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Las cinco señales del seguimiento

5to. Domingo después de Trinidadseguimiento

 

“Por último, hermanos, oren por nosotros para que el mensaje del Señor se difunda rápidamente y se le reciba con honor, tal como sucedió entre ustedes. Oren además para que seamos librados de personas perversas y malvadas, porque no todos tienen fe.  Pero el Señor es fiel, y él los fortalecerá y los protegerá del maligno.  Confiamos en el Señor de que ustedes cumplen y seguirán cumpliendo lo que les hemos enseñado.  Que el Señor los lleve a amar como Dios ama, y a perseverar como Cristo perseveró”.

2 Tesalonicenses 3:1-5

Sal 73:12-28

Gn 12:1-4ª

Lc 5:1-11

Cinco son las cosas que puso el apóstol Pablo en el corazón de los tesalonicenses al final de su epístola.

Esas mismas cinco cosas está poniendo Dios en nuestros corazones, cinco cosas que, podemos enumerar con los dedos de una mano:

  1. Intercesión; 2. Misión; 3. Lucha; 4. Obediencia y 5. Fidelidad. Queremos repasar en este domingo cada uno de estos puntos.

En primer lugar se encuentra la intercesión. “Oren por nosotros”, dice Pablo. Quien cree, ora y quien ora es porque cree. Así también cree el que pide por oración. Pablo sabe esto, pues él mismo afirma que, todo su esfuerzo por Cristo no sirve para nada, todos sus conocimientos teológicos no sirven para nada, todo el dinero y toda la salud del mundo no sirve para nada, si Dios no edifica la obra. En el salmo 127 se lo expresa claramente: „Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan os albañiles”. Y esto vale no sólo para una casa normal sino también para el reino de Dios que, el apóstol Pablo trataba de compartir en sus viajes misioneros. Y esto vale para todas las cosas que, construyas en tu vida, sea en el plano laboral o familiar, sea en el plano eclesial o político o privado. El famoso tocayo de Pablo, Paul Gerhardt, lo expresó en forma poética: “Oh, Señor, mi Dios esto viene de ti, / tú eres el que hace todo,/tú mantienes la guardia de nuestra puerta, y nos permites dormir seguros”. Quien lo sepa, orará mucho, sabrá escuchar a Dios y sabrá que El lo hace todo bien. Y también vamos a pedir a Dios por otros, pues llegará el momento donde no podremos hacer más nada por ellos y nos encontraremos al límite de nuestras fuerzas sin poder hacer como nos gustaría. Es por eso que, deberemos de recurrir a la intercesión, vamos a tener que decir como dice Pablo: “Oren por nosotros”. Es por tanto el primer punto, el primer dedo: la intercesión.

En segundo lugar está la misión. Pablo escribe: “oren por nosotros para que el mensaje del Señor se difunda rápidamente y se le reciba con honor”. El mensaje del evangelio debe circular rápidamente. Es el mejor mensaje del mundo que, convoca a todos y llama así:

¡Reconcíliate con Dios por medio de Jesús. Toda tu culpa se borrará y todo aquello que te pesa. Encuentra el sentido a la vida que va más allá de la muerte!

Es una lástima que, este mensaje permanezca en una estantería de libros. Este mensaje, sería una lástima que, permaneciese entre las cuatro gruesas paredes de una iglesia. Este mensaje debe salir de la iglesia, debe circular, debe mezclarse entre la gente, debe filtrarse hacia el mundo. Este mensaje debe llegar a tantos oídos como sea posible de modo que pueda afectar también los corazones. Y en eso ayudará Dios, de modo que la gente reconozca y confiese sus pecados, para que puedan recibir el perdón, crean, sean bautizados y obtengan la salvación. De esa forma el evangelio será ensalzado, como fue el caso con los Tesalonicenses de antaño que, lo aceptaron con fe. Sí, la palabra de Dios debe circular por el mundo y ser alabada por la gente que, la acepte. Este es el segundo punto, el segundo dedo: la misión.

Si podríamos vivir sólo del poder del Evangelio, entonces en la vida sería todo color de rosa. Sin embargo hay alguien que, está en contra del evangelio: este es el diablo, el adversario de Dios. Este lucha contra nosotros cristianos y consigue adeptos que, destruyen nuestra fe y quieren dañarnos. Es por eso que, durante todo el tiempo en que permanezcamos en esta tierra, estaremos en lucha. Es la lucha de la fe, sobre la cual escribe el apóstol Pablo en numerosos sitios de la Biblia. Esto es el tercer punto después de la intercesión y de la misión: la lucha. Sobre esto dice el apóstol Pablo que: “seamos librados de personas perversas y malvadas, porque no todos tienen fe”.  Personas perversas y malvadas, enemigos del evangelio los hubo antes y en todo tiempo. También en nuestros días tenemos que lidiar con ellos. En algunos países de la tierra hay persecuciones a los cristianos tan brutales como en los tiempos de los primeros cristianos que, no tienen lugar sin tortura y muerte. O en nuestro país, existen las personas ateas que, con argumentos racionales afirman que Dios es una invención cual un cuento infantil y tienen a la resurrección como si se tratase de un mito. Y ni que hablar de muchas cosas más de la Biblia que son tergiversadas sólo para estar de moda con los tiempos materialistas que vivimos o por falta de fe en las sagradas escrituras. O están también los cínicos, con los cuales no se puede hablar en serio de las cuestiones de la fe, pues en seguida se burlan de la iglesia y de Jesús. O están los indiferentes que, no les interesa para nada la palabra de Dios. Y lo peor son los que “aparentan serlo”, los perversos, como los nombra Pablo, los hipócritas, los lobos vestidos con pieles de oveja. Son las personas que, hacen todo como si creyeran en Dios y como si la Biblia y la iglesia fueran cosas muy importantes. Pero si uno observa bien en lo que confiesas, no están confesando al Dios en tres personas, no al Cristo resucitado, no al evangelio de la vida eterna, sino a una especie de cóctel entre humanidad y cuidado de la creación. Sí, de ellos nos guarde Dios, pues fácilmente podemos caer en el error si nos dejamos guiar por su pseudo-cristianismo y ser así embelesados. En la guerra espiritual, no seremos vencidos si confiamos no sólo en nuestras propias fuerzas sino principalmente en la asistencia de Dios, como Pablo lo afirma en su bendición: “Pero el Señor es fiel, y él los fortalecerá y los protegerá del maligno”. Que Dios puede fortalecernos en esta lucha espiritual, este es el tercer punto, el tercer dedo.

Además de la intercesión, de la misión y de la lucha, llegamos a la cuarta que, es la obediencia. Pablo escribe: “Confiamos en el Señor de que ustedes cumplen y seguirán cumpliendo lo que les hemos enseñado”. Pablo era en verdad un hombre pecador como tú y como yo, pero como apóstol estaba siendo capacitado y fortalecido por Dios, de modo que pudiera anunciar el evangelio. Por eso él lo cumplía en el nombre de Señor y lo realizaba en la confianza que, los creyentes aceptarían su mensaje como proveniente de Dios mismo. Jesús mismo les dijo a sus apóstoles: “El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me envió” (Lc 10:16). Esa misma obediencia queremos tener a las sagradas escrituras, pues son el testimonio de los apóstoles y profetas y de la misma palabra y mandatos de Dios. Quien tome a la Biblia como poco confiable y errónea o quien piense que, pueda saber más que la sabiduría de la Biblia, esa misma persona se hace desobediente frente a Dios y por tanto no tiene fe. Lo mismo vale para los maestros y pastores, es decir para hombres y mujeres a los que Dios les ha encargado el ministerio pastoral y vale también para mí que, soy vuestro pastor. Si yo anuncio la palabra de Dios conforme a las enseñanzas de los apóstoles, entonces no es mi propia opinión personal, sino que ésta es la voz de Jesucristo a la que sólo hay que seguir. Naturalmente que, puede llegar el punto donde haya malentendidos, sí, y hasta puede suceder que, yo me equivoque. Pero si ustedes lo ven así, entonces tendrían que acercarse a mí y presentarme la cuestión y tendríamos que leer la Biblia comunitariamente para ver de qué se trata. De otra forma, yo esperaría al igual que el apóstol Pablo que ustedes respeten mi doctrina y predicación con la obediencia de la cual predica el apóstol Pablo que, se deba aceptar la palabra de Dios. Este es, lamentablemente un punto donde, la iglesia en nuestros tiempos está muy débil y se ha ablandado demasiado. Hay mucha necesidad, pecado y pobreza en la fe donde se ve que los miembros de las iglesias no aceptan el mensaje de sus pastores y lo siguen. Este era el cuarto punto, el cuarto dedo: la obediencia.

