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Cuatro cosas importantes

7mo. Domingo después de Trinidadsanta cena mod

Fue así como los que recibieron su palabra fueron bautizados, y ese día se añadieron como tres mil personas,  las cuales se mantenían fieles a las enseñanzas de los apóstoles y en el mutuo compañerismo, en el partimiento del pan y en las oraciones.

Al ver las muchas maravillas y señales que los apóstoles hacían, todos se llenaban de temor,  y todos los que habían creído se mantenían unidos y lo compartían todo;  vendían sus propiedades y posesiones, y todo lo compartían entre todos, según las necesidades de cada uno.  Todos los días se reunían en el templo, y partían el pan en las casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón,  mientras alababan a Dios y brindaban ayuda a todo el pueblo. Y cada día el Señor añadía a la iglesia a los que habían de ser salvos.

Hechos 2:41-47
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En el mundo hay cuatro puntos cardinales, una mesa tiene cuatro patas, el Evangelio se basa en cuatro evangelistas y la vida cristiana se fundamenta en cuatro pilares: la doctrina de los apóstoles, la comunión (en el sentido de comunidad), el partimiento del pan y la oración. Así nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles y nos muestra la comunidad de los primeros cristianos. La gente que se había convertido a la fe en el día de Pentecostés y pidieron ser bautizados, vivían en comunidad en esta primera y ejemplar congregación en Jerusalén, allí se dice: “se mantenían fieles a las enseñanzas de los apóstoles y en el mutuo compañerismo, en el partimiento del pan y en las oraciones”. Y aunque ya hayan pasado dos mil años, estos pilares de la vida cristiana aún tienen el mismo valor. También nosotros provenimos de un bautismo, así como dijimos el domingo pasado, y también nosotros hemos aceptado la palabra de Dios por fe.
¡Vamos a reflexionar un poco más sobre estos cuatro pilares, para que el fundamento de nuestra fe cristiana se consolide y sea más auténtico!

En primer lugar se habla de la doctrina de los apóstoles, es decir todo lo que se nos transmite en el Nuevo Testamento. Y puesto que los apóstoles se afirmaron en el Antiguo Testamento como auténtica palabra de Dios, podemos también considerarlo un sentido más amplio como la doctrina de los apóstoles. La Biblia es el primero y más importante pilar de nuestra vida cristiana. No es sólo un libro interesante e importante, sino que es Dios el Señor mismo quien nos habla a través de esta y debemos rendirle toda honra, toda fe y toda obediencia.

La doctrina de los apóstoles en la Biblia tiene una buena interpretación en los escritos confesionales luteranos, por ejemplo en el catecismo menor. Allí se dice que hay que mantenerse asidos a la doctrina de los apóstoles. Y a esto no lo queremos pasar por alto especialmente en un tiempo, donde aparentemente el ecumenismo nos hace pensar que todos somos iguales y predicamos lo mismo. Tampoco se trata de hacer diferencias sino de mantenerse claramente asidos a la doctrina original de los apóstoles. Y cuando haya gente que enseñe algo distinto a esta (es decir algo distinto a la Biblia) no los vamos a seguir, como si nada pasara. Otra vez: ¡Aquí se trata del pilar primero y más importante de la vida cristiana!

Hay que agregar que, nosotros no queremos ser sólo una iglesia confesante sino también una iglesia de confesores. No queremos ser los guardianes de la doctrina luterana o cualquier doctrina del siglo XVI, sino que en primer lugar queremos confesar el Evangelio. Queremos dar contentos testimonio de las grandes obras de Dios y de Jesucristo cada uno en el lugar donde se encuentre. Queremos permanecer en la doctrina de los apóstoles—eso no quiere decir solamente que la Biblia y la confesión tengan un lugar de privilegio entre los demás libros, sino que nosotros mismos demos el testimonio de las cosas que hemos recibido de nuestro Señor Jesucristo y de los apóstoles. Y así porque esa es la voluntad de Dios, Dios agregará gente a la congregación como lo hacía en Jerusalén.

Y ahora el segundo pilar de la vida cristiana es la comunión. Traducido más exactamente sería: “el tomar parte en común”. No se trata sólo de juntarse o reunirse, sino que se trata de vivir algo en común, que tomemos parte de algo en común. Y de esa forma se aclara de qué se trata la iglesia y la congregación: “comunión de los santos”. Comunión de aquellos que han sido salvados por la sangre de Jesús que, creen y han sido bautizados. Comunión de aquellos que toman parte en el Señor Jesucristo. Permanecer realmente en esta comunión, es el segundo pilar de la vida cristiana. Quien quiera seguir el ejemplo apostólico de Cristo, no podrá hacerlo sin la comunión. Y eso sólo es posible por medio de la pertenencia a una comunidad, cuando nos reunimos habitualmente con otros cristianos, bajo la palabra de Dios. Esto pasa en primer lugar en el culto y en cada encuentro, donde nos encontramos en común con el Señor y queremos ser bendecidos por él allí.

Cuando observamos más exactamente el ejemplo de la primera iglesia, ahí nos damos cuenta que, sobrepasa en mucho a nuestra practica de hoy día, y hasta nos avergüenza. “Todos los días se reunían en el templo”, dice allí. Nosotros ya nos sentimos muy bien si vamos a los cultos dominicales. Y se mantenían unidos—ellos sabían que eran un cuerpo bajo una cabeza que era Jesucristo. Y porque sabían esto muchos puntos de vista y tradiciones humanas tenían sólo un lugar secundario.
Estimada comunidad, es una gran ayuda, cuando hay discusiones entre los miembros de la iglesia, cuando a veces no hay consenso en las reuniones de la iglesia: pensemos qué significa tomar parte en esa comunión y qué no nos reunimos por algo pequeño sino en el nombre del poderoso rey Jesucristo. Si algo tan grande nos une, ¿por qué deberíamos desunirnos por cuestiones mundanas?
Cuando hayamos comprendido esto, podremos permanecer unidos como los primeros cristianos.

La comunión de ellos no sólo se limitaba al culto. Ellos se ocupaban el uno del otro, practicaban el amor fraterno, no sólo conocían la misión sino que también la diaconía. Y era incluso una forma extrema de la diaconía que, hoy quizás no sería posible reproducir: vivían una especia de socialismo honesto. Y vivían de lo material que todos poseían. Tenemos también que considerar que muchos de ellos eran gente pobre y hasta esclavos había entre ellos, también desocupados que quizás vivían lejos de su patria y que luego de pentecostés se habían quedado en la comunidad en Jerusalén. Y allí los ricos vendían sus posesiones y traían el dinero a una caja en común de la cual vivían todos. Pero lo hacían por amor y por decisión propia no por coerción. Lo más fascinante y ejemplar era que se sentían como una gran familia, donde nadie se olvidaba del otro ni tampoco en el aspecto económico. Desde el punto de vista financiero en nuestra época todo es distinto, pero ¿cómo sería si pudiéramos vivir con nuestro tiempo un poco más de ese ‘socialismo amoroso y honesto’? ¿Si tuviéramos más tiempo para el otro cuando el otro lo necesita? Para muchos hoy en día el tiempo es más costoso que el mismo dinero. Cuando obsequiamos tiempo para la comunión de los santos, podemos expresar muy bien nuestro amor y nuestro agradecimiento a Jesús.

