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Primer Domingo después de Pascua- Quasimodogeniti

Quasimodogeniti

El nuevo nacimiento

“Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando reunidos los discípulos a puerta cerrada por temor a los judíos, entró Jesús y, poniéndose en medio de ellos, los saludó.

—¡La paz sea con ustedes!

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron.

—¡La paz sea con ustedes! —repitió Jesús—. Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes.

Acto seguido, sopló sobre ellos y les dijo:

—Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen sus pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.

Jesús se aparece a Tomás

Tomás, al que apodaban el Gemelo, y que era uno de los doce, no estaba con los discípulos cuando llegó Jesús. Así que los otros discípulos le dijeron:

—¡Hemos visto al Señor!

—Mientras no vea yo la marca de los clavos en sus manos, y meta mi dedo en las marcas y mi mano en su costado, no lo creeré —repuso Tomás.

Una semana más tarde estaban los discípulos de nuevo en la casa, y Tomás estaba con ellos. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró y, poniéndose en medio de ellos, los saludó.

—¡La paz sea con ustedes!

Luego le dijo a Tomás:

—Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe.

—¡Señor mío y Dios mío! —exclamó Tomás.

—Porque me has visto, has creído —le dijo Jesús—; dichosos los que no han visto y sin embargo creen.

Jn 20:19-29 (NVI)

 

 

No todo lo que brilla es oro. No todo lo que vemos, podemos creer. Aunque también decimos: “Las apariencias engañan”. ¿De qué forma debemos creer? Escuchemos una historia con humor:
Una maestra que no quiero decir su nombre, quiso demostrar a sus niños de primaria que Dios es un mito. La clase ocurrió así:

MAESTRA: Hoy vamos a aprender que Dios no existe. (Entonces, dirigiéndose a uno de los niños dice:) ¿Tito, ves el árbol allá afuera?
TITO: Sí, maestra.
MAESTRA: ¿Tito, ves la hierba?
TITO: Sí, maestra.
MAESTRA: Vete afuera y mira hacia arriba y dime si ves el cielo.
TITO: (Regresando unos minutos más tarde) Sí, vi el cielo, maestra.
MAESTRA: ¿Y viste a Dios?
TITO: No, maestra.
MAESTRA: Esto es exactamente mi cuestión. Podemos ver todo lo que existe, pero no podemos ver a Dios porque Él no existe. Es un cuento.
En ese momento, María, una compañera de Tito, pidió a la maestra si podría hacerle más preguntas a Tito.
La maestra, algo sorprendida, accedió.

MARIA: ¿Tito, ves los árboles afuera?
TITO: Sí.
MARIA: ¿ves la hierba?
TITO: (ya aburrido de tantas preguntas, contesta) Siiiiiiiii
MARIA: ¿ves a la maestra?
TITO: Siiiiii
MARIA: Todo lo que existe se ve, ¿cierto?
TITO: Siiii
MARIA: ¿ves el cerebro de la maestra?
TITO: Noooo.
MARIA: Entonces, Tito, según nos han enseñado hoy, ¡nuestra maestra no tiene cerebro!

Como dije, no todo, lo que vemos podemos que creer. Y eso vale hasta nuestros días, cuando por medio de tantas imágenes y películas se nos quiere engañar en las propagandas con ofertas que no corresponden a la entera verdad. Por ejemplo una agencia de seguros que describe una zona maravillosa de gente con rostros felices, pero todos sabemos que, ninguna aseguradora puede garantizar nada de eso. No, no todo lo que vemos , podemos creer.

Y al revés vale lo mismo: no todo lo que, creemos, debemos ver. Yo creo por ejemplo que, precisamente aquí y ahora en esta iglesia, se está emitiendo el programa de la emisora de FM local. Yo no veo y no escucho nada de esto, pero estoy completamente seguro que las ondas de radio de dicha emisora están presentes ahora en todo este espacio. No todo lo que creemos tenemos que verlo. De la misma forma creo que, la iglesia puede estar ahora no del todo llena como parece. Yo creo que, los ángeles de Dios están presentes aquí. Y creo que estos ángeles nos cuidan mucho mejor que cualquier empresa de seguros del mundo. Como dije: No todo lo que creemos, tenemos que verlo.

Y aquí llegamos a la palabra más importante de Jesús en el Evangelio de hoy, con palabras dirigidas al discípulo Tomás: “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”. Las cosas realmente importantes y duraderas de la vida corresponden a las que no se pueden ver, a las que sólo se pueden creer. Y de todas estas cosas está en primer lugar el hecho de que el Señor Jesucristo vive y está presente con nosotros aquí y ahora. Precisamente con este hecho se relaciona su palabra: “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”.

Al apóstol Tomás, hacia quien fueron dirigidas estas palabras originalmente, se lo recuerda a menudo como el ‘incrédulo Tomás’, el discípulo que dudó. De allí la frase: “Si no lo veo no lo creo”. A mí me da siempre un poco de lástima, pues veo que se lo juzga erróneamente. Claro que él, la noche del domingo de resurrección puso en duda que Jesús estuviera vivo, pues él no se encontraba allí, cuando apareció el resucitado. ¡Pero los otros apóstoles hicieron lo mismo – antes de verlo a Jesús! No le creyeron a las mujeres que volvían, anunciando la noticia maravillosa de la tumba vacía. “El Señor ha resucitado” Sino que siempre tuvieron miedo y estaban desanimados, se abarracaron en una casa. Y allí estaban y tenían tantas dudas como luego las tuvo el apóstol Tomás. Recién cuando vieron a Jesús, recién cuando vieron sus manos y su costado se avergonzaron de su falta de fe y creyeron. Jesús hubiera podido decirles también a ellos: “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”.

Y Jesús nos lo dice a nosotros también. Esta es una bienaventuranza maravillosa que vale para todos los cristianos. Dichosos somos, pues no necesitamos abarracarnos temerosamente, podemos vivir libre y valientemente; Cristo resucitado está hoy junto a nosotros y nos llama como lo hizo con el apóstol en aquel entonces: “La paz sea con ustedes” A esta paz no la podemos ver con los ojos, pero corresponde a las cosas más importantes en que uno cree, si bien uno no las puede ver. Esta paz tiene que ver con la parte central del evangelio para este día y que también Jesús proclamó el domingo de pascua a sus discípulos, cuando Tomás todavía no se encontraba allí. Les dijo: “La paz sea con ustedes. Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes…Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen sus pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados” Paz con Dios tenemos, porque Jesús murió en la cruz por nosotros. Paz con Dios tenemos, porque Dios aceptó este sacrificio expiatorio y venció por medio de la resurrección de su Hijo. Paz con Dios tenemos porque por medio del bautismo se nos cedió el fruto de este sacrificio expiatorio. Paz con Dios tenemos, porque por medio de las palabras de perdón de pecados en la confesión siempre se nos recuerda: “Tus pecados te son perdonados” Eso significa que: ya nada más te separa de Dios; a él le perteneces, él está en tu vida; él te considerará inocente en el día del juicio final y te regalará la salvación eterna en el cielo. “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”.

¿Y por qué podemos creer esto? Porque Jesucristo fue creíble. Porque se manifestó delante de sus primeros discípulos. Mejor aún: los primeros discípulos pudieron verlo y creer. Vieron al resucitado vivo y real. Se pudieron convencer cuando vieron sus heridas de las manos, pies y del costado. Así como Tomás lo pudo hacer también, lo hicieron los otros apóstoles. Y cuando hoy leemos esta historia en la Biblia, ellos prácticamente nos prestan sus ojos, para que también nosotros podamos tener parte en la resurrección de nuestro Señor. De la misma forma sucede con el perdón de los pecados. Recordemos la magnífica historia del paralítico que, fue introducido por el techo de la casa para poder llegar hasta Jesús; los apóstoles vivieron esta experiencia y la escribieron para nosotros. Cuando el paralítico estuvo delante de Jesús ¿qué fue lo que hizo Jesús? Este hombre ocultaba sus pecados. ¿Se los podía ver? No, nadie los podía ver, había que creer en ello. Los fariseos que estaban allí, no podían creerlo, sino que dudaban que Jesús tuviera el poder para perdonar pecados. Pero luego Jesús hizo otra cosa y todos lo pudieron ver: El sanó al paralítico. El paralítico se puso de pie para gran asombro de todos los que estaban allí, enrolló su camilla y se fue a su casa. Y Jesús dijo por qué él curó al paralítico, para que reconozcamos que: él tiene el poder de perdonar pecados. Y hasta el día de hoy esta historia nos brinda la certeza que, nuestros pecados verdaderamente se nos perdonan cuando se nos lo anuncia en el nombre de Jesús. Y de la misma manera el relato de la pascua en los evangelios nos da certeza aún hoy en nuestros días cuando nos dicen que, Jesús resucitó y vive. “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”. – Esto es algo especial que se nos dice, para todos los discípulos de todas las generaciones que, se basan en el testimonio de los que lo han presenciado.