El quinto y último punto tiene que ver con la fidelidad. El apóstol Pablo escribe: “Que el Señor los lleve a amar como Dios ama, y a perseverar como Cristo perseveró”. El amor de Dios y la perseverancia de Cristo. En un primer momento se podría pensar que, Dios nos ama y Jesús ha tenido perseverancia con nosotros. Esto no es erróneo, pero por el contexto debe tratarse de otra cosa. De lo que aquí se trata es de algo que se dirige hacia nuestros corazones. Eso significa que, debemos amar, es decir a Dios y debemos ser perseverantes en la fe como en la fe en Cristo. Aquí se trata también de que, permanezcamos fieles en la fe. Quien ame a Dios, permanecerá fiel a él en las buenas y en las malas, pues el amor no se extingue. Y quien haya experimentado a Jesucristo como su Señor y Salvador, sabrá también que, tenemos que ser fieles hasta el fin y también obtendremos la vida eterna. Nos tenemos que parecer a aquellas diez prudentes vírgenes que, también conservaron aceite de reserva para los momentos de sueño que, digámoslo así permanecieron fieles a la palabra de Dios y a la santa cena.

Nos tendríamos que parecer a la viuda insistente que no se cansó de pedir justicia al juez. “Se fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida” Así nos promete Jesucristo. ¡De ser fieles en la fe de eso se trata!

Si no observamos este quinto punto, entonces los demás tampoco tienen sentido: la intercesión, la misión, la lucha y la obediencia. Pero si nos mantenemos fieles en la fe, seremos declarados inocentes ante el juicio de Dios. Es por eso que, queremos atesorar en gran manera este quinto punto: que el Señor llene nuestros corazones con el amor de Dios y con la perseverancia de Cristo, de modo de poder permanecer fieles en la fe. Amen.

La importancia de los pequeños actos de bien

4to. Domingo después de Trinidad

“No paguen a nadie mal por mal. Proactos de biencuren hacer lo bueno delante de todos.  Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos.  No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré», dice el Señor.  Antes bien,

«Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer;

    si tiene sed, dale de beber.

Actuando así, harás que se avergüence de su conducta.»

 No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien”.

Romanos 12:17-21

Sal 42:2-12

Gn 50:15-21

Lc 6:36-42

Seguramente que, hemos escuchado, leído y visto muchas historias sobre hacer el bien, dar, perdonar y también acerca de las consecuencias de los buenos actos. Todo lo bueno que tiene el mundo, se lo debemos a las personas que incansablemente hacen el bien. Todo lo malo del mundo se lo debemos a las personas que, no se esfuerzan por hacer el bien, más bien piensan mal, juzgan mal, critican y por consecuencia luego hacen el mal. Pero la palabra de Dios hoy nos trae una instrucción muy práctica: no cansarnos de hacer el bien. El tema para este domingo es la comunidad de pecadores. ¿Quiénes son los pecadores? Cada uno de nosotros. Si bien somos cristianos, hemos sido perdonados por Dios y aceptados como hijos suyos, aún seguimos pecando día a día en pensamientos, palabras y acciones. La única diferencia que, tenemos con aquellos que no son cristianos es que nosotros podemos saber cuál es la diferencia entre las cosas que están mal y las cosas que están bien.

Esta lectura para el día de hoy es bien práctica. Me agrada poder venir a la iglesia y poder irme de la misma teniendo una sugerencia práctica de cómo podemos comportarnos como verdaderos cristianos y cómo también poder ser avalados (bendecidos) por Dios por la manera en la cual vivimos como hijos de Dios.

Una pregunta interesante para hoy sería: ¿Por qué Jesús nos pide que hay que hacer el bien?

En primer lugar, porque la venganza o el tomar revancha o castigar el mal no es algo que nos corresponde a nosotros hacer como cristianos, como hijos de Dios. El apóstol nos recuerda que, quien se encargará de ello es Dios, esa es su responsabilidad. Desde el momento que, pertenecemos a Dios, creemos que él se hace cargo de nosotros, nos salva, nos protege, nos alimenta, como así lo expresa el salmo 42:11 para este domingo: “¿Por qué voy a inquietarme?    ¿Por qué me voy a angustiar? En Dios pondré mi esperanza”. Y de la misma manera se expresa en toda la Biblia así también nuestro querido salmo 23:4 “Aunque deba yo pasar por el valle más sombrío, no temo sufrir daño alguno, porque tú estás conmigo; con tu vara de pastor me infundes nuevo aliento”.

Una parte esencial de la fe, es la confianza, es creer que lo que la palabra de Dios nos dice es verdadera palabra de Dios y creer que, Dios nos habla por medio de ella. Es imposible ser cristiano, sin tener confianza en Dios. Muchas veces en esta cuestión de la revancha creemos que, somos nosotros los que debemos hacer justicia por mano propia. Hoy Dios nos exhorta a confiar en su cuidado. Nos exhorta a que podamos confiar especialmente en este aspecto de nuestras vidas. No pagar mal con mal. No devolver el mal que se nos ha hecho. Uno de los mandamientos más importantes de la Biblia es: Ama a tu prójimo como a ti mismo. A veces es difícil perdonar, es difícil olvidar el mal que se nos hizo o que se nos está haciendo y hasta a veces el mal que se nos ha cometido o se nos está cometiendo es tan grande que tenemos el impulso de vengarnos de pagarle al otro con la misma moneda. Y eso está terriblemente mal. Por dos razones:

Primero: por qué así estamos desobedeciendo a Jesucristo,

Segundo: porque eso nos muestra que no estamos confiando en su palabra y en su cuidado.

Y tercero la Biblia misma está llena de esta sabiduría: lo que nosotros sembramos cosechamos. Quien da mal lo único que cosechará es más mal en su propia vida.

Por tanto confiemos que, Dios se ocupará de nuestro problema cuando él mal se cierna sobre nosotros o sobre nuestra comunidad. “A cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino, y que lo hundieran en el fondo del mar” Esa es la abundante promesa para nosotros y la terrible advertencia para los que nos persiguen y quieren el mal de la iglesia. Por tanto, Jesús hoy nos pide que, dejemos que él responda al mal y mostremos nuestra verdadera fe al poder confiar plenamente en su palabra.

Muchas personas dicen que, es difícil perdonar a alguien que nos ha hecho mucho mal. Es verdad, hay personas y personas. Algunos cristianos tienen el don de saber perdonar, hay otros en cambio que les cuesta mucho perdonar. Una buena sugerencia práctica para aquellos que les cueste perdonar, sería: si te cuesta mucho perdonar, recuerda que Jesús hoy nos dice que, por lo menos no pagues mal por mal. No devolver con la misma moneda. Si alguien te ha hecho mal y es difícil de perdonar, no le hagas tú lo mismo. Eso es no sólo un consejo sabio sino un mandato de Dios.

Hoy en día hay muchas filosofías de vida que, pululan por ahí que, en esencia son buenas porque buscan quizás, sin saber que la Biblia ya se ocupa de ello, de sanar a la gente y de procurar una forma de vida más plena. Una de las filosofías prácticas de las cuales he leído y que me parece muy acertada dice que, ante cualquier circunstancia contra la cual no podamos encontrar una solución lo más sabio es: “dejarlo irse”, “liberarse de las cargas”, perdonar y olvidar. Se han constatado miles de casos de personas que no sólo se han sanado a sí mismas mentalmente sino también hasta hubo casos de sanaciones milagrosas. La Biblia está llena de milagros. Y los milagros comienzan cuando depositas tu confianza en la palabra de Dios y comienzas a obedecer a Dios que, nos dice: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia: (Jn 10:10). Dios hoy nos pide también algo similar a esa filosofía se sanación: “dejarlo irse” dejar irse de nosotros el odio y el rencor. Dejar irse de nosotros todo sentimiento de falta de perdón y resentimiento. Pues eso sí en verdad nos enferma y nos aleja de Dios.

Entregarle a Dios nuestros malos sentimientos hacia nuestro prójimo, nuestros miedos, nuestras angustias, nuestras inseguridades, nuestro resentimiento, nuestra envidia, nuestros celos al pie de la cruz de Cristo. Es por eso que, cada vez que oramos en el culto declaramos que, traemos todo aquello que nos impide tener una buena relación con Dios y lo queremos depositar al pie de la cruz de nuestro altar de manera simbólica para que Cristo se ocupe de las cosas que, nosotros no podemos manejar.

De la misma manera hoy Dios nos dice: “No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos”. Esto no es sólo una linda formulación ética o lindos principios para la vida del ciudadano, esto es la palabra de Dios que, se nos pide obedecer para que nos vaya bien en la vida. Para que podamos obtener aquella vida en abundancia que Dios nos promete.

¿Se puede hacer el bien? Sí, siempre se puede hacer el bien. Todos los días hay millares de formas de hacer el bien. Desde detalles insignificantes hasta grandes obras. Si nunca te has propuesto hacer el bien hoy lo puedes comenzar a hacer. No queremos hacer el bien, tan sólo por cumplir con buenas obras y querer ser mejores que otros. Queremos hacer el bien porque queremos agradar a Dios y queremos que Dios nos bendiga. Y una de las primeras premisas que debemos tener en claro especialmente con aquellos que nos hacen el mal, frente a los cuales parecerá imposible hacer el bien es: “No paguen a nadie mal por mal”. En situaciones difíciles, será esta la mejor forma de hacer el bien.