El tercer pilar de la vida cristiana es el partimiento del pan, la Santa Cena. Aquí está la cima de la comunión, la cima del tomar parte en común en Jesucristo. Sí, la Santa Cena corresponde a las cosas más importantes de la vida cristiana y la vida de la congregación. En nada está más cerca Jesús de su congregación con su amor como por medio de su cuerpo y de su sangre en el sacramento. Que la Santa Cena sea algo de suma importancia, eso no significa que, deba celebrarse muy ocasionalmente, de modo que permanezca como algo especial. También aquí aprendemos de los primeros cristianos algo distinto. Luego del culto diario en el templo traían el pan “y partían el pan en las casas”, así leemos. También sabemos por otros sitios en el libro de los Hechos de los Apóstoles que el partimiento del pan era sobreentendido en cada culto que, por lo menos todos los domingos se celebraba en un culto principal con la Santa Cena, se celebraba una “misa” (en latín: mesa) También Martín Lutero lo afirmó y lo confirmó. Ahora en nuestras iglesias es bienvenido sea, se considera algo bueno que, la Santa Cena tenga una importancia preponderante y que se intente celebrarla cada vez más seguido. También vemos que la alegría por la Santa Cena ha crecido. ¡Si tomamos como ejemplo el partimento del pan de la comunidad primitiva, entonces vamos a reconocer que aún nos falta celebrarla más seguido!

El cuarto pilar de la vida cristiana concluye con la oración. Aquí no necesitamos decir mucho más, pues todo cristiano sabe qué importancia tiene la vida de oración. Sólo quiero mostrar que aquí también el fervoroso ejemplo de los primeros cristianos nos puede servir. Ellos seguían conservando la buena costumbre de los judíos de los tres momentos fijos de oración al día y además se reunían a orar en momentos de crisis para interceder en conjunto, ¡y muchas veces lo hacían la noche entera! También la oración de la mesa se daba por sentado. “Y comían juntos con alegría y sencillez de corazón”, dice el texto. Naturalmente que, sería erróneo hacer de la oración un deber y obligación. Nosotros queremos no obstante motivarnos a partir del ejemplo de los primeros cristianos a establecer tranquilamente momentos fijos de oración durante el día o retomar la costumbre de la oración de la mesa (espontánea) y los devocionales con la familia.

Estimados hermanos y hermanas, no se necesita entre luteranos resaltar que, uno va a alcanzar la salvación sólo por el ejercicio de estos cuatro pilares. Nadie necesita de ellos para la salvación pues Jesucristo ya nos ha otorgado la salvación por medio de su sacrificio y su preciosa sangre. Estos pilares describen más bien, cómo se puede recibir la bendición de Dios y cómo se puede vivir en agradecimiento después de haber entendido el sacrificio de Cristo por nosotros. Es por tanto bueno e importante asirse a estos cuatro pilares, de modo de poder permanecer en la fe, vivir en ella y también poder crecer en ella como personas y como congregación. Aferrémonos de la misma manera que los primeros cristianos con fidelidad y constancia a la doctrina de los apóstoles, a la comunión, al partimento del pan y a la oración. Amén.

La vida después del bautismo

 

fuente baptismal

Una fuente bautismal de la iglesia primitiva

6to. Domingo después de Trinidad

¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?  Porque por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, para que así como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.

Porque si nos hemos unido a Cristo en su muerte, así también nos uniremos a él en su resurrección.  Sabemos que nuestro antiguo yo fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.  Porque el que ha muerto, ha sido liberado del pecado.  Así que, si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él.  Sabemos que Cristo resucitó y que no volverá a morir, pues la muerte ya no tiene poder sobre él.  Porque en cuanto a su muerte, murió al pecado de una vez y para siempre; pero en cuanto a su vida, vive para Dios.  Así también ustedes, considérense muertos al pecado pero vivos para Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Romanos 6:3-11

Martin Lutero decía que: “no hay consuelo más grande en cielo y tierra que el bautismo” y lo comprobó en su vida y experiencia personal. Lutero admitió que cuando se encontraba preocupado y afligido y con miedo se confortaba con aquellas palabras al repetirse: “¡He sido bautizado, he sido bautizado!

Diciendo eso: !He sido bautizado!” Lutero afirmaba correctamente que él pertenecía a Dios—Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nosotros aprendemos de esto que quién tú eres y a quién perteneces son componentes importantes del bautismo.

Hay muchos que se preguntan: ¿cuál es el bautismo correcto, el bautismo de niños o el bautismo de adultos? Esto ha sido discutido por siglos y ha suscitado la separación de cristianos y el origen de iglesias distintas. Nosotros como luteranos hemos heredado el bautismo de infantes. Aunque Martín Lutero al igual que el apóstol Pablo ha enfatizado: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo”(Ef 4:5) que si bien el bautismo es un solo, debe ser producto del arrepentimiento como condición previa: “Arrepiéntanse, y bautícense todos ustedes en el nombre de Jesucristo” (Hch 2:38).

La mayoría de nosotros ha sido bautizado de niño. De acuerdo con la Biblia, lo más exacto es que el bautismo suceda cuando uno tiene uso de razón, es decir cuando uno es consciente de lo que está haciendo. Por qué nosotros aún mantenemos esta tradición de bautizarnos de niños, lo sé y no lo sé. Lo sé por la historia de la iglesia y las posibles explicaciones al respecto de por qué se comenzó a efectuar el bautismo de niños. Pero, tampoco me convence a partir de lo que yo leo de forma sencilla en la Biblia.
Aún así, decidamos ser fieles a la tradición luterana o a lo que leemos de forma simple en la Biblia, hay algo que sí debemos tener en claro: debemos ser conscientes que hemos sido bautizados y que el bautismo haya sido efectuado después de un arrepentimiento de nuestros pecados. Si el haber sido bautizado me permite tener plena consciencia de arrepentimiento y de mi fe en Cristo y eso me impulsa a vivir según sus mandamientos y a permanecer unido a la iglesia entonces poco podemos decir de la manera en la cual ha sido efectuado el bautismo. Si el bautismo ha sido sólo una muestra más de la costumbre y las tradiciones y no me veo obedeciendo a Dios y considerándome parte de su Iglesia, entonces hay algo que no está en orden con en ese bautismo. ¿Debo bautizarme de vuelta? Quizás sí y quizás no. Quizás sí, si así lo consideras por una cuestión de fe y consciencia. Quizás no si decides por fe poner en orden tu vida con Dios y decidir creer en verdad en Jesucristo y rendirle tu vida a él al obedecer su palabra.

En nuestras iglesias, hay que decirlo, también aceptamos a las personas que quieren bautizarse de adultos incluso a aquellas que lo consideran necesario hacerlo otra vez por cuestiones de fe y consciencia. No negamos ninguna forma de bautismo. Pero también debemos reconocer que la salvación debe estar unida no sólo al agua sino también a la fe.

¿Cómo es mi vida a partir del bautismo? Es difícil poder decir cómo ha sido mi vida a partir del bautismo, pues a la mayoría de nosotros se nos ha bautizado de niños. Entonces deberíamos sí poder responder a la pregunta: ¿cómo ha sido mi vida a partir de reconocer que he sido bautizado y de haber aceptado a Cristo como mi Salvador y el Señor absoluto de mi vida? De esto último sí deberíamos tener consciencia. Si ese momento falta en mi vida, entonces nadie puede decirnos que un nuevo bautismo y conversión no sean válidos y necesarios para mi salvación.

Como dijimos el domingo pasado, las iglesias que obedecen a la palabra de Dios, están siendo bendecidas con la presencia de Dios, esto es con su poder y su bendición. De igual manera las personas que, llevan una vida en Cristo.

¿Tenemos consciencia que a través del bautismo hemos muerto al pecado?
La pregunta no intenta decirnos que nos hemos transformado en perfectos. La pregunta intenta llamarnos la atención de si somos conscientes que hay cosas que Dios nos pide, a través de su palabra, que hay que hacer, que hay que poner en práctica en nuestras vidas si decimos que somos cristianos.

