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“¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?“

13º Domingo después de Trinidad: “El Amor de Dios”

 

“En esto se presentó un experto en la ley y, para poner a prueba a Jesús, le hizo esta pregunta:

—Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

Jesús replicó:

—¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú?

Como respuesta el hombre citó:

—“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”, y: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.”

—Bien contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás.

Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús:

—¿Y quién es mi prójimo?

Jesús respondió:

—Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. Así también llegó a aquel lugar un levita, y al verlo, se desvió y siguió de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva.” ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

—El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.

—Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús”.

Lucas 10:25?37

 

 

Salmo: 112:5-9

Gn 4:1-16ª

1 Jn 4:7-12

 

 

En la famosa película „Titanic“ la chica que, está cansada de vivir, llamada Rose quería saltar al mar sobre la borda del barco. Jack, un muchacho que, casualmente pasaba por allí, lo advierte y comienzan a hablar. Puesto que  Rose seguía insistiendo en tirarse al mar, Jack le dice que él se iba a tirar tras ella para salvarla. Y Jack lo expresa de la siguiente manera: “Ahora esto me incumbe también a mí”.

 

Y esa es también, la lógica del buen samaritano. Cuando soy consciente de la necesidad de una persona, no puedo seguir de largo sin más, sino que, esta necesidad me concierne ahora a mí. El herido que fue asaltado, era el prójimo del samaritano; Rose era la prójimo de Jack; y el amor al prójimo no es otra cosa que, ayudar con las fuerzas que, uno tiene cuando nuestro prójimo se encuentra en necesidad. La famosa parábola del buen samaritano es clara y unívoca; cada uno de nosotros podemos trasladarla  a situaciones de nuestra vida cotidiana. La parábola es tan conocida y tan clara que, casi no habría necesidad de explicarla en una predicación.

 

También es claro y unívoco el contexto en el cual Jesús narra esta parábola. Llega una persona que, buscaba con seriedad a Dios en las Sagradas Escrituras y quería saber cuál era su voluntad y le formula una pregunta a Jesús. ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna? –¿Qué debo hacer para ser salvo?, para poder ir al cielo? ¡Qué bueno que este hombre pueda formular tal pregunta! Porque eso es lo más importante: el poder ir al cielo. Es mucho más importante que, nuestra existencia aquí en la tierra. Por esta pregunta nos damos cuenta que, no es lo más importante “la salud”, sino que, lo más importante es “la salvación”. Me gustaría tanto poder escuchar hoy en día, de muchas más personas esta pregunta, realmente preguntas sensatas acerca de la vida eterna. Pero hay algunos que piensan que, después de la muerte todo se termina y otros se tranquilizan con esa seguridad engañosa que, Dios es amor y es tan bueno que, al final todos vamos a ir al cielo. ¡El es amor y ama a todo el mundo! Y por lo menos a aquellos que lleven una vida religiosa más o menos constante o se esfuercen un poquito por ser buenas personas. Pero la Biblia nos saca de esa modorra de la seguridad y nos dice: “Ocúpense en su salvación con temor y temblor” (Flp 2:12). Qué bueno que, alguien pueda preguntarse seriamente: “¿Qué es lo que tengo que hacer para ser, para heredar la vida eterna?”

 

Y qué bueno que uno tenga la oportunidad de formular esta pregunta directamente a Dios mismo, al Hijo de Dios, a Jesucristo. Miremos atentamente cuál fue la respuesta de Jesús. Puede ser que su respuesta nos sorprenda un tanto. Puede pasar que su respuesta no se encuadre dentro de nuestros conceptos teológicos. No obstante, queremos mirar atentamente lo que él responde y tomarlo naturalmente en serio.

 

El hombre que, tan seriamente investiga la voluntad de Dios en las Escrituras viene y le pregunta a Jesús: “Qué debo hacer para heredar la vida eterna?” Y Jesús le responde con otra pregunta: “—¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú?“. Seguramente que este hombre conocía bien la Biblia, e inmediatamente le recita el mandamiento divino más importante, el doble mandamiento del amor: —“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”, y: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús queda satisfecho con la respuesta y añade sólo: “Anda entonces y haz tú lo mismo”.