¿Se puede hacer el bien? Sí, siempre se puede hacer el bien. Todos los días hay millares de formas de hacer el bien. Desde detalles insignificantes hasta grandes obras. Si nunca te has propuesto hacer el bien hoy lo puedes comenzar a hacer. Y una de las primeras premisas que debemos tener en claro especialmente con aquellos que nos hacen el mal, frente a los cuales parecerá imposible hacer el bien es: “No paguen a nadie mal por mal”. En situaciones difíciles, será esta la mejor forma de hacer el bien.

Cómo podemos hacer el bien. Eso queda a la buena imaginación de cada uno de nosotros.

Lo importante es que en primer lugar nuestros pensamientos sean puros y buenos. Si pensamos bien sobre los demás, vamos a poder hablar bien sobre ellos y si hablamos bien vamos a poder actuar bien. Una cosa ayuda a la otra. Jesús se quejaba de los fariseos y decía: “Este pueblo me honra con los labios, Pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15:8)

En primer lugar tenemos que pedirle a Dios fuerza para controlar la calidad de nuestros pensamientos. Pensemos en positivo y especialmente pensemos acerca de los demás como nos gustaría que los demás estén pensando acerca de nosotros. Y un buen lugar para comenzar a practicar esto es en nuestra iglesia, donde decimos que somos cristianos y decimos que nos amamos los unos a los otros.

En segundo lugar, Jesús decía de esas mismas personas: Lo que contamina al hombre no es lo que entra por su boca. “Lo que contamina al hombre es lo que sale de su boca” (Mt 15:11) Cuidar nuestras palabras. Lo que hablamos nos contamina, aunque no nos estén escuchando las personas con las cuales hablamos pero Dios sí escucha y los únicos perjudicados somos nosotros mismos. Comenzar a hablar sobre los demás como nos gustaría que los demás estén hablando de nosotros cuando nosotros no estamos, ese es un buen ejercicio y nos va a demostrar cómo son nuestras palabras, si son palabras de bien o de mal.

En la lengua hay poder de vida y muerte (Gn) Esta es una frase sorprendente y que deberíamos tomarla en serio. Cada vez que pronunciamos palabras estamos pronunciando vida o muerte a quienes nos oyen y a nosotros mismos; por tanto necesitamos ser cautos en cuanto a las palabras que decimos. Nuestra boca da expresión a lo que queremos, pensamos y sentimos; por tanto revela mucho acerca de la persona que habla. Podemos aprender mucho acerca de nosotros mismos solamente escuchando las cosas que decimos Mt 12:34 dice: “De la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno saca cosas buenas del buen tesoro de su corazón; el hombre malo saca cosas malas de su mal tesoro” Nuestras palabras son el resultado de nuestros pensamientos y actitudes interiores. Se podría decir que nuestras palabras son una pantalla de cine que, revela lo que hemos estado pensando y las actitudes que tenemos. Nuestras palabras también pueden aumentar o disminuir nuestro nivel de satisfacción. Pueden afectar las respuestas a nuestras oraciones y tienen un efecto negativo o positivo en nuestro futuro. Deberíamos prestar atención a lo que la palabra de Dios quiere enseñarnos acerca del poder de nuestras palabras. Cuando una persona no está satisfecha con el estado de su vida, sería bueno hacer un lista de las palabras que ha pronunciado.

Y finalmente vienen las acciones.”El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo” dice un proverbio chino. Por más pequeño que sea el bien que podamos hacer a través de un acto puro y concreto de bien, eso no sólo agrada a Dios sino que también afecta todo nuestro mundo y nos trae a cada uno de nosotros bendición. Los físicos y meteorólogos han descubierto cosas increíbles cuando estudian el clima ellos dicen que: ‘Esta interrelación de causa-efecto se da en todos los eventos de la vida. Un pequeño cambio puede generar grandes resultados o hipotéticamente: “el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York”.

Imaginémonos todo el bien que podemos producir en el mundo si cada uno de nosotros decide pensar en positivo, hablar en positivo, orar, y hacer un pequeño acto de amor y bien, en nuestras familias, en nuestra iglesia y en nuestra sociedad. “No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien”.

Jesús ama aún a las ovejas perdidas

oveja perdida3er. Domingo después de Trinidad

“Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo,  de modo que los fariseos y los maestros de la ley se pusieron a murmurar: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.»

 Él entonces les contó esta parábola: «Supongamos que uno de ustedes tiene cien ovejas y pierde una de ellas. ¿No deja las noventa y nueve en el campo, y va en busca de la oveja perdida hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, lleno de alegría la carga en los hombros  y vuelve a la casa. Al llegar, reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la oveja que se me había perdido.”  Les digo que así es también en el cielo: habrá más alegría por un solo pecador que se arrepienta, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse.

Lucas 15:1-7

Sal 103:1-13

Ez 18:1-32

1 Tim 1:12-17

Cuando tenía 12 años, al final de la escuela primaria, nos fuimos de excursión al campo con el grado. Cuando estábamos allí de excursión tomábamos muchos caminos. De repente sucedió que, con algunos compañeros de la clase siempre nos adelantábamos pues no queríamos quedar rezagados. La maestra apenas si nos podía sujetar. En un momento, ella nos dio permiso para adelantarnos un poco más. Disfrutamos esa libertad y seguimos caminando contentos kilómetros y kilómetros. Después de un largo rato, nos dimos cuenta que nos habíamos alejado demasiado. Nos detuvimos y esperamos a la maestra y a los demás de la clase. Pero no aparecieron. Después de haber esperado un largo rato, no supimos qué hacer. ¿Habrían tomado quizás otro camino? ¿No tendríamos mejor que haberlos esperado? Tomamos la decisión de volver al campamento. Al poco rato, encontramos el camino de regreso y llegamos a la casona donde nos alojábamos. Los ánimos no estaban muy bien allí. Hacía ya rato que los demás habían llegado y mientras volvían le preguntaban a cuanto caminante veían por nosotros, hasta paraban a cada auto que pasaba para preguntarles, pero nadie sabía nada sobre nosotros. Estábamos perdidos. Me puedo imaginar el miedo que habrá tenido la maestra quien era la responsable por nosotros. Como no habíamos llegado a la casona, ella decidió volver por el camino a buscarnos. Después de mucho rato y de no encontrarnos decidió volver al campamento y cuando nos vio respiró aliviada. Por supuesto que, recibimos un buen castigo.

Cuando pienso en aquel suceso, pienso también cómo habrá sido con la oveja perdida de la parábola. Nuestra maestra preocupada volvió otra vez por el camino a buscar a sus ovejas perdidas. Cada uno de los alumnos era importante para ella. A ella se le habían confiado cada uno de los alumnos. Y su alegría fue inmensa cuando volvió a encontrar a la oveja perdida.

Yo no sé, si hoy en día los pastores de ovejas en nuestro medio tienen tal relación con sus animales. Cada rebaño cuenta hoy en día con cientos de ovejas. Y en la economía de hoy en día los animales no tienen un trato individualizado, sino que son vistos más bien como medio de producción. Creo que, los pastores de antaño tenían otra relación con su ganado, pues la producción de antaño era más doméstica. Cada uno de los animales había crecido de cerca a su amo y era atesorado en forma distinta. Ninguna oveja podía faltarle, algo así como a la maestra de la excursión cuando un alumno se perdía.

Y ahora queremos ver qué es lo que significa la parábola para nosotros. Queremos observarla desde dos puntos de vista, desde el punto de vista de la oveja y desde el punto de vista del pastor.

Desde el punto de vista de la oveja la parábola nos dice que, la oveja perdida y encontrada somos nosotros. Nosotros estábamos perdidos en el pecado bien lejos del buen pastor, de los verdes y nutritivos prados y del agua que da vida. Allí nos encontró Jesús por medio de su palabra y su sacramento, nos trajo al rebaño y a la comunión viva con él. Esto no es algo que sólo puede pasar una sola vez en la vida. Esto pasa una y otra vez en nuestras vidas y sucede en el arrepentimiento diario y la penitencia que, tiene lugar en la vida de todo cristiano.

Si traducimos literalmente la última oración al final de la parábola, entonces se nos dice que, en el cielo hay alegría cuando un pecador se arrepiente. Esto significa un pecador que, constantemente se está arrepintiendo. Sí, también nosotros somos la oveja perdida. Cada vez que pecamos con pensamientos, palabras y obras.

Y ahora veamos al buen pastor desde el punto de vista de la oveja. El llega a nosotros lleno de amor, animado por el deseo de encontrarnos y traernos de vuelta. Jesús no es un hombre de los grandes números, no es alguien que le gusta ver las cosas desde el punto de vista racional que, quiera ganar a las masas. El quiere ganar al individuo, él ama al individuo. Nosotros como individuos somos importantes para él. „Te he llamado por tu nombre” se nos dice en la Biblia, y se está pensando también en el bautismo (Is 43:1) ¿No es esto algo grandioso? Así de valiosos somos para el buen pastor, tan cerca de su corazón estamos de Jesús, del buen pastor.

Y ahora él viene a buscarnos. Ese es su objetivo, el buscarme a mí y a ti. Pues él sabe que, de esa forma nos está ayudando. Pensemos un momento: Jesús frecuentaba a la comunidad de cobradores de impuestos y pecadores. Aunque él no aprobaba sus pecados. Hoy podemos ver esto como algo completamente normal. En aquel entonces eso estaba prohibido y precisamente esta parábola va dirigida hacia aquellos que le criticaban. Por el contrario, él sabía que eso condenaría a muerte a aquellos pecadores si antes no se arrepentían. Es por eso que él llama a la conversión, los hallaba y los recuperaba para la comunión con el Dios vivo.

