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¿Cuán santa es tu iglesia?

 10mo Domingo después de TrinidadIglesita0

“Cuando se acercaba a Jerusalén, Jesús vio la ciudad y lloró por ella.  Dijo:

—¡Cómo quisiera que hoy supieras lo que te puede traer paz! Pero eso ahora está oculto a tus ojos.  Te sobrevendrán días en que tus enemigos levantarán un muro y te rodearán, y te encerrarán por todos lados.  Te derribarán a ti y a tus hijos dentro de tus murallas. No dejarán ni una piedra sobre otra, porque no reconociste el tiempo en que Dios vino a salvarte.

Luego entró en el templo y comenzó a echar de allí a los que estaban vendiendo.  «Escrito está —les dijo—: “Mi casa será casa de oración”; pero ustedes la han convertido en “cueva de ladrones”.»

Todos los días enseñaba en el templo, y los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los dirigentes del pueblo procuraban matarlo.  Sin embargo, no encontraban la manera de hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba con gran interés”.

 

Lucas 19:41-48

Muchas veces hemos escuchado aquel prometedor versículo bíblico donde Jesús nos dice: “…Sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella” (Mt 16:16)

Pero hoy Jesús nos habla de una iglesia, o templo, como parte de una ciudad, sobre la cual no quedará piedra sobre piedra. ¿De qué iglesia está hablando? Una de las pocas ocasiones donde se menciona que Jesús lloró. Lloró por la ciudad de Jerusalén. Lloró por su pueblo judío. Lloró porque no estuvieron abiertos a creer en él como Hijo de Dios, como Mesías, como el salvador enviado y escogido por Dios. Lloró por las consecuencias que le depararían al pueblo escogido por haber rechazado al Cristo. Es una de las pocas oportunidades en el Nuevo Testamento donde podemos ver una clara y definitiva profecía de Jesús acerca de lo que le pasaría a Israel y más concretamente a su ciudad capital Jerusalén. Todo lo que Jesús brevemente describe sucedió con Jerusalén. Y no sólo la ciudad sino y especialmente el templo, el lugar más sagrado para los judíos. Inclusive hasta el día de hoy. Uno de los problemas más grandes de los israelitas es que quieren recuperar el espacio donde se encontraba el templo de Israel que hoy está ocupado por una mezquita musulmana. Los judíos más radicales hasta estarían decididos a ir a una guerra para poder recuperar ese templo. El lugar donde según los judíos se encuentra Dios y donde pueden adorarle de la forma más apropiada por medio de los conocidos sacrificios descritos en la Biblia.

Pero para nosotros cristianos, por medio de la revelación de Jesucristo, sabemos que Dios no vive en templos construidos por seres humanos. En todo caso cada uno de nosotros somos un templo viviente: “¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1 Co 3:16). Así nos dice el apóstol Pablo. Dios debe manifestarse por medio nuestro a través de nuestros pensamientos, sentimientos, palabras y actos. No necesitamos un lugar específico donde adorar a Dios y tampoco Dios se encuentra en un lugar específico. No necesitamos de un edificio donde adorar a Dios. La iglesia como la palabra lo dice, significa originalmente: reunión. Es decir la reunión de aquellos que confiesan a Jesucristo: “Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt 18:20). Tampoco necesitamos más hacer sacrificios de animales para agradar a Dios como hacían los creyentes del Antiguo Testamento. Jesucristo mismo fue sacrificado por nosotros para que podamos hallar la gracia y el beneplácito de Dios otra vez y todos aquellos que aceptan ese sacrificio y creen en Cristo podrán tener la salvación que él ofrece. Somos salvos todos aquellos que creemos, gracias a la sangre de Cristo derramada en la cruz. Por lo tanto no necesitamos de un edificio específico para encontrar a Dios, ni ningún edificio específico nos va a acercar más a Dios.

Por otro lado, así tambien necesitamos de la iglesia, es decir la reunión, porque así se nos ordena a cada uno de los creyentes: “Acuérdate del día de reposo, para consagrarlo. Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios. (Ex 20:8-10) O también Pablo nos dice: “No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca” (Heb 10:25)
Dios nos pide que nos congreguemos simplemente para amarlo a Él, congregarse es la única forma conocida para amar solo a Dios, por medio de nuestra presencia física en la iglesia, nuestra reverencia, nuestra adoración y nuestra alabanza. Así se nos dice en el mandamiento más importante: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente”…Éste es el primero y el más importante de los mandamientos” (Mt 22:38). Algunos buenos creyentes se olvidan de esto. Se olvidan que esto es lo más importante. Todo lo demás que hacen para Dios es muy bueno y loable, pero se olvidan de lo primero y fundamental.

Es por eso que construimos iglesias, en el sentido de edificios, o lugares de reunión. Es por eso que cada comunidad está feliz con su templo, con el edificio que los identifica como cristianos. La iglesia no debería ser un edificio que nos identifique como a una etnia, o como un grupo de personas de un mismo idioma o un origen o características en común. La iglesia debería ser un lugar donde nos sintamos identificados por nuestra fe cristiana. Ese es el sentido y basamento de toda comunidad cristiana. Es verdad no podemos negar que en una iglesia puede haber características propias, como idioma, raza, distintos aspectos culturales. Eso está muy bien, no lo podemos negar. Pero no debería ser el aspecto más importante que nos impulsa a reunirnos. Lo más importante es congregarnos porque nos identificamos por nuestra fe en Cristo Jesús.

Cuando comenzamos a ver a la iglesia con este pensamiento, comenzamos a entender el sentido principal de la iglesia. Cuando comenzamos a actuar como cristianos y a saber que Cristo vive en nosotros y lo llevamos en nuestro ser a cualquier lado donde vamos comenzamos a ser la comunidad de los santos que se describe en las palabras de Credo Apostólico. Cuando esos santos comienzan a congregarse en cualquier lugar que hayan decidido hacerlo y al que llaman templo o iglesia. Esa iglesia sí, se transforma en lugar santo. Cuando comenzamos a venir a la iglesia cada domingo con esa devoción y sabemos que estamos aquí en sólo y en primer lugar para adorar a Dios, entonces esta iglesia se transforma en el lugar santísimo como era el lugar más santísimo del templo de la Biblia, pues la presencia misma de Dios habita en este lugar. Pues Dios se complace de venir a habitar aquí, porque estamos entendiendo para qué hay que venir a la iglesia.

En este momento Dios está aquí. Está aquí, porque aquí hay creyentes que entienden esto en esta mañana. Han venido a adorar a Dios. Han venido a congregarse. Han venido esta mañana a la iglesia porque quieren obedecer a Dios. Han venido porque le aman y quieren mostrárselo semana tras semana. Y especialmente Dios está aquí porque cada domingo al principio invocamos la presencia de Dios al decir que estamos reunidos “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. ¿Está Dios presente hoy aquí? Por supuesto, por medio de su Santo Espíritu. Y venimos a la iglesia porque necesitamos de Él para poder iniciar la semana. Necesitamos alimentarnos espiritualmente. Si el Espíritu esta bien alimentado todo lo demás también lo estará. Si el Espíritu no esta alimentado todo lo demás no lo estará aunque tengamos abundancia de cosas.

Muchos de los del pueblo de Israel en aquel entonces, y también hoy, no entendían de que se trataba el templo. El templo no era santo en sí mismo. Los que lo hacían santo eran ellos mismos. Pero como ellos no estaban reconciliados con Dios por medio de Jesucristo, Dios no habitaba en ellos ni en ese templo. Es por eso que Jesús llora. Pues ese templo que no estaba lleno de la presencia de Dios no les duraría mucho. Aún con las murallas altísimas y anchísimas. Construido en 46 anos de trabajo, lleno de oro y tallados de madera de cedro de la mejor calidad, ese templo no duró pues los que los visitaban no permitían que Dios pueda habitar en el templo de sus vidas. Cuando permitimos que Dios habite en el templo de nuestro interior y cada uno de nosotros somos un templo andante y reflejamos el amor, la pureza y la honestidad de Cristo en nuestro interior, cualquier lugar donde decidamos congregarnos será santo. Y aún más será santísimo pues lo estaremos haciendo para amar y obedecer a Dios.
Que Dios nos permita comprender y disfrutar de la presencia de Dios cada vez que venimos a este santo lugar y que su Espíritu pueda acompañarnos con sus milagros a lo largo de la semana. Amén.

