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La vigencia del arrepentimiento

3er Domingo de TrinidadJesus frente a los pecadores-

Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo,  de modo que los fariseos y los maestros de la ley se pusieron a murmurar: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.»

Él entonces les contó esta parábola:  «Supongamos que uno de ustedes tiene cien ovejas y pierde una de ellas. ¿No deja las noventa y nueve en el campo, y va en busca de la oveja perdida hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, lleno de alegría la carga en los hombros  y vuelve a la casa. Al llegar, reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la oveja que se me había perdido.”  Les digo que así es también en el cielo: habrá más alegría por un solo pecador que se arrepienta, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse.

»O supongamos que una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. ¿No enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la moneda que se me había perdido.”  Les digo que así mismo se alegra Dios con sus ángeles por un pecador que se arrepiente.

 

Lucas 15:1-10
En la filosofía en boga en nuestros días, se puede ver que hay muchos que ponderan el amor entre la gente. Muchos, por no decir casi todos, independientemente de ser cristianos o no, valoran el amor al prójimo. Muchos afirman que lo más importante es el amor, los afectos los buenos valores, las buenas virtudes, el hacer el bien, el ser una buena persona. Y muchos no saben que todos esos valores han sido acuñados en nuestra sociedad actual por el cristianismo. Más concretamente por las enseñanzas de Jesús. Hasta tan bien ha echado raíces ese mensaje del amor que, todos buscan tratar de amar a todos hasta el punto de no caer en discriminar a nadie, no importando su raza, religión, postura política, sexo, etc. Muchos en verdad no saben, más que nada los no cristianos que defienden ese estilo de filosofía que, ésta precisamente ha sido acuñada en esta sociedad por el cristianismo de forma exclusiva. Aunque muchos hoy en día no sean tan afectos con los cristianos. La mayoría de la gente que rechaza el cristianismo lo hace por malas experiencias con la institución iglesia (que no es otra cosa que una institución formada por seres humanos) y otros lamentablemente porque no han tenido padres cristianos que los hayan podido educar en la fe. O sólo porque la fe se perdió, así sin más.
No obstante pulula aún ese pensamiento generalizado de que “hay que amar a todos y no hay que discriminar a nadie” eso es lo más importante. Y para nosotros cristianos esto está claro, y está claro que ese mandato viene más que nada de nuestro Señor Jesucristo, a quien queremos obedecer.

En el día de hoy, nos encontramos que Jesús estaba acercándose a pecadores. Es decir estaba mostrando su gran amor hacia todos sin distinciones de condición social o religiosa. Pero quisiéramos hoy también definir qué es un pecador, o qué es el pecado. Porque Jesús utiliza esta expresión, no la niega, es más él afirma que: “Habrá más alegría por un solo ‘pecador’ que se arrepienta, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse”. El reconoce que el pecado y el pecador siguen existiendo. El hace una diferencia por tanto entre el que peca y el que no. Para él es claro que no son dos tipos de personas iguales. Hemos hablado muchas veces acerca de lo que significa el pecado. La palabra pecado en nuestra sociedad más que nada para los no cristianos, suena como pasada de moda. Como algo del pasado, hasta arcaico y retrógrado. Parece que sólo se puede utilizar la palabra pecado en el marco de una iglesia o de la teología. Para nosotros no es una palabra arcaica. Es una palabra que sigue teniendo un valor muy actual. Pecado significa separación de Dios, sólo eso. ¿En qué radica esa separación? O ¿cómo podemos darnos cuenta que vivimos separados de Dios? La única guía que tenemos para darnos cuenta es La Palabra de Dios, reunida en la forma de libro que llamamos Biblia. Y especialmente leemos la Biblia a la luz del mensaje de Jesucristo. Cuando no llevamos nuestra vida conforme a la palabra de Dios, es decir acorde a lo que la Biblia nos pide, estamos viviendo una vida a nuestra manera y no a la manera de Dios.

Hay muchos que, ponen en tela de juicio lo que la Biblia dice y piensan que tienen más autoridad sobre ella al querer interpretarla a su conveniencia. Hay muchos que ponen en tela de juicio la Biblia diciendo que, hay que adaptar la Biblia a nuestros tiempos, como si ellos fueran los depositarios autorizados para darle otra interpretación u omitir partes de la Biblia a su placer. Hasta escuché decir que: ‘Dios no se hace presente por medio de “libritos” —refiriéndose a la Biblia— que Dios se manifiesta en otras extensiones’. Y eso es verdad, Dios se manifiesta por medio de su Santo Espíritu, pero eso no contradice la Biblia. Muchos critican que la Biblia ha sido escrita por hombres, eso es verdad, pero esos hombres han sido inspirados por ese mismo Espíritu para dejar la palabra de Dios por escrito, y hasta para decidir qué libros de la Biblia debían permanecer allí por ser fieles aún al Espíritu Santo de Dios.
No confundamos el espíritu de este mundo con el Espíritu Santo de Dios.

En esta sociedad, hay muchos que se dejan llevar por el espíritu de este mundo transformándose así en pseudo-cristianos, es decir gente que cree ser cristiana, pero a su manera no a la manera de la Palabra de Dios. Creyéndose incluso con más autoridad que los mismos apóstoles, para poder definir qué de la Biblia es todavía Palabra de Dios y qué no lo es más.
Para Jesús, el pecado era algo claro. Era estar separado de Dios, a partir de un comportamiento que nada tenía que ver con su Palabra. Jesús nunca discriminaba, estaba, se acercaba a los pecadores pero con la intención de que se arrepientan y se vuelvan a Dios. Y lo conseguía claro está porque es Dios, pero también por su amor al prójimo. Ese es el amor que Jesús nos manda a ejercer: ver a todo el mundo como nuestro prójimo y digno de amor, pero no por ello consentir que lo que muchos estén haciendo corresponda a la voluntad de Dios. Jesús no aprobaba el pecado: echó a los comerciantes del templo por aprovecharse de la gente y profanar el templo. Acusó la traición de Judas. Enfrentó la vida de corruptos como Zaqueo o de vida desordenada como la mujer samaritana. O de la vida inmoral de la adúltera. Si bien a todos los aceptó, también los perdonó “de su pecado” y les dijo en más de una oportunidad: “vete y no peques más”.

Esta sociedad sin embargo, a veces pseudo-cristiana nos dice que hagamos todo lo que nos haga sentir bien, que hagamos la nuestra, lo más importante es sentirse feliz y amar a todo el mundo, paz y felicidad. Y eso es verdad, no se contradice a las promesas de Jesús cuando el promete una “vida en abundancia” para todos los que le sigan. Pero esa vida en abundancia está basada en una nueva vida en Cristo, basada en sus enseñanzas.

Cuando Jesús habla de: “Les digo que así es también en el cielo: habrá más alegría por un solo pecador que se arrepienta”. Está hablando no sólo de una conversión, es decir de comenzar a creer en Cristo como Hijo de Dios, sino también está hablando de un cambio de vida, de conducta.
No es suficiente decir: creo en Dios, debemos mostrarlo. Así lo dice también Jesús hablando de cómo identificar a los verdaderos cristianos: “Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los cardos? Del mismo modo, todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo. Un árbol bueno no puede dar fruto malo, y un árbol malo no puede dar fruto bueno. Todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Así que por sus frutos los conocerán”. (Mt 7:16ss) Y si le preguntáramos hoy a Jesús, de dónde podemos obtener la información para saber cuáles son las cosas que él desea que cambiemos y que nos “arrepintamos”. El seguramente nos diría: “¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece” (Jn 14:21 ss). ¿Dónde están esos mandamientos? En la Palabra de Dios, la Biblia que es la base de nuestra fe.

A lo largo de toda la historia de la salvación se ve (en la Biblia) que Dios obra y se manifiesta por medio de su Espíritu en las vidas personales, familiares y en las congregaciones donde se les fue fiel a su palabra, no es de otro modo.
Que Dios nos permita permanecer fieles a su Palabra, aún vigente, y que por medio de su obediencia, ya que es la  única forma en que el Espíritu Santo obrará en nuestras comunidades, nuestras vidas se vean colmadas de la sabiduría de Dios y del verdadero amor de su Hijo Jesucristo.
Arrepintámonos de aquellos pecados de los cuales somos conscientes para que Dios pueda transformar nuestras vidas y haya beneplácito de Dios y alegría en cielo por nuestra vida aquí y ahora. Amén.