Y eso es lo que deberíamos considerar en nuestro tiempo, donde los parámetros para lo que está bien y lo que está equivocado parecen haberse desvanecido.

Es correcto que, Jesús ama a los jóvenes que, desprecian a sus padres y no recapacitan que le deben obedecer por propia voluntad. Pero esa conducta no se justifica para nada, pues es pecado y debe ser cambiado. Es correcto que, Jesús ama a los adúlteros y los que llevan una vida en la obscenidad. Pero con eso no está diciendo que, se deba tolerar ese tipo de vida indulgente, pues es pecado y debe ser modificada.

Sí, de todo corazón, el buen pastor desea traernos a nosotros, las ovejas hacia él, desde el lugar de la confusión, de modo que podamos vivir una vida buena, sana y segura y escapemos a la muerte.

Es por eso que, el buen pastor dio su vida por nosotros, por eso es que derramó su sangre. De esa forma nos aceptó en su pacto de gracia, por eso es que somos bautizados.

Por eso es que nos llama innumerables veces por medio de su palabra, en la predicación, en los cursos de confirmación, en los estudios bíblicos, en los devocionales, así también por medio del ejemplo de aquellos que nos han educado cristianamente.

Es por ello que nos invita a la confesión, pues en la confesión nos quiere tomar del hombro y llevarnos cariñosamente hacia el rebaño. Esto es lo mejor que nos puede pasar. No necesitamos esforzarnos y sacrificarnos con nuestras propias fuerzas sino que él mismo nos va a cargar. ¡No tenemos que comparecer nosotros mismos por nuestros propios pecados y tener que mejorarlos, pues él nos perdona! Si habría más miembros de la iglesia que, pudiesen comprender, entonces no habría tantos cultos de confesión y mesas de Santa Cena tan escasamente frecuentados.

Por qué, porque él te lleva en sus hombros y te conduce a los verdes pastos y a las aguas de reposo en comunión con todo el rebaño.

Qué hermosa imagen, qué protección que emana de esa imagen. El buen pastor te lleva en sus hombros y allí sentimos su gran amor y su alegría. La alegría se describe con gran énfasis en esta parábola, tres veces se habla de la alegría: “Y cuando la encuentra, lleno de alegría la carga en los hombros  y vuelve a la casa. Al llegar, reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la oveja que se me había perdido.” Les digo que así es también en el cielo: habrá más alegría por un solo pecador que se arrepienta, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse”. Cada bautismo, cada confesión, cada celebración de la Santa Cena es una alegría inmensa, tan grande que el mismo cielo se alegra!

Sí, todo eso nos dice esta parábola. Si nos ponemos del lado de la oveja perdida y encontrada. Ahora queremos observar este tema desde el punto de vista del buen pastor. Y quisiera referirme concretamente a nuestra situación como comunidad de Jesucristo, y puesto que yo mismo busco y me formulo preguntas en busca de respuestas a muchas cosas quisiera hacerlo por medio de tres preguntas.

La primera pregunta: ¿Tomamos a cada persona en particular como Jesús lo hizo? ¿Amamos a cada persona en particular de la misma manera? ¿Tratamos de llegar a la persona en particular? ¿Tenemos en cuenta que, Jesús alcanzó a esas personas por medio de su palabra y sacramento? ¿Puede llegar el buen pastor a cada persona? ¿Tiene cada persona en particular la oportunidad de celebrar un culto regularmente y de recibir la Santa Cena? Y aunque sean dos o tres los miembros de la iglesia que, irían con ganas a la iglesia para recibir la Santa Cena, ¿no deberíamos por ello celebrar la Santa Cena más seguido?

La segunda pregunta: ¿Cómo llegamos en el nombre del buen pastor a aquellas ovejas que se encuentran más alejadas y que no se acercan más a la congregación? Y para nosotros no son quizás una en cien sino un poco más. Por otro lado he visto normalmente que, hay ovejas que no les interesa ser cargadas en hombros por Jesús. No tienen ningún interés. ¿No tiene lugar allí lo contrario de la alegría?, la tristeza de parte del buen pastor, de aquel que se encarga de las causas fracasadas, así como también tristeza en los amigos y vecinos que se conduelen con él y finalmente también tristeza en el cielo y en la comunidad cristiana por todas las ovejas que se pierden.

La tercera pregunta: ¿Compartimos el amor y la alegría del buen pastor, cuando una oveja retorna? ¿Recibimos a cada una con alegría en la comunión de la iglesia, sin hacer distinción de personas? Nosotros no somos fariseos que se creen que no pecan y se discriminan a los pecadores, pero ¿podemos llegar hasta ellos y transmitirles el amor de Cristo y manifestarles de buena manera que Jesús los llama al arrepentimiento?

Es bueno formularse tales preguntas. Ambas cosas son importantes, ambas cosas debemos ejercitar, vernos como ovejas agradecidas por haber sido redimidas por el buen pastor y tener la mirada amorosa del buen pastor hacia las demás ovejas. Amén.

 

Ser partícipes del Evangelio

2do. Domingo después de Trinidadla gran invitacion

“Sin embargo, cuando predico el evangelio, no tengo de qué enorgullecerme, ya que estoy bajo la obligación de hacerlo. ¡Ay de mí si no predico el evangelio! En efecto, si lo hiciera por mi propia voluntad, tendría recompensa; pero si lo hago por obligación, no hago más que cumplir la tarea que se me ha encomendado. ¿Cuál es, entonces, mi recompensa? Pues que al predicar el evangelio pueda presentarlo gratuitamente, sin hacer valer mi derecho.

Aunque soy libre respecto a todos, de todos me he hecho esclavo para ganar a tantos como sea posible. Entre los judíos me volví judío, a fin de ganarlos a ellos. Entre los que viven bajo la ley me volví como los que están sometidos a ella (aunque yo mismo no vivo bajo la ley), a fin de ganar a éstos. Entre los que no tienen la ley me volví como los que están sin ley (aunque no estoy libre de la ley de Dios sino comprometido con la ley de Cristo), a fin de ganar a los que están sin ley. Entre los débiles me hice débil, a fin de ganar a los débiles. Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles. Todo esto lo hago por causa del evangelio, para participar de sus frutos”.

1 Co 9:16-23

  

Salmo 36:6-11

Is 55:1-5

Lc 14:15-24

 

Quiero comenzar a leer nuestro texto desde atrás para adelante. El apóstol Pablo escribe: “Todo esto lo hago por causa del evangelio, para participar de sus frutos”. ¿Qué significa esto? “participar de los frutos del Evangelio”?
El Evangelio es un mensaje, una buena noticia, el buen mensaje de nuestro Dios, ¡es el mejor mensaje de mundo!. Este mensaje dice: Dios te ama y si perteneces a Jesús entonces perteneces directamente a Dios, no importa quién seas y cuán bueno seas. Sólo de dos maneras se puede tomar parte de este mensaje: en primer lugar de una forma pasiva. Se puede participar del evangelio pasivamente, cuando uno lo escucha y lo cree cuando accedes a las promesas de este mensaje, es decir a la comunión con Dios y a la vida eterna. Aunque también se puede participar del evangelio de forma activa, en el momento en que decides colaborar para que este mensaje se difunda y otros puedan enterarse del amor de Jesús.

El apóstol Pablo se ve a sí mismo como copartícipe del Evangelio en las dos formas. Jesús llegó a su vida, él se bautizó y vivió en la seguridad de que ‘nadie podría separarlo del amor de Dios que, está en Cristo Jesús, ni siquiera la muerte’ (Ro 8:39); en este sentido era un participante pasivo del Evangelio. Al mismo tiempo, adoptó un rol activo en la difusión del Evangelio, al comenzar con sus viajes misioneros y al fundar nuevas congregaciones cristianas; al mismo tiempo era un participante activo del Evangelio.

Y esto vale para todos los cristianos: Todos somos al mismo tiempo participantes pasivos y activos en el Evangelio. Somos bautizados, escuchamos y creemos la buena noticia de Dios, aceptamos el regalo de Dios de la vida eterna y al mismo tiempo somos llamados a difundir la buena noticia de Dios, cada uno según sus dones y posibilidades. Participar del Evangelio es la esencia del ser cristiano. Recibir y devolver, escuchar y hablar, permitir ser ayudados por Dios y ayudar a otros. Participar del Evangelio es como ser como María y ser como Marta las amigas de Jesús. Es como inspirar y exhalar.

Esto que leemos en nuestro texto de predicación acerca del tomar parte del apóstol Pablo en el Evangelio, tiene que ver más que nada con el lado activo, es decir con propagar la buena noticia. Es por eso que, estas palabras son por de más interesantes e importantes para pastores y otros colaboradores de la iglesia. Aunque también hemos visto que, en un sentido más amplio todos los colaboradores cristianos son llamados y enviados a difundir el Evangelio y a la vez ser ayudados por éste. Por lo tanto escuchemos ahora estas palabras como colaboradores de Dios.