No se trata de lo que no tienes

9no. Domingo después de TrinidadTalente

 »El reino de los cielos será también como un hombre que, al emprender un viaje, llamó a sus siervos y les encargó sus bienes.  A uno le dio cinco mil monedas de oro, a otro dos mil y a otro sólo mil, a cada uno según su capacidad. Luego se fue de viaje.  El que había recibido las cinco mil fue en seguida y negoció con ellas y ganó otras cinco mil.  Así mismo, el que recibió dos mil ganó otras dos mil.  Pero el que había recibido mil fue, cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

 »Después de mucho tiempo volvió el señor de aquellos siervos y arregló cuentas con ellos.  El que había recibido las cinco mil monedas llegó con las otras cinco mil. “Señor —dijo—, usted me encargó cinco mil monedas. Mire, he ganado otras cinco mil.”  Su señor le respondió: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! En lo poco has sido fiel; te pondré a cargo de mucho más. ¡Ven a compartir la felicidad de tu señor!”  Llegó también el que recibió dos mil monedas. “Señor —informó—, usted me encargó dos mil monedas. Mire, he ganado otras dos mil.”  Su señor le respondió: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco; te pondré a cargo de mucho más. ¡Ven a compartir la felicidad de tu señor!”

 »Después llegó el que había recibido sólo mil monedas. “Señor —explicó—, yo sabía que usted es un hombre duro, que cosecha donde no ha sembrado y recoge donde no ha esparcido.  Así que tuve miedo, y fui y escondí su dinero en la tierra. Mire, aquí tiene lo que es suyo.”  Pero su señor le contestó: “¡Siervo malo y perezoso! ¿Así que sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido?  Pues debías haber depositado mi dinero en el banco, para que a mi regreso lo hubiera recibido con intereses.

 » ”Quítenle las mil monedas y dénselas al que tiene las diez mil.  Porque a todo el que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia. Al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.  Y a ese siervo inútil échenlo afuera, a la oscuridad, donde habrá llanto y rechinar de dientes.”

Mateo 25:14-30

El domingo pasado hemos escuchado la predicación acerca de los frutos del Espíritu. Y dijimos que si bien somos salvos por la Gracia de Dios y por nuestra fe, por amor a Cristo debemos hacer obras de bien todos los días. En el día de hoy el texto nos habla que tenemos que usar los dones y talentos que Dios nos dio. Pues si no los usamos los perdemos.

En esta parábola, los siervos somos cada uno de nosotros, los cristianos. El señor, es Dios mismo que nos encomendó a cada uno de nosotros diversos dones y talentos. ¿Cuáles son esos dones y talentos? ¿Son acaso cosas materiales? ¿O sólo cosas espirituales? En realidad se trata de todas nuestras capacidades innatas y adquiridas. Tiene que ver con lo espiritual y también con lo material.

Cada cosa de la cual poseemos o contamos debe ser puesta al servicio de Dios. En primer lugar, cada cosa que hacemos aunque sea hecho en nuestro trabajo particular debe ser hecha con una mentalidad dirigida hacia la gloria de Dios. Si somos empleados de una fábrica, por ejemplo, cada cosa que hagamos, deberemos efectuarla como si lo estaríamos haciendo para Dios. Es decir hacerlo de la mejor manera, con la mayor honestidad posible, con la mayor dedicación y con toda alegría. Como si Dios nos estuviera viendo. Pues es él en realidad quien nos dio ese trabajo y aun más nos dará si lo hacemos para su gloria. Además de eso, con nuestro testimonio debemos mostrar a los que nos rodean que, actuamos así porque Cristo nos pide vivir una vida distinta, diferente a los demás que no están en Cristo. Es por eso que decimos en nuestro Credo Apostólico cada domingo: ‘Creo en la comunión de los santos’. Es decir, creo en una comunidad de personas que se comportan diferentes a partir de las enseñanzas de Cristo.

En nuestra familia estamos multiplicando los talentos, seamos padres o madres o hermanos o hijos o abuelos o hasta bisabuelos, cuando mostrarnos delante de nuestra familia los talentos y dones que Dios nos dio. Si decimos que somos cristianos porque pertenecemos a una iglesia, debemos comportarnos como cristianos aun delante de nuestra propia familia. Debemos mostrar ese talento que nos hace cristianos, por medio de nuestra fe y confianza en Dios; por medio de nuestras conversaciones, por medio de nuestro vocabulario y nuestra manera de expresarnos y por medio de nuestra manera de actuar.

También en todo momento debemos reflejar nuestra fe delante de los demás. Hay mucha gente que tiene hasta vergüenza y miedo de hablar de su fe delante de la familia. Porque su familia no es cristiana o no tienen fe o pertenecen a otra iglesia. No se trata de imponer la fe o una religión, se trata de mostrar que somos cristianos tanto en nuestro interior como en nuestro exterior. Habrá veces que mostrar nuestros talentos implicara que deberemos hablar valientemente de Cristo mismo y de forma directa delante de nuestra familia y habrá otras veces que lo deberemos mostrar con nuestro comportamiento externo. No somos cristianos porque pertenecemos a una iglesia. Somos cristianos porque hemos aceptado a Jesucristo como nuestro Señor y salvador y queremos vivir conforme a su Palabra, la Biblia y queremos mostrar nuestra manera de vivir delante de los demás aun, delante de los nuestros. Eso se llama mostrar o reproducir nuestros talentos.

En la misma iglesia mostramos nuestros talentos. Cuando nos mostramos amorosos, pacientes y tolerantes delante de los demás. Cuando hablamos bien de la iglesia, de la comisión directiva y del pastor, dentro y fuera de la iglesia. Cuando no criticamos y llevamos chismes de la iglesia afuera de ella. Cuando hablamos con positividad, fe y confianza en Dios acerca de la iglesia. Cuando invitamos a otras personas que puedan tener la necesidad de escuchar la Palabra de Dios y que no pertenezcan a nuestra iglesia. Cuando invitamos a miembros de nuestra familia que no pertenecen a ninguna otra iglesia para venir a los cultos. Cuando hacemos todo lo posible para que nuestra iglesia crezca y buscamos denodadamente hacer todo lo posible para que nuestra iglesia tenga un futuro y un futuro espléndido en los términos de Dios.

Cuando buscamos asistir a todas las actividades de la iglesia: cultos dominicales, estudios bíblicos, reuniones de mujeres, reuniones de comisión, almuerzos, etc. Cuando llevamos nuestros niños, sean hijos o nietos a la iglesia. Cuando oramos por nuestra iglesia y lo hacemos prioridad diaria en nuestro cronograma de actividades. Cuando damos dinero para nuestra iglesia y lo hacemos con generosidad; cuando para eso ponemos como prioridad a la iglesia a la cual decimos pertenecer. Allí estamos mostrando los talentos que Dios nos dio y hacemos todo lo posible para multiplicarlos. Dios no nos está pidiendo hacer cosas que no podemos. Dios no nos está pidiendo mostrar talentos, dones o posibilidades que no tenemos. Dios nos está pidiendo mostrar y multiplicar los talentos y dones, llámese las capacidades que si tenemos, para su obra. Dios nos está diciendo que si hay algo que sí podemos hacer pero no lo estamos haciendo, no estamos multiplicando los talentos que él nos otorgó.

Para aquellos que se dicen cristianos pero no utilizan sus talentos, el final de la parábola es trágico y duro. No hay un final feliz para aquellos que no han vivido su fe conforme a las cosas que pudieron hacer y no las hicieron. Y eso no es castigo de Dios, es la consecuencia de nuestra falta de fidelidad a la fe que decimos que profesamos. Así dice el evangelio para hoy: “Quítenle las mil monedas y dénselas al que tiene las diez mil. Porque a todo el que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia. Al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil échenlo afuera, a la oscuridad, donde habrá llanto y rechinar de dientes.”