Tener fe no es para todos

Domingo de Pentecostés- Culto de ConfirmaciónHoly Spirit

Le contestó Jesús:
—El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él.  El que no me ama, no obedece mis palabras. Pero estas palabras que ustedes oyen no son mías sino del Padre, que me envió.
»Todo esto lo digo ahora que estoy con ustedes.  Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho.  La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden.

Juan 14:23-27

No puede haber mejores palabras de Jesús para este culto de confirmación que las palabras que nos llegan hoy correspondientes al domingo de Pentecostés.
“—El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él”.
La condición para tener, la compañía, la protección y el amor de Dios que en síntesis para nosotros es lo que llamamos la bendición de Dios, es que obedezcamos su palabra. Si decimos que amamos a Dios, entonces debemos demostrárselo obedeciendo su palabra, es decir lo que la Biblia dice.

Una de las primeras cosas que hay que hacer para obedecer la Palabra de Dios es creer en ella. Los confirmandos hoy quieren demostrar también su fe ante Dios y ante la congregación en tanto quieren formar parte activa de una congregación. Eso se llama fe. Es demostrar que yo creo en Dios y quiero creer en Dios. ¿Por qué digo creo en Dios y también digo ‘quiero’ creer en Dios?
La fe es un don de Dios, es decir un regalo. Si podemos creer, ya tenemos que dar gracias a Dios porque eso sucede por medio del Espíritu Santo de Dios. Para la mayoría de nosotros que hoy estamos en la iglesia, aparentemente no es un problema decir yo creo en Dios, aunque nuestra fe no sea quizás tan grande. ¿Pero saben ustedes cuántas personas hay allá afuera que no creen? ¿Saben ustedes cuántas personas hay que no tienen el más mínimo deseo de creer en Dios? Y quizás muchas de ellas mueran sin haber creído en Dios. Por ello nosotros tenemos que estar agradecidos. Tenemos que estar agradecidos que hemos sido educados en familias cristianas que, mal o bien nos han acercado a la iglesia y nos han puesto ante nuestros ojos la posibilidad de creer en Jesucristo. En el caso de los que han sido confirmados, e incluso los bautizados, a partir de allí que nuestra fe crezca o decrezca es pura responsabilidad nuestra.

La fe es como una semilla o plantita. Debemos cuidar esa plantita de la fe que ha sido plantada para que pueda crecer y madurar en la medida que Dios quiere.

Cuando plantamos un árbol, al principio es semilla y luego se transforma en una pequeña planta que requiere muchos cuidados para que con el tiempo pueda crecer y transformarse en árbol. Lo mismo pasa con los bautizados. Debemos cuidar de esa plantita. En la vida de la fe quizás en los de menor edad, tenemos los padres, padrinos, familia cristiana que pueden ayudarnos, pero luego cada uno de nosotros tenemos que asumir la responsabilidad de cuidar de esa planta de la fe.

Tenemos que cuidar con temor y temblor de la plantita de la fe. Porque si no la cuidamos, por más que hayamos sido bautizados y confirmados esa planta puede secarse y morir. Y eso significa en nuestra vida de fe que, la fe se extingue y la persona se aleja de Dios con las trágicas consecuencias que eso significa para nuestra existencia más allá de nuestra vida.

¿Se puede tener fe y dudar acerca de la existencia de Dios? Sí, claro, todos los que tenemos fe en algún momento dudamos. Especialmente cuando estamos mal y pedimos y sentimos que Dios no nos responde. Y no sólo los cristianos dudan de la existencia de Dios. También los que no creen en Dios dudan acerca de la no existencia de Dios en algún momento de su vida. Aún los ateos en algún momento, dudan de su “convicción” y afirman, ¿no será que, quizás Dios sí exista?

Una vez me encontré con una persona que, quizás en tono de broma, pero no tan broma me dijo: ¿Cómo puede usted creer en Dios a quien no ve? ¿Cómo puede creer en algo que no ve? Hoy me levanté y no vi a Dios. Voy por la calle y no veo a Dios. Estuve en el estacionamiento y no vi a Dios. Demuéstreme que Dios existe. —Entonces le dije: -Usted no puede no creer en todo lo que no ve. Hay cosas que creemos que tampoco no se ven. —Y le pregunté: -¿usted cree en el amor? —Sí, claro que creo. ¿Pero cómo puede creer en el amor si no lo ve? -Bueno, venga a mi casa y le voy a mostrar a mi esposa y verá el amor que nos tenemos. -Sí, pero yo no veo el amor, cómo puede creer en algo que no ve? No necesariamente todo lo que no vemos no hay que creer. ¿Dónde vemos la esperanza? Sin embargo tenemos la esperanza y no queremos perderla. Lo mismo pasa con Dios. Hay otras dimensiones que van más allá del entendimiento del ser humano que, incluso superan al ser humano. Una de ellas es la dimensión espiritual. Que no se ve, pero se puede creer.

Es por eso que, debemos alimentar nuestra fe con los alimentos correspondientes a la fe, llámese los alimentos espirituales. Por medio de la oración, con nuestra comunicación diaria con Dios, por medio de la lectura diaria de la Biblia y por lo menos semanalmente con la participación en comunidad de una iglesia donde recibimos por medio de la Palabra y la Santa Cena el alimento que proviene del Espíritu Santo de Dios. Eso significa cuidar de esa plantita, eso significa cuidar de nuestra fe para que crezca y crezca, y se transforme en el inmenso árbol de la fe que Dios quiere para nosotros. Si nuestra vida no muestra frutos o bendiciones de Dios es posiblemente porque no hemos cuidado esa planta o no la estamos dejando crecer, no la estamos cuidando y alimentando con ese alimento espiritual. Aún si tenemos mucha edad podemos comenzar a alimentar esa planta como Dios manda nunca es tarde para que nuestra fe se transforme en un árbol inmenso. Y con más razón, cuando los jóvenes como es hoy el caso de los confirmandos, toman este consejo y lo atesoran en su vida de la manera que lo dice la palabra de Dios: “—El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él”. Ese es el mejor consejo que podemos dar a un confirmando. ¿Quieres ver frutos en tu vida? ¿Quieres ver la patente bendición de Dios? Comienza a alimentar esa plantita de tu fe, obedeciendo a Dios.

Una vez había un incrédulo, muy inteligente por cierto que, quería tener todas las explicaciones acerca de la posible existencia de Dios. Y le hacía preguntas a un pastor: ¿Dónde está Dios, ante la miseria, ante el hambre del mundo, ante los niños masacrados mutilados y utilizados para la prostitución o el trabajo infantil? ¿Por qué existe el sufrimiento, por qué existen las enfermedades, las guerras? Me puede explicar dónde está Dios delante de todo esto. Y así seguía haciendo una pregunta detrás de la otra. Este pastor, le dijo, -Bueno déjeme explicarle. El hombre le dijo: -No, usted no puede explicar nada, porque no tiene las respuestas, porque Dios no existe, Dios es un invento a Dios nadie lo ve. -Yo le puedo explicar, pero primero le quiero hacer una pregunta. -No, no quiero ninguna pregunta, responda a mi pregunta. -Pero déjeme hacerle sólo una pregunta, ¿me permite? -Bueno, está bien, sólo una pregunta. -¿Si yo le respondo con claridad y para su conformidad a sus demandas sobre la existencia de Dios ahora mismo, y usted quedaría satisfecho con las respuestas, usted consideraría creer en Dios y hacerse cristiano? ¿Y qué le contestó el hombre? -¡No, para nada!
¡Bueno, —respondió el pastor—, vamos mejor a tomar un café, y no perdamos nuestro tiempo!