Tengo dos preguntas importantes en esta mañana para hacernos. Me gustaría que reflexionemos sobre estas preguntas y sus posibles respuestas durante la semana.
¿Por qué siento la necesidad de venir a la iglesia? Y la segunda pregunta es: ¿Por qué hay otros que se dicen miembros, “entre comillas” pero no sienten la necesidad de venir a la iglesia?
Todos sabemos que Dios está en todas partes que, la iglesia es todos los días donde nos reunamos en nombre de Cristo: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre”. Pero también es cierto que queremos reunirnos cada domingo, durante el día de reposo para adorar a Dios y para compartir el pan, el vino (cuerpo y sangre de nuestro Señor) y compartir el mensaje de su palabra.

¿Por qué hay gente que no tiene esa necesidad de ser parte de la ‘comunión de los santos’? Aunque ellos piensen que son parte, porque vienen una vez al año, en realidad no lo están mostrando.
Qué falta en esas personas, que en otros sí está presente. No quiero que me contesten, pero sí que cada uno de nosotros pueda contestarse íntimamente esta pregunta.

Cuando el apóstol habla de morir al pecado, está hablando de precisamente eso, de morir a seguir manteniendo un ritmo de vida que no respeta la palabra de Dios y que nos aleja cada vez más de él y de la comunión de los santos. Esa es la prueba que en verdad nuestro bautismo está teniendo frutos.
¿Qué hacer con esas personas? No podemos hacer nada. Esas personas tendrán que decidir qué hacer con su vida delante de Dios por sí solas. Nosotros lo único que podemos hacer es orar por ellos e invitarlos cada vez que podamos hacerlo. ¿Es contraproducente invitar a la gente que no quiere venir a la iglesia? No lo sé. Pero de algo si estoy en claro que a los que sí hay que invitar es a la gente que sí tiene necesidad de Dios, y tiene necesidades espirituales y está desesperada por ayuda. Pero no solamente hay que invitarlos a la iglesia el domingo, recordemos que cada uno de nosotros somos la iglesia. Quizás esa persona está buscando una palabra de aliento a partir de la Biblia (que leemos a diario) o buscando que oremos juntos con esa persona. Si nos conducimos de esa manera cada uno de nosotros, nuestro poder evangelizador se multiplica por la cantidad de miembros que seamos.
No importa cuál sea la causa que los que ya han sido bautizados no vengan. Ellos tendrán que dar cuenta delante de Dios algún día. Lo que sí importa es qué es lo que entiendo yo que sí estoy hoy aquí en la iglesia, en la comunión de los santos, y pienso acerca de mi bautismo.

Si mi bautismo ha sido el fruto del arrepentimiento y me ha conducido a una nueva vida, entonces mi bautismo se hizo como Dios lo pide. Si después de mi bautismo estoy viviendo una vida donde pongo en primer lugar a Dios, entonces estoy viviendo una nueva vida en Cristo. Si soy consciente, a través de la lectura diaria de la palabra de Dios, de cuáles son las cosas consideradas pecado por Dios y cuáles no e intento vivir en las cosas de Dios, entonces estoy viviendo una nueva vida en Cristo a partir de mi bautismo.

Si esa parte falta en tu vida, hoy puede ser quizás la ocasión para pedir perdón a Dios por tus pecados y decidir bautizarte o bien renovar tu relación de fe con Cristo para poder vivir realmente en fe una nueva vida en Cristo con todo lo bueno que eso significa para tu vida presente y futura.
La fe se trata de tener una relación, una comunión, una comunicación con Dios, un ida y vuelta, a través de la oración diaria, de la lectura de la Biblia, de la participación en la iglesia y la santa Cena y de vivir a Cristo todos los días con aquellos incluso que no creen en él. Si eso está sucediendo en tu vida, entonces no hay duda que Dios te está bendiciendo con su Espíritu Santo y estás viviendo una vida nueva. Las iglesias crecen y se nutren con esta clase de cristianos.
Pidámosle a Dios que él puede despertar en nosotros y en cada uno de los que se consideran cristianos por haber sido bautizados ya esta convicción para la vida nueva y verdadera que conduce a la salvación.
Amén.

Una palabra de reconciliación

3er. Domingo despues de Trinidad

Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me fortaleció, porque me consideró fiel al ponerme en el ministerio,  aun cuando antes yo había

La armadura espiritual

La armadura espiritual

recnciliacion Mujer orandosido blasfemo, perseguidor e injuriador; pero fui tratado con misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad.  Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús.  Esta palabra es fiel y digna de ser recibida por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.  Pero por esto fui tratado con misericordia, para que en mí, el primer pecador, Jesucristo mostrara toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna.  Por tanto, al Rey de los siglos, al inmortal e invisible, al único y sabio Dios, sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

1 Timoteo 1:12-17

Cuando hablamos de arrepentimiento, estamos queriendo decir, reconocimiento de nuestros pecados y la intención de reparar lo que hemos hecho. A veces no hay posibilidad de reparación, pero sí siempre hay oportunidad para reconocer nuestra culpabilidad. Creo que hay muchas personas que pueden reconocer su culpabilidad, pero hay muy pocas que pueden arrepentirse de ello, es decir, reconocer que lo que hicieron estuvo mal. Cuando tenemos la intención de arrepentirnos verdaderamente Dios obra el perdón, pero no antes. Cuando se nos habla que es necesario arrepentirse de los pecados y creer en Dios para heredar la vida eterna, se nos está diciendo precisamente eso, reconocer que lo que hicimos estaba mal y eso sólo tiene lugar por medio de la intervención del Espíritu Santo en nuestros vidas; no hay otra posibilidad. No es posible arrepentirse sin la intervención del Espíritu Santo, no es posible arrepentirse sin reconocer que lo que hemos hecho estuvo mal. Ese es el ingrediente fundamental que tiene que estar presente para un arrepentimiento auténtico que sea aceptado por Dios. Ese es el tipo de arrepentimiento que Dios está esperando de nosotros. Ese es el tipo de arrepentimiento que salva.

No se puede pedir perdón, ni arrepentirse de la boca para afuera. Eso no es arrepentimiento. Si pido perdón por algo que hice, pero sigo pensando que podría volver a hacerlo, no ha habido arrepentimiento genuino. Si sigo pensando que lo que hice no fue erróneo eso entonces no es arrepentimiento. Cuando la persona es tocada por el Espíritu Santo de Dios sólo allí puede suceder un arrepentimiento genuino. La pregunta es qué es necesario hacer para que el Espíritu Santo pueda tocar de esa forma a una persona.

En uno de los versículos se nos dice “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” Hemos hablado ya mucho tiempo atrás que para que esta decisión tenga lugar, también es necesario que el Espíritu Santo obre, o haya obrado. Pero siempre habrá un momento en la vida de la persona donde nuestra decisión, nuestra voluntad tendrá un papel preponderante. Dios nos va a dar por medio de su Espíritu Santo la fuerza para seguir avanzando, pero nosotros por lo general vamos a tener que dar un primer paso. Queda en nosotros decidir aceptar creer, aceptar comenzar a transitar en los caminos de Dios.
Como dijimos la semana pasada: Dios nos invita, pero tan sólo eso, nosotros somos los que tenemos la decisión de aceptar ese invitación. Dios es amor, es bueno y salva, pero sólo si nosotros tomamos esa decisión. No hay que jugar con el tiempo que Dios nos da. Cuando Dios nos llama, es una señal que no debemos demorarnos. Puede ser que no tengamos ya más la oportunidad de aceptar esa invitación. Valoramos en cada oportunidad que se nos habla de Dios y se nos habla de comenzar a formar parte de su redil.. Dios puede estar invitándonos, por medio de nuestra lectura de la Biblia, o por medio de un sermón, o un mensaje radial o por la invitación de una persona a venir a la iglesia; por muchas maneras. Pero tenemos que saber que cada vez que alguien o algo nos invita a acercarnos a Jesús es Dios mismo el que nos está invitando y dándonos una oportunidad más para la salvación.