Sin embargo queremos centrarnos en las cosas positivas. Y queremos centrarnos en las buenas promesas de Dios para aquellos que hacemos lo mejor posible con las cosas que Dios nos regalo. Me acuerdo de un hermoso dicho de un famoso hombre de éxito que siempre se repetía para sí mismo: “Hago lo mejor que puedo con lo que tengo, en el lugar donde me encuentro”. Y ese debería ser también nuestro dicho si queremos cumplir con Dios y queremos valorar y multiplicar nuestros talentos para él: “Hago lo mejor que puedo con el talento y las posibilidades que Dios me dio, en el lugar que Dios me colocó: en mi iglesia, en mi familia, en mi ciudad”.

Quizás para resumir las consecuencias de aquellos que no ponen sus talentos al servicio de Dios, es algo así como aquel dicho que dice: ‘No exijas un Dios de tiempo completo si tú eres un cristiano de tiempo parcial’.
Sin embargo confiamos que hay muchos que están dando a pleno de los talentos que si recibieron. Y confiamos que los que no están poniendo sus talentos que recibieron de Dios, a partir de hoy puedan ponerlos para él y su iglesia. Para que Dios pueda bendecirlos de verdad en esta vida y para que al final de los tiempos Dios nos pueda recibir en el cielo diciendo: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco; te pondré a cargo de mucho más. ¡Ven a compartir la felicidad de tu señor!”.

Confiamos que cada domingo cuando nos dejamos exhortar por Dios por medio de su evangelio y aceptamos con humidad cambiar nuestra vida, no importando la edad que tengamos, ni la vida que hayamos llevado en el pasado, El tiene preparadas cosas maravillosas para nuestra vida aquí y ahora, para nuestra familia y para nuestra iglesia. Pues queremos ser obedientes a Dios y decidimos hacer las cosas que a Dios le agradan y que nos convienen en esta vida y para heredar la vida eterna.
Los milagros de Dios no se han agotado. Están cada vez más presente. A veces pasa que no los vemos porque debemos dar un paso más y ese paso más se llama: obedecer a su palabra.

En cada sermón Dios nos está exhortando a cambiar el rumbo de nuestra vida. Si hoy estás en la iglesia, hay algo seguramente está dirigido a ti y para tu bien en tanto decidas cambiar tu vida. Que el Señor nos pueda bendecir muy ricamente en esta semana y que podamos comprobar que él cumple sus promesas cuando decidimos serle fieles. Amen

La vigencia del arrepentimiento

3er Domingo de TrinidadJesus frente a los pecadores-

Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo,  de modo que los fariseos y los maestros de la ley se pusieron a murmurar: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.»

Él entonces les contó esta parábola:  «Supongamos que uno de ustedes tiene cien ovejas y pierde una de ellas. ¿No deja las noventa y nueve en el campo, y va en busca de la oveja perdida hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, lleno de alegría la carga en los hombros  y vuelve a la casa. Al llegar, reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la oveja que se me había perdido.”  Les digo que así es también en el cielo: habrá más alegría por un solo pecador que se arrepienta, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse.

»O supongamos que una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. ¿No enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la moneda que se me había perdido.”  Les digo que así mismo se alegra Dios con sus ángeles por un pecador que se arrepiente.

 

Lucas 15:1-10
En la filosofía en boga en nuestros días, se puede ver que hay muchos que ponderan el amor entre la gente. Muchos, por no decir casi todos, independientemente de ser cristianos o no, valoran el amor al prójimo. Muchos afirman que lo más importante es el amor, los afectos los buenos valores, las buenas virtudes, el hacer el bien, el ser una buena persona. Y muchos no saben que todos esos valores han sido acuñados en nuestra sociedad actual por el cristianismo. Más concretamente por las enseñanzas de Jesús. Hasta tan bien ha echado raíces ese mensaje del amor que, todos buscan tratar de amar a todos hasta el punto de no caer en discriminar a nadie, no importando su raza, religión, postura política, sexo, etc. Muchos en verdad no saben, más que nada los no cristianos que defienden ese estilo de filosofía que, ésta precisamente ha sido acuñada en esta sociedad por el cristianismo de forma exclusiva. Aunque muchos hoy en día no sean tan afectos con los cristianos. La mayoría de la gente que rechaza el cristianismo lo hace por malas experiencias con la institución iglesia (que no es otra cosa que una institución formada por seres humanos) y otros lamentablemente porque no han tenido padres cristianos que los hayan podido educar en la fe. O sólo porque la fe se perdió, así sin más.
No obstante pulula aún ese pensamiento generalizado de que “hay que amar a todos y no hay que discriminar a nadie” eso es lo más importante. Y para nosotros cristianos esto está claro, y está claro que ese mandato viene más que nada de nuestro Señor Jesucristo, a quien queremos obedecer.

En el día de hoy, nos encontramos que Jesús estaba acercándose a pecadores. Es decir estaba mostrando su gran amor hacia todos sin distinciones de condición social o religiosa. Pero quisiéramos hoy también definir qué es un pecador, o qué es el pecado. Porque Jesús utiliza esta expresión, no la niega, es más él afirma que: “Habrá más alegría por un solo ‘pecador’ que se arrepienta, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse”. El reconoce que el pecado y el pecador siguen existiendo. El hace una diferencia por tanto entre el que peca y el que no. Para él es claro que no son dos tipos de personas iguales. Hemos hablado muchas veces acerca de lo que significa el pecado. La palabra pecado en nuestra sociedad más que nada para los no cristianos, suena como pasada de moda. Como algo del pasado, hasta arcaico y retrógrado. Parece que sólo se puede utilizar la palabra pecado en el marco de una iglesia o de la teología. Para nosotros no es una palabra arcaica. Es una palabra que sigue teniendo un valor muy actual. Pecado significa separación de Dios, sólo eso. ¿En qué radica esa separación? O ¿cómo podemos darnos cuenta que vivimos separados de Dios? La única guía que tenemos para darnos cuenta es La Palabra de Dios, reunida en la forma de libro que llamamos Biblia. Y especialmente leemos la Biblia a la luz del mensaje de Jesucristo. Cuando no llevamos nuestra vida conforme a la palabra de Dios, es decir acorde a lo que la Biblia nos pide, estamos viviendo una vida a nuestra manera y no a la manera de Dios.

Hay muchos que, ponen en tela de juicio lo que la Biblia dice y piensan que tienen más autoridad sobre ella al querer interpretarla a su conveniencia. Hay muchos que ponen en tela de juicio la Biblia diciendo que, hay que adaptar la Biblia a nuestros tiempos, como si ellos fueran los depositarios autorizados para darle otra interpretación u omitir partes de la Biblia a su placer. Hasta escuché decir que: ‘Dios no se hace presente por medio de “libritos” —refiriéndose a la Biblia— que Dios se manifiesta en otras extensiones’. Y eso es verdad, Dios se manifiesta por medio de su Santo Espíritu, pero eso no contradice la Biblia. Muchos critican que la Biblia ha sido escrita por hombres, eso es verdad, pero esos hombres han sido inspirados por ese mismo Espíritu para dejar la palabra de Dios por escrito, y hasta para decidir qué libros de la Biblia debían permanecer allí por ser fieles aún al Espíritu Santo de Dios.
No confundamos el espíritu de este mundo con el Espíritu Santo de Dios.

En esta sociedad, hay muchos que se dejan llevar por el espíritu de este mundo transformándose así en pseudo-cristianos, es decir gente que cree ser cristiana, pero a su manera no a la manera de la Palabra de Dios. Creyéndose incluso con más autoridad que los mismos apóstoles, para poder definir qué de la Biblia es todavía Palabra de Dios y qué no lo es más.
Para Jesús, el pecado era algo claro. Era estar separado de Dios, a partir de un comportamiento que nada tenía que ver con su Palabra. Jesús nunca discriminaba, estaba, se acercaba a los pecadores pero con la intención de que se arrepientan y se vuelvan a Dios. Y lo conseguía claro está porque es Dios, pero también por su amor al prójimo. Ese es el amor que Jesús nos manda a ejercer: ver a todo el mundo como nuestro prójimo y digno de amor, pero no por ello consentir que lo que muchos estén haciendo corresponda a la voluntad de Dios. Jesús no aprobaba el pecado: echó a los comerciantes del templo por aprovecharse de la gente y profanar el templo. Acusó la traición de Judas. Enfrentó la vida de corruptos como Zaqueo o de vida desordenada como la mujer samaritana. O de la vida inmoral de la adúltera. Si bien a todos los aceptó, también los perdonó “de su pecado” y les dijo en más de una oportunidad: “vete y no peques más”.

