta a nuestra oración. Quizás más de uno de nosotros tenga hoy más un espíritu de Viernes Santo que de Pascua de Resurrección. Quizás te encuentres bien por lo bajo, en cuanto a ánimos se refiera, golpeado, deprimido, tirado por el piso. Escuchas la palabra desde lo profundo, desde allá abajo. Pero, hoy es Pascua y tú Señor está ya resucitado. Y Dios es todopoderoso, un poderoso motor que te quiere levantar, llevar fuerte para arriba. Eso es lo que él hoy quiere hacer contigo. Así lo muestra el testimonio de Ana, y lo que más que nada quiere mostrarlo es la resurrección de Cristo. Dios te quiere otra vez arriba, él te quiere levantar, subir, poner por lo alto que, tengas otro ánimo, que cambies tu ánimo que, vuelvas a poner la vista en el horizonte. Pídele a él, confía en él y ten paciencia. ¡Y no olvides que lo que la Pascua significa es que tu Señor ya ha resucitado!

 

Es verdad que, hay que atravesar el valle de tinieblas. No importa cuánto ánimo te haya dado Dios en esta vida, llegará el día en el que él te llevará hacia abajo hacia el lugar de los muertos. Pero no, porque él te quiera dejar abandonado allí. No, es por otro motivo. Por el mismo motivo por el que tuvo lugar el Viernes Santo y tuvo Jesús que morir en una cruz: porque eso pertenece al plan de Dios. Y después de la Pascua es que nos damos cuenta de ello. Es sólo por ese motivo que, tendrás que ir una vez hacia abajo para que Dios pueda subirte luego definitivamente hacia arriba, bien arriba, al cielo donde el Señor resucitado, a ti también estará esperándote. “Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta”.

Que la Paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guarde vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús, Señor nuestro. Amén.

 

Domingo de Pascua de Resurrección

“Después del sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro.

Sucedió que hubo un terremoto violento, porque un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, quitó la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve. Los guardias tuvieron tanto miedo de él que se pusieron a temblar y quedaron como muertos.

El ángel dijo a las mujeres:

—No tengan miedo; sé que ustedes buscan a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, tal como dijo. Vengan a ver el lugar donde lo pusieron. Luego vayan pronto a decirles a sus discípulos: “El se ha levantado de entre los muertos y va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán.” Ahora ya lo saben.

Así que las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, asustadas pero muy alegres, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. En eso Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron.

—No tengan miedo —les dijo Jesús—. Vayan a decirles a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y allí me verán.

Mateo 28:1-10 (NVI)

 

En el culto de hoy volvemos a escuchar las frases litúrgicas con el “Aleluya”. Hoy es Pascua; cristianamente llamada pascua de ‘resurrección’ y la pascua es la fiesta más alegre de toda la cristiandad. ¡El Señor ha resucitado, aleluya! Sí, tenemos una razón para festejar. Sin embargo, podría ser que para algunas personas esto sea aún difícil de expresarse. Para algunos podría ocurrir que, las propias situaciones personales puedan opacar la alegría pascual. Algunos podrían pensar: sé que la pascua debería ser motivo de alegría, y tendría razones para estar feliz, pero todavía no me estoy sintiendo del todo feliz. Para todos aquellos que hoy se sienten alegres puede que no sepan que: hoy estás en el lugar correcto donde se cantan tantos “aleluyas” y se celebra la pascua. Pero en el caso de la primera pascua, no todos los que la celebraban se sentían bien. También sentían miedo y hasta terror. ¿Recuerdas como se describe en el evangelio acerca de la pascua? “Temblorosas y desconcertadas, las mujeres salieron huyendo del sepulcro. No dijeron nada a nadie, porque tenían miedo” (Mc 16:8).