En primer lugar, Pablo da cuentas de por qué él anuncia el Evangelio. El no lo hace en primer término por una vocación o por haberlo decidido lógicamente, sino que lo hace concienzudamente. Jesús mismo lo llamó a ser apóstol, a ser su mensajero. Como buen teólogo, Pablo conoce la historia de Jonás y sabía que, huir no tiene sentido. A la misión de Dios no se le puede escabullir. Se me ha confiado el ministerio dice Pablo: “Estoy bajo la obligación de hacerlo. ¡Ay de mí si no predico el evangelio!”. Esto vale para todos los pastores a quienes se les ha confiado el ministerio de la predicación. ¡Ay de ellos si no predican el Evangelio! Seguramente que, no han recibido este ministerio por medio de un encuentro directo y personal con Jesús. Eso los diferencia de Pablo y de los otros apóstoles. Pero el encargo y el ministerio tienen la misma validez. Un feo juicio les espera a aquellos pastores que, anuncian otro mensaje distinto al Evangelio de Jesucristo o se pierden en otras actividades o descuidan por pereza el servicio de la palabra. “¡Ay de mí si no predico el evangelio!”
Esta obligación divina no significa que automáticamente se ejercerá de forma profesional. Esa impresión puede originarse hoy porque los pastores son una especie de empleados de las iglesias y los demás colaboradores son por el contrario voluntarios. Pablo mismo es un ejemplo opuesto: el recibió el encargo de la predicación pero no vive de eso. Podría vivir de ello, por cierto que él habla aquí de un “derecho del Evangelio” y acentúa reiteradamente en otras epístolas que, las comunidades deben hacerse cargo del sostenimiento de sus pastores. Pero para él mismo Pablo renuncia a un sueldo. Esa era por decisión propia, así se sentía bien que, “yo”, así escribe “al predicar el evangelio pueda presentarlo gratuitamente, sin hacer valer mi derecho”. Sabemos que Pablo se ganaba la vida con el oficio de fabricante de carpas. Se podría decir que Pablo era un predicador ad honorem. De esta forma Pablo es un ejemplo tanto para los pastores profesionales como para los colaboradores voluntarios de las iglesias. El se dirige a los pastores mostrando la seriedad de su encargo delante de Dios: “¡Ay de mí si no predico el evangelio!”. Los demás colaboradores de las iglesias no tienen por cierto un llamado al anuncio tan directo, pero bien pueden poner sus dones y posibilidades al servicio de la congregación cristiana, de modo que el mensaje del Evangelio pueda seguir difundiéndose. A partir del ejemplo de Pablo, ellos también pueden servir con alegría aunque no haya beneficio material, aunque no se “le pague”, pues el sueldo por cada participación activa en el Evangelio es bien simple el privilegio, de poder colaborar en el Reino de Dios, de la misma forma que lo expresa Wilhelm Löhe: “Yo no sirvo por la recompensa y el agradecimiento, sino en agradeciemiento y por amor. Mi recompensa es que se me permita hacerlo”.

Después de que Pablo se hubo explayado sobre esto, de por qué él predicaba el Evangelio, se ocupa de explicar cómo lo hacía. Allí nos damos cuenta en primer lugar de un principio de su modo de predicar. Pablo dice: “Aunque soy libre respecto a todos, de todos me he hecho esclavo para ganar a tantos como sea posible”. Pablo está liberado de las expectativas de sus oyentes. Pues no recibe ningún dinero por ello, nadie puede esperar que él tenga que anunciar el Evangelio en la manera que, les agrade a los que ponen el dinero. Cómo él se viste, qué tipo de estilo de vida lleva qué, himnos canta, de qué manera habla, cómo se mueve qué, usos y costumbres mantiene. De todo esto, él se ve completamente libre de decidir, porque no depende de nadie. Pero también sabe que, esa postura tampoco sería apropiada para el Evangelio. El Evangelio le otorga a la gente máxima libertad e independencia, al mismo tiempo el Evangelio le enseña a amar. El amor al prójimo no es para todos el mismo. El amor se pregunta qué es lo que al otro le enoja o le alegra, lo que le beneficia o lo que le repele, lo que le toca o lo que no le importa. Por eso, quien ha conocido el Evangelio, es libre, pero usará esa libertad precisamente para poder adaptarse al prójimo, para someterse a él y convertirse en siervo, por amor al Evangelio. Eso es lo que pensaba Pablo cuando escribía: “Aunque soy libre respecto a todos, de todos me he hecho esclavo para ganar a tantos como sea posible”. Martín Lutero toma este versículo como principio rector de su escrito de la Reforma “Sobre la libertad de un cristiano”. El desarrolla allí las siguientes frases: „El cristiano es libre señor de todas las cosas y no está sujeto a nadie. El cristiano es servidor de todas las cosas y está supeditado a todos”. También en ese entendimiento de la libertad cristiana es Pablo un ejemplo y esto no es sólo para los cristianos del siglo XVI, sino también para nosotros hoy. Tomar parte en el Evangelio significa, vivir esta libertad en el amor y colaborar de esa manera de modo que el Evangelio se difunda.

¿Y en la práctica qué significa esto? Aquí las palabras de Pablo, de modo de poder ganar gente para el Evangelio:
Entre los judíos me volví judío, a fin de ganarlos a ellos; Entre los que viven bajo la ley me volví como los que están sometidos a ella; Entre los débiles me hice débil, a fin de ganar a los débiles. Por ejemplo en su tercer viaje misionero, Pablo hace votos de nazareno en un ritual enteramente judío, para mostrarle a los judíos que, él mismo era un judío piadoso y nadie menos que yo quiere echar por tierra todas las antiguas tradiciones. Sólo que, yo he reconocido que, Jesús de Nazaret es el Salvador sobre el cual todos los profetas habían profetizado.
Renunciar a la vida en libertad por amor, para que el Evangelio pueda adaptarse a otras personas y estos puedan aceptarlo y someterse a él. ¿Vivimos también nosotros como colaboradores de Dios de la misma manera, aunque seamos voluntarios o profesionales? A los que hablan otro idioma nos hacemos hablantes de su idioma? ¿A los que piensan teológicamente distinto nos hacemos como ellos? ¿A los inmigrantes nos hacemos inmigrantes? ¿A los niños y a los jóvenes nos hacemos niños y jóvenes? ¿A los conservadores de este país nos hacemos conservadores? ¿A los liberales de este país nos hacemos liberales? ¿Y no es esto pedir demasiado? ¿No es esto ceder demasiado? ¿Y no sería también peligroso, pues estaríamos tentados de dañar los mandamientos de Dios?

“Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles” escribe Pablo. Con eso él no quería decir que iba a ceder al pecado y a malos estilos de vida. Él pensaba simplemente, allegarse a los distintos tipos de personas. Nótese bien: El mismo se adaptó, él no cambió el mensaje, pues éste ha sido dictado por Dios.
¡Ay de mí si no predico el evangelio! Pablo sin embargo se esforzó, a los pensamientos extranjeros para poder llevar el Evangelio a mentes extranjeras. El se esforzó exteriormente, a derribar barreras y construir la confianza para que se testimonio fuese escuchado. El no tenía miedos de contactarse con la gente y quiso parecerse a su Señor que, no tenía timidez de ser huésped de de las prostitutas o de los delincuentes. Ese Señor es también nuestro Señor. Y en la práctica eso significa para nosotros que podríamos encontrar mil y un ejemplos. Quizás podemos llegar más a los niños cuando nos tiramos en el piso con ellos a que si nos paramos delante de ellos como si fuésemos una torre. Quizás llegaremos más a los ancianos refinados si nos ponemos a la par de su manera y empatamos en lo que pensamos. Y por sobre todo ganaremos la confianza de nuestros prójimos, cuando lo podamos ayudar en las cosas normales de todos los días. Estos fueron sólo tres ejemplos, los otros restantes pueden descubrirlos ustedes mismos, y muy importante el poder llevarlos a la práctica.

Estimados coparticipes del Evangelio de Jesucristo: no sólo participemos pasivamente de las bendiciones de Dios, sino también colaboremos activamente de modo que el regalo de Su Evangelio pueda llegar a muchos. Hagámoslo con total libertad, pero también con total amor, amor que, esté dispuesto a hacerse siervo del prójimo y poder adaptarse a él. Continúenos con el trabajo, sea en palabras u oración y hagámoslo con alegría. Nuestra recompensa es que se nos permita hacerlo. Amén.

La mentalidad que proviene del Espíritu

Domingo de PentecostésEspiritu Santo

 

“La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz” [v.6]

 

Ro 8:1-11

 
Sal 118:24-29

Nm 11:11-25

Jn 14:23-27 
 

El milagro de Pentecostés ya tuvo lugar. Esto inauguró la iglesia cristiana. Muchas manifestaciones del Espíritu han tenido lugar a lo largo de la historia de las iglesias cristianas donde la gente se entregó a Dios, comenzó a obedecer su palabra y comenzó a clamar por el Espíritu Santo. Queremos como iglesia recibir el Espíritu Santo de Dios con la misma intensidad que en el Pentecostés, la dádiva de Dios es para todos. Sólo tenemos que pedirlo. “Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré; así será glorificado el Padre en el Hijo. Lo que pidan en mi nombre, yo lo haré”. (Jn 14:13.14) Así dice, algunos versículos antes de nuestra lectura del evangelio, refiriéndose especialmente al Espíritu Santo. Queremos que ese Espíritu que pedimos en la iglesia también se haga efectivo a nuestras familias. Veamos cómo podemos hacer para obtenerlo, según la Biblia.