Entonces mi conclusión es que, hay personas en esta vida a las que podemos llamar ‘incrédulos voluntarios’. ¡Es decir no quieren creer, y hacen todo lo posible para no creer! Y nosotros cristianos muchas veces dudamos de nuestra fe. Nosotros no obstante, deberíamos llamarnos ‘creyentes voluntarios’. Nos pasa que tenemos dudas acerca de la existencia de Dios y esto puede ser normal y hasta es ser honestos el admitirlo. Pero no obstante, seguimos adelante, persistimos en nuestra fe, no obstante, seguimos alimentando nuestra fe, a través de la oración, de la lectura de la Biblia, de la pertenencia semanal a una comunidad de fe. Porque estamos decididos a creer en Dios. Y ese es el tipo de fe de aquellos que aman a Dios, no obstante nuestras dudas y nuestra limitación humana queremos dar más crédito a Dios que a todos los que nos quieren convencer que Dios no existe. ¡Y esa es la fe que al final triunfa! Esa es la fe que a pesar de los problemas que nos bajan el estado de ánimo que, nos ponen tristes, desganados, deprimidos o negativos o fracasados, nos dice: ¡No!, tengo que cambiar la cara, tengo que caminar mi estado de ánimo para poder creer, para poder confiar y afirmar como dice el salmo para el día de hoy: “Éste es el día en que el Señor actuó; regocijémonos y alegrémonos en él”. Y estar regocijados, felices y alegres es parte de la misma experiencia de la fe. ¡Queremos decidir estar bien y cambiar nuestros sentimientos para poder cambiar nuestra manera de pensar que nos impulsa a creer! Pues quien está mal anímicamente no puede pensar bien y quien no puede pensar bien no puede creer. Quien no puede creer no puede amar a Dios, porque no cree que Él exista. “Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve”… En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan” (Hebr 11:1.6)

La fe además de ser una bendición de Dios, implica una gran responsabilidad. Implica que debemos mantener esa fe, pues de lo contrario esa fe se marchita, se extingue y desaparece. Y las consecuencias de la pérdida de la fe, no es sólo el alejamiento de Dios sino también el alejamiento de todas aquellas cosas buenas que ansiamos en la vida, salud, prosperidad, amor, esperanza, en una palabra la bendición de Dios y el peligro de que esa fe pueda llegar a extinguirse totalmente con la pérdida de la salvación ofrecida por Dios más allá de esta vida.

‘Sin fe es imposible agradar a Dios’, lo reformularía de modo positivo: Sólo con fe se puede agradar a Dios. De la única manera en que podemos poner contento a Dios, de la única manera en que podemos amar a Dios es por medio de nuestra fe en él. Fe que se impone y va más allá de toda circunstancia externa. Fe que confía, fe que lucha, fe que supera, fe que afirma Dios existe y se revela ahora y aquí en mi vida por medio de su palabra, la Biblia.

Es nuestra oración que, Dios pueda habitar en esta iglesia, por medio de su Santo Espíritu. También que Dios pueda habitar en la vida de los confirmandos de aquí en más y en la familia de los confirmandos. Pero la única condición para ello es amar a Dios, obedeciendo su palabra y teniendo fe; es decir manteniendo esa fe por medio de nuestra comunión fiel y tenaz con el mismo Dios. Que Dios pueda llenar nuestras vidas y su presencia esté en esta casa de oración. Amén.

La única condición para recibir el Espíritu Santo

La comunidad que espera

“La comunidad que espera”

Domingo  Exaudi:

»Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él testificará acerca de mí.  Y también ustedes darán testimonio porque han estado conmigo desde el principio.—
16:1-4
»Todo esto les he dicho para que no flaquee su fe. Los expulsarán de las sinagogas; y hasta viene el día en que cualquiera que los mate pensará que le está prestando un servicio a Dios. Actuarán de este modo porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí. Y les digo esto para que cuando llegue ese día se acuerden de que ya se lo había advertido. Sin embargo, no les dije esto al principio porque yo estaba con ustedes.

 

Juan 15:26-16:4

Hablando con un gran público el renombrado evangelista D. L Moody sostuvo un vaso de vidrio y dijo: ¿Cómo podría hacer para sacar el aire de este vaso? Un hombre dijo: ¡Extraiga el aire con una bomba! Y Moody le respondió: ¡Esto generaría un vacío en su interior que rompería el vaso!
Después de varias propuestas, Moody sonrió y tomó una jarra con agua y llenó el vaso con ésta. “Ven”, dijo, el aire no está más. Prosiguió: para tener victorias en la vida cristiana no necesitamos sacar uno u otro pecado aquí y allá, sino necesitamos ser llenos del Espíritu Santo.

En este tiempo en el cual nuevamente en el año de la iglesia nos aproximamos a Pentecostés, la palabra de Dios nos recuerda que, después de su muerte y resurrección Jesucristo prometió que enviaría su Santo Espíritu, esto es, su viva presencia a cada uno de los que de allí en más confesaran su fe en Él.
El Espíritu de Dios es la fuerza que Dios mismo otorga a la iglesia, es decir a cada uno de los cristianos para que puedan mostrar a Dios y dar testimonio de Él al mundo.
¿Qué es dar testimonio de Dios? Es mostrar que ya no vivimos más según los parámetros del mundo. Es decir, mostrar que por sobre todas las cosas nos regimos por una manera de pensar y actuar que no coincide con cualquier otra filosofía que contradiga las enseñanzas de la Palabra de Dios, la Biblia. Para nosotros, como bien lo afirmó Lutero, la autoridad máxima es la Biblia, la palabra de Dios. Muchos dicen que la Biblia fue escrita por seres humanos por tanto, está sujeta a errores e inexactitudes y que el hombre con su técnica, ciencia y evolución de pensamiento, puede y ha ido superando la misma Biblia. ¿Pero cuáles son los límites de la interpretación de la Biblia? Si creemos que la palabra de Dios que, conservamos desde hace 2000 años inalterable podremos cambiarla en virtud del mero progreso hecho en los últimos siglos, entonces es muy probable que en unos cuantos siglos más desechemos la totalidad de la Biblia, pues siempre habrá otros aspectos de la misma que para los no cristianos será molesto y generará rechazo.
¿Es que acaso la Biblia es un libro más, pues ha sido escrita por los hombres?
Hay una gran diferencia entre la Biblia, —si bien esta ha sido plasmada en lo que hoy llamamos “libro”— y cualquier otra producción literaria o publicación de la humanidad. La diferencia principal radica en que los escritores de la Biblia, si bien seres humanos falibles, estaban ‘llenos’ del Espíritu Santo de Dios: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia” (2 Tim 3:16). Los que escribieron la Biblia fueron personas inspiradas por el Espíritu Santo de Dios. Y esto claro está, sólo es entendible para los mismos cristianos.
Cuando en el día de Pentecostés los cristianos estaban reunidos y el Espíritu Santo descendió sobre ellos, los que observaban la escena, declararon ‘esta gente está borracha’ (Hch 2:13) Claro, querían encontrar una explicación “humana”, hoy dirían ‘lógica’ o ‘científica’, para poder aceptarlo. Sólo aquellos que han confesado a Cristo y le han aceptado en su corazón son dignos de recibir el Espíritu Santo. Y este Espíritu nos habilita para comenzar a comprender las cosas de Dios que, muy a menudo son incomprensibles para la forma de percibir del ser humano sin Dios.
Es por eso que, aún hoy en día cuando nos dejamos llevar por la opinión y filosofía generalizada del mundo sin dar crédito al Espíritu Santo de Dios, caemos en un humanismo materialista que sólo tiene ojos para percibir hasta donde alcanza la vista humana. Entonces llegamos a cuestionar por ejemplo la Biblia y a no aceptar que se trata de algo más que un libro humano: “Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza; en cambio, los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu: (Rom 8:5) Los que no viven conforme al Espíritu, no pueden aceptar ni están “capacitados” para poder discernir las cosas del Espíritu.
Los mismos maestros de la ley contemporáneos de Jesús que estaban atestados de conocimiento y ciencia humanas, no podía comprender las enseñanzas de Cristo. En primer lugar porque cerraban su corazón a él. No aceptaban que el mensaje de Dios pudiera ser más trascendente que toda la sabiduría humana. Y así lo expresaba Jesús hablando de ellos cuando no le creían y lo rechazaban: «A ustedes se les ha concedido que conozcan los secretos del reino de Dios —les contestó—; pero a los demás se les habla por medio de parábolas para que »“aunque miren, no vean; aunque oigan, no entiendan”. (Lc 8:10)

En todo momento, Jesús acentuó que de la única manera en la cual se podía acceder a la fe, era cuando nos humillábamos ante Cristo, cuando nos poníamos dóciles a aceptar, cuando  humillábamos nuestro propio ego, o el ego que nos han transmitido para suplantarlo por el de Cristo. Es por eso que también dijo : “Les aseguro que a menos que ustedes cambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el reino de los cielos. Por tanto, el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos” (Mt 18:3-4)

Para recibir el Espíritu de Dios, tenemos que aceptar creer en él y aceptar la autoridad del mismo que se manifiesta en primer lugar en la palabra de Dios, la Biblia. Es imposible decir que somos cristianos, sin respetar la autoridad de la Biblia, pues nuestra fe se origina en la misma Biblia, por lo tanto si no creemos en la Biblia, nuestra fe sería una paradoja.
El Espíritu Santo de Dios sólo puede manifestarse en nuestras vidas si le somos obedientes (Hch 5:32). La obediencia al Espíritu Santo de Dios sucede en cuanto obedecemos la palabra de Dios, la Biblia, que es sagrada pues ha sido inspirada por el mismo Espíritu de Dios.