 

Los informes de la pascua, escritos por los cuatro evangelistas proporcionan una versión fidedigna de los eventos y en una forma mucho más sobria que la forma en que lo hacen nuestros antiguos himnos pascuales. Los primeros testigos oculares de la pascua cristiana se sintieron intensamente conmovidos: su fe pasó repetidas veces por altibajos. Llegó hasta tal punto que, ignoraron las instrucciones del ángel. Maravilloso fue cómo manejo Jesús a aquella cantidad de personas confundidas, cómo les habló a sus hermanos y hermanas, como los condujo de la mano, paso a paso, hacia la fe y así hasta la alegría de la pascua. Ahora veamos cómo lo hizo:

Sabemos que comenzó con las mujeres que, fueron por la mañana temprano del domingo hacia la tumba de Jesús. Los miembros de este pequeño grupo los conocemos por sus nombres: María Magdalena, María las madre de Santiago, Salomé y Juana. Cuando se dieron cuenta que la piedra de la tumba había sido removida, fue María Magdalena la que volvió al lugar donde estaban los discípulos y llamó a los principales a Pedro y a Juan. Estos dos son los que fueron corriendo hasta la tumba vacía, así nos lo narra el evangelio de Juan.

 

Entretanto, las otras mujeres experimentaron otra cosa: Un ángel se les apareció y les contó que Jesús había resucitado. El ángel les mostró el lugar exacto donde había sido colocado su cuerpo. Y a estas mujeres se les dio la orden gracias la cual la iglesia de Jesucristo vive hasta nuestros días: “de ir y decir”- Luego ir y decir a los discípulos que: ‘Resucitó de los muertos y se encontrará con ustedes en Galilea. Allí lo verán’. Así se les comunicó.

De esta orden celestial, las mujeres sólo la cumplieron a medias al principio: se fueron apuradas. Corrieron, tan rápido como les permitieron sus piernas. Pero no para hacerles saber tan pronto como sea posible a los discípulos, porque seguramente estarían aterradas de miedo. Lo que estas personas experimentaron no pertenecía a su mundo, y fue demasiado para sus ya alterados nervios. Pensemos un instante: ¡Por todo lo que tuvieron que pasar estas mujeres en los días previos y lo que ahora sucedía!. Puede ser que ellos hayan incluso pensado, bueno, ahora perdimos la razón. Así que, al principio no hubo nada de celebración ni de alegría pascual. ¿Hubiésemos nosotros manejado mejor la situación? Pienso que no. Sin embargo, Jesús no abandona a aquellas mujeres, y tampoco nos abandona a nosotros hoy. ¿No sentimos alegría pascual? ¡Escuchemos entonces lo que escribe el evangelista Mateo!

 

” Así que las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, asustadas pero muy alegres, y corrieron a dar la noticia a los discípulos”  ¿Pero cómo puede ser: miedo y alegría juntos?  ¿Se nos cuenta otra cosa en otros sitios? ¡En Marcos está escrito de forma diferente! ¿Por qué la discrepancia?

 

Para entender esta frase cabalmente, necesitamos conocer cómo fueron escritos los evangelios respecto del tiempo. El orden cronológico exacto de los sucesos a menudo no fue tenido exactamente en cuenta, sino que los evangelios fueron escritos en el orden de la importancia de los eventos. No usaban tampoco subtítulos, pero se insertaban pequeñas oraciones de resumen de vez en cuando. Esto es lo que el evangelista Mateo hace cuando escribe: “Así que las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, asustadas pero muy alegres, y corrieron a dar la noticia a los discípulos”. Alegría y miedo, ¿Se pueden sentir estas dos emociones al mismo tiempo?. Creo que no. Mateo combinó lo que cada una de las mujeres sintió: ¡Primero miedo, luego alegría! Primero ella corrió de la tumba con miedo y no quiso decirle nada a nadie, así lo informa el evangelista Marcos. Pero repentinamente hubo alegría, y corrieron a darles las buenas nuevas a los discípulos.

¿Cuál fue la causa del repentino cambio de estado de ánimo de las mujeres? Bueno, esto se describe en detalle en el evangelio de Mateo por medio de las frases de resumen correspondientes. El evangelista lo describe de una forma entusiasmada, escribe acerca de la experiencia de miedo de las mujeres y luego de cómo ese miedo se transforma en gozo. ¿Y cómo pasó eso? Escuchemos otra vez al Evangelio de Mateo: “Así que las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, asustadas pero muy alegres, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. De repente Jesús sale a su encuentro. Las saluda  y les dice: —No tengan miedo. Vayan a decirles a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y allí me verán”.