¿Cómo saber si uno tiene el Espíritu Santo? Es casi como responder a la pregunta cómo saber si una persona es convertida o no. Es decir, cómo saber si una persona es realmente cristiana o no.

Las instituciones nos aseguran un rótulo de pertenencia. Por ejemplo un club de fútbol exige de la gente para ser considerada miembros activos que, se inscriban que, pagan una matrícula que, adquieran el carnet y que sigan aportando al club mes a mes. Si esas consignas se cumplen, entonces claramente la persona es declarada miembro del club. Y así hay muchas instituciones más que, se manejan de esa manera. Incluso las iglesias tienen ciertas consignas para poder ser parte de la misma. Si bien esto no necesariamente asegura que la persona sea realmente cristiana. Como tampoco se puede ser un cristiano sin pertenecer a una comunidad cristiana.

En el momento que la persona se une a Cristo, incluso si ya ha sido bautizada o confirmada, en el momento que la persona decide ser parte de una iglesia, el Espíritu Santo está allí. Pero sólo si la persona ha aceptado conscientemente a Cristo. Es decir si ha tenido lugar un renacimiento, esto es conscientemente aceptar creer y obedecer a Dios. Esto es lo que sucedió con Nicodemo en la Biblia quien, era incluso una autoridad dentro de su iglesia y lógicamente había tomado parte de todos los ritos que su religión le exigía para ser un miembro pleno de ella. (Jn 3) Sin embargo Jesús, le dice que si no nacía de nuevo no podría ver el reino de Dios.

Lo mismo nos pide Dios a nosotros.

Si aún no hemos tenido un momento de acercamiento a Dios consciente y no hemos tomado una decisión de comenzar a obedecer a Dios, es muy poco probable que, el Espíritu Santo se esté manifestando en la forma que Dios lo quiere en nuestras vidas.

Las señales de una persona que, ha nacido de nuevo son: Amor a Dios que, se manifiesta en la adoración, en la participación en una iglesia, al santificar el día de reposo. En el amor al prójimo, al buscar de forma individual y comunitaria el bien de los demás y obras de amor concreto. Amor por la Biblia, como la palabra de Dios. Necesidad de orar a diario de comunicarse con Dios. Necesidad, como dijimos de reunirse en comunidad con otras personas que, también siguen a Jesús.

Si en tu vida ha habido un momento de decisión consciente y personal de aceptar creer en Dios y tomar la firme decisión de obedecer su palabra, independientemente de que, durante toda una vida hayas o no pertenecido a una iglesia o institución religiosa, entonces debes estar en paz pues el Espíritu Santo habita en ti. Sin embargo debes cuidar luego que, las señales del Espíritu, como dijimos estén presente en ti.

Hay muchas personas que, seguramente también, han tenido este momento crucial en su vida de aceptar a Cristo como Hijo de Dios, pero que, no estén mostrando las señales del Espíritu en sus vidas. Esto puede deberse a que, se han alejado de lo que Dios está pidiendo.

Muchas personas ansían la presencia clara y rotunda del Espíritu Santo en sus vidas, tal como puede haber sucedido en Pentecostés por ejemplo.

Pero se olvidan de un detalle muy importante que, hay que tener en cuenta y esto es que también hay que obedecer a la palabra de Dios.

Si de veras quieres recibir a ese Espíritu Santo que da vida y paz será quizás necesario que tomes la decisión de cambiar tu vida en este sentido.

El Espíritu Santo es un regalo de Dios, un regalo celestial que, es la mismísima esencia de Dios, es el mismo Dios, es la fuerza divina y al mismo tiempo es una persona divina. El nos señala nuestros pecados y nos da seguridad de que seremos salvos. Por medio del Espíritu Santo podemos experimentar la cercanía con Dios y recibimos la fuerza para vivir la vida según sus ordenanzas.

El Espíritu Santo es Dios mismo, así como el Padre es Dios, así como el Hijo es Dios, es también lo que llamamos la tercera persona de la Trinidad. El Espíritu Santo es una persona, muchas veces se enseña falsamente que, el Espíritu no es más que una fuerza. Sin embargo el Espíritu Santo tiene intelecto (Ro 8:27), tiene emoción (Ef 4:30), tiene voluntad (1 Co 2:11) son características también de la personalidad.

Y una buena pregunta también sería: ¿qué es lo que hace el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo consuela. Consuela cuando se acercan las lágrimas, cuando nos sentimos solos, cuando necesitamos consuelo porque otros nos dan vuelta la espalda, cuando necesitamos consuelo cuando ha fallecido alguno de nuestros seres queridos. Nos consuela frente al sufrimiento que humanamente no podríamos ser capaces de soportar.

El Espíritu Santo aconseja. Es decir enseña, pero enseña en una forma sublime, aún mejor que, cualquier enseñanza humana. De la misma forma gente sencilla como los discípulos se convirtieron en sabios. Nos dice qué hacer en el  momento oportuno. Nos enseña acerca de la Biblia, de la vida, de Jesús.

Y el Espíritu Santo convence. Nos convence de pecado. Nos muestra y nos hace estar conscientes de las cosas que están bien y de las cosas que están mal. Cuando nos sentimos culpables de algo delante de Dios muy frecuentemente es porque el Espíritu de Dios está convenciendo de que algo no está bien. La convicción de pecado es un paso previo a la conversión. Convence de la inminencia de la justicia de Dios al final de los tiempos.

La persona que, no ha tenido aún una experiencia con el Espíritu Santo de Dios, no tiene una mentalidad conforme a Dios. Por lo tanto no tiene consciencia de lo que está bien y está mal. Y muchas veces lo malo le resulta normal y hasta bueno. Sin embargo esta mentalidad produce sólo muerte. En cambio cuando la persona ha aceptado a Cristo y su vida comienza a nutrirse del Espíritu Santo de Dios, su misma mentalidad cambia y esto produce vida y paz en la persona.

Todo esto lo recibimos de Dios, claro está, no de forma visible. Dios nos regala sus dones maravillosos por medio de su Espíritu Santo.

Siempre me gustó aquella analogía de los cristianos que, han aceptado a Dios pero que, todavía no han entregado sus vidas al él en completa obediencia a su palabra y que, todavía incluso no han pedido ser llenos del Espíritu Santo como el apóstol nos pide (Ef 5:8). La vida de estas personas es similar a la llama piloto de muchos calefactores. Allí hay llama, sí, nadie puede decir que el fuego no está encendido, pero ese calefactor no está aún cumpliendo la función para la cual fue diseñado. De la misma manera hay cristianos que, han dado el primer paso en su vida de fe, pero que aún no se han decidido a obedecer a Dios a entregarse a Dios en fe y acción. Aún no han pedido tampoco ser sellos del Espíritu Santo. Nadie puede decir que no tengan el Espíritu, pero no es la llama del Espíritu que Dios desea que tengamos para lo cual fuimos destinados.

Recordemos que, tenemos que pedir ser llenos del Espíritu Santo, pero tambiéntenemos que amar a Dios por medio de la adoración, en la participación en una iglesia, en santificar el día de reposo. En amor al prójimo, buscando de forma individual y comunitaria el bien de los demás en obras de amor concreto. Tenemos que tener amor por la Biblia, como la palabra de Dios. Tiene que haber en nosotros la necesidad de orar a diario de comunicarse con Dios. Y Tiene que existir en nosotros la necesidad, de reunirse en comunidad con otras personas que, también siguen a Jesús.

Oremos:

¡Ven Espíritu Santo, ilumina nuestras vidas! Llénanos de ti. Consuélanos, danos la sabiduría en nuestra iglesia y en nuestras vidas. Convéncenos de las cosas que son buenas de modo que obtengamos una mentalidad según tu plan que, trae vida y paz. Amen

Una oferta para los que no creen

Domingo Exaudi- 6to. Domingo después de Pascua   Doming Exaudi

“Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios.

Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito.  Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.  A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los *justificó; y a los que justificó, también los glorificó”.