Esta sociedad sin embargo, a veces pseudo-cristiana nos dice que hagamos todo lo que nos haga sentir bien, que hagamos la nuestra, lo más importante es sentirse feliz y amar a todo el mundo, paz y felicidad. Y eso es verdad, no se contradice a las promesas de Jesús cuando el promete una “vida en abundancia” para todos los que le sigan. Pero esa vida en abundancia está basada en una nueva vida en Cristo, basada en sus enseñanzas.

Cuando Jesús habla de: “Les digo que así es también en el cielo: habrá más alegría por un solo pecador que se arrepienta”. Está hablando no sólo de una conversión, es decir de comenzar a creer en Cristo como Hijo de Dios, sino también está hablando de un cambio de vida, de conducta.
No es suficiente decir: creo en Dios, debemos mostrarlo. Así lo dice también Jesús hablando de cómo identificar a los verdaderos cristianos: “Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los cardos? Del mismo modo, todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo. Un árbol bueno no puede dar fruto malo, y un árbol malo no puede dar fruto bueno. Todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Así que por sus frutos los conocerán”. (Mt 7:16ss) Y si le preguntáramos hoy a Jesús, de dónde podemos obtener la información para saber cuáles son las cosas que él desea que cambiemos y que nos “arrepintamos”. El seguramente nos diría: “¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece” (Jn 14:21 ss). ¿Dónde están esos mandamientos? En la Palabra de Dios, la Biblia que es la base de nuestra fe.

A lo largo de toda la historia de la salvación se ve (en la Biblia) que Dios obra y se manifiesta por medio de su Espíritu en las vidas personales, familiares y en las congregaciones donde se les fue fiel a su palabra, no es de otro modo.
Que Dios nos permita permanecer fieles a su Palabra, aún vigente, y que por medio de su obediencia, ya que es la  única forma en que el Espíritu Santo obrará en nuestras comunidades, nuestras vidas se vean colmadas de la sabiduría de Dios y del verdadero amor de su Hijo Jesucristo.
Arrepintámonos de aquellos pecados de los cuales somos conscientes para que Dios pueda transformar nuestras vidas y haya beneplácito de Dios y alegría en cielo por nuestra vida aquí y ahora. Amén.

Tener fe no es para todos

Domingo de Pentecostés- Culto de ConfirmaciónHoly Spirit

Le contestó Jesús:
—El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él.  El que no me ama, no obedece mis palabras. Pero estas palabras que ustedes oyen no son mías sino del Padre, que me envió.
»Todo esto lo digo ahora que estoy con ustedes.  Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho.  La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden.

Juan 14:23-27

No puede haber mejores palabras de Jesús para este culto de confirmación que las palabras que nos llegan hoy correspondientes al domingo de Pentecostés.
“—El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él”.
La condición para tener, la compañía, la protección y el amor de Dios que en síntesis para nosotros es lo que llamamos la bendición de Dios, es que obedezcamos su palabra. Si decimos que amamos a Dios, entonces debemos demostrárselo obedeciendo su palabra, es decir lo que la Biblia dice.

Una de las primeras cosas que hay que hacer para obedecer la Palabra de Dios es creer en ella. Los confirmandos hoy quieren demostrar también su fe ante Dios y ante la congregación en tanto quieren formar parte activa de una congregación. Eso se llama fe. Es demostrar que yo creo en Dios y quiero creer en Dios. ¿Por qué digo creo en Dios y también digo ‘quiero’ creer en Dios?
La fe es un don de Dios, es decir un regalo. Si podemos creer, ya tenemos que dar gracias a Dios porque eso sucede por medio del Espíritu Santo de Dios. Para la mayoría de nosotros que hoy estamos en la iglesia, aparentemente no es un problema decir yo creo en Dios, aunque nuestra fe no sea quizás tan grande. ¿Pero saben ustedes cuántas personas hay allá afuera que no creen? ¿Saben ustedes cuántas personas hay que no tienen el más mínimo deseo de creer en Dios? Y quizás muchas de ellas mueran sin haber creído en Dios. Por ello nosotros tenemos que estar agradecidos. Tenemos que estar agradecidos que hemos sido educados en familias cristianas que, mal o bien nos han acercado a la iglesia y nos han puesto ante nuestros ojos la posibilidad de creer en Jesucristo. En el caso de los que han sido confirmados, e incluso los bautizados, a partir de allí que nuestra fe crezca o decrezca es pura responsabilidad nuestra.

La fe es como una semilla o plantita. Debemos cuidar esa plantita de la fe que ha sido plantada para que pueda crecer y madurar en la medida que Dios quiere.

Cuando plantamos un árbol, al principio es semilla y luego se transforma en una pequeña planta que requiere muchos cuidados para que con el tiempo pueda crecer y transformarse en árbol. Lo mismo pasa con los bautizados. Debemos cuidar de esa plantita. En la vida de la fe quizás en los de menor edad, tenemos los padres, padrinos, familia cristiana que pueden ayudarnos, pero luego cada uno de nosotros tenemos que asumir la responsabilidad de cuidar de esa planta de la fe.

Tenemos que cuidar con temor y temblor de la plantita de la fe. Porque si no la cuidamos, por más que hayamos sido bautizados y confirmados esa planta puede secarse y morir. Y eso significa en nuestra vida de fe que, la fe se extingue y la persona se aleja de Dios con las trágicas consecuencias que eso significa para nuestra existencia más allá de nuestra vida.

¿Se puede tener fe y dudar acerca de la existencia de Dios? Sí, claro, todos los que tenemos fe en algún momento dudamos. Especialmente cuando estamos mal y pedimos y sentimos que Dios no nos responde. Y no sólo los cristianos dudan de la existencia de Dios. También los que no creen en Dios dudan acerca de la no existencia de Dios en algún momento de su vida. Aún los ateos en algún momento, dudan de su “convicción” y afirman, ¿no será que, quizás Dios sí exista?

Una vez me encontré con una persona que, quizás en tono de broma, pero no tan broma me dijo: ¿Cómo puede usted creer en Dios a quien no ve? ¿Cómo puede creer en algo que no ve? Hoy me levanté y no vi a Dios. Voy por la calle y no veo a Dios. Estuve en el estacionamiento y no vi a Dios. Demuéstreme que Dios existe. —Entonces le dije: -Usted no puede no creer en todo lo que no ve. Hay cosas que creemos que tampoco no se ven. —Y le pregunté: -¿usted cree en el amor? —Sí, claro que creo. ¿Pero cómo puede creer en el amor si no lo ve? -Bueno, venga a mi casa y le voy a mostrar a mi esposa y verá el amor que nos tenemos. -Sí, pero yo no veo el amor, cómo puede creer en algo que no ve? No necesariamente todo lo que no vemos no hay que creer. ¿Dónde vemos la esperanza? Sin embargo tenemos la esperanza y no queremos perderla. Lo mismo pasa con Dios. Hay otras dimensiones que van más allá del entendimiento del ser humano que, incluso superan al ser humano. Una de ellas es la dimensión espiritual. Que no se ve, pero se puede creer.

Es por eso que, debemos alimentar nuestra fe con los alimentos correspondientes a la fe, llámese los alimentos espirituales. Por medio de la oración, con nuestra comunicación diaria con Dios, por medio de la lectura diaria de la Biblia y por lo menos semanalmente con la participación en comunidad de una iglesia donde recibimos por medio de la Palabra y la Santa Cena el alimento que proviene del Espíritu Santo de Dios. Eso significa cuidar de esa plantita, eso significa cuidar de nuestra fe para que crezca y crezca, y se transforme en el inmenso árbol de la fe que Dios quiere para nosotros. Si nuestra vida no muestra frutos o bendiciones de Dios es posiblemente porque no hemos cuidado esa planta o no la estamos dejando crecer, no la estamos cuidando y alimentando con ese alimento espiritual. Aún si tenemos mucha edad podemos comenzar a alimentar esa planta como Dios manda nunca es tarde para que nuestra fe se transforme en un árbol inmenso. Y con más razón, cuando los jóvenes como es hoy el caso de los confirmandos, toman este consejo y lo atesoran en su vida de la manera que lo dice la palabra de Dios: “—El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él”. Ese es el mejor consejo que podemos dar a un confirmando. ¿Quieres ver frutos en tu vida? ¿Quieres ver la patente bendición de Dios? Comienza a alimentar esa plantita de tu fe, obedeciendo a Dios.