Si se nos perdonan nuestros pecados y tenemos paz con Dios, entonces también podemos creer que, Dios tiene consideración de nosotros. Ese es el sentido principal por lo cual el Hijo de Dios se hizo hombre y sobre todo lo que llevo a cabo: con ello nos quiso mostrar que, Dios tiene consideración de la humanidad y quiere invitar a todos a que tengan una vida eterna plena. Si nos dedicamos a juzgar sólo lo que nuestros ojos ven, entonces empezamos a dudar. Empezamos a concentrarnos en el sufrimiento y las necesidades, la pobreza en la carencia y la enfermedad. Y nos preguntamos dudando si realmente Dios tendrá reparo de nosotros. La respuesta de la pascua, la respuesta del apóstol, la respuesta de toda la Biblia nos dice: Sí, verdaderamente él se interesa por nosotros. Dios nos ama de verdad, a ti y a mí y a toda la humanidad, aunque a veces no se lo perciba. Aunque tus ojos a veces vean otras cosas. Pues, “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”.
No todo lo que vemos, podemos creer. No todo lo que creemos debemos verlo. Dichosos somos más bien, cuando creemos en el Evangelio de Jesucristo, el que los apóstoles vieron, creyeron y del cual dieron testimonio. Amén.

¡No obstante cree!

Viernes SantoCruces

“Entonces Pilato se lo entregó a ellos, para que lo crucificaran. Y ellos tomaron a Jesús y se lo llevaron.

Con su cruz a cuestas, Jesús salió al llamado «Lugar de la Calavera», que en hebreo es «Gólgota»,  y allí lo crucificaron. Con él estaban otros dos, uno a cada lado suyo, y Jesús en medio de ellos.  Además, Pilato escribió también un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS.  Y muchos de los judíos leyeron este título, porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad. Este título estaba escrito en hebreo, griego y latín.  Los principales sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato: «No escribas “Rey de los judíos”; sino que él dijo: “Soy Rey de los judíos”.»  Pero Pilato les respondió: «Lo que he escrito, escrito queda.»

Cuando los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos y los partieron en cuatro, una parte para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual no tenía ninguna costura, y de arriba abajo era de un solo tejido.  Y dijeron entre sí: «No la partamos. Más bien, echemos suertes, a ver quién se queda con ella.» Esto fue así para que se cumpliera la Escritura, que dice:

«Repartieron entre sí mis vestidos,
Y sobre mi ropa echaron suertes.»
Y así lo hicieron los soldados.  Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena.  Cuando Jesús vio a su madre, y vio también presente al discípulo a quien él amaba, le dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»  Y al discípulo le dijo: «Ahí tienes a tu madre.» Y a partir de ese momento el discípulo la recibió en su casa.

Después de esto, y como Jesús sabía que ya todo estaba consumado, dijo «Tengo sed», para que la Escritura se cumpliera.  Había allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon una esponja en el vinagre, la pusieron en un hisopo, y se la acercaron a la boca.  Cuando Jesús probó el vinagre, dijo «Consumado es»; luego inclinó la cabeza y entregó el espíritu.

Jn 19:16-30

El día de hoy es un recordatorio especial de la muerte de Jesús para nosotros cristianos. Nosotros cristianos evangélicos nos centramos naturalmente más en el acontecimiento de la resurrección. Sabemos que Cristo murió en una cruz, por eso es que tenemos una cruz colgada a lo alto sobre el altar de nuestras iglesias, pero esa cruz por lo general esta vacía. Cristo no está más colgado en la cruz, murió una sola vez y resucitó. Está vivo, venció a la muerte y al infierno y vendrá al final de los tiempos a juzgar a los vivos y a los muertos, vencerá definitivamente a Satanás el poder de las tinieblas y su reino no tendrá fin será eterno. Eso es lo que creemos los que somos cristianos.
La parte central del mensaje para este día es la que se desprende de la frase pronunciada por Jesús: “Consumado es” que, es algo así como decir en palabras simples: ‘el trabajo se ha cumplido’.
Jesús asumió la tarea de venir a la tierra, se hizo hombre para poder comunicarse directamente con la gente y traer un mensaje de amor del Dios. Vino a restablecer la ley. Vino a poner al día la ley de Dios y la trajo de una forma sencilla para que todos la entendieran.
No sabemos por qué tuvo que morir. Siendo Dios tuvo el poder de resucitar pero no obstante no utilizó ese poder para evitarse la muerte. Lo habría podido hacer si hubiera querido, pero no lo hizo. Y eso a nosotros seres humanos nos deja sin entendimiento. ¿Cómo puede ser que Jesús el Hijo de Dios, con todo el poder que tenía no se hubo ahorrado la muerte?
Y existen dos razones por las cuales no lo hizo. Primero porque era un ser humano y quería vivir hasta las últimas consecuencias su humanidad sobre la tierra. Quiso llegar hasta las últimas consecuencias con el mensaje que vino a traer: el mensaje del amor a Dios y el amor al prójimo.
Hubiera sido muy fácil para él llamar a un ejército de ángeles para desparramar a todos los que querían matarlo. Pero esa hubiera sido una forma muy humana de actuar. El también fue Dios y quería mostrarnos que lo más importante es el amor, amar hasta las últimas consecuencias. El amor al Dios y el amor al prójimo es lo único que nos puede proporcionar una existencia segura y eterna. En cierto sentido quiso hasta ver si los seres humanos hacia los cuales se dirigía su predicación se daban cuenta y reconocían su mensaje como el mensaje de amor del Hijo de Dios. Por lo visto no lo reconocieron.
La segunda razón por la cual murió en la cruz, fue porque quiso mostrar que el poder del amor es el mayor poder del universo. El poder del amor es mayor que el poder de la maldad. El poder de Dios es mayor que el poder del diablo. Que el amor siempre triunfa a la larga o a la corta.
Y que aquellos que acepten el amor de Dios, enseñado por medio de su Hijo Jesucristo, vivirán por siempre. Aquellos que acepten que Jesucristo es el Hijo de Dios y que de él viene ese ejemplo de amor, vivirán por siempre. Aquellos que tengan la humildad y el esclarecimiento espiritual para buscar a Dios por medio de Jesucristo vivirán por siempre. Aquellos que amen al prójimo así como Cristo lo predicó vivirán por siempre. Aquellos que valoren las cosas que vienen de Dios vivirán por siempre.

No se puede nunca llegar a entender el misterio de la muerte de Cristo, el día de viernes santo si no se acepta primero el milagro de la resurrección de Cristo. Por medio de la resurrección de Cristo al tercer día, nos damos cuenta que Jesús era, es y será siempre Cristo. No es una cuestión de tratar de explicar científicamente por qué murió Cristo, si de veras murió así. O tratar de explicar científicamente, por medio de la historia o de la arqueología si Cristo resucitó o no.
Hay tanta gente afanada en buscar pruebas de la resurrección de Cristo y hasta fanatizada por los hallazgos arqueológicos que pueda haber que pierden de vista la dimensión principal: la de creer que Cristo está vivo.
No sé si ustedes recuerdan por ejemplo la noticia sobre el manto sagrado que fue hallado en Turín. Se han hacho estudios arqueológicos y científicos para probar si este en verdad era o no el manto en el cual envolvieron a Jesús. Hay muchos que lo creen y hasta van a verlo para venerlarlo. No sé si fue verdadero o no. No necesitamos de pruebas para creer que Jesús está vivo. Del mismo pasó con Tomás cuando le dijo a Jesús: Si yo no veo en sus manos la señal de los clavos, ni meto mi dedo en el lugar de los clavos, y mi mano en su costado, no creeré (Jn 20:25b)
Y al final Jesús le dice: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”.
Bienaventurados cada uno de nosotros que a pesar de no ver, de no haber vivido junto a Jesús, de no poder comprender queremos decirle hoy a Jesús, hoy viernes santo, de la misma manera que en el domingo de resurrección o en cualquier día del año, porque para los cristianos todos los días del año son iguales para adorar a Cristo: Yo quiero creer en ti Señor, aunque no entiendo. Yo quiero aceptarte Señor Jesús como mi Dios y Señor aunque no entiendo, yo quiero adorarte a ti Señor aunque no entiendo, yo acepto tus mandamientos de amor, aunque no lo entiendo. Yo te amo Jesús Hijo de Dios, aunque no entienda.
Si podemos expresar esto con nuestras palabras, pensamientos y sentimientos, es una señal que de hemos aceptado que Jesús es el Hijo de Dios y tenemos la promesa de la vida eterna regalada a aquellos que aceptan el sacrificio de amor de Cristo.
Lamentablemente nosotros seres humanos queremos entenderlo todo con nuestra mente antes, pero no todo funciona así, hay otras dimensiones en el universo creado por Dios que no son sólo los cinco sentidos humanos. Hay cosas que van más allá de lo natural que, son sobrenaturales. Cuando comenzamos a creer y eso lo hacemos con nuestro espíritu, la presencia sobrenatural y extraordinaria de Dios comienza a habitar en nuestra vida. Cuando el libro del Génesis nos dice: ¡Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza! (Gn 1:26) Dios no estaba principalmente en la naturaleza espiritual de Dios. Somos creación de Dios y tenemos un espíritu ese espíritu anhela terriblemente estar conectado con su creador. Cuando no creemos en Dios a través de Jesucristo, nuestros cuerpos pueden vivir, pero nuestros espíritus están vacíos y nuestros cuerpos cada vez más enfermos.
Dios nos da una nueva oportunidad en el día de hoy de aceptar el ofrecimiento, la salvación que Cristo nos ofrece: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Dios ten bendecirá ricamente y cambiará tu vida si aceptas esto ya en tus días sobre la tierra. Si ya has tomado antes esta decisión, decídete hoy que quieres acercarte más a la fuente de de vida de Dios y decídete transitar hacia la santidad, qué puedes hacer a partir de esta pascua de resurrección para obedecer más a Dios, qué cosas puedes dejar de lado que a Dios no le agradan de ti, qué cosas puedes obsequiar a Dios que Dios está esperando de ti hoy. Acepta a Cristo y acepta también cada día cambiar tu vida hacia la santidad.
Jesús murió, sí, pero una sola, vez y resucitó por eso hoy estamos aquí en la iglesia hoy. El está vivo y quiere darte a ti también la vida que estás buscando en todos los sentidos que te puedas imaginar.
—Dios crucificado muerto y sepultado. Dios de amor que, quisiste salvarnos muriendo en la cruz, perdona mis pecados hoy. Permíteme vivir en esta tierra como a ti te agrada. Permíteme cumplir tu palabra. Permíteme ponerte a ti en el primer lugar de mi vida. Pues necesito tu bendición y quiero resucitar al igual que tú, más allá de mi propia muerte. Recibe mi oración Señor Jesús. Amén.–