Esta promesa de Jesucristo, narrada en la lectura del Evangelio para este domingo Exaudi, fue dada a los primeros discípulos. Los discípulos de Jesús no eran aquellos que dominaban las escrituras y eran grandes teólogos y críticos de las escrituras, sino en primer lugar eran los que obedecían la palabra. Todos ellos fueron ungidos por el Espíritu Santo de Dios. Y esa promesa se extiende para toda la iglesia de Cristo y nosotros estamos incluidos pues hemos aceptado a Cristo como Hijo de Dios y nuestro Señor y queremos confesar nuestra fe por medio de nuestra obediencia a él.
Esa promesa se extiende a cada uno de nosotros hoy. ¡Y no sólo sucede una vez al año durante el tiempo de Pentecostés! En todo momento el Espíritu Santo está disponible. Sin el Espíritu Santo no podemos dar testimonio como iglesia de la forma que Cristo lo anhela. Sin el Espíritu Santo de Dios la iglesia no tiene el poder que necesita para predicar con eficacia y poder la palabra de Dios. Sin el Espíritu Santo de Dios es muy difícil y hasta imposible que las iglesias crezcan. Sin el Espíritu Santo de Dios, las iglesias decrecen y no pueden disfrutar de los dones y talentos que los creyentes necesitan para proclamar la vida en abundancia que Jesús promete desde la iglesia hacia todo el mundo. Sin la plenitud del Espíritu Santo no podemos ser testigos eficaces de Cristo.
Podemos hacer nuestras las palabras de Cristo, hoy y ahora: “…el Consolador, que yo les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él testificará acerca de mí. Y también ustedes darán testimonio…”
Anhelemos ser llenos del Espíritu Santo como nos dice el apóstol Pablo: “Sean llenos del Espíritu. Anímense unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales. Canten y alaben al Señor con el corazón, dando siempre gracias a Dios el Padre por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5:18.19).
Confesemos nuestros pecados a Dios, tratemos de ser obedientes a la palabra de Dios. Tratemos de congregarnos más seguido, tratemos de agradar a Dios con nuestra presencia en la iglesia, con nuestra alabanza, con nuestra lectura de la Biblia. Mostrémosle que queremos serle obedientes al poner la iglesia en el primer lugar. Hagamos caso de la palabra de Dios y confiemos en ella como viva, verdadera y aún vigente palabra de Dios. Y Dios así nos conferirá todas aquellas cosas que también estamos anhelando en lo personal, en lo familiar y en nuestra comunidad cristiana. Y concretamente pidamos: ‘Señor queremos ser llenos del Espíritu, bendícenos con la plenitud de tu presencia de modo que podamos dar el testimonio que tú tienes designado para nosotros’. Amén.

Las madres: conservadoras de la Fe

Domingo Rogate—Día de la madre

madre orando

“En aquel día ya no me preguntarán nada. Ciertamente les aseguro que mi Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre.  Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.

»Les he dicho todo esto por medio de comparaciones, pero viene la hora en que ya no les hablaré así, sino que les hablaré claramente acerca de mi Padre.  En aquel día pedirán en mi nombre. Y no digo que voy a rogar por ustedes al Padre,  ya que el Padre mismo los ama porque me han amado y han creído que yo he venido de parte de Dios.  Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo de nuevo el mundo y vuelvo al Padre.

Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo”.

Juan 16:23b-28.33

 

En el día de hoy quiero predicar sobre dos temas, pero que están relacionados el uno con el otro como veremos. Quiero referirme a un tema importante para la vida de la iglesia que, es el tema de la oración, pero también quiero honrar a las madres de este continente donde en el día de hoy se celebra el día de la madre y referirme a ellas más que nada en este tema de la vida cristiana tan significativo como lo es la oración.

La madre por naturaleza no es sólo la que lleva en su vientre a los hijos y los transporta a la vida, sino que también es la persona que los alimenta corporalmente; así lo dispuso Dios. Pero Dios también puso en la naturaleza de la mujer madre, independientemente de si esa madre ha sido madre biológica o no, la predisposición natural a cuidar. Desde la ciencia, se ha comprobado que las mujeres promedio que se encuentran sanas, en el sentido físico y metal —y nosotros podríamos agregar también espiritual— poseen un innato sentido de la sobrevivencia. Por qué es esto, bueno quizás tenga que ver pues genéticamente han sido las portadoras y conservadoras de la vida desde los orígenes del ser humano. Un detalle curioso: ¿Ustedes saben por qué, por ejemplo, las mujeres engordan más fácil que los hombres y les cuesta mucho más perder peso que a los hombres? Porque tienen un programa genético para conservar grasa que el hombre no tiene. Esa grasa, hace miles de años en épocas de hambrunas y de escasez de comida las mantenía vivas y mantenían la vida que llevaban dentro. Y así podríamos hablar sobre muchas cosas más que tienen que ver con la genética de las mujeres. Pero más que nada en el día de hoy queremos referirnos a la capacidad que Dios le dio a la mujer para preservar otra parte de su ser que es la espiritual.
Las mujeres son la conservadoras de la vida, así también atesoran su casa, sus costumbres, su herencia, su educación, su idioma. Por algo es que hablamos de lengua madre y no de lengua ‘padre’. La mujer es la que educa, la que enseña los primeros conocimientos. La mujer es la que educará para que sus hijos puedan sobrevivir, y si la mujer no está bien no les dará una buena educación. Y eso es triste. Pues tienen la capacidad de influir para bien o también para muy mal. Las mujeres han sido educadas por otras mujeres y han aprendido de sus madres y lo continuarán haciendo. Y todo eso lógicamente se traslada a la vida espiritual, a la vida de la fe. Es la mujer la que tiene la principal influencia en la educación espiritual. Cuando una madre es una cristiana convertida, es decir una madre creyente, cuando una madre cree en Dios por fe verdadera y no tan sólo por religión —léase por un mera herencia religiosa o costumbre—, entonces esa madre será de enorme influencia en la futura vida espiritual de los hijos.

Por eso en el día de hoy queremos honrar a las madres con esta predicación. Queremos poner al tanto a los hombres, especialmente a los hombres jóvenes, a la hora de buscar una mujer para su vida. En la Biblia dice: “Mujer ejemplar, ¿dónde se hallará? ¡Es más valiosa que las piedras preciosas!” Proverbios 31:10ss.
La mujer no pierde sus cualidades ni su sentido de supervivencia por no ser cristiana, pero en su educación a los suyos no va a acentuar para nada sobre el acercamiento a Dios.

¿Quién enseña a orar, quién enseña a juntar las manos y dirigirse a Dios en oración?, muy a menudo lo hace la mujer. Eso no quiere decir que el esposo no lo pueda hacer. A veces pasa que el hombre tiene que asumir esa tarea cuando la mujer no es cristiana. Pero el hombre por su naturaleza, por su trabajo, no tendrá la disposición y el tiempo que tiene la mujer para estar al lado de sus hijos. “Mujer ejemplar, ¿dónde se hallará? ¡Es más valiosa que las piedras preciosas!”

Y este versículo vale especialmente para nuestra vida cristiana. Si la familia es la base de la sociedad, la mujer es la formadora de la familia. Este mensaje también quiere honrar a las mujeres en tanto quiere agradecer y valorar el trabajo que las madres cristianas hicieron y siguen haciendo con sus hijos y aún con sus nietos. Pues muchas veces la tarea de las madres debe, o puede prolongarse hasta en los nietos si las madres no pueden o no quieren cumplir esa tarea. Y también esta predicación quiere exhortar a las madres a encontrar el verdadero camino a Cristo, para que ellas puedan ser las madres que Jesús quiere.