 

Jesús es el Cristo resucitado quien transformó el miedo de las mujeres en alegría. Cuando él se da cuenta que, una presencia angélica no es suficiente se acerca personalmente a las agitadas mujeres, saludándolas. Las saluda con un saludo que significaba: alegría; alégrense (káirete= en el original griego). Recordemos que quien dijo esto: fue el Hijo del Dios vivo, por lo tanto este saludo: alégrense, regocíjense, fue palabra de Dios. La palabra de Dios tiene fuerza y poder- la palabra es una palabra que crea lo que dice. De esta forma Jesús obra por medio de su palabra, lo que la misma tumba vacía no pudo obrar, ni tampoco los ángeles, es decir, poder cambiar el miedo de las mujeres por alegría. “¡Salve!” (en la RV), Alégrense, regocíjense!

 

Si has venido a este culto de domingo de pascua con preocupaciones o miedo, no tengas vergüenza. Pero escucha con cuidado, lo que el Jesús resucitado hoy tiene para decirte. Es el mismo Señor Jesús quien se encontró con las mujeres aquella vez como el Señor resucitado quien vive todavía y quien está junto a nosotros hoy aquí. Y dentro de las muchas palabras en este culto, el mensaje de hoy para ti es sólo una palabra: ¡Regocíjate, alégrate! Puedes cambiar tu estado de ánimo realmente. Porque él te ama sin medida, vive junto a ti y quiere hablarte a ti. El murió por ti. El mismo llevó tus miedos, tus enfermedades, tu sufrimiento. Antes y después de la muerte, usó su poder como liberación por el castigo de los pecados del mundo. Así que no necesitas tener miedo de lo que pasará en el día del juicio final. Sí, tienes permitido respirar hondo, soltar un suspiro de tranquilidad: “No he de morir; he de vivir para proclamar las maravillas del Señor”. (Sal 118:17) Esto es lo que Jesús selló con su resurrección, ¡Aleluya!

 

¿Qué hicieron las mujeres después, luego de que Jesús les cambiara miedo por alegría? Lo adoraron. Le agradecieron. Posiblemente hallan llorado de alegría. ¡Pero lo más importante, ellas ahora creían! No sólo que Jesús estaba otra vez estaba vivo; lo vieron, sí, pero también se dieron cuenta que él era el Señor, el gran rey de cielo y tierra. Así que fueron delante de él y cayeron a sus pies. Lo alabaron. Supieron que: este es el Dios vivo con quien tenemos el privilegio de estar aquí.

 

E hicieron algo más: le abrazaron sus pies. ¿Por qué? ¿Querían acaso convencerse de que no era un fantasma, que se evapora al contacto físico? ¿Quisieron acaso tocar las heridas de la crucifixión así como lo quiso Tomás? Seguramente que, también evidenciaron que no se trataba de un fantasma sino de su maestro Jesús con vida que, había vencido a la muerte. Pero incluso algo más importante sucedió: quisieron abrazarlo; quisieron tenerlo para sí mismas, ¡A su amado Señor y Salvador! Los brazos de las mujeres que abrazaban a Jesús decían: “¡Mejor que mil palabras, es la fe, la fe verdadera, la fe que salva: abrazarlo, consolarlo a Jesús y vivir con él, para siempre vivir con él!”

 

Hoy no tenemos más los pies de Jesús para abrazarlos. Sin embargo, Jesús sigue estando físicamente entre nosotros: tenemos su cuerpo y su sangre, ocultas detrás del pan y del vino en la Santa Cena. Y si tomamos de él por medio de nuestra boca y seguimos sus mandamientos, no habrá casi diferencia con tocar sus pies vivos. No haríamos algo menor que lo que las mujeres hicieron en aquel entonces. ¡Sí, tú recibes a tu Señor en la Santa Cena, y puedes abrazarlo a él, pues él te dio alegría y fortalecimiento de tu fe!

 

Siempre le pedimos a Jesús que esté junto a nosotros mediante su palabra y su Santa Cena. Fue lo mismo que para las mujeres de aquel tiempo y para los otros testigos oculares del mensaje pascual. ¡Cuántos desvíos encontramos cuando empezamos decaer y a dudar! Los discípulos no fueron a Galilea en primer lugar, como se les había dicho por medio de las mujeres. En lugar de eso se asustaron y se escondieron en Jerusalén. Sin embargo, Jesús llegó hasta ellos con amor y paciencia. El no fue a Galilea, sino que se les apareció a ellos allí donde ellos estaban.