El primer servicio a Dios

Domingo Judicaservicio
“Se le acercaron Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo.

—Maestro —le dijeron—, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.

—¿Qué quieren que haga por ustedes?

—Concédenos que en tu glorioso reino uno de nosotros se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda.

—No saben lo que están pidiendo —les replicó Jesús—. ¿Pueden acaso beber el trago amargo de la copa que yo bebo, o pasar por la prueba del bautismo con el que voy a ser probado?

—Sí, podemos.

—Ustedes beberán de la copa que yo bebo —les respondió Jesús— y pasarán por la prueba del bautismo con el que voy a ser probado,  pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí concederlo. Eso ya está decidido.

Los otros diez, al oír la conversación, se indignaron contra Jacobo y Juan.  Así que Jesús los llamó y les dijo:

—Como ustedes saben, los que se consideran jefes de las naciones oprimen a los súbditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad.  Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor,  y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos.  Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

Marcos 15:35-45
El gran violinista, Nicolò Paganini, legó su maravilloso violín para la ciudad de Génova donde nació. Pero solo bajo condición de que el instrumento jamás fuera ejecutado otra vez. Fue una condición muy desafortunada, pues se trata de una madera que cuando es usada no se estropea tanto. Pero ni bien fue dejado allí, la madera del violín comenzó a deteriorarse. El exquisito violín de un tono suavísimo comenzó a ser comido por gusanos en su hermosa caja; era sólo invaluable por tratarse de una reliquia. El instrumento en descomposición es un recordatorio de que una vida alejada de todo servicio a Dios y a los demás pierde su sentido.
De camino hacia la cruz, reconocemos la obediencia que, Jesús demostró con total paciencia. En el evangelio de esta semana es claro que si queremos tomar un lugar junto a Jesús, se nos pide obediencia. Pero una y otra vez nos damos cuenta que no somos capaces de tal obediencia y estamos agradecidos a Jesús que por su obediencia hemos sido salvados.

Una vez fui a visitar a una persona que hacía años que no venía a la iglesia. Y esa es también una de las tareas de los pastores cuidar que la gente no se olvide que, Dios nos pide cumplimiento también cuando nos dice que hay que santificar el día de reposo y en todo caso preguntar si hay una causa especial por la cual la persona no viene a la iglesia. Aunque los pastores no somos policías para controlar lo que las otras personas hacen. Somos tan sólo los responsables de anunciar lo que Dios dice acerca de estas cosas. La gente deberá dar cuentas delante de Dios de sus acciones, no delante de los hombres. Este hombre me explicó que él ya había trabajado mucho para la iglesia que, había estado mucho tiempo en ella que incluso había estado en la comisión directiva y le parecía que ya era un tiempo de tomarse un descanso. En realidad no era ese el motivo fundamental por el cual él no venía más a la iglesia. El motivo fundamental era que, había tenido algunos roces con algunas personas de la misma y como ya no formaba ya más parte de la toma de decisiones de ésta se sentía menos importante, con menos influencia. Entonces por orgullo, por celos de los demás, por sentirse menos y por no querer perdonar o arreglar sus asuntos con las personas puso otra excusa. En una palabra estaba mintiendo acerca de las causas principales. Y así me dijo que no iba más a la iglesia pues ya había trabajado lo suficiente y que no necesitaba ir tanto y que él podía orar en su casa.
Claro está, yo por más que haya sido el pastor no le iba a cambiar la idea pues esa era su decisión y por tanto su propia responsabilidad así que él debería arreglar su situación con Dios. Lo único que atiné a responderle al irme fue que, lo más importante era lo que él estuviera haciendo para Dios ahora. Y me volvió a repetir: ¡Yo hice ya mucho para la iglesia!. Sí, usted tiene razón, le dije, pero lo más importante es lo que usted está haciendo ahora en el tiempo presente para la iglesia.
A Jesús le interesa lo que está haciendo ahora, no lo que hizo ni lo que hará para la iglesia. A Jesús le interesa el servicio permanente. Es por eso que él nos da una ley que aún tiene vigencia que dice, y es por eso que la aprendemos en nuestro curso de confirmación: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo”. Si usted sería una persona enferma y discapacitada estaría lógicamente exceptuada de esto pero usted todavía es una persona fuerte y sana y Dios está esperando de su servicio de amor.
Y decidimos venir a la iglesia, aunque no sea perfecta, pues ustedes saben,… ¿conocen ustedes personas perfectas? Yo nunca tuve el placer de conocerlas en mi vida a las personas perfectas. Por tanto creo que, si las personas perfectas no existen, como las iglesias están llenas de personas, entonces por lógica dentro de las iglesias no hay tampoco personas perfectas. Pero muchos de los que siguen viniendo a las iglesias son personas que conocen esto, pero por lo menos tienen la humildad de reconocerlo y por eso necesitan de la iglesia, de la ayuda de Dios para cambiar y tienen la humildad de ser honestos con Dios y obedecer sus mandamientos por agradecimiento de todas las cosas que Dios nos otorga a diario y simplemente por querer obedecerle. En los estudios bíblicos hemos estudiado aquel mandamiento más importante que dice: ““Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente”…—.Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” Con la segunda parte sabemos bien cómo se hace. Pero ante la primera parte, ¿cómo hacemos para amar a Dios?. Muchos dicen, orando, cantando leyendo la Biblia, haciendo el bien. Y la respuesta primerísima es adorando a Dios. Y eso lo hacemos en las iglesias los domingos, los días de descanso. Es por eso que construimos estos edificios llamados iglesias. En estos edificios principalmente queremos venir a adorar a Dios a obedecer aquel mandamiento, no importa si somos personas imperfectas, si somos personas que nos falta amor y más santidad. Porque también en la Biblia se nos dice : “No hay justo ni aún uno” (Ro 10:38) Pero porque somos cristianos y decimos que creemos en Dios (los cristianos creen y respetan la palabra de Dios la Biblia) queremos tener la humildad y la obediencia de su palabra. Hay muchas personas que se lamentan de lo mal, que les va en la vida aún siendo cristianos. A veces no estaría mal preguntarse cómo nos iría si seríamos más obedientes a Dios en este aspecto.