¿Cómo es eso que es sólo la madre la que puede enseñar a orar? No, no es ella sola. El padre lo puede hacer también, pero como dijimos la madre pasa el mayor tiempo con los hijos y tiene una gran influencia sobre la persona. La madre aún en hijos maduros tiene una gran influencia y las madres deben aún utilizarla para la misión y la obra de Dios y para obedecer al Señor.

Un estudio acerca de las guerras modernas mostró que aún hombres maduros y bien viriles en sus momentos de más agonía en una batalla, en sus momentos de mayor terror, gritaban“¡Mamá!”, con un grito desgarrador, así contaban otros soldados.
Madres y aún abuelas, sean o no biológicas tienen una importante tarea solicitada por nuestro Señor, la de educar en la fe. Pero no en la religión, o en las costumbres religiosas que pueden no estar acorde a lo que Jesús nos pide en su palabra.

Recuerdo que mi madre, en mi tiempo de niñez fue una mujer de fe y convicción. Ella realmente me ayudó a confirmar mi creencia en Dios. Pero ella no era una mujer “religiosa”, en el sentido de ser súper espiritual o melosa en las cuestiones espirituales externas. No andaba por allí con una Biblia en la mano, ni diciéndole a todo el mundo: “Que Dios te bendiga” o “Gloria a Dios”. No, ella era una persona normal, auténtica, con desafíos reales, pero sí tenía una fe real en Dios. Ella tenía una relación real con Jesús en la parte más profunda de su ser. Ante cada obstáculo allí se veía su fe, su verdadera religión. Allí se veía como reaccionaba y cuáles eran sus emociones, y cada decisión que tomaba y cada victoria que Dios le daba. Ella no espiritualizaba todo, ella simplemente vivía todos los días a Cristo. Y eso se mostraba en su participación en la iglesia, en cada culto. Nos llevaba a la iglesia con convicción, así también mi padre. No por un cumplimiento de algo o por un temor de algo. Íbamos a la iglesia no porque pertenecíamos a la iglesia de generación por generación, o porque era parte de nuestra cultura, raza o idioma o porque éramos luteranos. Íbamos a la iglesia cada domingo porque necesitábamos de Dios y queríamos ser obedientes a él y le amábamos y así Dios nos bendecía y nos sigue bendiciendo.

Y eso es lo que las madres de hoy tienen que vivir y enseñar a sus hijos con el ejemplo y con sus palabras. Y eso también les está permitido hacerlo a las abuelas. “A cualquiera que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos”. (Mt 10:32-33)

En muchas iglesias falta oración. Yo me doy cuenta, cuando visito, si en una casa se ora y en que casa no se ora. También me doy cuenta en qué casa se cree en la oración y en que casa la oración, quizás bien intencionada, pero es una oración que carece de la confianza. Me doy cuenta en qué casa se cree en la iglesia como una tradición religiosa y me doy cuenta en qué casa se enseña que el ir a la iglesia es por amor y obediencia a Dios.

Hay muchas personas que aún no han descubierto el gran poder de Dios y eso se nota pues no ha habido aún un encuentro personal con Jesucristo donde se haya decidido entregarse a Cristo de verdad. Cuando nos entregamos a Cristo, toda nuestra vida cristiana tiene un antes y un después. Y así sucede con la oración. La oración no es un rito o una postura, donde repetimos ciertas frases o palabras que se nos han transmitido de generación en generación. La oración es una conversación con Dios. Muchas personas dicen que no pueden orar que, no saben orar, especialmente en voz alta, si tú sabes hablar, entonces ya puedes orar, pues la oración es hablar con Dios. Si tienes dificultad para orar tanto sea en voz baja como en alta quizás hace falta madurez en tu vida de fe.
“Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa” Esta es la promesa de Jesús. Si has pedido, bien has hecho. Si nunca has recibido, entonces hay un problema allí. ¿Son menos las veces que recibes que las que pides?, entonces también puede haber un problema allí. Y no muchas veces este problema se debe sólo a la falta de fe, sino más bien a la falta de entrega a Dios. Es decir a ser obediente a la palabra de Dios, a lo que Dios nos pide que hagamos en la Biblia. Y esto se termina cuando entregamos nuestra vida a Cristo. Y con temor y temblor vamos poniendo en primer lugar a Cristo y a su iglesia en nuestras vidas.

Algunas preguntas para este día de la madre: ¿Cuándo escuchaste a tu madre orar? ¿En qué ocasiones ella hablaba con Dios? ¿Qué te enseñó tu madre sobre la oración y comunicarse con él? ¿Cómo afecta eso hoy el modo que tú te diriges a Dios? ¿Qué te gustaría decirle a Dios y has estado renuente a decirle? ¡Te aliento a que abras tu corazón a Él y escuches su voz!

Hoy Jesús está otorgándonos una de sus más grandes promesas: la de escuchar nuestras oraciones habladas, esas que son parte de una relación viva y obediente con él. Es una oportunidad inigualable si esto no lo has aprendido, quizás de tu madre, en tu vida hoy puede ser la oportunidad de aprenderlo y de aceptarlo. Y a todas las madres y abuelas también Dios les invita a aceptar este ofrecimiento y a seguir trasmitiéndolo a las generaciones que tenemos por delante. “Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo. Amén.

La conexión más efectiva

Domingo JubilateLa vid

»Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador.  Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.  Ustedes ya están limpios, por la palabra que les he hablado.  Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí.  Yo soy la vid y ustedes los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí ustedes nada pueden hacer.  El que no permanece en mí, será desechado como pámpano, y se secará; a éstos se les recoge y se les arroja al fuego, y allí arden.  Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan todo lo que quieran, y se les concederá.  En esto es glorificado mi Padre: en que lleven mucho fruto, y sean así mis discípulos”.

Juan 15:1-8

 

El texto del Evangelio para este domingo nos trae una de las comparaciones más hermosas de Jesús acerca de la comunidad cristiana. El primer versículo que escuchamos: “Yo soy la vid verdadera y mi padre es el labrador”, nos está queriendo decir que Jesús, el Cristo, él mismo se compara con una vid, con el fruto de la uva verdadera. ¿Qué es lo que significa esto, qué es lo verdadero, cuál es la uva verdadera, y cuál es la falsa? Para entender lo que el Señor Jesús nos quiere mostrar con esto debemos ver de dónde procede esta comparación que él hace acerca de sí mismo con una vid.

La vid como fruto típico de la región de Palestina, fue siempre muy apreciada por el pueblo de Israel. La vid fue siempre símbolo del pueblo de Israel. Jesús nos dice que él es la vid verdadera, la vid que no es verdadera es aquella que no da frutos o que sus frutos se pudren. Tengamos en cuenta que la parra, para aquellos que alguna vez la vieron crecer es una planta muy delicada. Si llueve muchos días cuando están por madurar las uvas, quizás se pudran. Si hay mucho sol estas son propensas a secarse, si hay mucha humedad ambiental no crecen con total vigor. La parra debe estar plantada en una zona donde el clima sea propicio para su crecimiento. Esta se da generalmente en zonas de clima seco, como es el caso de la zona de Palestina.

Jesús es la vid que nunca se pudre, apta para cualquier clima y región. En cambio el pueblo de Israel de aquel entonces a quien Jesús le predicaba y se identificaba como una vid, no era la vid verdadera, en su mayoría eran una vid falsa, podrida, echada a perder que debía ser arrojada al fuego.
¿Por qué el pueblo de aquel Israel era una vid falsa?, simplemente porque no daban frutos. No cumplían las verdaderas enseñanzas de la Palabra de Dios, era un pueblo que estaba mal encaminado. Quizás no muy diferente a otros pueblos de la humanidad o también a nuestro pueblo mismo, a nuestro país.

¿Quién puede decir que en nuestro país la gente realmente está cumpliendo con la Palabra de Dios, que hay gente mayoritariamente que se ocupa de hacer lo imposible por llevar a cabo la voluntad de Dios. Hablando en términos generales podemos decir que la mayoría de las noticias que encontramos en los diarios, radio y televisión hoy en día nos muestran un pueblo para el cual la práctica de la Palabra de Dios es una cosa del pasado, es una cosa fuera de moda, la participación en las iglesias es mínima y sólo parece remitirse a sólo por motivos de tradición. ¿Y realmente, qué es o en qué consiste dar frutos? Dar frutos es dicho de manera simple mostrar tal como un racimo, que podemos encontrar y mostrar a Jesucristo en nuestras vidas como si él fuera una vid verdadera.

