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La comprensión evangélica de la predicación

La palabra “prédica” proviene de una palabra latina que, quiere decir algo así como “predecir”. La misma acepción se encuentra en la palabra “profecía” que proviene del griego. La tarea de la predicación es anunciar el mensaje de Jesucristo, su venida,   vida, su padecimiento, muerte y resurrección y que en esta la comunidad perciba que es Dios quien habla. El predicador pronuncia al oyente actual la buena noticia transmitida desde hace siglos: Para ti – hoy y aquí – todo esto ha tenido lugar; tú eres tenido en cuenta. La predicación es la buena nueva del viejo y siempre renovado Evangelio.

Llamar a la gente a la fe y construir iglesias sólo se puede hacer por la predicación, que se relaciona a la palabra bíblica; pues la Biblia es testimonio de la revelación de Dios. Es Palabra de Dios y norma de todo el anuncio de la iglesia. Por lo general se relaciona la predicación dominical a las perícopas (traducido literalmente= “cortado alrededor” o sección)  ordenadas para el correspondiente domingo. Estas perícopas se remontan en parte hasta los tiempos del siglo IV y V. Su sentido es muy sencillo: el desarrollar trozo a trozo la totalidad del mensaje cristiano en el curso de un año con sus aproximadamente 60 domingos y días de fiesta. Este orden se ha probado como de gran ayuda para predicadores y comunidad: el predicador está obligado a dedicarse a fondo en los textos que no le encuadran. La comunidad puede conocer el texto de predicación antes del culto y no se recibirán posibles textos preferidos de su predicador. En la Iglesia Evangélica  rigen series de perícopas que corresponden a evangelios y a series de epístolas, completados por un gran número de textos del Antiguo Testamento. Si bien el orden de las perícopas no constituye una ley rígida para el predicador, éste no se apartará de él sin motivos fundados, sino que se servirá de este.

 

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