Y así al final terminó mi charla con aquel hombre. Me pareció que todos los años que había estado en la iglesia no le habían servido para aprender un mandamiento básico de Dios, el perdonar a los demás, el no mentir y el saber respetar sus mandamientos. Afortunadamente, esta persona después de un buen tiempo recapacitó y volvió a la iglesia. Y después de algunos años me di cuenta por la expresión de su rostro que hasta entendió por qué había que venir a la iglesia, había que venir tan sólo para honrar y alabar a Dios. Si logramos comprender eso y obedecemos a Dios con amor y agradecimiento por todo lo que él hace en nosotros a diario vamos a poder entender cada vez más el amor de Dios y no sólo que seremos bendecidos sino también que seremos de bendición para muchos otros. Hoy esta persona, ya más anciana, va a la iglesia y sigue colaborando con una sonrisa porque comprendió lo más importante de servir a Dios es el hacerlo para Cristo, para el Señor, con toda entrega, obediencia y amor. De eso se trata la iglesia. La última vez que lo vi, me saludó con una gran sonrisa y me di cuenta que el Espíritu Santo había hecho un milagro en esa persona.
Hay personas que están tristes porque ya no pueden trabajar activamente más como lo hacían antaño porque el cuerpo no les responde. Y como yo siempre digo, hay sí una actividad que necesitamos de esas personas y es un trabajo urgente e imperioso: orar. Orar por la iglesia, orar para que haya más personas que vengan a la iglesia porque tienen hambre de la palabra de Dios, orar para que aún dentro de la iglesia haya conversiones, orar para que los jóvenes puedan entender que Dios quiere de ellos más santidad, más servicio, más humildad a la palabra de Dios y más obediencia a Jesucristo.
El pecado más grande de los seres humanos es creer que pueden predecir el futuro de una iglesia. La iglesia es de Cristo. Si ustedes hoy están aquí es porque Dios les permite entrar a esta iglesia. Eso es una bendición. Si yo hoy estoy predicando aquí no es porque me contrataron es porque Cristo me permite predicar hoy aquí. Los miembros de la comisión están en la comisión porque Cristo les está permitiendo hacerlo. Cristo es el Señor de la iglesia y es sólo él el que sabe y el que dice cuando una iglesia comienza y termina.
El pecado de los discípulos fue creerse que porque trabajaban para Cristo eran como dioses para decidir qué podían hacer y no hacer. Seamos cuidadosos y respetuosos con Dios, él sufrió la muerte en cruz para que nosotros podamos tener la iglesia, para adorarlo a él. El se humilló y sufrió y murió para que nosotros obtengamos la vida eterna. Lo mínimo que podemos hacer por él es obedecer sus mandamientos. Recordemos que Dios es amor por tanto devolvámosle ese amor que él nos da sirviéndole. Es por eso que a estas reuniones hoy y aquí le llamamos servicios. Estás sirviendo a Dios “con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” entonces Dios te hará grande te dará grandezas, Te bendecirá, responderá tus oraciones y te irá bien en la vida porque te estás humillando delante de Dios.
Me encanta recordar siempre las promesas del salmo primero de la Biblia para todos aquellos sinceros servidores de Dios: “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores ni cultiva la amistad de los blasfemos, sino que en la ley del Señor se deleita, y día y noche medita en ella.
Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan.
¡Todo cuanto hace prospera!”
Seguramente has venido a la iglesia hoy a buscar aliento: La palabra de Dios nos da el mejor aliento: “el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor” El que quiera ser grande en todos los sentidos de la vida deberá humillarse delante de Dios y su palabra. Que Dios nos de las fuerzas para servirle con entrega, valentía, amor y alegría!. Amén

El tipo de vida que ofrece Jesús

Domingo LaetareLaetare

“Entre los que habían subido a adorar en la fiesta había algunos griegos. Éstos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le pidieron:

—Señor, queremos ver a Jesús.

Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos fueron a decírselo a Jesús.

—Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado —les contestó Jesús—.Ciertamente les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo. Pero si muere, produce mucho fruto. El que se apega a su vida la pierde; en cambio, el que aborrece su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna. Quien quiera servirme, debe seguirme; y donde yo esté, allí también estará mi siervo. A quien me sirva, mi Padre lo honrará”.

 

Juan 12:20-26

Hoy quisiera referirme acerca de cuán complicada se ha tornado la vida desde el punto de vista mundano. Me pregunto si es verdaderamente la voluntad de Dios que nuestra vida sea tan complicada. ¿Acaso alguien puede afirmar lo contrario? ¡Hay tantos que afirman que tienen tanto para hacer y dicen que están tan estresados! Entretanto el estrés es un negocio que produce millones de dólares en estos tiempos, porque hay que ayudar a la gente a que vuelvan a tener paz y tranquilidad. Jesús dice en Jn 10:10 “El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.” ¡Es decir para que tengamos vida y para que la podamos disfrutar! ¡Y en abundancia! Creo que nunca podremos tener una vida en abundancia pues hay alguien y a quien hay que ponerle el nombre correcto y es Satanás que no se dará por vencido hasta que pueda robarnos la alegría. En todo momento y en todas partes hay cosas y personas que tienen la capacidad de sacarnos la alegría. Cuando nuestra vida se torna complicada ya dejamos de tener alegría, pues las complicaciones destruyen la alegría. ¿Pero es en realidad la vida la que es complicada o es nuestra manera de ser con respecto a la vida? ¿No deberíamos quizás cambiar nuestra manera de ser por la manera de ser de Dios?
Es tan fácil cambiar nuestra manera de ser y a la vez es tan difícil depende desde el punto de vista desde el cual lo miremos.

Jesús nos está hablando de su misión en la tierra que, él debía morir para que nosotros tengamos la vida. Así como el grano de trigo tiene que morir para producir más vida por el alimento que suministra. Así también el cuerpo de Cristo tenía que morir para darnos la vida a cada uno de nosotros, es decir lograr dar la oportunidad de la vida eterna a todos los que creyeran en él.

Una nueva vida, una nueva manera de vivir es la que Dios nos quiere ofrecer. Esa vida, claro está comienza en el momento que decidimos aceptar a Jesucristo como Hijo de Dios y como Señor y Salvador. Allí comienza a manifestarse la vida que Dios nos obsequia. Esa vida comienza a revelarse ya durante nuestra propia vida en la tierra y conlleva la promesa de extenderse por la eternidad. Por tanto, cuando Jesús nos dice que: “El que aborrece su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna” no es una contradicción. A veces pensamos que Jesús se contradice que, a él no le interesa que vivamos que, no apreciaría todo lo que es la vida de los seres humanos en esta tierra, y no es así.
A Dios le gusta que vivamos, que tengamos una buena vida que, cuidemos de nuestra vida y que podamos disfrutar de ella. Es por eso que también nos dejo ese versículo de Juan 10:10. Pero él también sabe de las limitaciones y de la fragilidad de nuestra vida en la tierra. Lo que él está haciendo es poniéndonos al tanto de que esta vida en la tierra como la conocemos no lo es todo.

Para poder comenzar a vivir la vida en abundancia que él nos promete tenemos que alinear nuestra vida con el concepto de vida que Jesús nos promete en estos versículos de Juan. Cuando él habla acerca de la vida abundante está hablando de la vida que él ofrece, no del concepto de vida que el mundo nos quiere ofrecer. Y el concepto de vida del mundo contiene otros parámetros que muchas veces no coinciden con los de Jesús.
El mundo no se caracteriza por llevar una vida que conduce a la abundancia en los términos de Cristo. En el mundo se habla mucho de abundancia, pero sólo de abundancia de todo lo material o dinero. El dinero en sí no es malo, pero son muy pocos los que obtienen abundancia del dinero. Y muchos son los que andan detrás de la abundancia de dinero, sin siquiera conseguirlo y hasta llegando a perjudicarse en la búsqueda afanosa del mismo en cuerpo, alma y hasta en espíritu; o corrompiéndose por el mismo.
El mundo no nos habla de abundancia de salud; hay enfermedades por doquier y la salud que se ofrece no apunta a sanar integralmente. Dios ofrece salud y ya comenzando en esta vida.

El mundo no nos habla de paz, física mental y espiritual, por todos lados se ven guerras, matanzas y estrés como una de las enfermedades menos temidas pero las que más matan.
Cada año nacen 132.675.000, es decir 4 nacimientos por segundo. Hay 56, 26 millones de muertos por año, algo menos que 2 muertos por segundo. Durante el tiempo que dure nuestro culto morirán 8000 personas en el mundo y nacerán 16000.

Jesús sabe mucho sobre la muerte pero más sabe sobre la vida. El murió para que tengamos vida. Pero muchas veces nosotros nos complicamos la vida.
Una vez una señora decidió invitar a una pareja para cenar y pensó: “Vamos a pasar una velada agradable cuatro personas charlando, jugando y comiendo algunos hot dogs o unos simples sándwiches”. Luego comenzó a pensar y dijo: pero si invito a esta pareja tengo que invitar a la otra, porque si no se van a ofender. Ya eran cuatro personas para invitar. Y si invito a esa otra pareja tengo que invitar a sus hijos y si invito a sus hijos tengo que también invitar a los hijos de la otra pareja. Entonces ya eran veinte las personas que tenía que invitar. Y ya no tenía que hacer una cena con simples hot dogs tenía que hacer algo más substancioso y por lo tanto gastar más. Así esta mujer comenzó a estresarse y a preocuparse y al final se dio cuenta de que se estaba complicando la vida. Lo que comenzó siendo una cena relajada y tranquila un momento de esparcimiento y camaradería se convirtió en un trabajo estresante, caro y no querido que la preocupó durante toda la semana. Se dio cuenta entonces que había cosas que le complicaban la vida que, no la dejaban vivir en paz. Le importaba el qué dirán, le importaba el causar una buena impresión delante de los demás más que la libertad de poder vivir una vida relajada. Por medio de este sencillo ejemplo vemos que la mayoría de las veces somos nosotros los que nos complicamos la vida.