Cuando aceptamos esa invitación por propia voluntad, entonces allí Cristo comienza a derramar sus Espíritu Santo, ante cada acción nuestra humana, Dios nos otorga su Espíritu Santo y suplementa en nosotros lo que aún nos falta. Cada vez que cedemos ante Dios, el nos acerca una porción más de su Espíritu y ese Espíritu nos da noción de pecado y nos impulsa al arrepentimiento.

La fe inicial como dijimos es necesaria, luego la ayuda de Dios nos impulsará a dar más pasos. Cuando hayamos pedido perdón de una forma genuina, otra vez más el Señor se acercará a nuestro lado. Cada vez que tomamos una decisión de acercarnos más a Dios, por ejemplo, al decidir ser más obedientes a su palabra, a modificar comportamientos que Dios nos pide, al comenzar a leer más su palabra y a estudiar qué es en verdad lo que Dios nos está demandando a través de ella, a asistir con más fervor a la iglesia o a tomar la decisión de comprometernos con su iglesia, o cualquier cosa, cualquier paso hacia adelante que demos en dirección a Dios, el continúa acentuando sus bendiciones hacia nosotros. Cada vez que dedicamos más tiempo a la oración y menos a las noticias, Dios comienza a verter en nosotros una porción espiritual mayor de su presencia en nosotros por medio de su Espíritu. A cada movimiento nuestro, a cada paso nuestro, vamos a tener un paso de Dios a ayudarnos. Es sólo cuestión de probarlo.

Es por eso que los apóstoles siempre predicaron: Cree en el Señor Jesucristo… arrepiéntanse de sus pecados… bautícense… Siempre hay una acción que se nos está pidiendo hacia una mayor devoción hacia Dios. Aunque lo más importante es poder lograr nuestra salvación y esa salvación proviene en primer lugar del arrepentimiento la fe y el bautismo. Esas son las condiciones fundamentales, básicas para acceder a la salvación.

La segunda parte del arrepentimiento con la cual nos tenemos que ver es la culpa. La culpa que proviene de sentirnos mal por lo que hayamos hecho. Hay muchas personas que han tenido la oportunidad de pedir perdón a Dios y lo han hecho de corazón. Pero luego mantienen una carga de culpa tan grande que no pueden vivir bien. Esa culpa se transforma hasta en enfermedades. Hoy tenemos que saber que cuando de veras reconocemos nuestro pecado y pedimos perdón a Dios. Dios borra ese pecado y esa culpa. Si esa culpa no se ha borrado de tu corazón puede ser por dos causas: 1. No has reconocido tu pecado, como un verdadero pecado y continúas pecando de la misma forma o 2. Lo has reconocido y te has arrepentido sinceramente, pero no estás confiando que Dios ya te ha perdonado. Y eso es malo pues no estamos confiando en el amor perdonador de Dios. Dios no es un ser humano, así como muchos dicen: yo perdono, pero no olvido. No, eso no dice en la Biblia. Cuando uno perdona también tiene que olvidar, pues sino no es perdón. Que nos cueste olvidar es una cosa, pero que estemos dispuestos a no olvidar es otra cosa. Sin embargo Dios cuando perdona olvida automáticamente. Pablo había pecado grandemente. Había perseguido a los cristianos y los había mandado a prisión y a la tortura. Ahora él se había vuelto al Señor Jesús, y si bien se habrá sentido mal por todo lo que hizo, confió más en el amor redentor de Cristo y sabía que había sido efectivamente perdonando y Dios se había olvidado de su pecado. Y eso le posibilitaba seguir predicando acerca del amor de Cristo y sentirse amado y valorado para predicar el Evangelio: “Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me fortaleció, porque me consideró fiel al ponerme en el ministerio, aun cuando antes yo había sido blasfemo, perseguidor e injuriador; pero fui tratado con misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad”

El arrepentimiento es una condición indispensable para la salvación. No sé si alguna vez has tenido, de la misma forma que la conversión sucede, la oportunidad de pedir perdón a Dios, por no haber creído en él verdaderamente, por haber estado separado de Dios y de la comunión con su iglesia, de no haber creído en su palabra, la Biblia como la palabra misma de Dios y de haber rechazado sus mandamientos. Si eso ocurre en tu vida es necesario también un arrepentimiento, un pedir perdón a Dios por esos pecados. Ese es el arrepentimiento fundamental condición para la salvación.
El segundo tipo de arrepentimiento es aquel que debe tener lugar en la vida de todo cristiano cuando pecamos, es decir cuando hacemos cosas que a Dios no le agradan. Si queremos seguir en comunión con Dios y seguir recibiendo bendiciones de Dios debemos reparar la falta de comunicación que hay entre nosotros y él, por medio de nuestro arrepentimiento genuino. Cómo tiene esto lugar, muy simple: Diciendo Señor te pido perdón de todo corazón por el pecado que he cometió. Ayúdame a reparar lo que pueda aún reparar y dame la fuerza para no hacerlo más. A partir de allí nuestra comunicación con Dios se restaura y él comienza otra vez a responder nuestras oraciones.
Que el Señor pueda darnos la humildad del arrepentimiento que conduce a la salvación como lo hizo Pablo y el arrepentimiento diario cada vez que pequemos. Amén.

Donde dos o tres

2do. Domingo despues de Trinidaddiaconos

“Él vino y a ustedes, que estaban lejos, les anunció las buenas nuevas de paz, lo mismo que a los que estaban cerca. Por medio de él, unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu. Por lo tanto, ustedes ya no son extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, y están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, cuya principal piedra angular es Jesucristo mismo. En Cristo, todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para llegar a ser un templo santo en el Señor; en Cristo, también ustedes son edificados en unión con él, para que allí habite Dios en el Espíritu”

 

Efesios 2:17-22

Cuando observamos las iglesias del hemisferio occidental, podemos ver que necesitan ser actualizadas, revitalizadas. Quisiera hacerles algunas preguntas. ¿Cuál es el propósito de la iglesia? ¿Es el tener una gran congregación? Sí, claro que queremos un montón de gente en la iglesia, ¿pero se concentró Jesús en congregar toda la gente que sea posible o enfatizó otra cosa? Vemos una y otra vez que, Jesús nunca estuvo ocupado con las multitudes. El no dejó una mega iglesia luego de tres años de ministerio aquí en la tierra—aunque lo hubiera podido hacer si habría querido. No, Jesús no se concentró en el número de personas. Jesús quiso que la gente esté dispuesta a seguirlo y en quienes podía usar para construir su reino.

¿Es el propósito de la iglesia es lograr tener un hermoso edificio y tener un lindo café, reuniones de jóvenes, escuelas dominicales? No, los primeros cristianos no tenían un edificio que era ‘la iglesia’, reuniones de jóvenes, escuelas dominicales y muchas otras cosas más que hoy relacionamos con una buena iglesia.
Jesús no habló de todas esas cosas. ¿Si el propósito de la iglesia no es concentrar mucha gente o tener un hermoso edificio, entonces cuál es? El único propósito es aquel que Jesús nos ordenó hacer, es decir, hacer discípulos.

“Jesús se acercó y les dijo: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos en todas las naciones, y bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Enséñenles a cumplir todas las cosas que les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.» Amén.” (Mateo 28: 18-20)

Jesús jamás les dijo a sus discípulos que tenían que salir a construir iglesias (edificios). No, les dijo que debían salir a hacer discípulos, así él podía construir Su iglesia usándolos a ellos. Esto significa que un grande y hermoso templo con mucha gente no es necesariamente el cumplimiento de este propósito, a no ser que toda esa gente estén haciendo discípulos y seguidores de Jesucristo todos los días.