El nos dice que todos aquellos que no lleven frutos en el serán desechados. ¿Y qué significa llevar frutos en él? Como hemos dicho es testimoniar en nuestras vidas el amor de Cristo, que se da principalmente cuando amamos a nuestro prójimo. Amar a nuestro prójimo es el fruto fundamental de la vid, que es Cristo. Cuanto más amamos a nuestro prójimo más nos parecemos a Jesucristo y más somos una vid verdadera.
¿Qué es eso de que los que no lleven frutos serán desechados? En realidad eso es parte de la misma comparación. No es Dios quien nos desecha, sino que somos nosotros mismos. Nos desechamos de poder vivir una vida de alegría en Jesucristo y por consecuencia con nuestros semejantes, en este hermoso planeta que El nos ha regalado, en este hermoso y rico país en el que vivimos.
Existen tres maneras de ser vides falsas o racimos de uva inútiles que merecen ser desechados (o que nos desechemos): La manera más rotunda es negarnos por completo a escuchar a Jesús; la otra es escucharlo y luego servirlo de la boca para afuera sin mostrar nuestro testimonio real, mediante nuestro comportamiento; y la otra es manteniendo una fe débil que sólo quiere satisfacer lo suyo propio, entonces abandona con el tiempo la fe.

Jesús nos dice que la única manera de poder ser pámpanos, o racimos o ramas de la vid verdadera, es permaneciendo en él teniendo un contacto con él, como la uva al racimo, el racimo a la rama y la rama a toda la vid. Si alguna vez hemos nos hemos preguntado porque nos suceden cosas malas o desagradables, no sigamos pensando, que tal vez sea porque Dios nos castiga, al contrario Dios no castiga, Dios es un Dios de amor, de bondad. ¿No será por ahí, quizás que, nos buscamos a veces las cosas por estar desconectados de la parra? Jesús nos dice en el versículo 4: “Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí”.

Estando en comunión con Cristo podemos encontrar una vida de alegría, pero no de esa alegría efímera, que dura poco, sino una alegría como la vid que es Cristo, verdadera. En otro versículo Jesús nos promete algo relacionado con esto: “Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan todo lo que quieran, y se les concederá”. Esta es una promesa grandiosa y creemos firmemente que Jesús está dispuesto a cumplir. Es muy fácil. ¿Necesitamos una vida de consuelo o de alegría o encontrar metas para la vida?, quizás el camino no comience por pedirle esto primero al Señor, sino en primer lugar tratar de ser racimos que den el fruto verdadero, tratar de vivir a Cristo en nuestras vidas, tratar de sentirlo en su promesa cuando nos dice que él está con nosotros si nosotros decidimos estar con él. Tratar de amarlo a él y para amarlo a él debemos cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos son el amar a nuestro prójimo y a toda su creación, a aquel que se encuentra a nuestro lado y a la tierra donde vivimos. Esto es testimoniar a Cristo en nuestras vidas, esto es llevar buenos frutos.

Estos versículos del Evangelio de Jesucristo para el día de hoy, tercer domingo de Pascua, nos llaman la atención, nos quieren dar la solución, la combinación especial para poder crecer como personas, como comunidad, como sociedad.
La comparación de la parra de uvas, nos muestra que la buena uva es Jesucristo, el labrador es su Padre, nuestro Padre. ¿Cómo hacer para dar buenos frutos y en comunidad? Manteniéndonos conectados día a día con la Palabra de Dios, con la oración, con la práctica del amor de Dios hacia nuestros prójimos y eso es testimoniar.
En la congregación sucede que cuando nos desconectamos de los cultos, del mensaje de Jesucristo, de la comunión con nuestros hermanos, comenzamos a sentirnos autosuficientes, perdemos el contacto con Dios y nos creemos que no necesitamos a un Dios, esta es una clara señal para darnos cuenta de que ahí empezamos a podrirnos espiritualmente, a echarnos a perder, como el racimo de uvas. Procuremos mantenernos en la Palabra de Dios, no sólo al escucharla, sino también por medio de nuestra lectura. Si tenemos dificultades para leer, pidámosle a alguien que nos lea y tratemos de entender, lo que Jesús especialmente en los evangelios, nos quiere decir. No olvidemos tampoco de conectarnos con Dios mediante nuestro diálogo, la oración. La oración al levantarse por la mañana prepara al cristiano con armas fuertísimas para enfrentar el día y para encontrar cuál es el camino que Dios nos señala. La oración a toda hora fortifica esto mismo. La oración al acostarnos por la noche nos prepara a un descanso placentero.

El mensaje para este domingo está referido principalmente a llamar la atención a la comunidad en dos cosas: En primer lugar la manera de afrontar nuestras penas y problemas normales de todo cristiano, radica en la fortaleza que tengamos para hacerles frente y esto depende de la renovación que consigamos de nuestra fuerza espiritual por medio de la conexión diaria con Dios: “…el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí ustedes nada pueden hacer” .Y en segundo lugar es que la única manera de que esa conexión que se consigue por medio de la oración y la alabanza, sea fructífera, se logrará si nos mantenemos unidos a nuestro prójimo a nuestra comunidad, aplicando el amor al prójimo, que en resumen es el amor a Dios. Esto es lo que se llama ser buenos pámpanos o racimos y estar unidos a la vid verdadera, que es Jesucristo. Amen

Primer Domingo después de Pascua- Quasimodogeniti

Quasimodogeniti

El nuevo nacimiento

“Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando reunidos los discípulos a puerta cerrada por temor a los judíos, entró Jesús y, poniéndose en medio de ellos, los saludó.

—¡La paz sea con ustedes!

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron.

—¡La paz sea con ustedes! —repitió Jesús—. Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes.

Acto seguido, sopló sobre ellos y les dijo:

—Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen sus pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.

Jesús se aparece a Tomás

Tomás, al que apodaban el Gemelo, y que era uno de los doce, no estaba con los discípulos cuando llegó Jesús. Así que los otros discípulos le dijeron:

—¡Hemos visto al Señor!

—Mientras no vea yo la marca de los clavos en sus manos, y meta mi dedo en las marcas y mi mano en su costado, no lo creeré —repuso Tomás.

Una semana más tarde estaban los discípulos de nuevo en la casa, y Tomás estaba con ellos. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró y, poniéndose en medio de ellos, los saludó.

—¡La paz sea con ustedes!

Luego le dijo a Tomás:

—Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe.

—¡Señor mío y Dios mío! —exclamó Tomás.

—Porque me has visto, has creído —le dijo Jesús—; dichosos los que no han visto y sin embargo creen.

Jn 20:19-29 (NVI)

 

 

No todo lo que brilla es oro. No todo lo que vemos, podemos creer. Aunque también decimos: “Las apariencias engañan”. ¿De qué forma debemos creer? Escuchemos una historia con humor:
Una maestra que no quiero decir su nombre, quiso demostrar a sus niños de primaria que Dios es un mito. La clase ocurrió así:

MAESTRA: Hoy vamos a aprender que Dios no existe. (Entonces, dirigiéndose a uno de los niños dice:) ¿Tito, ves el árbol allá afuera?
TITO: Sí, maestra.
MAESTRA: ¿Tito, ves la hierba?
TITO: Sí, maestra.
MAESTRA: Vete afuera y mira hacia arriba y dime si ves el cielo.
TITO: (Regresando unos minutos más tarde) Sí, vi el cielo, maestra.
MAESTRA: ¿Y viste a Dios?
TITO: No, maestra.
MAESTRA: Esto es exactamente mi cuestión. Podemos ver todo lo que existe, pero no podemos ver a Dios porque Él no existe. Es un cuento.
En ese momento, María, una compañera de Tito, pidió a la maestra si podría hacerle más preguntas a Tito.
La maestra, algo sorprendida, accedió.

MARIA: ¿Tito, ves los árboles afuera?
TITO: Sí.
MARIA: ¿ves la hierba?
TITO: (ya aburrido de tantas preguntas, contesta) Siiiiiiiii
MARIA: ¿ves a la maestra?
TITO: Siiiiii
MARIA: Todo lo que existe se ve, ¿cierto?
TITO: Siiii
MARIA: ¿ves el cerebro de la maestra?
TITO: Noooo.
MARIA: Entonces, Tito, según nos han enseñado hoy, ¡nuestra maestra no tiene cerebro!