Jesús no quiere complicarnos la vida. Quiere que tengamos vida en abundancia que aprendamos a vivir una vida conforme a sus criterios no a los criterios del mundo.
Vivir según los términos de Cristo es muy sencillo, hay que creer en él, él nos dice que hay que leer su palabra la Biblia que, hay que confiar en él por medio de su palabra. Esto es tan fácil, es simplemente confiar, ¿es eso tan difícil? Sin embargo nosotros no queremos confiar, queremos hacernos la vida más complicada. Jesús nos dice que si tenemos un problema con alguien que no nos deja dormir tenemos que ir y hablar con esa persona y pedir perdón, ¿es tan difícil pedir perdón? Sin embargo nosotros no queremos, nos complicamos la vida. Hay personas que llevan una carga pesada de falta de perdón o de aceptación del perdón del otro, de orgullo, de rencor, de pensamientos del pasado que atormentan, de problemas que no se quieren superar durante décadas y no quieren ceder, no quieren obedecer a Jesús que nos dice que él nos quiere ofrecer una vida distinta a la de este mundo, nos dice que hay que vivir. Y así se vive no una vida abundante sino una vida miserable y además atrayéndose enfermedades no queridas o envejeciendo prematuramente. Esa no es la vida abundante que ofrece Jesucristo.

Es por eso que él nos dice claramente en su palabras: “El que se apega a su vida la pierde; en cambio, el que aborrece su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna”.

Dios, en este tiempo en el cual muchas veces acentuamos más la muerte que la vida, nos está queriendo hablar de la vida y de la vida en abundancia. Cristo ha muerto, pero ha muerto por nosotros para darnos nueva vida así como sucede con el grano de trigo. El ahora está vivo y nos ofrece esa vida, nos ofrece vivir la vida pero el tipo de vida que él ofrece no es el tipo de vida que ofrece el mundo que no conduce a nada. En algún momento vamos a figurar dentro de esa estadística de casos de muerte por segundos en el mundo. ¿De cuánto tiempo más contamos?, poco. ¿Así que por qué no aprovechamos a poner en orden las cosas con Dios y con nuestro prójimo y comenzar a vivir aunque más no sea una puntita de esa vida en abundancia que ofrece Jesucristo ya aquí y ahora y tener la oportunidad de vivir la vida eterna junto a Jesucristo? Pero para eso hay que empezar a hacer caso a Jesús y poner a Jesús en el primer lugar. Hay que empezar a confiar en él, en su palabra, la Biblia, que queremos leer a diario. Hay que empezar a obedecerle al venir a la iglesia, al perdonar a nuestro prójimo, a ser honestos y limpios en nuestro trato con los demás en palabras y obras. No es muy difícil, es sencillo si queremos, es tan sólo una cuestión de decisión. ¿Por quién queremos decidirnos por Cristo o por el mundo?
El que se apega a su vida la pierde; en cambio, el que aborrece su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna. Amén

La mejor propaganda

 

Domingo OculiSigueme

 

“Mientras seguían su camino, alguien le dijo: «Señor, yo te seguiré adondequiera que vayas.» Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.» Y a otro le dijo: «Sígueme.» Aquél le respondió: «Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.» Pero Jesús le dijo: «Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú, ve y anuncia el reino de Dios.» Otro también le dijo: «Señor, yo te seguiré; pero antes déjame despedirme de los que están en mi casa.» Jesús le dijo: «Nadie que mire hacia atrás, después de poner la mano en el arado, es apto para el reino de Dios.» Lucas 9:57-62 (RVC)

 

 

Salmo: 34:16-23

A.T.: Jer 20:7-13

Epístola: 1 Pe 1:13-21

 

Una vez participé de un seminario que se denominaba “marketing para las iglesias”. Esto puede sonar extraño y hasta inapropiado pero el seminario en sí tenía una buena intención. La definición de marketing es una forma de organizar un conjunto de acciones y procesos a la hora de crear un producto “para crear, comunicar y entregar valor a los clientes, y para manejar las relaciones” y su finalidad es beneficiar a la organización satisfaciendo a los clientes. Si miráramos en el caso de este texto la forma en que Jesús se manejó al respecto de anunciar el Evangelio pensaríamos que Jesús estaba haciendo algo incorrectamente. El confrontaba a la gente que se le acercaba para ser sus discípulos. Como publicista, le aconsejaría a Jesús que no acentúe tanto las cosas difíciles de la vida de todo discípulo y todas aquellas cosas a las que habría que renunciar. Más bien que, resalte las cosas positivas. Que le diga a la gente que van a vivir por la eternidad si te quieren seguir. Que le pinte todas las alegrías del cielo: ¡Que no habrá dolor, que no habrá enfermedades, y sí muchas sanaciones; que no habrá lágrimas, que no habrá desilusiones, que no envejeceremos ya más, que habrá pura santidad! Que les quede claro las grandes ventajas que, van a tener por el hecho de seguirle que, irían a formar parte de una magnífica y sincera comunión entre sí. Que estén seguros que, el Padre en los cielos estará siempre a su lado. Que puedan esperar sanidad en cuerpo y alma y en un abrir y cerrar de ojos serían salvos y tendrían total perdón de pecados. Eso Jesús, les deberías comunicar a los interesados, entonces así tendrías multitud de seguidores. Quien quiera ganar gente para sí debería resaltar las ventajas y dejar de lado las desventajas. Sí, eso es lo que le diría a Jesús, si yo sería un mero publicista mundano.

Hay muchas iglesias que utilizan el marketing del mundo y se confunden. Pretenden ofrecer un producto que es divino en una forma desacertadamente humana y allí erran. Es tan errado escribir en las pancartas de entrada de una iglesia renovadora: “! Venga hoy por un milagro!”—Porque a los milagros los ofrece Dios no nosotros— Como también creer que Jesucristo era un buen maestro y la iglesia es sólo una institución que transmite buenas valores y promueve la asistencia social en la sociedad, ignorando o no creyendo en el Espíritu Santo de Dios.

Pero yo no soy ningún publicista, sino simplemente un discípulo de Jesús y predicador del Evangelio. No me corresponde a mí darle buenos consejos a Jesús, sino que lo que me corresponde es escucharlo a él y respetar su palabra. Y tendré que saber que un discípulo de Jesús muchas veces tendrá que pasar cosas difíciles.

Así le dijo Jesús a alguien que estaba interesado en seguirle: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza”. Jesús era una persona que no tenía casa y esperaba lo mismo de sus discípulos: que ellos pudieran si fuera el caso, pasar la noche a la intemperie. No podemos transportar esta misma condición para los actuales seguidores de Jesús, aunque sí de forma indirecta. Quien quiera ser un discípulo de Jesús, no deberá recluirse en su propio nido, o en la comodidad de su hogar y apartarse así de lo malo del mundo. No, lo que Jesús quiere es que nos entremezclemos con la gente que, provoquemos el contacto con los demás para que tengamos la oportunidad de dar testimonio del evangelio que estamos viviendo, en palabras y en obras. Los discípulos deberán ser sal de la tierra y luz del mundo; y para eso no hay que poner la lámpara debajo de una mesa (Mt 5:13-16). Hay que lograr llegar a tener trato o relaciones con la gente, aún cuando muchos puedan ponernos los nervios de punta y no sean para nada simpáticos. Esto será a veces incómodo, quizás tan incómodo como tener que dormir en una noche de invierno a la intemperie.

Pero viene incluso algo más duro aún: había uno que quería seguir a Jesús pero primero quería tomar parte en el sepelio de su padre. Aquí se sobreentiende que ante estos casos habría que tener un poco de consideración. Jesús, sin embargo, es chocante al no mostrar ningún tipo de consideración. Le dijo al hombre: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú, ve y anuncia el reino de Dios”. ¡Que otros vayan a enterrar al padre pero que no sea el hijo! Que sean los otros que, no están buscando a Jesús como fuente de la vida y que están muertos espiritualmente, aunque sus cuerpos estén con vida. El servicio para Jesús no admite demoras ni retrasos; cuando Jesús llama, todo lo demás debe quedar en segundo plano. Para un discípulo, Jesús debe ser el jefe y sus indicaciones deben tener la mayor prioridad. “Busquen primero el reino de Dios”, enseño Jesús a sus discípulos (Mt 6:33) Y eso tiene validez hasta el día de hoy. Para un discípulo de Jesús nada debe ser más importante que hacer la voluntad de su Señor. Ni la familia, ni el hacer dinero, ni las tareas voluntarias en asociaciones, ni la escuela, ni ninguna otra cosa. Y cuando tenemos que participar de un sepelio en la iglesia, lo hacemos por la razón de que en esa ocasión, nuestra intención es aprovechar para anunciar el evangelio a los que están vivos, así como Jesús nos lo pidió: anunciar el evangelio del Hijo de Dios que, ha vencido a la muerte. Un sepelio donde Jesús no sea el centro, sino el fallecido, no es un sepelio cristiano; y allí entonces como discípulo de Jesús podremos optar por ocuparnos de cosas más importantes.