Jesús se dirige a nosotros hoy para acercarnos una invitación. Es una invitación muy especial. Hoy comprobaremos si de veras hemos aceptado esa invitación o todavía en realidad no la hemos aceptado.
Según el evangelio que hemos leído para el día de hoy (Lc 14:15-24) son tres las excusas que se ponen para asistir a la fiesta. Tres cosas por las cuales no queremos aceptar la palabra de Jesús. Tres cosas por las cuales no queremos obedecer a Dios. Tres cosas por las cuales no venimos a la iglesia que, es el lugar donde queremos adorar a Dios como iglesia de acuerdo al mandamiento de Dios:
Dinero y cuestiones materiales (Acabo de comprar un terreno, y tengo que ir a verlo. Por favor, discúlpame) Trabajo (Acabo de comprar cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas. Por favor, discúlpame), y familia (Acabo de casarme, así que no puedo asistir). Para Dios estas tres cosas son normales y correctas. Pero cuando estas cosas se ponen como excusas para justificarse y no aceptar a Cristo y a su iglesia esas cosas en vez de ser de bendición se convierten en maldición. Es decir dejan de contar con la bendición y el beneplácito de Dios.

La pregunta es, ¿a qué ponemos excusas? Ponemos excusas a aceptar a Cristo. Quien aún no quiera ser parte de la iglesia, es porque todavía no ha aceptado ni creído en la palabra de Cristo. Quien no pueda venir a la iglesia es porque todavía no ha entendido que venir a la iglesia es parte de haber aceptado la palabra de Cristo. No debemos juzgar a la gente que no quiere venir a la iglesia; pero tampoco podemos decir que los que han aceptado ya a Cristo no tienen la necesidad de reunirse. Al respecto de esto nos exhorta el apóstol: “No dejemos de congregarnos, como es la costumbre de algunos, sino animémonos unos a otros; y con más razón ahora que vemos que aquel día se acerca” (Heb 10:25)

La iglesia, no es solo un templo, una organización y una institución es tan solo un lugar físico que necesitamos para reunirnos, así como una casa. Si hubieras preguntado, ¿Dónde está la iglesia?, en cualquier ciudad importante del mundo antiguo donde el cristianismo había penetrado en el siglo primero, te hubieran indicado un grupo de gente que se reunía a adorar a Dios en una casa. No había un edificio especial o patrimonios tangibles con que se asociaba la ‘iglesia’, ¡solamente gente! Pero seguramente necesitaban al menos un espacio físico donde cobijarse. Eso es el templo. Pero lo más importante es la reunión de personas. Por más que tengamos un hermoso y grande edificio y aun el dinero para mantenerlo por muchos años, si no existe la iglesia (reunión) no somos una iglesia. Por eso la lectura para el día de hoy nos está hablando que nuestra iglesia tiene que estar construida a partir de la piedra fundamental, la piedra del ángulo que es Jesucristo. Esto quiere decir que lo primero que debe haber en nosotros es fe en Jesucristo. Los únicos que pueden construir la iglesia, son aquellos que ya han aceptado creer en Jesucristo y su palabra y han confiado su vida a él. Cuando tú comienzas a creer en Cristo y decides ser obediente a su palabra, allí el Espíritu Santo comienza a habitar en tu vida y comienzas a ser un templo del Dios viviente. Y no importa si nos reunimos en una casa o en una iglesia, pero lo más importante es que tenemos el deseo, el fervor, la necesidad de reunirnos por lo menos semanalmente con otros creyentes. La iglesia comienza a crecer y a reproducirse grandemente cuando los miembros se convierten en iglesia, y están fundamentados en la piedra fundamental de Jesucristo por medio de su conversión, es decir de su fe.
Si queremos que nuestra iglesia crezca, a lo que más tenemos que apuntar es a la conversión de la gente. ¿Cómo hacer para apuntar a la conversión de la gente? Comenzando nosotros a ser verdadera iglesia. Comenzando nosotros a ser discípulos de Cristo, es decir seguidores, es decir creyentes y no tan solo miembros de una iglesia. Jesús nos llama a ser discípulos. Y los discípulos, van a la iglesia, necesitan ir a la iglesia, los discípulos oran, leen la Biblia invitan a los demás a ser iglesia, oran por los demás, y dan testimonio de su fe delante de los demás. Y esa es una de las premisas más importantes: el dar testimonio. Dar testimonio significa que no me avergüenzo del Evangelio. Dar testimonio significa que puedo libremente hablar de mi fe en Jesús delante de un no creyente cuando la ocasión se me presente. ¿Cómo saber cuando tenemos que hablar sobre Jesús? Cuando sentimos un fuego dentro nuestro y una voz que nos llama a hablar sobre Jesús sobre nuestra experiencia de fe con alguien. Y si estamos en duda muchas veces de si tenemos que hablar o no, allí es la oportunidad que Dios nos está dando para dar nuestro testimonio. ¿Y qué hacer con los indiferentes los que ponen siempre excusas para Dios y su iglesia? Tan sólo orar por ellos es lo único que podemos hacer. Pero en cambio, sí podemos hacer mucho por aquellos que tienen un problema, una debilidad una necesidad de ayuda, a esos especialmente podemos invitar a la iglesia (reunión) y hablarles de nuestro testimonio de fe.
La voluntad de Dios es que las iglesias crezcan (que hagamos discípulos), cada vez que estamos dando nuestro testimonio de fe, estamos obedeciendo a Dios y Dios comienza a bendecirnos, es decir, a habitar con su Espíritu santo en nuestra iglesia.

Para aquellos que estén preocupados por el futuro de la iglesia, el mensaje para el día de hoy es muy alentador:
Si: “la principal piedra angular es Jesucristo mismo. En Cristo, todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para llegar a ser un templo santo en el Señor; en Cristo, también ustedes son edificados en unión con él, para que allí habite Dios en el Espíritu”
Si Cristo es nuestra piedra angular, si nos preocupamos por hacer las cosas que Dios nos pide como iglesia, es decir hablar de Dios, dar testimonio de Dios e invitar a los necesitados, el Espíritu de Dios comienza a habitar en nosotros que somos la iglesia y por consecuencia también en el edificio donde nos reunamos.
Hemos sido llamados a ser discípulos de Jesús, sus seguidores, creyentes, no a ser miembros de una institución religiosa específica.
Comencemos a vivir nuestra fe con compromiso, con alegría, con fe, con confianza, hablemos de nuestra fe con los demás, oremos más, leamos la Biblia más, pongamos a Dios en el primer lugar de nuestras vidas y estaremos asentados en la piedra fundamental que es Cristo. Cuando Cristo fundó la iglesia le prometió a Pedro uno de los primeros discípulos líderes de la iglesia: “Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no podrán vencerla.” (Mt 16:18)

Dios promete cuidar y bendecir a la iglesia, es decir a la reunión de creyentes que se asientan sobre la obediencia a la palabra de Dios y a la acción con fe y de confianza.