Romanos 8:26-30

 

Sal 27:1.7-14

Jer 31:31-34

Jn 7:37-39

 

Nos aproximamos a nuestro día de Pentecostés. En este domingo nos identificamos con el anhelo de los primeros cristianos que, esperaban todavía la promesa de la venida del Espíritu Santo. Es por eso el nombre de este domingo: Exaudi (“Oye”, Señor mi voz cuando a ti clamo: Sal 27). Pentecostés ya ha tenido lugar una sola vez en la historia y a partir de allí todos los creyentes contamos con la presencia del Espíritu de Dios en nuestras vidas. Pero esto hay que destacarlo bien: sólo los creyentes. Esta es una oferta para los creyentes, y no sólo para los que creen en Dios, sino también para aquellos que creen que Dios está permanente y constantemente asistiendo y ayudando aún por medio de su Espíritu cuando nuestras fuerzas flaquean y no somos capaces de expresar lo que debemos pedir.
Hay muchas personas aún creyentes, es decir que, han entregado sus vidas a Cristo al creer en él como Hijo de Dios, pero que, todavía siguen esperando un Pentecostés, es decir una manifestación extraordinaria en sus propias vidas. Aún no ha tenido en ellos un encuentro vivo con el Espíritu Santo de Dios. Esto puede ser porque nunca lo han pedido, o porque no creen que esto pueda ser posible.
Hay un antes y un después en la vida de todo creyente cuando comienzas a sentir la presencia palpable y mesurable del poder de Dios en tu vida. Pero para ello es necesario comprometerse con Dios en fe plena y en obediencia a él.

Para aquellas personas que no creen es decir aquellas que no consideran a Jesucristo como Hijo de Dios o que simplemente no creen en Dios, lógicamente que estas promesas de la Biblia no son aplicables. La única promesa contenida en la Biblia es para aquellos que, precisamente toman la Biblia como Palabra revelada de Dios. Esto es muy simple, de entender aunque aún para muchos muy difícil de aceptar.

También esta promesa de asistencia de Dios, como cuando ese versículo nos dice: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman”, es una maravillosa promesa, pero otra vez para los que creen, en este sentido, que confían en la asistencia e intervención de Dios en la vida de todos los días. Como dijimos el domingo pasado cuando hablábamos acerca de la oración, sólo para aquellos que llevan una vida de oración con Dios que, tienen una relación fluida con el Padre. No basta decir que, creo en Dios, como una especie de adhesión a una institución religiosa. La fe cristiana consiste en una relación con Dios no en el mantenimiento de costumbres religiosas. En la misma Biblia se nos habla en muchos sitios acerca de que Dios obra cuando el ‘creyente’ cree, en este caso confía en la intervención de Dios que, sucede al orar.
Esta maravillosa promesa nos dice que, aún cuando flaqueemos en nuestra propia fe, en nuestras fuerzas que, las situaciones nos superen y nos sintamos que no podemos superarlas, por nuestra propia fe y compromiso con Jesucristo, el Espíritu mismo de Dios se encargará de interceder, para que a pesar de los problemas que, aparentan ser irresolubles Dios dará la salida, y esa salida será la mejor salida, aún mejor que la que nosotros pensábamos e incluso hayamos podido pedir en oración. Por otro lado aquí, y esto también es importante mencionarlo, el apóstol está refiriéndose al tipo de oración que sucede en el creyente cuando es ungido con la oración en lenguas. Lenguas no son otra cosa que, la oración quizás como la misma lectura lo describe por medio de: “gemidos que no pueden expresarse con palabras” o como nos dice también la otra versión de la Biblia (RVC): “con gemidos indecibles”.

Cuando el cristiano no sabe cómo orar, cuando las palabras parecen quedar allí en la misma habitación donde se ora, cuando parece que no quieren salir de la habitación, cuando parece que, no estamos ‘inspirados’, y no sabemos ya qué pedir o cómo o qué decir, pues las situaciones difíciles superan nuestras fuerzas, Dios provee también la forma de orar en lenguas que, no son otra cosa que gemidos que no pueden expresarse con palabras, pero que pueden comunicarse directamente con el Espíritu Santo quien, según la promesa de Dios, intercede por nosotros.

Si el Espíritu de Dios intercede, aún pasando por lo peor de los problemas, todo tendrá un buen desenlace, para aquellos que somos hijos de Dios.
Si nos encontramos en estas situaciones, podremos pedir a Dios que nos revele la manera en la cual debamos expresarnos al orar. Puede ser en lenguas, puede ser en una forma comprensible para nosotros o aún puede ser en formas que nosotros no nos imaginamos que Dios pueda llevar a un buen desenlace nuestra situación actual. Lo más importante que, tenemos que tener en cuenta es que, Dios nos pide confiar en él, nos pide que no nos demos por vencidos. Nos pide que, no nos rindamos. Nos pide que, a pesar de todo podamos controlar nuestra mente, nuestros pensamientos y decidir confiar más en Dios que, en lo feo y amenazador que los problemas parezcan.

“En nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos” ¿qué significa esto? Significa acaso que cuando estamos débiles el Espíritu tan sólo viene? Sí, pero es necesario decirlo que, sólo para aquellos creyentes que se mantiene unidos a Dios en oración. Nuestra fe puede flaquear, a cualquiera de nosotros y en cualquier momento imprevisto, pero, si aún así nos mantenemos conectados a Dios en oración. El Espíritu se encargará de interceder por nosotros, y allí se explica ese conocido versículo: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman”. El amor a Dios se demuestra por nuestra fidelidad a él, constantes en la oración, constantes en la lectura de la Biblia, como forma de adoración y como forma de ser nutridos por el Espíritu Santo. No sólo acudimos a la Biblia como una fuente de información o de estudio, vamos a la Biblia con el respeto de saber que, Dios tiene también la facultad sobrenatural de edificarnos por medio de su Espíritu Santo.

De allí que, también podemos comprender lo que la lectura nos dice: “Y Dios, que examina los corazones…” Dios puede saber acerca de lo que pasa en nuestro interior y también puede saber acerca de la honestidad de nuestra búsqueda de Dios. Cuando vamos a la Biblia con reverencia a Dios considerándola como verdadera palabra de Dios y sabiendo que el Espíritu de Dios obra por medio de nuestra lectura de ella, Dios comienza a bendecirnos. Cuando no descuidamos de ir a la iglesia, para simplemente ir a adorar a Dios y a escuchar la Palabra en comunidad, Dios que, ve nuestros corazones, nos bendice por ello. Cuando oramos, a pesar que, podamos estar ya débiles y acobardados por los problemas de la vida, Dios que examina los corazones, sabe que debe intervenir para fortalecernos porque nuestra oración son gemidos de fe y confianza.
Dios sólo responde cuando examina nuestros corazones y halla fe, confianza, devoción sincera a él y obediencia a su palabra.
El Espíritu está presente, ya ha inaugurado la iglesia en aquel día de Pentecostés que, recordaremos el próximo domingo. Ese Espíritu no está sólo presente para unos pocos. El Espíritu de Dios quiere bendecir nuestras vidas ya. Que nosotros podamos disfrutar de la intercesión y asistencia del Espíritu Santo de Dios depende enteramente de nosotros. EL tipo de porción que, podamos recibir del Espíritu, dependerá en todo caso de Dios, pero sí es cierto que, está a disposición de todos los creyentes.
Para los que no creen, cuando comienzan a dar su vida a Cristo, y comienzan verdaderamente a creer, éstos comienzan a orar, saben orar y cuando no saben cómo por su propia debilidad el Espíritu comienza a interceder por ellos.
Eso mismo debería suceder con cada uno de nosotros. Si tu situación es de debilidad.
Clama a Dios con fe no te rindas, pon a Dios en el primer lugar de tu vida, a la oración, a la lectura de la Biblia. Reconcíliate con Dios, con tus hermanos de la iglesia, ven a la iglesia, honra a Dios con un corazón sincero que no se cansa de confiar. Saca los pensamientos de derrota, domínate sabiendo que Dios tiene mayor poder que tus problemas y saldrás vencedor el Espíritu Santo vendrá a interceder por ti porque: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman”. Amen

 

Prueba el poder de la oración

Domingo Rogate5to. Domingo de Pascua- Rogate

 

“Entonces el Señor le dijo a Moisés:

—Baja, porque ya se ha corrompido el pueblo que sacaste de Egipto. Demasiado pronto se han apartado del camino que les ordené seguir, pues no sólo han fundido oro y se han hecho un ídolo en forma de becerro, sino que se han inclinado ante él, le han ofrecido sacrificios, y han declarado: “Israel, ¡aquí tienes a tu dios que te sacó de Egipto!”

»Ya me he dado cuenta de que éste es un pueblo terco —añadió el Señor, dirigiéndose a Moisés—. Tú no te metas. Yo voy a descargar mi ira sobre ellos, y los voy a destruir. Pero de ti haré una gran nación.

Moisés intentó apaciguar al Señor su Dios, y le suplicó:

—Señor, ¿por qué ha de encenderse tu ira contra este pueblo tuyo, que sacaste de Egipto con gran poder y con mano poderosa? ¿Por qué dar pie a que los egipcios digan que nos sacaste de su país con la intención de matarnos en las montañas y borrarnos de la faz de la tierra? ¡Calma ya tu enojo! ¡Aplácate y no traigas sobre tu pueblo esa desgracia! Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac e Israel. Tú mismo les juraste que harías a sus descendientes tan numerosos como las estrellas del cielo; ¡tú les prometiste que a sus descendientes les darías toda esta tierra como su herencia eterna!

Entonces el Señor se calmó y desistió de hacerle a su pueblo el daño que le había sentenciado”.