Y al final viene todavía la parte más dura: Hay uno que dice que, se quiere despedir de sus familiares antes de hacerse viaje con Jesús. Cualquiera pensaría que, naturalmente habría que permitirle a esta persona y que, sería muy descortés, exigirle que no se despida de los suyos. Pero otra vez Jesús reacciona de forma chocante y dice: “Nadie que mire hacia atrás, después de poner la mano en el arado, es apto para el reino de Dios”. O como dice un dicho: “Quien manejando mire para atrás, se estrellará contra el árbol”. El seguimiento de Jesús no es para tradicionalistas, no es para los que siguen viviendo en el ayer, no es para gente que no está completamente madura y todavía siguen aferrados a las faldas de las madres. No es para nada que, Jesús tenga algo en contra de las despedidas, sólo que aquí está describiendo cuáles serían las prioridades: Jesús debe ser más importante que la familia, o las tradiciones familiares, el reino de Dios debe ser más importante que la casa paterna. La feliz infancia es cosa del pasado, los padres alguna vez nos dejarán. Sí, tarde o temprano tendremos que separarnos de todos los parientes y seres queridos de este mundo. El futuro le corresponde al reino de Dios y a éste nos lo abre Jesús con su Evangelio.

Estas palabras de Jesús son chocantes y ofensivas quizás y seguro que más de uno que haya interpretado la Biblia habrá querido desdramatizarlo; ¡estas palabras no pueden ser tan radicales!. Quizás se haya interpretado más de una vez que, quizás el padre del segundo candidato no haya estado aún fallecido; y quizás esta persona quiso esperar a que su padre muera y luego enterrarlo y así poder luego seguir a Jesús. O quizás se haya interpretado que, la familia del tercer candidato debe de haber vivido bien lejos, y despedirse de su familia hubiese significado un largo viaje. Pero aunque se le busque la vuelta a las distintas y posibles interpretaciones: los requerimientos de Jesús para un discípulo siguen siendo muy chocantes. Algunos cristianos piensan que, sólo unos pocos y especiales cristianos pueden llegar a ser discípulos de Jesús, a los demás se les permitirá vivir una vida más normal y simplemente creer en él. Sin embargo, Jesús ha dicho muy claramente que, todos los pueblos lleguen a ser sus discípulos por medio del bautismo y la enseñanza. “Vayan por todo el mundo y hagan discípulos a todas las naciones”, así dice la Gran Comisión (Mt 28:19). Aunque se le busque la vuelta: todos nosotros, los que hemos sido bautizados y creemos en Jesús, somos sus discípulos y así deberíamos vivir. Todos hemos sido llamados a ser sus testigos; todos nosotros deberíamos ponerlo a Jesús en el lugar más importante, incluso antes que nuestra propia familia y nuestro propio bienestar. Sí, así lo ha dicho Jesús y lo que él piensa no puede hoy interpretarse de otra manera.

Pero una sola pregunta se nos permite formularnos que, nos conducirá al punto de partida de nuestro mensaje: ¿Por qué es que Jesús resalta las cosas difíciles y la radicalidad del seguimiento y no habla de sus enormes ventajas? ¿Por qué Jesús rechaza abiertamente todo tipo de buena propaganda y no se vale de la psicología publicitaria? Y la respuesta viene rápido. Lo hallamos cuando nos formulamos otra pregunta: ¿Ustedes piensan que la propaganda que nos rodea es creíble? ¿Es realmente confiable todo lo que se nos dice que compremos? ¿Quedamos siempre conformes con lo que compramos, con las promesas que se nos hicieron?. Claro que no. La propaganda no es sincera. La propaganda sobresalta exageradamente las ventajas y oculta conscientemente todo tipo de desventajas. Si Jesús es que rechaza este tipo de estrategia para con su misión, lo que nos quiere decir es: Ustedes pueden confiar en mis palabras. Yo no les voy a ocultar lo desagradable y lo pesado de ser mis discípulos, por el contrario de entrada se los voy a aclarar. Yo soy la verdad y digo la verdad.

Estimada congregación, estas palabras difíciles de Jesús sobre el seguimiento no son otra cosa que, una ayuda al fortalecimiento de nuestra fe. Nos muestran que, Jesús quiere hablar de forma bien abierta y sincera con nosotros que, no anda con cosas ocultas. Y porque así es, es que podemos confiar plenamente en él y tener la más segura esperanza que la bendición prometida por el seguimiento no nos decepcionará. Jesús es el único producto fiel e imperecedero, es el único confiable y que nos da una garantía eterna comenzando ya en el momento que decidas verlo a él como el Hijo del Dios Altísimo. Amén

 

 

 

¿Qué pide Dios de nosotros?

Domingo SeptuagésimaTrabajadores de la viña

»Así mismo el reino de los cielos se parece a un propietario que salió de madrugada a contratar obreros para su viñedo. Acordó darles la paga de un día de trabajo y los envió a su viñedo. Cerca de las nueve de la mañana, salió y vio a otros que estaban desocupados en la plaza. Les dijo: “Vayan también ustedes a trabajar en mi viñedo, y les pagaré lo que sea justo.” Así que fueron. Salió de nuevo a eso del mediodía y a la media tarde, e hizo lo mismo. Alrededor de las cinco de la tarde, salió y encontró a otros más que estaban sin trabajo. Les preguntó: “¿Por qué han estado aquí desocupados todo el día?” “Porque nadie nos ha contratado”, contestaron. Él les dijo: “Vayan también ustedes a trabajar en mi viñedo.”

»Al atardecer, el dueño del viñedo le ordenó a su capataz: “Llama a los obreros y págales su jornal, comenzando por los últimos contratados hasta llegar a los primeros.” Se presentaron los obreros que habían sido contratados cerca de las cinco de la tarde, y cada uno recibió la paga de un día. Por eso cuando llegaron los que fueron contratados primero, esperaban que recibirían más. Pero cada uno de ellos recibió también la paga de un día. Al recibirla, comenzaron a murmurar contra el propietario. “Estos que fueron los últimos en ser contratados trabajaron una sola hora —dijeron—, y usted los ha tratado como a nosotros que hemos soportado el peso del trabajo y el calor del día.” Pero él le contestó a uno de ellos: “Amigo, no estoy cometiendo ninguna injusticia contigo. ¿Acaso no aceptaste trabajar por esa paga? Tómala y vete. Quiero darle al último obrero contratado lo mismo que te di a ti. ¿Es que no tengo derecho a hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O te da envidia de que yo sea generoso?”

Mateo 20:1-16

En todas partes es muy común escuchar que la gente tiene mucho en cuenta la relación costo-beneficio, porque nadie quiere pagar demasiado al comprar. También cuando se ofrece mano de obra prevalece la filosofía del rendimiento y del beneficio: Un buen trabajo merece una buena retribución. «El que no quiera trabajar, que tampoco coma” se dice en la Biblia (2 Tesalonicenses 3:10.). El principio del mérito es algo bastante normal. Ya con los niños se inicia: Cuando estos hacen tareas domésticas reciben su dinero de bolsillo, y entre los hermanos existe aquella competencia minuciosa en relación al premio por el rendimiento. En la escuela se obtienen buenas notas a partir de un buen rendimiento, por lo menos así debería ser. En la vida laboral y en la economía rige fundamentalmente este principio. Así que no debe sorprendernos, que uno de los discípulos, Pedro, le haya preguntado a su maestro, a partir de esta relación de rendimiento y beneficio, aún en el discipulado: “— ¡Mira, nosotros lo hemos dejado todo por seguirte! — le reclamó Pedro—. ¿Y qué ganamos con eso?” Para responderle Jesús les cuenta la parábola que hemos escuchado en el día de hoy como lectura del Evangelio, la parábola de los obreros de la viña.

El dueño de la viña se dirige temprano al amanecer hacia la plaza del mercado para buscar personas que estén dispuestas a trabajar. Luego de haber charlado el precio de la jornada queda con ellos en que les pagará un denario (la paga por un día de trabajo) por la producción del día. Y la jornada se entendía desde la salida del sol hasta las seis de la tarde.
Pero al buen hombre siempre le hacen falta más trabajadores entonces sigue contratando jornaleros en la plaza del mercado, va entonces a las nueve, luego a las 12, luego a las 15 y finalmente a las 17 horas. Con éstos últimos no habla sobre tarifas, sino que simplemente les dice: “les pagaré lo que sea justo”.
Los hombres aceptan la oferta y están contentos, especialmente de haber encontrado trabajo aún a esa hora. Cuando llega el momento de la paga a las 18 horas se llevan una gran sorpresa: los últimos que sólo habían trabajado una sola hora recibieron el jornal completo, todo un denario. Pero los demás no recibieron más que eso. Era de esperar que los primeros murmuraran. ¿Cómo reaccionaría hoy un empleado si el jefe le diera a otro que trabajó el diez por ciento del tiempo la misma paga? ¿Si uno recibiera $11 por hora y el otro recibiera $110 por hora de trabajo?