Una vez había un incrédulo, muy inteligente por cierto que, quería tener todas las explicaciones acerca de la posible existencia de Dios. Y le hacía preguntas a un pastor: ¿Dónde está Dios, ante la miseria, ante el hambre del mundo, ante los niños masacrados mutilados y utilizados para la prostitución o el trabajo infantil? ¿Por qué existe el sufrimiento, por qué existen las enfermedades, las guerras? Me puede explicar dónde está Dios delante de todo esto. Y así seguía haciendo una pregunta detrás de la otra. Este pastor, le dijo, -Bueno déjeme explicarle. El hombre le dijo: -No, usted no puede explicar nada, porque no tiene las respuestas, porque Dios no existe, Dios es un invento a Dios nadie lo ve. -Yo le puedo explicar, pero primero le quiero hacer una pregunta. -No, no quiero ninguna pregunta, responda a mi pregunta. -Pero déjeme hacerle sólo una pregunta, ¿me permite? -Bueno, está bien, sólo una pregunta. -¿Si yo le respondo con claridad y para su conformidad a sus demandas sobre la existencia de Dios ahora mismo, y usted quedaría satisfecho con las respuestas, usted consideraría creer en Dios y hacerse cristiano? ¿Y qué le contestó el hombre? -¡No, para nada!
¡Bueno, —respondió el pastor—, vamos mejor a tomar un café, y no perdamos nuestro tiempo!

Entonces mi conclusión es que, hay personas en esta vida a las que podemos llamar ‘incrédulos voluntarios’. ¡Es decir no quieren creer, y hacen todo lo posible para no creer! Y nosotros cristianos muchas veces dudamos de nuestra fe. Nosotros no obstante, deberíamos llamarnos ‘creyentes voluntarios’. Nos pasa que tenemos dudas acerca de la existencia de Dios y esto puede ser normal y hasta es ser honestos el admitirlo. Pero no obstante, seguimos adelante, persistimos en nuestra fe, no obstante, seguimos alimentando nuestra fe, a través de la oración, de la lectura de la Biblia, de la pertenencia semanal a una comunidad de fe. Porque estamos decididos a creer en Dios. Y ese es el tipo de fe de aquellos que aman a Dios, no obstante nuestras dudas y nuestra limitación humana queremos dar más crédito a Dios que a todos los que nos quieren convencer que Dios no existe. ¡Y esa es la fe que al final triunfa! Esa es la fe que a pesar de los problemas que nos bajan el estado de ánimo que, nos ponen tristes, desganados, deprimidos o negativos o fracasados, nos dice: ¡No!, tengo que cambiar la cara, tengo que caminar mi estado de ánimo para poder creer, para poder confiar y afirmar como dice el salmo para el día de hoy: “Éste es el día en que el Señor actuó; regocijémonos y alegrémonos en él”. Y estar regocijados, felices y alegres es parte de la misma experiencia de la fe. ¡Queremos decidir estar bien y cambiar nuestros sentimientos para poder cambiar nuestra manera de pensar que nos impulsa a creer! Pues quien está mal anímicamente no puede pensar bien y quien no puede pensar bien no puede creer. Quien no puede creer no puede amar a Dios, porque no cree que Él exista. “Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve”… En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan” (Hebr 11:1.6)

La fe además de ser una bendición de Dios, implica una gran responsabilidad. Implica que debemos mantener esa fe, pues de lo contrario esa fe se marchita, se extingue y desaparece. Y las consecuencias de la pérdida de la fe, no es sólo el alejamiento de Dios sino también el alejamiento de todas aquellas cosas buenas que ansiamos en la vida, salud, prosperidad, amor, esperanza, en una palabra la bendición de Dios y el peligro de que esa fe pueda llegar a extinguirse totalmente con la pérdida de la salvación ofrecida por Dios más allá de esta vida.

‘Sin fe es imposible agradar a Dios’, lo reformularía de modo positivo: Sólo con fe se puede agradar a Dios. De la única manera en que podemos poner contento a Dios, de la única manera en que podemos amar a Dios es por medio de nuestra fe en él. Fe que se impone y va más allá de toda circunstancia externa. Fe que confía, fe que lucha, fe que supera, fe que afirma Dios existe y se revela ahora y aquí en mi vida por medio de su palabra, la Biblia.

Es nuestra oración que, Dios pueda habitar en esta iglesia, por medio de su Santo Espíritu. También que Dios pueda habitar en la vida de los confirmandos de aquí en más y en la familia de los confirmandos. Pero la única condición para ello es amar a Dios, obedeciendo su palabra y teniendo fe; es decir manteniendo esa fe por medio de nuestra comunión fiel y tenaz con el mismo Dios. Que Dios pueda llenar nuestras vidas y su presencia esté en esta casa de oración. Amén.

La única condición para recibir el Espíritu Santo

La comunidad que espera

“La comunidad que espera”

Domingo  Exaudi:

»Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él testificará acerca de mí.  Y también ustedes darán testimonio porque han estado conmigo desde el principio.—
16:1-4
»Todo esto les he dicho para que no flaquee su fe. Los expulsarán de las sinagogas; y hasta viene el día en que cualquiera que los mate pensará que le está prestando un servicio a Dios. Actuarán de este modo porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí. Y les digo esto para que cuando llegue ese día se acuerden de que ya se lo había advertido. Sin embargo, no les dije esto al principio porque yo estaba con ustedes.

 

Juan 15:26-16:4

Hablando con un gran público el renombrado evangelista D. L Moody sostuvo un vaso de vidrio y dijo: ¿Cómo podría hacer para sacar el aire de este vaso? Un hombre dijo: ¡Extraiga el aire con una bomba! Y Moody le respondió: ¡Esto generaría un vacío en su interior que rompería el vaso!
Después de varias propuestas, Moody sonrió y tomó una jarra con agua y llenó el vaso con ésta. “Ven”, dijo, el aire no está más. Prosiguió: para tener victorias en la vida cristiana no necesitamos sacar uno u otro pecado aquí y allá, sino necesitamos ser llenos del Espíritu Santo.