 

Y ese amor y esa paciencia con sus discípulos, la tiene Jesús con nosotros  hasta nuestros días. Pero qué rápido que perdemos nuestra fe y  las mezclamos con duda y descuido. ¡Cuán a menudo ignoramos lo que Jesús nos está pidiendo! Cuán lentos somos a menudo, cuando deberíamos apurarnos a llegar hasta él. Y cuán a menudo nos escapamos bien rápido de su palabra y de su iglesia para dedicarnos sólo a nuestros placeres. Pero Jesús todavía tiene paciencia con nosotros, nos ama y nos perdona, y así es mejor. ¡Ayúdame Señor, tómame de la mano, háblame y dame alegría y la fe de la Pascua. De esa forma todo lo demás estará bien!. Amen.

Domingo de Pascua de Resurrección

Sermón sobre Mateo 28:1-10, por Enzo Pellini

Domingo de Pascua, seguramente hoy los cristianos celebran una fiesta en sus hogares. Seguramente, alguna comida especial adornará la mesa del almuerzo. Y es posible que para muchos cristianos este domingo no sea sólo un domingo más. ¿Pero es este domingo distinto porque es una fiesta, tal como puede ser la Navidad o es diferente y estamos alegres porque comprendemos que significa la Pascua? La mayoría de los cristianos sabe que la Pascua cristiana es la fiesta que conmemora la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Muchos quizás recuerden a la resurrección de Jesucristo como un hecho histórico más, como un milagro más de Jesucristo o de Dios, pero verdaderamente sabemos qué significa que Jesús haya resucitado?. Jesús está vivo, resucitó aquel domingo de Pascua en aquella tierra lejana de Jerusalén y aún sigue vivo entre nosotros, pero en verdad comprendemos qué es eso de que Jesús está vivo?

En aquella mañana del domingo, bien temprano, María y Marta, llenas de desesperación tienen un encuentro con un ángel, un ser extraordinario que les asegura que Jesús resucitó. Y luego tienen un encuentro directo con Jesús, hasta incluso físico, por medio de su abrazo. Hoy, por lo menos registrados, no hemos sabido de encuentros directos así de Dios con la gente. Ellas tuvieron la bendición de poder tener una prueba evidente de la resurrección de Cristo. Hoy, en muchos hay más dudas que pruebas sobre la resurrección de Cristo. Nos gustaría tener un encuentro directo con Cristo para fortalecer o generar la fe en nosotros. Pero no es así. En otro evangelio el mismo Tomás, su discípulo tiene dudas a lo que Jesús afirma “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”. Las pruebas comienzan a manifestarse cuando decidimos creer en Cristo, darle un lugar en nuestras vidas.

Si se quisiera hacer un estudio científico para probar la resurrección de Jesús fracasaría porque no hay pruebas fehacientes para probarlo. No hay ningún testigo fidedigno para probarlo. Sólo tenemos una prueba, esa prueba es la palabra de Dios, la Biblia, y algo muy importante: nuestra vivencia o experiencia con Jesús que puede demostrarnos que Dios existe. Para quien no crea en la Biblia, todo esta terminado, no hay ninguna otra prueba que demuestre que Jesús resucitó. Y para nosotros los cristianos la resurrección de Cristo es la base de nuestra fe cristiana. ¿Qué hubiese pasado si Jesús no hubiese resucitado creeríamos ciertamente en él? Si Jesús no hubiese resucitado, no hubiese sido nada más que un buen profeta, o un gran maestro. Pero resucitó, por eso creemos que el es el Cristo, el escogido por Dios, el Hijo de Dios. ¿ Y qué hubiese pasado si Jesucristo hubiese descendido de la cruz y no hubiese muerto, como murió? Si se hubiese bajado, se hubiese desclavado; tirado la corona de espinas; hubiese ido a arreglar cuentas con Pilato; hubiese ido a destituir a los sumos sacerdotes de sus cargos; hubiese reunido a sus apóstoles otra vez, les hubiera dado valor y nuevas instrucciones; hubiera forzado a abdicar a Herodes, y él hubiese ocupado el trono, y hubiese recibido ovaciones de parte de aquella multitud que el día anterior le gritaba crucifícale. Hubiera sido realmente una sensación, las noticias hubiesen llegado en poco tiempo a las grandes ciudades del mediterráneo, incluso a Roma, y con el tiempo se hubiesen organizado viajes para ir a visitar al rey crucificado, y poder verle en vivo…, ya de viejo hubiese sido una personalidad bendecida por el tiempo, pero nunca hubiese sido el Hijo de Dios. Su destino era morir en la cruz para mostrar a todos en qué radica el amor de Dios. Dios no se muestra con los poderosos, Dios se muestra con el humilde, con aquel que pasa sufrimientos, la gracia de Dios es para los más pequeños. Dios quería mostrar hasta que punto el cristiano debe humillarse hasta qué punto hay que amar, en que él, nada menos, Hijo de Dios, se humillo a morir en una cruz para darnos una lección de cómo hay que amar.