“Así mismo el reino de los cielos se parece a ese propietario” así comienza la parábola. De la misma forma que ese propietario tira por tierra aquel principio de “rendimiento igual a paga”. Quien pueda entender esto desde el principio podrá entender qué es lo más importante de la historia: ¡Sólo se trata de Dios! Se trata del reino de los cielos, del reino de Dios, de la forma que tiene Dios de gobernar. El propietario en la parábola no es otro que Dios. La parábola por tanto nos dice fuerte y claro: Donde Dios reina, hay que desprenderse de ese principio de “dame y toma”, producción y recompensa, mérito y recompensa, calidad y precio, sacrificio y recompensa, etc.; todo eso no existe en los términos de Dios.
Y también aquello que piensa Pedro en qué beneficios hay por seguir a Jesús, tampoco hay que buscarlo. En el reino de Dios se trata de poner nuestra vista en Dios y en su accionar extraordinario. Y esto es lo más importante si en verdad queremos comprender cabalmente la parábola. Lo más importante es la pregunta: ¿Qué es lo que hace Dios?
Sí, ¿qué hace él a partir de esta parábola?

En primer lugar está Dios. Él llama a la gente a su viña, a su servicio. Así como el propietario les dice a los jornaleros en la plaza del mercado: “Vayan también ustedes a trabajar en mi viñedo”, así les dice Jesús a sus discípulos: “Ven y sígueme”, sean partes de una iglesia, y para nosotros también se dirige ese llamado. Y la palabra de Dios se sigue dirigiendo a nosotros aún hoy: ¡Arrepiéntanse! ¡Crean en el Evangelio! ¡Conviértanse en discípulos de Jesús!” Atender a este llamado es el requisito básico de la parábola. Allí no se habla de hombres que están jugando a las cartas en la plaza del mercado y le dicen al propietario por sobre la espalda: “¡Lo sentimos, pero no tenemos tiempo!” No se trata allí de hombres que están desganados para ir a trabajar: “¿Trabajar en la viña? “¡No, es muy agotador; vamos mejor a disfrutar de nuestra vida acá!” Se trata de hombres que siguen el llamado. No es ningún milagro que, esta sea una parábola para discípulos, para personas que la palabra de Dios tenga un sentido. Hacemos bien en cumplir este requisito básico de todo cristiano: es decir escuchar, cuando el Señor de la viña nos llama, cuando nos llama a tener fe y cuando nos llama a su reino.

En primer lugar Dios contrata, y en segundo lugar Dios reparte. ¿Qué es lo que reparte? Un denario para todos. ¿Y cuánto es esto? Es la suma que recibía un jornalero en aquellos tiempos para poder vivir por un día con su familia. Entendamos ahora lo que está pensando el propietario, cuando el primero de los enojados le increpa: “¿O te da envidia de que yo sea generoso?” El Señor es bueno, él le da a cada uno lo que necesita para ese día, y no necesariamente lo que se merece. Por bondad tira por tierra el principio de producción y recompensa. El quiere que también los últimos puedan vivir. ¿Quién querría atacarlo por ser bondadoso? Este propietario más que un empleador es un asistente social e inclusive más, uno bueno y amigable que no quiere que se rellenen meros formularios, sino que reparte generosamente aquello que se necesita.
Sí, así también es Dios en su gran bondad y misericordia paternal. Todos los días de nuestra vida él nos regala aquello que necesitamos. Y cuando nuestros días en la tierra concluyan nos regalará la salvación eterna. El se la regala a todos por igual a los que pertenecen a su reino, a todos los que trabajan en su viña, no importando lo mucho que trabajen.

Con esto se ha mencionado lo más importante de esta parábola. Sólo una cosa todavía me inquieta: el resentimiento de los que han trabajado desde el principio. Cuando pensaba en esta parábola para la predicación, se me ocurrió una especie de diálogo entre un cristiano de hoy y Dios y que sería más o menos así:
“Dios estuve calculando, lo que me sale la fe y pienso que si no calculo mal, como es buena costumbre estoy dando el diez por ciento de mis ingresos para la iglesia. ¡Esto es al año más de tres mil pesos! De acuerdo a un tiempo de vida laboral de cuarenta años eso hace un total de ciento veinte mil pesos. Incluso mi tiempo libre para la iglesia es considerable. Asisto aproximadamente a 60 cultos al año, contando los viajes de ida y vuelta una hora cada vez, y también una vez a la semana una actividad en la iglesia, otra hora más, más una media hora de devocional en casa, me da un total anual de alrededor 200 horas y en toda mi vida de cristiano más o menos 20.000 horas ¡esto es dos años y medio ininterrumpidos! Con esto estoy muy por encima del promedio de la cristiandad de nuestro país y les hago sombra a la mayoría de los miembros de esta iglesia. Así que bien me podrías recompensar con las correspondientes bendiciones terrenales y también con un buen lugar en el cielo, ¿no? Y Dios responde:
“Querido amigo, yo te voy a dar todo lo que necesitas, ¿pero qué pasa si nos comparamos con otros? ¿Qué significa este principio de rendimiento y recompensa? Tú sabes bien que eso no hay que buscar en mi reino; además de eso estás errando doblemente. Tú piensas que te pareces al jornalero que estuvo trabajando desde el principio en mi viña. Pero yo te voy a mostrar a uno que antes ya estuvo allí. Por ejemplo aquel pobre cristiano del África o de cualquier otro país del tercer mundo. El soporta el calor del día, el calor de la persecución a los cristianos que, eso a ti no te toca. Para ir al culto no tiene buenos caminos y muchas veces va a pie; él da mucho más de su tiempo libre que tú. Sus ofrendas a la iglesia no puedan compararse a las que tú das, pero él siempre tiene una mano abierta para los pobres y necesitados de entre sus compatriotas, él ha ofrendado y ha compartido de su escaso sueldo, mientras que tú has dado de tu abundancia y de lo que te sobra. ¿No debería a él tener que irle mejor que a ti? ¿Acaso no se ha ganado él un primer lugar en el cielo? Pero como dije: No se trata del principio rendimiento y ganancia. Porque ni él ni tú se han ganado mi bendición. Esto cuesta mucho, mucho más. Esto ha costado la sangre de mi querido hijo Jesucristo que, ha muerto por él y por ti y por todos los que pertenecen a mi reino, dando igual lo mucho que hayan producido o trabajado. Esto es por mi amor y bondad que, yo les doy el cielo y mis bendiciones, y sin que nadie lo merezca. Mi Hijo es el que lo ha ganado para ustedes”.

Estimados hermanos y hermanas en Cristo, ¿nos damos cuenta qué bueno es el Señor con nosotros? ¿Que él no premia el rendimiento, sino el amor? Si el egoísta y materialista principio de producción y premio valdría para nosotros de parte de Dios nos iría muy mal. Por eso aprendamos de él y no hablemos más en su iglesia de rendimiento, más que nada cuidémonos de no comparar. Conocí un pastor que una vez me contó acerca del “pecado de la comparación”. Con esta parábola pude entender a qué se refería. En la iglesia no puede hablarse y compararse de la capacidad de rendimiento o la piedad unos con otros de los miembros de la iglesia o de los pastores. ¡Fuera de la iglesia con ese principio mundano del rendimiento y la recompensa!
Claro que tenemos que exhortar al hermano o la hermana cuando son descuidados o irresponsables al no participar de la iglesia o aportar para el sostenimiento de la misma, pero para ello no necesitamos de una norma comparativa o de rendimiento. De lo que más se trata, lo más maravilloso lo podemos leer en la parábola, lo más importante de la parábola es Dios, el propietario.
En primer lugar queremos aceptar el llamado de él al arrepentimiento, a creer, al trabajo en su viña. Queremos servirle durante toda nuestra vida y vivir para honrarle y no sólo con computadas contribuciones de dinero a la iglesia y tiempo libre que pongamos a disposición. Toda nuestra vida debe ser un culto de adoración. Y cada uno haga como mejor pueda, sea con mucha o poca fuerza.
En segundo lugar queremos aceptar el regalo de Dios de ese jornal, de ese denario. No lo hemos merecido ni lo merecemos. Pero ahí radica lo maravilloso. También el débil y el pequeño, también aquel que llega tarde al reino de Dios lo encuentra, por eso no debe estar triste. Dios le va a regalar también a él, lo que necesita: Su bendición día tras día y luego de esta vida en la tierra la salvación eterna, sólo por bondad y misericordia paternal y divina que, se ha hecho carne en Jesucristo. Amen

Maravilloso Cristo

2do. Domingo después de Epifaníavino

“Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús se encontraba allí. También habían sido invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo:

—Ya no tienen vino.

—Mujer, ¿eso qué tiene que ver conmigo? —respondió Jesús—. Todavía no ha llegado mi hora.

Su madre dijo a los sirvientes:

—Hagan lo que él les ordene.

Había allí seis tinajas de piedra, de las que usan los judíos en sus ceremonias de purificación. En cada una cabían unos cien litros.

Jesús dijo a los sirvientes:

—Llenen de agua las tinajas.

Y los sirvientes las llenaron hasta el borde.

—Ahora saquen un poco y llévenlo al encargado del banquete —les dijo Jesús.