En este tiempo en el cual nuevamente en el año de la iglesia nos aproximamos a Pentecostés, la palabra de Dios nos recuerda que, después de su muerte y resurrección Jesucristo prometió que enviaría su Santo Espíritu, esto es, su viva presencia a cada uno de los que de allí en más confesaran su fe en Él.
El Espíritu de Dios es la fuerza que Dios mismo otorga a la iglesia, es decir a cada uno de los cristianos para que puedan mostrar a Dios y dar testimonio de Él al mundo.
¿Qué es dar testimonio de Dios? Es mostrar que ya no vivimos más según los parámetros del mundo. Es decir, mostrar que por sobre todas las cosas nos regimos por una manera de pensar y actuar que no coincide con cualquier otra filosofía que contradiga las enseñanzas de la Palabra de Dios, la Biblia. Para nosotros, como bien lo afirmó Lutero, la autoridad máxima es la Biblia, la palabra de Dios. Muchos dicen que la Biblia fue escrita por seres humanos por tanto, está sujeta a errores e inexactitudes y que el hombre con su técnica, ciencia y evolución de pensamiento, puede y ha ido superando la misma Biblia. ¿Pero cuáles son los límites de la interpretación de la Biblia? Si creemos que la palabra de Dios que, conservamos desde hace 2000 años inalterable podremos cambiarla en virtud del mero progreso hecho en los últimos siglos, entonces es muy probable que en unos cuantos siglos más desechemos la totalidad de la Biblia, pues siempre habrá otros aspectos de la misma que para los no cristianos será molesto y generará rechazo.
¿Es que acaso la Biblia es un libro más, pues ha sido escrita por los hombres?
Hay una gran diferencia entre la Biblia, —si bien esta ha sido plasmada en lo que hoy llamamos “libro”— y cualquier otra producción literaria o publicación de la humanidad. La diferencia principal radica en que los escritores de la Biblia, si bien seres humanos falibles, estaban ‘llenos’ del Espíritu Santo de Dios: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia” (2 Tim 3:16). Los que escribieron la Biblia fueron personas inspiradas por el Espíritu Santo de Dios. Y esto claro está, sólo es entendible para los mismos cristianos.
Cuando en el día de Pentecostés los cristianos estaban reunidos y el Espíritu Santo descendió sobre ellos, los que observaban la escena, declararon ‘esta gente está borracha’ (Hch 2:13) Claro, querían encontrar una explicación “humana”, hoy dirían ‘lógica’ o ‘científica’, para poder aceptarlo. Sólo aquellos que han confesado a Cristo y le han aceptado en su corazón son dignos de recibir el Espíritu Santo. Y este Espíritu nos habilita para comenzar a comprender las cosas de Dios que, muy a menudo son incomprensibles para la forma de percibir del ser humano sin Dios.
Es por eso que, aún hoy en día cuando nos dejamos llevar por la opinión y filosofía generalizada del mundo sin dar crédito al Espíritu Santo de Dios, caemos en un humanismo materialista que sólo tiene ojos para percibir hasta donde alcanza la vista humana. Entonces llegamos a cuestionar por ejemplo la Biblia y a no aceptar que se trata de algo más que un libro humano: “Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza; en cambio, los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu: (Rom 8:5) Los que no viven conforme al Espíritu, no pueden aceptar ni están “capacitados” para poder discernir las cosas del Espíritu.
Los mismos maestros de la ley contemporáneos de Jesús que estaban atestados de conocimiento y ciencia humanas, no podía comprender las enseñanzas de Cristo. En primer lugar porque cerraban su corazón a él. No aceptaban que el mensaje de Dios pudiera ser más trascendente que toda la sabiduría humana. Y así lo expresaba Jesús hablando de ellos cuando no le creían y lo rechazaban: «A ustedes se les ha concedido que conozcan los secretos del reino de Dios —les contestó—; pero a los demás se les habla por medio de parábolas para que »“aunque miren, no vean; aunque oigan, no entiendan”. (Lc 8:10)

En todo momento, Jesús acentuó que de la única manera en la cual se podía acceder a la fe, era cuando nos humillábamos ante Cristo, cuando nos poníamos dóciles a aceptar, cuando  humillábamos nuestro propio ego, o el ego que nos han transmitido para suplantarlo por el de Cristo. Es por eso que también dijo : “Les aseguro que a menos que ustedes cambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el reino de los cielos. Por tanto, el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos” (Mt 18:3-4)

Para recibir el Espíritu de Dios, tenemos que aceptar creer en él y aceptar la autoridad del mismo que se manifiesta en primer lugar en la palabra de Dios, la Biblia. Es imposible decir que somos cristianos, sin respetar la autoridad de la Biblia, pues nuestra fe se origina en la misma Biblia, por lo tanto si no creemos en la Biblia, nuestra fe sería una paradoja.
El Espíritu Santo de Dios sólo puede manifestarse en nuestras vidas si le somos obedientes (Hch 5:32). La obediencia al Espíritu Santo de Dios sucede en cuanto obedecemos la palabra de Dios, la Biblia, que es sagrada pues ha sido inspirada por el mismo Espíritu de Dios.

Esta promesa de Jesucristo, narrada en la lectura del Evangelio para este domingo Exaudi, fue dada a los primeros discípulos. Los discípulos de Jesús no eran aquellos que dominaban las escrituras y eran grandes teólogos y críticos de las escrituras, sino en primer lugar eran los que obedecían la palabra. Todos ellos fueron ungidos por el Espíritu Santo de Dios. Y esa promesa se extiende para toda la iglesia de Cristo y nosotros estamos incluidos pues hemos aceptado a Cristo como Hijo de Dios y nuestro Señor y queremos confesar nuestra fe por medio de nuestra obediencia a él.
Esa promesa se extiende a cada uno de nosotros hoy. ¡Y no sólo sucede una vez al año durante el tiempo de Pentecostés! En todo momento el Espíritu Santo está disponible. Sin el Espíritu Santo no podemos dar testimonio como iglesia de la forma que Cristo lo anhela. Sin el Espíritu Santo de Dios la iglesia no tiene el poder que necesita para predicar con eficacia y poder la palabra de Dios. Sin el Espíritu Santo de Dios es muy difícil y hasta imposible que las iglesias crezcan. Sin el Espíritu Santo de Dios, las iglesias decrecen y no pueden disfrutar de los dones y talentos que los creyentes necesitan para proclamar la vida en abundancia que Jesús promete desde la iglesia hacia todo el mundo. Sin la plenitud del Espíritu Santo no podemos ser testigos eficaces de Cristo.
Podemos hacer nuestras las palabras de Cristo, hoy y ahora: “…el Consolador, que yo les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él testificará acerca de mí. Y también ustedes darán testimonio…”
Anhelemos ser llenos del Espíritu Santo como nos dice el apóstol Pablo: “Sean llenos del Espíritu. Anímense unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales. Canten y alaben al Señor con el corazón, dando siempre gracias a Dios el Padre por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5:18.19).
Confesemos nuestros pecados a Dios, tratemos de ser obedientes a la palabra de Dios. Tratemos de congregarnos más seguido, tratemos de agradar a Dios con nuestra presencia en la iglesia, con nuestra alabanza, con nuestra lectura de la Biblia. Mostrémosle que queremos serle obedientes al poner la iglesia en el primer lugar. Hagamos caso de la palabra de Dios y confiemos en ella como viva, verdadera y aún vigente palabra de Dios. Y Dios así nos conferirá todas aquellas cosas que también estamos anhelando en lo personal, en lo familiar y en nuestra comunidad cristiana. Y concretamente pidamos: ‘Señor queremos ser llenos del Espíritu, bendícenos con la plenitud de tu presencia de modo que podamos dar el testimonio que tú tienes designado para nosotros’. Amén.

Las madres: conservadoras de la Fe

Domingo Rogate—Día de la madre

madre orando

“En aquel día ya no me preguntarán nada. Ciertamente les aseguro que mi Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre.  Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.

»Les he dicho todo esto por medio de comparaciones, pero viene la hora en que ya no les hablaré así, sino que les hablaré claramente acerca de mi Padre.  En aquel día pedirán en mi nombre. Y no digo que voy a rogar por ustedes al Padre,  ya que el Padre mismo los ama porque me han amado y han creído que yo he venido de parte de Dios.  Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo de nuevo el mundo y vuelvo al Padre.

Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo”.

Juan 16:23b-28.33

 

En el día de hoy quiero predicar sobre dos temas, pero que están relacionados el uno con el otro como veremos. Quiero referirme a un tema importante para la vida de la iglesia que, es el tema de la oración, pero también quiero honrar a las madres de este continente donde en el día de hoy se celebra el día de la madre y referirme a ellas más que nada en este tema de la vida cristiana tan significativo como lo es la oración.

La madre por naturaleza no es sólo la que lleva en su vientre a los hijos y los transporta a la vida, sino que también es la persona que los alimenta corporalmente; así lo dispuso Dios. Pero Dios también puso en la naturaleza de la mujer madre, independientemente de si esa madre ha sido madre biológica o no, la predisposición natural a cuidar. Desde la ciencia, se ha comprobado que las mujeres promedio que se encuentran sanas, en el sentido físico y metal —y nosotros podríamos agregar también espiritual— poseen un innato sentido de la sobrevivencia. Por qué es esto, bueno quizás tenga que ver pues genéticamente han sido las portadoras y conservadoras de la vida desde los orígenes del ser humano. Un detalle curioso: ¿Ustedes saben por qué, por ejemplo, las mujeres engordan más fácil que los hombres y les cuesta mucho más perder peso que a los hombres? Porque tienen un programa genético para conservar grasa que el hombre no tiene. Esa grasa, hace miles de años en épocas de hambrunas y de escasez de comida las mantenía vivas y mantenían la vida que llevaban dentro. Y así podríamos hablar sobre muchas cosas más que tienen que ver con la genética de las mujeres. Pero más que nada en el día de hoy queremos referirnos a la capacidad que Dios le dio a la mujer para preservar otra parte de su ser que es la espiritual.
Las mujeres son la conservadoras de la vida, así también atesoran su casa, sus costumbres, su herencia, su educación, su idioma. Por algo es que hablamos de lengua madre y no de lengua ‘padre’. La mujer es la que educa, la que enseña los primeros conocimientos. La mujer es la que educará para que sus hijos puedan sobrevivir, y si la mujer no está bien no les dará una buena educación. Y eso es triste. Pues tienen la capacidad de influir para bien o también para muy mal. Las mujeres han sido educadas por otras mujeres y han aprendido de sus madres y lo continuarán haciendo. Y todo eso lógicamente se traslada a la vida espiritual, a la vida de la fe. Es la mujer la que tiene la principal influencia en la educación espiritual. Cuando una madre es una cristiana convertida, es decir una madre creyente, cuando una madre cree en Dios por fe verdadera y no tan sólo por religión —léase por un mera herencia religiosa o costumbre—, entonces esa madre será de enorme influencia en la futura vida espiritual de los hijos.