Exhortados a orar para un mundo mejor

Domingo RogateDomingo Rogatemanos que oran

“Ante todo, exhorto a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres;  por los reyes y por todos los que ocupan altos puestos, para que vivamos con tranquilidad y reposo, y en toda piedad y honestidad.  Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador,  el cual quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen a conocer la verdad.  Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, que es Jesucristo hombre,  el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo”

 

1 Timoteo 2:1-6

Tenemos que orar. Así lo ordenó Dios en el 2do. Mandamiento. Que no tomemos el nombre del Señor en vano, significa formulándolo en positivo que hagamos buen uso de éste—como bien lo formuló Martín Lutero en el catecismo menor: “Debemos temer y amar a Dios de modo que…le invoquemos en todas las necesidades, le adoremos, alabemos y demos gracias”. La palabra de Dios nos recuerda en muchos sitios: ¡Debemos orar! Y la palabra de Dios que hoy hemos escuchado también nos toca los corazones. El apóstol Pablo escribió: “Ante todo, exhorto a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres…”

Allí nos damos cuenta que Dios no solamente nos encarga orar por todos, sino que también nos encarga orar. La palabra para hoy es aún más concreta. Nos dice que tenemos que orar por los reyes y por todos los que ocupan altos puestos. Es decir por nuestro intendente y por todos los que tienen el poder en esta ciudad; por los diputados de la región, la provincia y el país, por nuestro primer ministro, por el gobernador general, por todos los líderes políticos en los países en crisis (no importa si esas crisis provienen de endeudamientos o no) por los líderes de la economía, que con su capital pueden hacer cosas increíblemente grandes, aunque también pueden llegar a hacer cosas malas; por la gente de los medios de comunicación que, por ser formadores de opinión ejercen también bastante poder; por los padres, abuelos, maestros y educadores de quienes depende esencialmente la capacitación de la generación futura. Hay muchas clases de autoridades que necesitan de nuestra intercesión porque ellos de una u otra forma, sea de forma encubierta o pública, ejercen poder sobre los demás.

Sí, también tenemos que orar, especialmente por todos los que ejercen autoridad. ¿Pero qué tenemos que orar? ¿Qué tenemos que pedirle a Dios? ¿Para que tengan salud y vivan una vida larga? ¿Para que nos posibiliten vivir en gran prosperidad? ¿Para que reinen la paz, la libertad y la justicia? La palabra para el día de hoy nos responde también esa pregunta. Dice: “para que vivamos con tranquilidad y reposo, y en toda piedad y honestidad”. Sí para eso debemos pedir, para que los que tengan poder puedan crear las condiciones para eso.

“Piedad y honestidad”, parece que eso no está muy de moda hoy. Pero no es así. En realidad aquí se trata de los derechos básicos más importantes que también en nuestro tiempo son muy actuales. Sólo cuando los que ejercen el poder nos aseguren el ejercicio de la religión, podremos vivir nuestra piedad, es decir nuestra fe cristiana sin limitaciones— y en paz y tranquilidad. Y sólo cuando la dignidad humana no se viole, tendremos la posibilidad de vivir en nuestra vida en honestidad, en la manera de vida cristiana. Para la gente más joven que creció en nuestro pais, esto parece darse por sentado. Sin embargo para los de más edad que, han vivido una vida diferente y pueden ahora valorar que ahora vivimos en un buen nivel de libertad religiosa y podemos disfrutar de dignidad humana.

En Alemania, estuve leyendo que, vive una gran cantidad de iraníes, algunos de ellos incluso han sido bautizados hace poco en algunas iglesias luteranas. Y ellos pueden contar de cómo eran perseguidos en su patria, sólo por haber siquiera expresado su deseo de ser cristianos. Ellos pueden mostrar las marcas de la tortura infligida en sus cuerpos que, los que ejercen poder, sin consideración de los derechos humanos. Ahora en Europa respiran aire puro y mucho más intenso que nosotros; allí pueden verdaderamente respirar. También he leído de muchos ex islámicos en Toronto que vivien una vida diferente y plena de libertad al acercarse al cristianismo. Oremos a Dios que eso siga así que podamos gozar de libertad religiosa y de derechos humanos. Y oremos para que los crueles gobernantes puedan llegar a reflexionar y comenzar a actuar de otro modo para poder respetar la libertad religiosa y los derechos humanos. En Irán o en Siria, por ejemplo, o en China. Sí, oremos por “por los reyes y por todos los que ocupan altos puestos, para que vivamos con tranquilidad y reposo, y en toda piedad y honestidad”.

Y agradezcamos que podemos vivir en condiciones tales donde la fe cristiana puede tener vía franca. Cuando lo hagamos, tampoco tenemos que dar por sentado que así se va a difundir el evangelio. Es decir, no tenemos que quedarnos callados, cuando tengamos la oportunidad de hablar acerca del amor de Dios y de su Hijo delante de la gente. Tenemos que estar bien seguros de que, toda persona con quien nos encontremos es amada por Dios, no importando cuan antipático nos pueda parecer, no importando tampoco cuan mal se comporte o malo sea. Dios invita a todas las personas, por medio de su hijo Jesucristo para llegar a ser sus hijos y para heredar la vida eterna. Pablo escribió: “Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen a conocer la verdad”. Así es, Dios quiere que todas las personas lleguen a conocer la verdad, pero no una verdad filosófica sino a la verdad en persona, la verdad hecha carne. Jesús dijo: “Yo soy el camino la verdad y la vida” (Jn14:6) Dios nos quiere utilizar para que otras personas escuchen personalmente esta verdad y de esta forma puedan acercarse más a ella. Oramos para que haya buenas condiciones para libertad religiosa y derechos humanos, y damos gracias que podemos vivir con tales condiciones. ¡Aprovechemos bien estas condiciones y llevemos el amor de Dios en Cristo a nuestro prójimo!

Al finalizar el párrafo, el apóstol Pablo explica en más detalle qué es lo que tiene esta verdad en persona. Así escribe: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, que es Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos”. ¿No lo sabía Timoteo ya a esto desde hacía tiempo? ¿No lo sabíamos nosotros también desde hace mucho? ¿Acaso no hemos escuchado esto cientos de veces y no ha sido asimismo predicado? Por supuesto que sí. Y no obstante tenemos que seguir escuchándolo y repitiéndonoslo constantemente. Quien lea las cartas del apóstol Pablo se encontrará con estas reflexiones: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, ha llegado a ser nuestro mediador, el reconciliador entre Dios y el pecador, para eso se ofreció a sí mismo a morir en una cruz. Sí una y otra vez tenemos que seguir escuchándolo, tiene que marcarse bien en nuestro corazón, pues esta es la verdad cristiana principal, el mensaje principal de la palabra de Dios, que llega ser sustento para todas las personas.

Jesús ha llegado a ser mediador en Dios y el ser humano. El que es al mismo tiempo Dios y también ser humano. Por medio de su cruz, construyó un puente que cruza por encima del precipicio del pecado entre nosotros y nuestro creador. Se nos invita a pasar por ese puente de forma voluntaria y sin obstáculos para llegar a Dios y experimentar su cercanía. Le vamos a poder decir “Padre” y le vamos a poder confiar todo lo que tenemos dentro. La oración no es otra cosa que esto: Que podemos decirle a Dios con confianza todo lo que nos pasa. Queremos agradecerle a Dios por todo lo que nos pone contentos. Le pedimos por todo lo que necesitamos y cuando necesitamos ayuda. Le llevamos todo a él sobre el puente de la cruz, sobre el mediador Jesucristo. En su nombre oramos, cuando oramos. Sí como cristianos hay que orar— no podemos hacer otra cosa, es simplemente una parte de nuestra vida.
Amen

Nacido de nuevo

Domingo QuasimodogenitiNacido de nuevo

¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva  y recibamos una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable. Tal herencia está reservada en el cielo para ustedes,  a quienes el poder de Dios protege mediante la fe hasta que llegue la salvación que se ha de revelar en los últimos tiempos.  Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo.  El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso,  pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación.

 

1 Pedro 1:3-9

En este tiempo de Pascua, Dios quiere poner su espíritu en nuestras vidas para que podamos ser verdaderamente renacidos, si es que aún no lo somos.