Así lo hicieron. El encargado del banquete probó el agua convertida en vino sin saber de dónde había salido, aunque sí lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Entonces llamó aparte al novio 10 y le dijo:

—Todos sirven primero el mejor vino, y cuando los invitados ya han bebido mucho, entonces sirven el más barato; pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora”.

Juan 2:1-11

Ésta, la primera de sus señales, la hizo Jesús en Caná de Galilea. Así reveló su gloria, y sus discípulos creyeron en él.
Las bodas de Caná nos conmemoran un momento de alegría tanto en la vida de Jesús, como también en la vida de cada uno de nosotros. A quién no le gusta una fiesta y cuanto más es apreciada una fiesta de casamiento. Las bodas son uno de los acontecimientos más felices en la vida de la gente.

Jesús se encuentra en una fiesta. Había sido invitado junto con sus discípulos; seguramente serían amigos con el novio o la novia.
Y en el medio de esa importante boda sucede algo inesperado, el vino se acaba. La bebida que, nos imaginamos habrá sido mucho más saludable y orgánica que nuestros vinos actuales, era parte de la celebración y acompañaba la comida. No se trataba tanto que eran afectos a beber vino, sino que era la bebida por excelencia para las celebraciones luego del agua. Hoy tenemos innumerables bebidas, gaseosas y aperitivos a disposición; allí no obstante el vino quizás haya sido una de las únicas bebidas especiales con las cuales contaban para una ocasión especial.

Hay muchos que se inquietan al ver la abundancia de vino que se tomaba y que Jesús era parte de esa celebración, aprobando esa manera opípara de beber y de seguro de comer también. Casi seguro que cada uno habrá tomado una copa de más, y no solo para satisfacer su sed, pero también había mucha gente y se necesitaba mucha bebida y como dijimos el vino que se tomaba en aquel entonces era quizás más ligero, más parecido a nuestros mostos actuales, casi se podría decir como un jugo de uvas con poco alcohol. No queremos negar que no se tomara en aquel entonces y tampoco queremos negar que no se pueda festejar con bebidas, pero por otro lado es seguro que hayan sido mucho más saludables y benévolas con nuestros vinos actuales.
Lo cierto es que era una fiesta, un momento de alegría y Jesús fue parte de esa fiesta, y aprobó la alegría y es más intervino milagrosamente para que esa fiesta y esa alegría puedan continuar. Allí manifestó por vez primera su gloria, su poder y su maravilla. Y hoy especialmente en el tiempo de Epifanía queremos recordar su intervención en el mundo y no como un buen maestro como muchos que no creen describen a Jesús, sino como un ser poderoso, como Hijo del Dios Altísimo, también Todopoderoso.

Queremos explicar algunas cosas que nos van ayudar a entender mejor este suceso.
Cuando María le dice a Jesús que no tenían más vino, el responde: “Mi hora aún no ha llegado” con su hora se piensa que es el momento en el cual Jesús debía comenzar su ministerio. Con eso está mostrando quien era él en realidad, y a ese momento sólo Dios lo determinaría.
Luego se habla de unas tinajas que eran usadas por los judíos para purificación. Antes de comer los judíos se lavaban las manos y la cara para no estar impuros. Aunque no se trataba tanto de limpieza como de un asunto religioso: sólo lo que era puro podía estar cerca de Dios.
Se mencionan unas tinajas de piedra que, otras versiones bíblicas dicen que contenían dos o tres cántaros. Estos cántaros en griego eran llamados “metretes” y contenían unos 39 litros. Así que las tinajas contendrían unos 100 litros cada una. El total era de seiscientos litros de agua que se convirtieron en vino.
El maestresala, o el catador o el encargado del banquete como tres versiones de la Biblia mencionan era aquella persona encargada de la preparación previa y servicio nada más que las comidas y bebidas. Algo así como hoy mencionaríamos un servicio de catering para fiestas.
Cuando Jesús realiza ese milagro la Biblia nos habla de señales, que es lo mismo que decir milagros, y nosotros cristianos sabemos que, un milagro es un suceso en el que podemos ver el obrar inmediato de Dios.
Al final se nos habla que Jesús: “Así reveló su gloria, y sus discípulos creyeron en él”. Gloria quiere decir lo que le da prestigio y poder a una persona. La Biblia acostumbra a mostrar la gloria de Dios mediante un resplandor brillante.

Jesús manifiesta su gloria en medio de un acontecimiento festivo. El favorece y promueve la alegría de su pueblo, en tanto realiza un milagro material y quiere mostrar que su señorío tiene que ver también con este aspecto de la vida de las personas.
Muchas veces nos preguntamos cuál es el sentido de los milagros de Jesús, como curaciones, milagros de multiplicación de la comida, etc. En síntesis podemos decir que él buscaba el bienestar de su pueblo e inclusive dejó la posibilidad también que sus mismos seguidores pudieran llegar a obrar el mismo tipo de milagros cuando nos dice:

“Créanme cuando les digo que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí; o al menos créanme por las obras mismas. Ciertamente les aseguro que el que cree en mí las obras que yo hago también él las hará, y aun las hará mayores” Jn 14:11.12

Las señales son parte del ministerio y también de la enseñanza de Jesús. Por medio de las señales él manifestó su gloria y también motiva a sus discípulos a hacer lo mismo. Los discípulos no sólo fueron sus apóstoles y seguidores contemporáneos sino también cada uno de nosotros somos llamados a creer y a realizar señales de Dios por medio de nuestra fe en él. Los milagros también son parte de la vida de los cristianos. Si negaríamos los milagros de Dios, entonces tendríamos que negar la existencia de Cristo como Hijo de Dios, pues él mediante la resurrección mostró el milagro más grande donde se muestra que él es efectivamente Dios. El cristianismo sin el poder patente de Dios sería nada más que una mera doctrina o filosofía o movimiento intelectual o hasta una costumbre o legado cultural; pero no es así. El ser cristianos es una relación viva y que se nutre a diario con el Dios Todopoderoso, y a partir de esta relación con un Dios omnipotente nuestra vida es plasmada también del aspecto sobrenatural.

Jesús en este domingo cuyo tema tradicionalmente es el “Maestro de alegría” nos quiere hablar por cierto de la alegría. De la alegría que viene producto de tener una relación con Dios; de la alegría que proviene de saberse hijos de Dios; de la alegría que proviene saber que los hijos de Dios heredarán el cielo; de la alegría que proviene de saber que tenemos a un Dios omnipresente, todopoderoso, omnisciente que cuida de nosotros cuando clamamos a él y en especial cuando creemos en él.
Para mostrarnos esa alegría una de las señales de su gloria tiene lugar en una fiesta, en una fiesta de bodas que, para nosotros es sinónimo de gran alegría en nuestras vidas. Donde no sólo nos unimos a nuestra esposa o esposo en amor sino también que queremos compartir esa alegría con todos nuestros seres queridos.

La alegría produce gozo, felicidad, risas… ¿Cuántos de nosotros tenemos alegrías a diario? Cuántos de nosotros sentimos el gozo, la alegría que proviene de Dios, del Espíritu Santo de Dios que en primer lugar no es algo producto de las cosas materiales sino que es un gozo constante e interno que viene de la bendición de Dios en nuestras vidas. Las fiestas son lindas porque son alegres, hay risas. Cuántos de nosotros reímos a diario. Cuántos de nosotros podemos reír a diario porque tenemos razones validas para hacerlo. Dios quiere la alegría, la risa, la felicidad y esas risas no vienen por cuestiones materiales. La felicidad proviene en primer lugar de que el Espíritu de Dios habita a nuestro lado, luego todo lo demás es secundario. Si apoyamos nuestra felicidad en las cosas materiales, dinero, salud, propiedades o inclusive hasta en la gente, eso un día se va a terminar. En cambio la alegría que proviene al buscar las cosas de Dios nos llena el alma y nos brinda felicidad todos los días. ¡Cuánto hace que no te ríes de felicidad!

Hay una técnica moderna que se llama riso-terapia. Motivan a los pacientes a reírse y a buscar cosas que les hagan reír o bien comenzar a falsear la risa, también funciona. Se ha comprobado que la risa practicada todos los días genera unas hormonas o drogas naturales muy fuertes en el organismo llamadas endorfinas. Estas hormonas se ocupan de sanar enfermedades en el organismo, son lo opuesto a la adrenalina. Por tanto cuando uno ríe se esta sanando y viviendo más y mejor. Cuando uno es feliz vive más y mejor así lo afirman los médicos.

El vino como en las fiestas de Cana acompaña la felicidad, promueve las risas y el gozo. La gente es feliz cuando está en una fiesta. Jesús hizo el milagro del vino para que todos pudieran seguir festejando. Esa era la intención de Jesús. Pero este milagro también nos muestra que quien tiene la capacidad de prolongar nuestra alegría es sólo Cristo. Si nos mantenemos unidos a él, no solo vamos a poder gozar de la felicidad de las cosas materiales que también están contempladas en el plan de Dios, sino también en la felicidad perenne que proviene de nuestra fe y confianza en Cristo como Hijo de Dios. Amén