Éxodo 32:7-14

 

Sal 95:1-7

1 Tim 2:1-6

Jn 16:23-28 (29-32) 33

 

Hoy, nos toca referirnos al tema de la oración. La congregación que ora, así es el tema para el día de hoy. El domingo pasado habíamos hablado acerca de la congregación que canta.
¿Qué más podemos decir acerca de la oración que ya sabemos? Quizás muchas cosas, quizás pocas cosas, pero lo que vamos a decir hoy, si en verdad tú estás teniendo una vida de oración te servirá para fortalecer tu confianza en el poder de la oración.

¿Qué harías tú, si hoy te ofreciera una tarjeta de débito, con, digamos más de 100 millones de dólares?… Seguramente que, la usarías ¿no? Y hasta seguramente te sentirías entusiasmado ¿no? Entusiasmado por la cantidad de oportunidades materiales que se te abren al poseer dicho regalo. Y qué dirías tú, si ves que a alguien se le regala tal tarjeta y ni siquiera atina a usarla. O dice: No creo que, esa cuenta tenga dinero. O tal vez diga: Bueno, cuando necesite dinero tal vez la use. O diga: No creo que Dios quiera que yo tenga dinero y no la usaría; y muchas otras cosas más que se nos podrían ocurrir. Sabes qué, la oración salvando las diferencias es esa tarjeta de débito gratis que, incluso muchas personas también rechazan. El evangelio para el día de hoy Jesús nos dice claramente: “Ciertamente les aseguro que mi Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa” (Jn 16:23.24)

Sí, esta es una promesa de la Biblia y son palabras pronunciadas por el mismo Jesucristo. Sin embargo, aún hay personas que, ponen en tela de juicio estas palabras de Jesús. Aún sin saber siquiera interpretar la Biblia, se ponen a juzgar las palabras de Jesús. ¿Y por qué? Porque durante toda una vida se nos ha enseñado que, no es posible vivir una vida en abundancia espiritual aún en esta tierra. Se nos habla que, tenemos que llevar la cruz, eso es muy cierto, pero en nada se contradice eso con esta promesa de asistencia ilimitada de Jesús. Se nos habla de que tenemos que hacer sacrificios y sufrir. Esto es verdad, seguramente durante la vida habrá momentos donde tendremos que hacer sacrificios y habrá momentos donde tendremos que sufrir, pero esto otra vez no contradice en nada esta promesa de Jesús. Muchas veces, se nos enseño mal la Biblia, o se la mal interpretó aún sin haberla siquiera leído. Hay muchas personas, incluso cristianas que, creen que saben cómo hay que vivir la vida, pero nunca leen la Biblia. Y trazan su vida a partir de parámetros que, otros le indicaron que, puedan ser sus padres o abuelos y que no sabemos a ciencia cierta si ellos eran efectivamente cristianos, aunque puedan haber sido religiosos. Si de veras, quieres saber qué dice, la Biblia, mi consejo es que ten compres una traducción de la Biblia que, sea completamente entendible para ti y comiences a leerla, pues hay un tesoro escondido de sabiduría y bendición destinado para ti cuando la empieces a leer.

Hay otra razón por la cual hay muchas personas que no hacen uso de la oración, si bien incluso puedan ser personas convertidas y hasta me animo a decir teólogos como fue mi experiencia personal en algún momento de mi vida. Hay muchas personas cristianas, convencidas sobre Dios, convertidas en el sentido que, han tenido un encuentro formal y de compromiso claro con Dios, donde ellos mismos han querido comenzar a vivir una vida en Cristo que, tienen una gran fe en la salvación que Dios nos ofrece al final de los tiempos, pero que, no tienen fe en la asistencia de Dios durante esta vida, es decir, por ejemplo por medio de la obtenida a través de la oración.
En palabras simples: hay personas que son cristianas pero no oran. Así como hay muchos que no leen la Biblia, hay otros que no oran. Hay personas que no conocen el poder de la oración que, no dan fe al poder de la oración, quizás porque nadie les ha enseñado. Si este es tu caso hoy, yo te invito a comenzar a orar para que tú personalmente halles el poder de la oración. Muchos tienen fe en Dios en que, un día Dios los llevará al paraíso, pero no tienen fe y confianza en Dios frente a los problemas cotidianos y viven una existencia miserable. Me imagino que, Dios debe cuidarlos igual pero la calidad de su vida no es la que Dios espera que ellos tengan.

Hay que orar, comenzar a tener una disciplina de oración. Cada mañana lo primero que hay que hacer es juntar las manos e imitando el orden del Padrenuestro: Adorar y alabar a Dios, dar gracias, pedir perdón por los pecados y pedir por las cosas que necesitamos para el día. Lo mismo hacer al terminar el día. Cuanto más ores y más respetes esta disciplina más profundidad tendrá tu vida espiritual y descubrirás más cosas que Dios quiere ofrecerte a través de la comunicación con él experimentada por medio de la oración. Dietrich Bonnhoeffer decía que: “Importa poco la forma en que oremos o la cantidad de palabras que usemos. Lo que realmente importa es la fe con la cual nos asimos a Dios en la oración.”
Es verdad. Pero si cada vez que oramos vamos a Dios con esa fe, habrá una gran diferencia en nuestra vida, si también tenemos momentos de oración fijos.

Es verdad que hay que orar con fe, pero también es verdad que hay que comenzar a orar y adquirir el hábito y el ejercicio de la oración.
Uno de mis hobbies es trabajar con madera. Fui a un mercado de pulgas y me compré un cepillo de carpintero de más de 80 años pero aún en condiciones. Leí como se ponían a punto, lo afilé lo aceité y me puse a trabajar. Los primeros días me decepcioné. No podía cepillar la madera. Se me trababa me arruinaba la madera, Me desalenté y por unos días me sentí frustrado, pensando, realmente esto no funciona, o tendría que optar por algo eléctrico o no sé quizás soy yo el que soy incapaz. Un día volví al cepillo con más energía y de repente vi que comenzó a cortar con eficacia, toqué un tornillo lo moví allí y aquí y comenzó a cepillar y a dejar la madera con un acabado brillante. Allí me entusiasme y casi todos los días quise aunque sea un poco usar mi cepillo porque estaba transformando las maderas. Tuve que aprender a usarlo. Pero para ello tuve que usarlo una y otra vez. Y así es con muchas cosas en la vida, cuando uno está aprendiendo algo nuevo.
Con la oración sucede lo mismo. Si nunca has orado realmente. Si nadie te enseñó a orar con tus propias palabras a Dios cada mañana y cada noche. Comienza a hacerlo. Serás un aprendiz un principiante, pero eso no quiere decir que no te convertirás en un as de la oración. Y Podrás experimentar que, Dios comienza a contestar tus oraciones por tu compromiso y por tu fe. Y esas oraciones contestadas fortalecerán tu fe y así sucesivamente. Como dice también en la Biblia: “Se hará con ustedes conforme a su fe” (Mt 9:29)
Si queremos experimentar el poder de Dios por medio de nuestra oración, tenemos que tener fe. Si queremos tener fe, tenemos que comenzar a ejercitar la fe, por medio de la oración para que nuestra fe crezca al ver los resultados de las oraciones respondidas.

Hay otras personas, quizás como el ejemplo de la historia del Éxodo que, al no ver resultados en la oración, pues no tienen una vida de compromiso verdadero con Dios, ni tienen una vida de oración y mucho menos leen la Biblia, cuando las pruebas, es decir los problemas de la vida surgen desesperados buscan la ayuda en dioses ajenos, como fue el caso de los israelitas en el desierto.
Cuáles serían hoy en día esos dioses ajenos: muchos por enumerar algunos orar a otros dioses, pedir la intercesión a Dios por medio de personas muertas que, se las ha endiosado. Buscar por medio de todas las adivinaciones y espiritismos y curanderismos, no basados en la fe en Jesucristo. O simplemente rechazar la existencia de Dios, no creer más en Dios porque nos sentimos defraudados. Aunque nuestra sea la responsabilidad porque de hecho nunca fuimos verdaderos cristianos que depositamos toda nuestra fe en Dios. Y esto es peligroso, porque así como Dios quiere bendecirnos en abundancia a todos los que somos sus hijos, la maldición de Dios, es decir lo contrario a todo lo que es bendición puede cernirse sobre nosotros si rechazamos a Dios por otros dioses. Ya lo dice el primer mandamiento de la Biblia:
»No tengas otros dioses además de mí.
»No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso. Cuando los padres son malvados y me odian, yo castigo a sus hijos hasta la tercera y cuarta generación. Por el contrario, cuando me aman y cumplen mis mandamientos, les muestro mi amor por mil generaciones”. (Ex 20:3-6)

Y eso es lo que le sucedió al pueblo de Israel. Por fortuna Moisés intercedió por ellos. Por fortuna Jesucristo también intercedió por nosotros mismos para que Dios nos perdone y podamos vivir una vida diferente.
El consejo de Dios hoy es: Prueba el poder de la oración. Si nadie te enseñó hoy queremos enseñarlo: como cristiano debes orar. Eso define tu calidad de vida aquí en la tierra. Cuánto más disciplina y compromiso tengas con la oración, más oportunidades tendrás de incrementar tu fe que es la clave de la oración para que se cumpla la promesa de Cristo en tu vida: “Ciertamente les aseguro que mi Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa”.
Amén