Como dije, no todo, lo que vemos podemos que creer. Y eso vale hasta nuestros días, cuando por medio de tantas imágenes y películas se nos quiere engañar en las propagandas con ofertas que no corresponden a la entera verdad. Por ejemplo una agencia de seguros que describe una zona maravillosa de gente con rostros felices, pero todos sabemos que, ninguna aseguradora puede garantizar nada de eso. No, no todo lo que vemos , podemos creer.

Y al revés vale lo mismo: no todo lo que, creemos, debemos ver. Yo creo por ejemplo que, precisamente aquí y ahora en esta iglesia, se está emitiendo el programa de la emisora de FM local. Yo no veo y no escucho nada de esto, pero estoy completamente seguro que las ondas de radio de dicha emisora están presentes ahora en todo este espacio. No todo lo que creemos tenemos que verlo. De la misma forma creo que, la iglesia puede estar ahora no del todo llena como parece. Yo creo que, los ángeles de Dios están presentes aquí. Y creo que estos ángeles nos cuidan mucho mejor que cualquier empresa de seguros del mundo. Como dije: No todo lo que creemos, tenemos que verlo.

Y aquí llegamos a la palabra más importante de Jesús en el Evangelio de hoy, con palabras dirigidas al discípulo Tomás: “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”. Las cosas realmente importantes y duraderas de la vida corresponden a las que no se pueden ver, a las que sólo se pueden creer. Y de todas estas cosas está en primer lugar el hecho de que el Señor Jesucristo vive y está presente con nosotros aquí y ahora. Precisamente con este hecho se relaciona su palabra: “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”.

Al apóstol Tomás, hacia quien fueron dirigidas estas palabras originalmente, se lo recuerda a menudo como el ‘incrédulo Tomás’, el discípulo que dudó. De allí la frase: “Si no lo veo no lo creo”. A mí me da siempre un poco de lástima, pues veo que se lo juzga erróneamente. Claro que él, la noche del domingo de resurrección puso en duda que Jesús estuviera vivo, pues él no se encontraba allí, cuando apareció el resucitado. ¡Pero los otros apóstoles hicieron lo mismo – antes de verlo a Jesús! No le creyeron a las mujeres que volvían, anunciando la noticia maravillosa de la tumba vacía. “El Señor ha resucitado” Sino que siempre tuvieron miedo y estaban desanimados, se abarracaron en una casa. Y allí estaban y tenían tantas dudas como luego las tuvo el apóstol Tomás. Recién cuando vieron a Jesús, recién cuando vieron sus manos y su costado se avergonzaron de su falta de fe y creyeron. Jesús hubiera podido decirles también a ellos: “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”.

Y Jesús nos lo dice a nosotros también. Esta es una bienaventuranza maravillosa que vale para todos los cristianos. Dichosos somos, pues no necesitamos abarracarnos temerosamente, podemos vivir libre y valientemente; Cristo resucitado está hoy junto a nosotros y nos llama como lo hizo con el apóstol en aquel entonces: “La paz sea con ustedes” A esta paz no la podemos ver con los ojos, pero corresponde a las cosas más importantes en que uno cree, si bien uno no las puede ver. Esta paz tiene que ver con la parte central del evangelio para este día y que también Jesús proclamó el domingo de pascua a sus discípulos, cuando Tomás todavía no se encontraba allí. Les dijo: “La paz sea con ustedes. Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes…Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen sus pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados” Paz con Dios tenemos, porque Jesús murió en la cruz por nosotros. Paz con Dios tenemos, porque Dios aceptó este sacrificio expiatorio y venció por medio de la resurrección de su Hijo. Paz con Dios tenemos porque por medio del bautismo se nos cedió el fruto de este sacrificio expiatorio. Paz con Dios tenemos, porque por medio de las palabras de perdón de pecados en la confesión siempre se nos recuerda: “Tus pecados te son perdonados” Eso significa que: ya nada más te separa de Dios; a él le perteneces, él está en tu vida; él te considerará inocente en el día del juicio final y te regalará la salvación eterna en el cielo. “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”.

¿Y por qué podemos creer esto? Porque Jesucristo fue creíble. Porque se manifestó delante de sus primeros discípulos. Mejor aún: los primeros discípulos pudieron verlo y creer. Vieron al resucitado vivo y real. Se pudieron convencer cuando vieron sus heridas de las manos, pies y del costado. Así como Tomás lo pudo hacer también, lo hicieron los otros apóstoles. Y cuando hoy leemos esta historia en la Biblia, ellos prácticamente nos prestan sus ojos, para que también nosotros podamos tener parte en la resurrección de nuestro Señor. De la misma forma sucede con el perdón de los pecados. Recordemos la magnífica historia del paralítico que, fue introducido por el techo de la casa para poder llegar hasta Jesús; los apóstoles vivieron esta experiencia y la escribieron para nosotros. Cuando el paralítico estuvo delante de Jesús ¿qué fue lo que hizo Jesús? Este hombre ocultaba sus pecados. ¿Se los podía ver? No, nadie los podía ver, había que creer en ello. Los fariseos que estaban allí, no podían creerlo, sino que dudaban que Jesús tuviera el poder para perdonar pecados. Pero luego Jesús hizo otra cosa y todos lo pudieron ver: El sanó al paralítico. El paralítico se puso de pie para gran asombro de todos los que estaban allí, enrolló su camilla y se fue a su casa. Y Jesús dijo por qué él curó al paralítico, para que reconozcamos que: él tiene el poder de perdonar pecados. Y hasta el día de hoy esta historia nos brinda la certeza que, nuestros pecados verdaderamente se nos perdonan cuando se nos lo anuncia en el nombre de Jesús. Y de la misma manera el relato de la pascua en los evangelios nos da certeza aún hoy en nuestros días cuando nos dicen que, Jesús resucitó y vive. “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”. – Esto es algo especial que se nos dice, para todos los discípulos de todas las generaciones que, se basan en el testimonio de los que lo han presenciado.

Si se nos perdonan nuestros pecados y tenemos paz con Dios, entonces también podemos creer que, Dios tiene consideración de nosotros. Ese es el sentido principal por lo cual el Hijo de Dios se hizo hombre y sobre todo lo que llevo a cabo: con ello nos quiso mostrar que, Dios tiene consideración de la humanidad y quiere invitar a todos a que tengan una vida eterna plena. Si nos dedicamos a juzgar sólo lo que nuestros ojos ven, entonces empezamos a dudar. Empezamos a concentrarnos en el sufrimiento y las necesidades, la pobreza en la carencia y la enfermedad. Y nos preguntamos dudando si realmente Dios tendrá reparo de nosotros. La respuesta de la pascua, la respuesta del apóstol, la respuesta de toda la Biblia nos dice: Sí, verdaderamente él se interesa por nosotros. Dios nos ama de verdad, a ti y a mí y a toda la humanidad, aunque a veces no se lo perciba. Aunque tus ojos a veces vean otras cosas. Pues, “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”.
No todo lo que vemos, podemos creer. No todo lo que creemos debemos verlo. Dichosos somos más bien, cuando creemos en el Evangelio de Jesucristo, el que los apóstoles vieron, creyeron y del cual dieron testimonio. Amén.

¡No obstante cree!

Viernes SantoCruces

“Entonces Pilato se lo entregó a ellos, para que lo crucificaran. Y ellos tomaron a Jesús y se lo llevaron.

Con su cruz a cuestas, Jesús salió al llamado «Lugar de la Calavera», que en hebreo es «Gólgota»,  y allí lo crucificaron. Con él estaban otros dos, uno a cada lado suyo, y Jesús en medio de ellos.  Además, Pilato escribió también un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS.  Y muchos de los judíos leyeron este título, porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad. Este título estaba escrito en hebreo, griego y latín.  Los principales sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato: «No escribas “Rey de los judíos”; sino que él dijo: “Soy Rey de los judíos”.»  Pero Pilato les respondió: «Lo que he escrito, escrito queda.»

Cuando los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos y los partieron en cuatro, una parte para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual no tenía ninguna costura, y de arriba abajo era de un solo tejido.  Y dijeron entre sí: «No la partamos. Más bien, echemos suertes, a ver quién se queda con ella.» Esto fue así para que se cumpliera la Escritura, que dice:

«Repartieron entre sí mis vestidos,
Y sobre mi ropa echaron suertes.»
Y así lo hicieron los soldados.  Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena.  Cuando Jesús vio a su madre, y vio también presente al discípulo a quien él amaba, le dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»  Y al discípulo le dijo: «Ahí tienes a tu madre.» Y a partir de ese momento el discípulo la recibió en su casa.