La comunidad de cristianos a la que se dirige esta epístola es un movimiento minoritario cristiano en medio de una sociedad no cristiana que le era hostil, y el apóstol trata de brindar palabras de esperanza y consejo para resistir las presiones de la sociedad dominante para que el grupo se fortalezca. Esta carta aborda con gran claridad la cuestión de los cristianos como “extranjeros en el mundo” y sus responsabilidades y deberes dentro de las estructuras del aquel mundo no cristiano.

Uno de las primeras afirmaciones para el día de hoy es:” ¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva y recibamos una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable. Tal herencia está reservada en el cielo para ustedes”.

Supone que la congregación a la que se dirige la epístola eran personas que habían nacido de nuevo. Habían conocido a Cristo, por medio de la predicación de los apóstoles, habían aceptado el mensaje de la buena noticia y habían entregado su vida a Cristo, el Hijo de Dios resucitado, aún sin haberlo conocido personalmente. Es un poco como nosotros que, no lo hemos conocido personalmente a Cristo, pero todos somos renacidos? O, No? Son ustedes estimados hermanos y hermanas renacidos? Así como dijimos el domingo pasado que Dios le preguntó a Nicodemo? Le hemos dado un sí consciente a Cristo de que creemos en él? Creemos que el resucito verdaderamente de entre los muertos y se muestra como Hijo de Dios? Hemos entregado verdaderamente nuestra vida a él en fe y en obediencia? Si es así entonces sí somos renacidos como la gente de aquella congregación de primeros cristianos.

Si nuestro bautismo tuvo lugar a una edad adulta, pensamos que también hubo un momento claro de nacer de nuevo, a través de una decisión voluntaria nuestra de haber aceptado a Cristo. Esta decisión puede haber surgido por haber escuchado la palabra de Dios, por un sermón, por haber leído la Biblia, por el testimonio de un amigo cristiano. Cuando esta palabra haya buena tierra, allí da frutos y la persona por medio del Espíritu Santo de Dios decide bautizarse.

Si nuestro bautismo ha sido efectuado ya de niños por la educación cristiana recibida de los padres, entonces también pensamos que en un momento de nuestra vida debe existir un momento claro de nacer de nuevo, donde la persona ya adulta, consciente de lo que hace y decide, voluntariamente decide aceptar a Cristo, y esto sucede como dijimos de la misma manera, pues somos buena tierra para que la palabra de Dios de sus frutos.

Si hoy nos encontramos en la categoría aquellos que creemos pues hemos nacido de nuevo, el apóstol nos trae una palabra actual y directa para nosotros también: nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva y recibamos una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable”

Al mismo tiempo, el mensaje para el día de hoy se dirige a todos aquellos que, están pasando sufrimiento, especialmente el sufrimiento que viene producto de vivir como cristianos en una sociedad que quizás no respeta a los cristianos ni a su manera de vivir la vida de acuerdo a la Palabra de Dios, la Biblia.
Los cristianos de la epístola, sufrían una persecución verdadera de parte del imperio romano. Persecución que implicaba, torturas, latigazos y hasta la muerte. Y también discriminación y desprecio por parte de aquellos que no eran cristianos.
En nuestro mundo hay también personas que están sufriendo de la misma manera, en especial en los países comunistas o islámicos, donde se prohíbe la fe cristiana y se la persigue.

En nuestro medio esto no existe gracias a Dios, pero sí puede existir cierto grado de discriminación y hasta de burlas para con aquellos cristianos que están más comprometidos con la palabra de Dios que con la filosofía materialista de nuestro tiempo que, muchas veces desprecia, ridiculiza y hasta pone en cuestión a la Biblia como verdadera palabra de Dios. Y cuando como cristianos alzamos nuestra voz o queremos ser fieles a la Biblia y damos nuestra opinión basada en la palabra de Dios, podemos ser discriminados o hasta marginalizados y hasta se nos llama intolerantes o no ‘modernos’ o hasta fanáticos. Cuando simplemente queremos obedecer más a Dios que a las palabras de los hombres.
El diablo ha encontrado en estos tiempos una forma muy sutil y astuta de engañar a la gente aún por medio del uso del vocablo ‘amor’ o ‘amor al prójimo’. Y muchos que no son cristianos (y aún algunos cristianos bastante confundidos) toman este slogan para vivir una vida de total permisibilidad. Ellos piensan: ‘Todo es bueno, haz lo que quieras, lo importante es el amor’. Y sabemos sí que, lo más importante es amar al prójimo, pero también hay cosas que no son buenas según la palabra de Dios. Y cuando los cristianos exponemos nuestra manera de vida basada en la Biblia, allí chocamos y lo primero que se nos dice es: ¡Ustedes no aman, no saben amar, son intolerantes! Muchas veces me pregunto, ¿de dónde han sacado ellos que lo más importante es el amor y el amor al prójimo, que incluso Dios es amor? Es muy probable que de la misma Biblia que ellos mismos ponen en tela de juicio cuando hay cosas que no les convienen. Dios es amor, eso es claro. Dios nos manda a amar a nuestro prójimo, eso es claro, a no discriminar, pero también a amarlo a él en tanto respetamos sus mandamientos.

Los cristianos pueden sí, llegar a ser discriminados por el simple hecho de cumplir los mandamientos, cualquiera de ellos, en una sociedad que quiere diluir la palabra de Dios. Esto puede traer sufrimiento. No obstante este es el mensaje del apóstol para hoy: “Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo. El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele”

La palabra para este día es esperanza. Esperanza de nuevos tiempos, esperanza para una nueva vida luego de esta vida aquí en la tierra que, parece irse tan rápido. Esperanza por los sufrimientos en general, pues la asistencia de Dios está de una forma extraordinaria y aún sobrenatural para aquellos sus hijos, los renacidos, los que han nacido de nuevo, los que viven una vida nueva en Cristo, creyendo en el Dios resucitado y con poder, confiando en el Dios vivo que interviene a diario. Y por sobre todas las cosas un Dios que espera a sus renacidos con una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable.
Un renacimiento implica un cambio fundamental en mi modo de vida de acuerdo a la palabra de Dios y una relación con Cristo.

Que Dios pueda infundirnos su espíritu de vida, de resurrección a cada uno de nosotros de aquí en más. Amén.

¡Él realmente resucitó!

Domingo de Pascua de ResurrecciónEl resucito si

Ahora, hermanos, quiero recordarles el evangelio que les prediqué, el mismo que recibieron y en el cual se mantienen firmes.  Mediante este evangelio son salvos, si se aferran a la palabra que les prediqué. De otro modo, habrán creído en vano.

Porque ante todo les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras,  que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras,  y que se apareció a Cefas, y luego a los doce.  Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía, aunque algunos han muerto.  Luego se apareció a Jacobo, más tarde a todos los apóstoles,  y por último, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció también a mí.

Admito que yo soy el más insignificante de los apóstoles y que ni siquiera merezco ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios.  Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que él me concedió no fue infructuosa. Al contrario, he trabajado con más tesón que todos ellos, aunque no yo sino la gracia de Dios que está conmigo.  En fin, ya sea que se trate de mí o de ellos, esto es lo que predicamos, y esto es lo que ustedes han creído.