 

 

Estimados hermanos y hermanas en Cristo, ahí no hay nada que, haya que aclarar, está bien claro y simple: Sólo quien ame a Dios por sobre todas las cosas irá al cielo. Y quien ame a Dios por sobre todas las cosas, amará o intentará por todos los medios, de la forma más sana posible, de amar a su prójimo para así agradar a Dios. Y naturalmente,  aquel que en verdad ame a Dios, amará también a su prójimo como así mismo. Ambas partes del doble mandamiento del amor son inseparables. El apóstol Juan escribió al respecto en su carta: “Si alguno dice: «Yo amo a Dios», pero odia a su hermano, es un mentiroso”.  (1 Jn 4:20). Jesús nos dice aquí sin dudarlo: Para ir al cielo, hay que, amar a Dios por sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo.

 

 

En un primer momento, Jesús narra la parábola del buen samaritano a partir de la pregunta del hombre sobre de quién era su prójimo. Y con esta parábola Jesús muestra una respuesta clara y unívoca: Mi prójimo es toda persona que veo en necesidad y a la que puedo ayudar. Quien vea a un necesitado y no obre así, desinteresadamente, no ama verdaderamente a su prójimo, y no ama tampoco a Dios y tampoco hace lo que es necesario hacer para ir al cielo. Así de simple es, así de simple es la respuesta de Jesús.

 

Y a la vez asusta por su simpleza. Pues esta parábola ya deja de ser una historia inocente que, me sirve como motivación para hacer lo bueno. ¡Aquí se trata más bien de la vida y de la muerte, de la salvación eterna! Y cuando yo pregunto: ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Tengo que preguntarme también:  ¿Qué hice por las personas en necesidad que he encontrado en la vida?. ¿Las ayudé, así como a mí me hubiera gustado que me ayuden, si yo hubiese estado en su lugar?

 

¿He tomado mi decisión de no sólo amar a mi prójimo, sino también de ayudarlo? El buen samaritano lo hizo. ¿Me ocupé de mi prójimo, cuando la única ayuda era yo, y no había nadie alrededor o no había nadie que me mirara y reconociera lo que yo estaba haciendo?. El buen samaritano lo hizo. ¿Ayudé realmente cuando no tenía tiempo, porque estaba ocupado con otras cosas? El buen samaritano lo hizo. ¿He amado a mi prójimo, cuando esto significaba cansancio, dificultad, suciedad o hasta asquerosidad y significaba un esfuerzo de superación? El buen samaritano lo hizo. ¿Agarré coraje, cuando la cosa se tornaba peligrosa y riesgosa, o me fui corriendo a ponerme a salvo?. El buen samaritano corrió riesgos. Riesgo de que los ladrones hubiesen estado escondidos acechando a otras posibles víctimas. ¿He ayudado cuando eso me costaba quizás un par de cientos de pesos o más? El buen samaritano lo hizo. ¿Me jugué por mi prójimo, cuando eso significaba comprometerme a futuro? ¿Así como el buen samaritano, le prometió al posadero que, le avise de los otros costos que tuviera?

 

Vemos estimados hermanos y hermanas que, el auténtico amor al prójimo es mucho más que, ser un poco amables y simpáticos. ¿Amé a mi prójimo verdaderamente, hice lo que debía hacer todo aquel que, quiere alcanzar la vida eterna? ¿Qué pasaría, si no fuera así? ¿Si siempre me hubiese rehusado a hacerlo? Si mi amor al prójimo fuera tacaño y pequeño en comparación al del samaritano?

 

Y Jesús responde también en otros sitios de la Biblia a esta pregunta que, nos puede producir cierto miedo. Su respuesta es un llamado a la conversión: “Aunque en tu vida todo haya ido mal, no es tarde para volverse a Dios y comenzar una vida mejor”.  Jesús en todo momento llamó a volverse a Dios, a arrepentirse y les dio esperanza incluso a los grandes pecadores de modo que, puedan tener un nuevo comienzo en Dios. Y lo más maravilloso de este nuevo comienzo es que, no cuenta lo que yo pueda hacer, para heredar la vida eterna, sino que cuenta lo que Jesús ha hecho en mí, de forma que yo pueda heredarla. Arrepentirse significa, confesar y reconocer los pecados delante de Dios y creer en Jesús. Jesús ya hizo bastante en la cruz, para que yo pueda ser salvo. Y todavía sigue haciéndolo: me regala por medio de su Espíritu Santo un nuevo corazón que, sea capaz de amar como Dios lo quiere. De modo que, al final, mi amor al prójimo y mi salvación, sean enteramente obra de Dios, obra de Dios para mí y a través de su Hijo Jesucristo. ¡A él sea la gloria por siempre!

 

La paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús, Señor nuestro. Amen

 

 

 

 

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