Después de esto, y como Jesús sabía que ya todo estaba consumado, dijo «Tengo sed», para que la Escritura se cumpliera.  Había allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon una esponja en el vinagre, la pusieron en un hisopo, y se la acercaron a la boca.  Cuando Jesús probó el vinagre, dijo «Consumado es»; luego inclinó la cabeza y entregó el espíritu.

Jn 19:16-30

El día de hoy es un recordatorio especial de la muerte de Jesús para nosotros cristianos. Nosotros cristianos evangélicos nos centramos naturalmente más en el acontecimiento de la resurrección. Sabemos que Cristo murió en una cruz, por eso es que tenemos una cruz colgada a lo alto sobre el altar de nuestras iglesias, pero esa cruz por lo general esta vacía. Cristo no está más colgado en la cruz, murió una sola vez y resucitó. Está vivo, venció a la muerte y al infierno y vendrá al final de los tiempos a juzgar a los vivos y a los muertos, vencerá definitivamente a Satanás el poder de las tinieblas y su reino no tendrá fin será eterno. Eso es lo que creemos los que somos cristianos.
La parte central del mensaje para este día es la que se desprende de la frase pronunciada por Jesús: “Consumado es” que, es algo así como decir en palabras simples: ‘el trabajo se ha cumplido’.
Jesús asumió la tarea de venir a la tierra, se hizo hombre para poder comunicarse directamente con la gente y traer un mensaje de amor del Dios. Vino a restablecer la ley. Vino a poner al día la ley de Dios y la trajo de una forma sencilla para que todos la entendieran.
No sabemos por qué tuvo que morir. Siendo Dios tuvo el poder de resucitar pero no obstante no utilizó ese poder para evitarse la muerte. Lo habría podido hacer si hubiera querido, pero no lo hizo. Y eso a nosotros seres humanos nos deja sin entendimiento. ¿Cómo puede ser que Jesús el Hijo de Dios, con todo el poder que tenía no se hubo ahorrado la muerte?
Y existen dos razones por las cuales no lo hizo. Primero porque era un ser humano y quería vivir hasta las últimas consecuencias su humanidad sobre la tierra. Quiso llegar hasta las últimas consecuencias con el mensaje que vino a traer: el mensaje del amor a Dios y el amor al prójimo.
Hubiera sido muy fácil para él llamar a un ejército de ángeles para desparramar a todos los que querían matarlo. Pero esa hubiera sido una forma muy humana de actuar. El también fue Dios y quería mostrarnos que lo más importante es el amor, amar hasta las últimas consecuencias. El amor al Dios y el amor al prójimo es lo único que nos puede proporcionar una existencia segura y eterna. En cierto sentido quiso hasta ver si los seres humanos hacia los cuales se dirigía su predicación se daban cuenta y reconocían su mensaje como el mensaje de amor del Hijo de Dios. Por lo visto no lo reconocieron.
La segunda razón por la cual murió en la cruz, fue porque quiso mostrar que el poder del amor es el mayor poder del universo. El poder del amor es mayor que el poder de la maldad. El poder de Dios es mayor que el poder del diablo. Que el amor siempre triunfa a la larga o a la corta.
Y que aquellos que acepten el amor de Dios, enseñado por medio de su Hijo Jesucristo, vivirán por siempre. Aquellos que acepten que Jesucristo es el Hijo de Dios y que de él viene ese ejemplo de amor, vivirán por siempre. Aquellos que tengan la humildad y el esclarecimiento espiritual para buscar a Dios por medio de Jesucristo vivirán por siempre. Aquellos que amen al prójimo así como Cristo lo predicó vivirán por siempre. Aquellos que valoren las cosas que vienen de Dios vivirán por siempre.

No se puede nunca llegar a entender el misterio de la muerte de Cristo, el día de viernes santo si no se acepta primero el milagro de la resurrección de Cristo. Por medio de la resurrección de Cristo al tercer día, nos damos cuenta que Jesús era, es y será siempre Cristo. No es una cuestión de tratar de explicar científicamente por qué murió Cristo, si de veras murió así. O tratar de explicar científicamente, por medio de la historia o de la arqueología si Cristo resucitó o no.
Hay tanta gente afanada en buscar pruebas de la resurrección de Cristo y hasta fanatizada por los hallazgos arqueológicos que pueda haber que pierden de vista la dimensión principal: la de creer que Cristo está vivo.
No sé si ustedes recuerdan por ejemplo la noticia sobre el manto sagrado que fue hallado en Turín. Se han hacho estudios arqueológicos y científicos para probar si este en verdad era o no el manto en el cual envolvieron a Jesús. Hay muchos que lo creen y hasta van a verlo para venerlarlo. No sé si fue verdadero o no. No necesitamos de pruebas para creer que Jesús está vivo. Del mismo pasó con Tomás cuando le dijo a Jesús: Si yo no veo en sus manos la señal de los clavos, ni meto mi dedo en el lugar de los clavos, y mi mano en su costado, no creeré (Jn 20:25b)
Y al final Jesús le dice: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”.
Bienaventurados cada uno de nosotros que a pesar de no ver, de no haber vivido junto a Jesús, de no poder comprender queremos decirle hoy a Jesús, hoy viernes santo, de la misma manera que en el domingo de resurrección o en cualquier día del año, porque para los cristianos todos los días del año son iguales para adorar a Cristo: Yo quiero creer en ti Señor, aunque no entiendo. Yo quiero aceptarte Señor Jesús como mi Dios y Señor aunque no entiendo, yo quiero adorarte a ti Señor aunque no entiendo, yo acepto tus mandamientos de amor, aunque no lo entiendo. Yo te amo Jesús Hijo de Dios, aunque no entienda.
Si podemos expresar esto con nuestras palabras, pensamientos y sentimientos, es una señal que de hemos aceptado que Jesús es el Hijo de Dios y tenemos la promesa de la vida eterna regalada a aquellos que aceptan el sacrificio de amor de Cristo.
Lamentablemente nosotros seres humanos queremos entenderlo todo con nuestra mente antes, pero no todo funciona así, hay otras dimensiones en el universo creado por Dios que no son sólo los cinco sentidos humanos. Hay cosas que van más allá de lo natural que, son sobrenaturales. Cuando comenzamos a creer y eso lo hacemos con nuestro espíritu, la presencia sobrenatural y extraordinaria de Dios comienza a habitar en nuestra vida. Cuando el libro del Génesis nos dice: ¡Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza! (Gn 1:26) Dios no estaba principalmente en la naturaleza espiritual de Dios. Somos creación de Dios y tenemos un espíritu ese espíritu anhela terriblemente estar conectado con su creador. Cuando no creemos en Dios a través de Jesucristo, nuestros cuerpos pueden vivir, pero nuestros espíritus están vacíos y nuestros cuerpos cada vez más enfermos.
Dios nos da una nueva oportunidad en el día de hoy de aceptar el ofrecimiento, la salvación que Cristo nos ofrece: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Dios ten bendecirá ricamente y cambiará tu vida si aceptas esto ya en tus días sobre la tierra. Si ya has tomado antes esta decisión, decídete hoy que quieres acercarte más a la fuente de de vida de Dios y decídete transitar hacia la santidad, qué puedes hacer a partir de esta pascua de resurrección para obedecer más a Dios, qué cosas puedes dejar de lado que a Dios no le agradan de ti, qué cosas puedes obsequiar a Dios que Dios está esperando de ti hoy. Acepta a Cristo y acepta también cada día cambiar tu vida hacia la santidad.
Jesús murió, sí, pero una sola, vez y resucitó por eso hoy estamos aquí en la iglesia hoy. El está vivo y quiere darte a ti también la vida que estás buscando en todos los sentidos que te puedas imaginar.
—Dios crucificado muerto y sepultado. Dios de amor que, quisiste salvarnos muriendo en la cruz, perdona mis pecados hoy. Permíteme vivir en esta tierra como a ti te agrada. Permíteme cumplir tu palabra. Permíteme ponerte a ti en el primer lugar de mi vida. Pues necesito tu bendición y quiero resucitar al igual que tú, más allá de mi propia muerte. Recibe mi oración Señor Jesús. Amén.–