Por eso en el día de hoy queremos honrar a las madres con esta predicación. Queremos poner al tanto a los hombres, especialmente a los hombres jóvenes, a la hora de buscar una mujer para su vida. En la Biblia dice: “Mujer ejemplar, ¿dónde se hallará? ¡Es más valiosa que las piedras preciosas!” Proverbios 31:10ss.
La mujer no pierde sus cualidades ni su sentido de supervivencia por no ser cristiana, pero en su educación a los suyos no va a acentuar para nada sobre el acercamiento a Dios.

¿Quién enseña a orar, quién enseña a juntar las manos y dirigirse a Dios en oración?, muy a menudo lo hace la mujer. Eso no quiere decir que el esposo no lo pueda hacer. A veces pasa que el hombre tiene que asumir esa tarea cuando la mujer no es cristiana. Pero el hombre por su naturaleza, por su trabajo, no tendrá la disposición y el tiempo que tiene la mujer para estar al lado de sus hijos. “Mujer ejemplar, ¿dónde se hallará? ¡Es más valiosa que las piedras preciosas!”

Y este versículo vale especialmente para nuestra vida cristiana. Si la familia es la base de la sociedad, la mujer es la formadora de la familia. Este mensaje también quiere honrar a las mujeres en tanto quiere agradecer y valorar el trabajo que las madres cristianas hicieron y siguen haciendo con sus hijos y aún con sus nietos. Pues muchas veces la tarea de las madres debe, o puede prolongarse hasta en los nietos si las madres no pueden o no quieren cumplir esa tarea. Y también esta predicación quiere exhortar a las madres a encontrar el verdadero camino a Cristo, para que ellas puedan ser las madres que Jesús quiere.

¿Cómo es eso que es sólo la madre la que puede enseñar a orar? No, no es ella sola. El padre lo puede hacer también, pero como dijimos la madre pasa el mayor tiempo con los hijos y tiene una gran influencia sobre la persona. La madre aún en hijos maduros tiene una gran influencia y las madres deben aún utilizarla para la misión y la obra de Dios y para obedecer al Señor.

Un estudio acerca de las guerras modernas mostró que aún hombres maduros y bien viriles en sus momentos de más agonía en una batalla, en sus momentos de mayor terror, gritaban“¡Mamá!”, con un grito desgarrador, así contaban otros soldados.
Madres y aún abuelas, sean o no biológicas tienen una importante tarea solicitada por nuestro Señor, la de educar en la fe. Pero no en la religión, o en las costumbres religiosas que pueden no estar acorde a lo que Jesús nos pide en su palabra.

Recuerdo que mi madre, en mi tiempo de niñez fue una mujer de fe y convicción. Ella realmente me ayudó a confirmar mi creencia en Dios. Pero ella no era una mujer “religiosa”, en el sentido de ser súper espiritual o melosa en las cuestiones espirituales externas. No andaba por allí con una Biblia en la mano, ni diciéndole a todo el mundo: “Que Dios te bendiga” o “Gloria a Dios”. No, ella era una persona normal, auténtica, con desafíos reales, pero sí tenía una fe real en Dios. Ella tenía una relación real con Jesús en la parte más profunda de su ser. Ante cada obstáculo allí se veía su fe, su verdadera religión. Allí se veía como reaccionaba y cuáles eran sus emociones, y cada decisión que tomaba y cada victoria que Dios le daba. Ella no espiritualizaba todo, ella simplemente vivía todos los días a Cristo. Y eso se mostraba en su participación en la iglesia, en cada culto. Nos llevaba a la iglesia con convicción, así también mi padre. No por un cumplimiento de algo o por un temor de algo. Íbamos a la iglesia no porque pertenecíamos a la iglesia de generación por generación, o porque era parte de nuestra cultura, raza o idioma o porque éramos luteranos. Íbamos a la iglesia cada domingo porque necesitábamos de Dios y queríamos ser obedientes a él y le amábamos y así Dios nos bendecía y nos sigue bendiciendo.

Y eso es lo que las madres de hoy tienen que vivir y enseñar a sus hijos con el ejemplo y con sus palabras. Y eso también les está permitido hacerlo a las abuelas. “A cualquiera que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos”. (Mt 10:32-33)

En muchas iglesias falta oración. Yo me doy cuenta, cuando visito, si en una casa se ora y en que casa no se ora. También me doy cuenta en qué casa se cree en la oración y en que casa la oración, quizás bien intencionada, pero es una oración que carece de la confianza. Me doy cuenta en qué casa se cree en la iglesia como una tradición religiosa y me doy cuenta en qué casa se enseña que el ir a la iglesia es por amor y obediencia a Dios.

Hay muchas personas que aún no han descubierto el gran poder de Dios y eso se nota pues no ha habido aún un encuentro personal con Jesucristo donde se haya decidido entregarse a Cristo de verdad. Cuando nos entregamos a Cristo, toda nuestra vida cristiana tiene un antes y un después. Y así sucede con la oración. La oración no es un rito o una postura, donde repetimos ciertas frases o palabras que se nos han transmitido de generación en generación. La oración es una conversación con Dios. Muchas personas dicen que no pueden orar que, no saben orar, especialmente en voz alta, si tú sabes hablar, entonces ya puedes orar, pues la oración es hablar con Dios. Si tienes dificultad para orar tanto sea en voz baja como en alta quizás hace falta madurez en tu vida de fe.
“Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa” Esta es la promesa de Jesús. Si has pedido, bien has hecho. Si nunca has recibido, entonces hay un problema allí. ¿Son menos las veces que recibes que las que pides?, entonces también puede haber un problema allí. Y no muchas veces este problema se debe sólo a la falta de fe, sino más bien a la falta de entrega a Dios. Es decir a ser obediente a la palabra de Dios, a lo que Dios nos pide que hagamos en la Biblia. Y esto se termina cuando entregamos nuestra vida a Cristo. Y con temor y temblor vamos poniendo en primer lugar a Cristo y a su iglesia en nuestras vidas.

Algunas preguntas para este día de la madre: ¿Cuándo escuchaste a tu madre orar? ¿En qué ocasiones ella hablaba con Dios? ¿Qué te enseñó tu madre sobre la oración y comunicarse con él? ¿Cómo afecta eso hoy el modo que tú te diriges a Dios? ¿Qué te gustaría decirle a Dios y has estado renuente a decirle? ¡Te aliento a que abras tu corazón a Él y escuches su voz!

Hoy Jesús está otorgándonos una de sus más grandes promesas: la de escuchar nuestras oraciones habladas, esas que son parte de una relación viva y obediente con él. Es una oportunidad inigualable si esto no lo has aprendido, quizás de tu madre, en tu vida hoy puede ser la oportunidad de aprenderlo y de aceptarlo. Y a todas las madres y abuelas también Dios les invita a aceptar este ofrecimiento y a seguir trasmitiéndolo a las generaciones que tenemos por delante. “Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo. Amén.

La conexión más efectiva

Domingo JubilateLa vid

»Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador.  Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.  Ustedes ya están limpios, por la palabra que les he hablado.  Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí.  Yo soy la vid y ustedes los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí ustedes nada pueden hacer.  El que no permanece en mí, será desechado como pámpano, y se secará; a éstos se les recoge y se les arroja al fuego, y allí arden.  Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan todo lo que quieran, y se les concederá.  En esto es glorificado mi Padre: en que lleven mucho fruto, y sean así mis discípulos”.