Y pensaremos y seguramente nos preguntaremos: nosotros creemos en Cristo, creemos en su resurrección, por nuestra educación y por nuestras experiencias como cristianos a lo largo de toda la vida pero, y una persona qué no conoce a Cristo, cómo puede hacer para creer en él, si en verdad no tiene pruebas de sus milagros, si en verdad, no tiene pruebas de su resurrección, si en verdad no tiene nada que asegure que él es Cristo. Cómo podemos hacer para mostrarles a esas personas que Jesús vive, que Jesús resucitó?

Uno de los grandes líderes cristianos del siglo XX fue el pastor alemán Martín Niemöller, éste sobrevivió a la prisión de Adolf Hitler durante la segunda guerra mundial. Este hombre murió en Alemania en 1984, a la edad de 92 años. Niemöller, se levantó contra Hitler y como resultado fue arrestado y arrojado en la cárcel, solo. La hediondez diaria de la carne humana quemada y la visión de la muerte le perseguían. Al terminar la guerra, en una ocasión fue entrevistado por una emisora de radio, y le preguntaron como había podido soportar tanto tiempo en la prisión sin haber perdido su salud física y mental. A lo que él replicó que nadie sabe la capacidad de sufrimiento de una persona hasta que la ocasión llega. Cada persona puede aguantar más de lo que ella piensa, declaró. “Si Dios mora en su vida”, dijo, “usted puede soportar mucho más de lo que usted piensa”. Si Dios vive en nosotros, podremos mostrárselo a los demás. Y cómo hacer para que Dios o Jesucristo viva en nosotros, entregándonos en primer lugar a él. Aceptándolo como nuestro Señor. En un acto de fe, de amor. Dejando nuestras vidas bajo su control, comenzando a querer obedecer su Palabra. Comenzando a darle un lugar a él en nuestras vidas. Esa es la experiencia de tener a Cristo en nuestro corazón. Es la experiencia de dejarlo resucitar en nuestro ser. De llegar a verlo vivo en nosotros. De probarlo ver vivir en cada uno de nosotros. De comenzar a experimentar un Dios vivo, resucitado y con poder. No predicamos una religión. Predicamos a un Cristo vivo.

La resurrección de Cristo quiere transmitirnos dos cosas muy importantes: la certeza que Jesús vive, la certeza que él es el Mesías, que él es el Hijo de Dios. El pueblo judío, es decir aquellos que hoy en día profesan la religión judía no creen que Jesús es el Mesías, el Salvador, el enviado de Dios esperado por los hombres. La segunda cosa importante es que tenemos la certeza de que todo lo que predicó y enseñó Jesucristo es verdad, que todas sus palabras nos sirven y por tanto tenemos esperanzas y por tanto sabemos que hay una meta más allá de nuestras vidas, hay una resurrección de los muertos y una vida eterna, como dice el Credo Apostólico también para nosotros.

Hoy domingo de Pascua, celebramos la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Podemos sentir en verdad que el Señor está vivo en nuestras vidas?  Hay una canción para los niños que se canta en la escuelita dominical que dice: “Dios cuida de mí, Dios cuida de ti en sol y en sombra Dios cuida de ti, de día y de noche Dios cuida de ti”, si somos capaces de sentir esto que dice la canción en nuestras vidas seremos capaces de afirmar Jesús resucitó y el permanece vivo en mí. Amén