 

1 Corintios 15:1-11 (NVI)

‘Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras’. Es tiempo de creer que él murió por mis pecados, es tiempo de creer en las escrituras, es decir en la Biblia, es tiempo de creer en que El resucitó y está vivo, aquí también entre nosotros hoy de la misma manera que se apareció a sus discípulos en la mañana de la pascua. Es una sensación muy gratificante y maravillosa el saber que él quiere estar aquí entre nosotros. Y nos está incluso viendo y queriendo bendecirnos. Pero para que él pueda bendecirnos ciertamente escuchemos qué debemos hacer:
Es tiempo de decidir si creemos verdaderamente o no. Pascua de resurrección es un tiempo de decirle a Cristo y decirnos a nosotros mismos ‘sí creo’, y si es posible en voz alta, así como acostumbramos a decirlo al comienzo del culto: ‘Cristo el Señor ha resucitado. Aleluya’. Y la congregación responde: ‘El ha resucitado ciertamente. Aleluya!’
Pero estas palabras si bien buenas y temerosas de Dios hay que poder pronunciarlas a diario en nuestras vidas. Cada mañana cuando nos levantamos tendríamos que pronunciarnos estas palabras en voz alta y  no importa si alguien de la casa incluso nos escucha.
Estas palabras también tenemos que estar en condiciones de pronunciarlas en voz alta cuando alguien nos pregunte acerca de nuestra fe. En nuestras conversaciones con la gente deberíamos confesar nuestra fe en Cristo con los demás. Hay muchas personas que no tienen ningún problema de maldecir, decir malas palabras delante de los demás, pues decir malas palabras parece ser “cool”. Pero se avergüenzan de decir que son cristianos o de dar una opinión cristiana sobre un tema, por miedo a que los discriminen y los traten distintos por basar sus principios en la Biblia. Y quizás estás personas creen en los principios de la Biblia, pero tienen más miedo que lo que la gente pueda pensar de ellos que, lo que Dios pueda pensar de ellos. Ustedes que piensan? Cómo se sentiría Jesús de no escucharnos declarar nuestra fe cuando lo debemos hacer? Ustedes piensan que lo estamos confesando de la misma manera? Vale de algo decirlo en la iglesia en un día de pascua de resurrección, pero luego no tener el valor de confesarlo delante de la gente por temor a pasar por diferentes? Para Dios, la declaración que hicimos hoy no vale de nada, sino la hacemos también delante de la gente cuando lo tenemos que hacer. Pues no es auténtico, demuestra que nuestra fe no es tal o nuestra fe es muy débil.

En la Biblia Jesús nos dice: “Se hará con ustedes conforme a su fe” (Mt 9:29) Así lo dijo Jesús cuando efectuó un milagro. Se necesitaba la fe de ellos para el milagro. Así también se necesita de nuestra fe, nuestra confesión de la fe que tenemos en Cristo, en la vida de todos los días para que la presencia, el poder, la bendición de Dios se manifiesta en nuestra vida. Es muy fácil de darse cuenta de que si no hay bendiciones de Dios en nuestra vida, oraciones respondidas, situaciones resueltas, es porque hay un problema de fe de parte nuestra. Y uno de esos problemas de fe, tiene que ver con la voluntad de confesar nuestra fe delante de los demás. De de veras jugarnos por Cristo cuando es la hora de hacerlo. Jesús dice: “A cualquiera que me reconozca delante de los demás, yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en el cielo” (Mt 10:32) Y esto no es algo que sólo vale a futuro en el día que vayamos al cielo, vale también para vivir acompañados por la bendición de Dios en cada día de nuestra vida. Tenemos que jugarnos por Dios para que él también pueda jugarse por nosotros. Así lo decía el apóstol Pablo: “A la verdad, no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen” (Ro 1:16)
Hay gente que puede confesar a Cristo en la iglesia, pero no lo pueden confesar delante de la gente. Eso es triste. Y en eso se nos desafía hoy, en este domingo de resurrección. Creemos verdaderamente que Jesús resucitó, entonces tenemos que tener la valentía de confesarlo delante de la gente que quizás no sea cristiana, en el momento que lo necesitemos hacer.

Una vez, hace unos años, tuve la oportunidad de encontrarme con un evangelista de gran renombre. Y luego de charlar con él me dijo, ‘No te ofendas pero tu problema es que todavía no crees realmente el poder de Cristo’. Yo me sentí incómodo por lo que me dijo. Luego reflexionando me di cuenta que sí. Yo no creía que después de orar, Jesús pudiera intervenir milagrosamente en mi vida. No creía que orar pudiera cambiar las cosas substancialmente. No creía que el versículo de la Biblia que acababa de leer era en verdad palabra de Dios. Había recibido tanta crítica bíblica en mis estudios de teología que más de una vez, me hacía cuestionar la misma palabra de Dios de una manera que me impedía creer verdaderamente en ella como palabra de Dios y no en mera palabra de hombres.
Me di cuenta que había situaciones en mi vida que no podían modificarse pues el problema estaba en mí, en mi falta de fe. Y me di cuenta que lo que aquel evangelista me dijo tenía razón. Allí comprendí las palabras de Jesús: “Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él.» (Lc 18:16.17) Por qué habló así Jesús de los niños, pues estaba pensando en su capacidad para creer, su inocencia, su pureza su sensibilidad, su credulidad. Quien no tenga una fe así para con Dios que, crea en su Palabra, no podrá entrar al reino de los Cielos. Pues para entrar al reino de los cielos es necesario creer en el Cristo resucitado, el Dios encarnado en Jesucristo.
Hoy en este domingo de Pascua, se nos desafía y a la vez se nos invita otra vez a creer verdaderamente, así como lo declaramos “ciertamente”. Estamos en condiciones de creer ciertamente, pero cuando atravesemos la puerta de la salida de la iglesia? Allí comienza la fe, cuando salimos de la iglesia y nos encontramos con la gente en la vida cotidiana. Allí comienza la fe, cuando cada mañana le damos la prioridad a la oración y a la lectura de la Palabra de Dios antes de irnos a trabajar. Será muy pobre en bendición y con el peligro de no alcanzar la salvación la vida de aquellos que no pueden poner en primer lugar a Dios y comenzar a verdaderamente creer en él. Creer no es una obligación. Creer es la única manera de ser cristianos. A nadie se le obliga creer en la palabra de Dios. Pero no nos engañemos, si eres cristiano debes creer con tu corazón, con tus pensamientos, con tu boca debes declararlo, debes tener el valor de declararlo delante de los demás, aún los que no creen. No seremos bendecidos por Dios ni llegaremos a ser salvos tan sólo por venir a la iglesia, se nos invita a jugarnos por Cristo.
El día de hoy puede llegar a ser un día de gran cambio para tu vida presente y futura, pero todo depende de ti. Jesús le dijo al incrédulo Tomás: “—Porque me has visto, has creído —le dijo Jesús—; dichosos los que no han visto y sin embargo creen”
Entrega tu vida a Dios de verdad, comienza a creer en su palabra, sin cuestionamientos, con la fe de un niño, y no solo comenzarás a ver milagros en tu vida, sino que además de eso, como el apóstol hoy nos promete: “Mediante este evangelio son salvos, si se aferran a la palabra que les prediqué”.
A partir de aquel momento, luego de esta charla con este evangelista famoso, me dije, es verdad, tengo que decidirme, o creo en Cristo o no creo, o soy cristiano o no lo soy. Jesús me está invitando a creer en él verdaderamente. Tengo dos opciones o jugar a que soy cristiano, sin siquiera lograr degustar a Dios o entregarme a él con fe inocente, y ver las grandes cosas que él tiene preparadas para mí.
Lo mismo te propone Cristo para ti, venir a la iglesia sin creer debe ser muy aburrido y cansador, y no se recibe nada. Pero venir a la iglesia luego de haber decidido creer cambiará fundamentalmente tu vida. Pero todo depende de ti. Cristo, nos propone hoy ponme a prueba, a ver qué hago con tu vida desde el momento que decides creer y comprometerte conmigo, pero no critiques mi palabra: “—No tengas miedo; cree nada más” (Mc 5:36)
Que Dios nos bendiga abundantemente en este día de resurrección y que su Espíritu nos regale el milagro de creer con fe verdadera. Amén.