Juan 15:1-8

 

El texto del Evangelio para este domingo nos trae una de las comparaciones más hermosas de Jesús acerca de la comunidad cristiana. El primer versículo que escuchamos: “Yo soy la vid verdadera y mi padre es el labrador”, nos está queriendo decir que Jesús, el Cristo, él mismo se compara con una vid, con el fruto de la uva verdadera. ¿Qué es lo que significa esto, qué es lo verdadero, cuál es la uva verdadera, y cuál es la falsa? Para entender lo que el Señor Jesús nos quiere mostrar con esto debemos ver de dónde procede esta comparación que él hace acerca de sí mismo con una vid.

La vid como fruto típico de la región de Palestina, fue siempre muy apreciada por el pueblo de Israel. La vid fue siempre símbolo del pueblo de Israel. Jesús nos dice que él es la vid verdadera, la vid que no es verdadera es aquella que no da frutos o que sus frutos se pudren. Tengamos en cuenta que la parra, para aquellos que alguna vez la vieron crecer es una planta muy delicada. Si llueve muchos días cuando están por madurar las uvas, quizás se pudran. Si hay mucho sol estas son propensas a secarse, si hay mucha humedad ambiental no crecen con total vigor. La parra debe estar plantada en una zona donde el clima sea propicio para su crecimiento. Esta se da generalmente en zonas de clima seco, como es el caso de la zona de Palestina.

Jesús es la vid que nunca se pudre, apta para cualquier clima y región. En cambio el pueblo de Israel de aquel entonces a quien Jesús le predicaba y se identificaba como una vid, no era la vid verdadera, en su mayoría eran una vid falsa, podrida, echada a perder que debía ser arrojada al fuego.
¿Por qué el pueblo de aquel Israel era una vid falsa?, simplemente porque no daban frutos. No cumplían las verdaderas enseñanzas de la Palabra de Dios, era un pueblo que estaba mal encaminado. Quizás no muy diferente a otros pueblos de la humanidad o también a nuestro pueblo mismo, a nuestro país.

¿Quién puede decir que en nuestro país la gente realmente está cumpliendo con la Palabra de Dios, que hay gente mayoritariamente que se ocupa de hacer lo imposible por llevar a cabo la voluntad de Dios. Hablando en términos generales podemos decir que la mayoría de las noticias que encontramos en los diarios, radio y televisión hoy en día nos muestran un pueblo para el cual la práctica de la Palabra de Dios es una cosa del pasado, es una cosa fuera de moda, la participación en las iglesias es mínima y sólo parece remitirse a sólo por motivos de tradición. ¿Y realmente, qué es o en qué consiste dar frutos? Dar frutos es dicho de manera simple mostrar tal como un racimo, que podemos encontrar y mostrar a Jesucristo en nuestras vidas como si él fuera una vid verdadera.

El nos dice que todos aquellos que no lleven frutos en el serán desechados. ¿Y qué significa llevar frutos en él? Como hemos dicho es testimoniar en nuestras vidas el amor de Cristo, que se da principalmente cuando amamos a nuestro prójimo. Amar a nuestro prójimo es el fruto fundamental de la vid, que es Cristo. Cuanto más amamos a nuestro prójimo más nos parecemos a Jesucristo y más somos una vid verdadera.
¿Qué es eso de que los que no lleven frutos serán desechados? En realidad eso es parte de la misma comparación. No es Dios quien nos desecha, sino que somos nosotros mismos. Nos desechamos de poder vivir una vida de alegría en Jesucristo y por consecuencia con nuestros semejantes, en este hermoso planeta que El nos ha regalado, en este hermoso y rico país en el que vivimos.
Existen tres maneras de ser vides falsas o racimos de uva inútiles que merecen ser desechados (o que nos desechemos): La manera más rotunda es negarnos por completo a escuchar a Jesús; la otra es escucharlo y luego servirlo de la boca para afuera sin mostrar nuestro testimonio real, mediante nuestro comportamiento; y la otra es manteniendo una fe débil que sólo quiere satisfacer lo suyo propio, entonces abandona con el tiempo la fe.

Jesús nos dice que la única manera de poder ser pámpanos, o racimos o ramas de la vid verdadera, es permaneciendo en él teniendo un contacto con él, como la uva al racimo, el racimo a la rama y la rama a toda la vid. Si alguna vez hemos nos hemos preguntado porque nos suceden cosas malas o desagradables, no sigamos pensando, que tal vez sea porque Dios nos castiga, al contrario Dios no castiga, Dios es un Dios de amor, de bondad. ¿No será por ahí, quizás que, nos buscamos a veces las cosas por estar desconectados de la parra? Jesús nos dice en el versículo 4: “Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí”.

Estando en comunión con Cristo podemos encontrar una vida de alegría, pero no de esa alegría efímera, que dura poco, sino una alegría como la vid que es Cristo, verdadera. En otro versículo Jesús nos promete algo relacionado con esto: “Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan todo lo que quieran, y se les concederá”. Esta es una promesa grandiosa y creemos firmemente que Jesús está dispuesto a cumplir. Es muy fácil. ¿Necesitamos una vida de consuelo o de alegría o encontrar metas para la vida?, quizás el camino no comience por pedirle esto primero al Señor, sino en primer lugar tratar de ser racimos que den el fruto verdadero, tratar de vivir a Cristo en nuestras vidas, tratar de sentirlo en su promesa cuando nos dice que él está con nosotros si nosotros decidimos estar con él. Tratar de amarlo a él y para amarlo a él debemos cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos son el amar a nuestro prójimo y a toda su creación, a aquel que se encuentra a nuestro lado y a la tierra donde vivimos. Esto es testimoniar a Cristo en nuestras vidas, esto es llevar buenos frutos.

Estos versículos del Evangelio de Jesucristo para el día de hoy, tercer domingo de Pascua, nos llaman la atención, nos quieren dar la solución, la combinación especial para poder crecer como personas, como comunidad, como sociedad.
La comparación de la parra de uvas, nos muestra que la buena uva es Jesucristo, el labrador es su Padre, nuestro Padre. ¿Cómo hacer para dar buenos frutos y en comunidad? Manteniéndonos conectados día a día con la Palabra de Dios, con la oración, con la práctica del amor de Dios hacia nuestros prójimos y eso es testimoniar.
En la congregación sucede que cuando nos desconectamos de los cultos, del mensaje de Jesucristo, de la comunión con nuestros hermanos, comenzamos a sentirnos autosuficientes, perdemos el contacto con Dios y nos creemos que no necesitamos a un Dios, esta es una clara señal para darnos cuenta de que ahí empezamos a podrirnos espiritualmente, a echarnos a perder, como el racimo de uvas. Procuremos mantenernos en la Palabra de Dios, no sólo al escucharla, sino también por medio de nuestra lectura. Si tenemos dificultades para leer, pidámosle a alguien que nos lea y tratemos de entender, lo que Jesús especialmente en los evangelios, nos quiere decir. No olvidemos tampoco de conectarnos con Dios mediante nuestro diálogo, la oración. La oración al levantarse por la mañana prepara al cristiano con armas fuertísimas para enfrentar el día y para encontrar cuál es el camino que Dios nos señala. La oración a toda hora fortifica esto mismo. La oración al acostarnos por la noche nos prepara a un descanso placentero.

El mensaje para este domingo está referido principalmente a llamar la atención a la comunidad en dos cosas: En primer lugar la manera de afrontar nuestras penas y problemas normales de todo cristiano, radica en la fortaleza que tengamos para hacerles frente y esto depende de la renovación que consigamos de nuestra fuerza espiritual por medio de la conexión diaria con Dios: “…el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí ustedes nada pueden hacer” .Y en segundo lugar es que la única manera de que esa conexión que se consigue por medio de la oración y la alabanza, sea fructífera, se logrará si nos mantenemos unidos a nuestro prójimo a nuestra comunidad, aplicando el amor al prójimo, que en resumen es el amor a Dios. Esto es lo que se llama ser buenos pámpanos o racimos y estar unidos a la vid verdadera, que es Jesucristo. Amen