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Domingo Exaudi: ‚La congregación que espera‘ 

Domingo Exaudi

 

“Pero cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre y a quien yo les enviaré de parte del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo desde el principio. »Les he dicho estas cosas, para que no tengan tropiezos. Ustedes serán expulsados de las sinagogas, y llegará el momento en que cualquiera que los mate, pensará que rinde un servicio a Dios. Y esto lo harán porque no conocen al Padre ni a mí. Pero les he dicho estas cosas para que, cuando llegue ese momento, se acuerden de que ya se lo había dicho. No les dije esto al principio, porque yo estaba con ustedes”.

Juan 15:26-16:4

 

Salmo 27:1.7-14

A.T.: Jer 31:31-34

Ef 3:14-21

 

 

Hay situaciones que, pueden hacernos tambalear o tropezar en nuestra fe. Por ejemplo éstas: Te encuentras frente a gente no cristiana, donde pasa que, eres el único cristiano allí. La charla se traslada a cuestiones de la fe y te das cuenta que, simplemente no te están entendiendo. Te gustaría poder dar testimonio de tu fe, pero no encuentras las palabras adecuadas. Quizás por eso, y sonriendo sutilmente te hacen sentir inferior. Quizás hasta hagan un par de observaciones chistosas sobre Dios y sobre la fe. Quizás, hasta te hagan sentir culpable por los pecados de la iglesia cristiana en el transcurso de los últimos 2000 años. Como sea: hubieras deseado tener a tu lado un amigo inteligente y solícito. Uno que te ayudara y respondiese por ti, cuando te quedaste mudo.

 

Otra situación, donde la fe pueda llegar a tambalearse: estás leyendo una parte de la Biblia o escuchando una predicación y estás totalmente confundido acerca de lo que lees o escuchas. Porque no coincide para nada con lo que tú creías o entendías. Toda la doctrina cristiana, de repente te parece confusa; ya no entiendes más a Dios ni tampoco al mundo. Y desearías, tener en ese momento un amigo a tu lado. Uno que pueda entender tus inquietudes y se pueda compadecer de tu confusión. Y que a la vez sea tan competente con la Biblia como también en teología y te pueda esclarecer todas tus dudas. Un amigo que, de testimonio verdadero de la verdad cristiana, de forma que te pueda devolver la fe.

 

Y una tercera situación, donde la fe también puede tambalear: Has tenido que pasar por un gran sufrimiento, por ejemplo una enfermedad grave, un accidente o la muerte de un ser querido. Estás profundamente sacudido y confundido. Sabes que como cristiano, deberías apoyarte en tu fe y encontrar en ella el consuelo y el sostén, pero no puedes. En lugar de eso, el amor de Dios te parece que está muy lejos de ti que, es inexistente. En ese momento, te gustaría tener un amigo que, te ayude y esté a tu lado. Uno que, pueda sentir cómo en verdad te sientes. Alguien que te abrace y te consuele. Alguien que, ore contigo y por ti.

 

O incluso una cuarta situación, cuando como iglesia, nos encontramos desorientados y dubitativos acerca de lo que tenemos que hacer y emprender para el crecimiento y futuro de nuestra iglesia, y no encontramos las respuestas, o no podemos imaginar las soluciones y necesitaríamos a alguien con todas las respuestas.

 

Estimados hermanos y hermanas en Cristo, este amigo solícito existe. Se llama “Consolador”, se llama “Espíritu Santo”. Jesús le prometió a sus discípulos que, ese amigo servicial vendría a ellos en el tiempo oportuno. Poco antes de su muerte, Jesús le enseñó a sus discípulos: “Pero cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre y a quien yo les enviaré de parte del Padre, él dará testimonio acerca de mí… Les he dicho estas cosas, para que no tengan tropiezos”. Y Jesús les profetizó claramente a sus apóstoles sobre lo que les sobrevendría: “Ustedes serán expulsados de las sinagogas, y llegará el momento en que cualquiera que los mate, pensará que rinde un servicio a Dios”. Con estas palabras, Jesús preparó a sus discípulos para el tiempo luego de Pentecostés. Un tiempo que, se caracterizó por el gran ataque y persecución al Evangelio de Jesucristo, de parte de la dirigencia de los judíos. Un tiempo en que, se originaría una cruel persecución y matanza a los cristianos por medio de los romanos. Un tiempo que, se caracterizaría por una gran cantidad de falsas doctrinas y falsos profetas dentro del seno mismo de la iglesia cristiana que, traería mucha confusión. Un tiempo, donde Jesús no estaría más de forma visible. Pero les había prometido que, no los dejaría solos en esos momentos. Permanecería junto a ellos como un amigo solícito, por medio del Espíritu Santo que, enviaría en su representación. El “Consolador”, así le llama al Espíritu Santo, en griego ‘parákletos’; literalmente traducido: ‘el convocado’. Cuando en aquellos tiempos, en una guerra, un soldado llamaba por ayuda a un camarada en caso de peligro, se le decía ‘paracleto’, o podemos decir ‘consolador’. O cuando un ciudadano era conducido a un juicio deshonesto, entonces buscaba un buen abogado que, representara de la mejor manera sus intereses. De la misma forma es un consolador el ‘paracleto’ de Dios, el Espíritu Santo. Jesús le prometió a todos sus discípulos: un amigo solícito así, un camarada que salve la vida, un hábil abogado, un consolador de Dios, un paracleto, el Espíritu Santo.

Que testimoniará la verdad del Evangelio, el amor de Dios en Jesucristo que, permanece por siempre y conduce a la vida eterna. Y él también nos quiere capacitar, para que nosotros también podamos dar testimonio de la verdad.

 

Si te tienes que encontrar entonces, con gente decididamente no cristiana y tu fe parece tambalearse y si ellos te quieren hacer sentir inferior o ridiculizarte y te quieren mostrar todos los errores históricos de la iglesia cristiana en los últimos 2000 años, no tengas miedo. Hay uno que sí, es el amigo servicial y que está cerca de ti. Ora en silencio: “¡Ven, Espíritu Santo!”, y él te ayudará, te consolará y pondrá las palabras correctas en tu boca, de modo que puedas dar testimonio de tu fe. Y no tendrán que ser palabras de oratoria, ni elegantes, ni siquiera inteligentes. Serán las palabras que reflejarán algo del amor de Dios en su Hijo Jesucristo.

 

Y si alguna vez estás leyendo algo de la Biblia o estás escuchando una predicación y te sientes confundido; cuando no puedas entender ya más a Dios o al mundo, no tengas miedo. Hay uno que, sí es el amigo que viene en tu ayuda que está cerca de ti. Ora en silencio: “¡Ven Espíritu Santo!” y el vendrá a ayudarte. El, el Espíritu de la verdad, te conducirá hacia toda verdad. El da testimonio de Jesús quien es la verdad, y el camino y la vida. El condujo a los profetas y a los apóstoles para que anunciaran la palabra de Dios puesta por escrito en lo que llamamos la Biblia, sin errores ni tergiversaciones. El abrirá también tu entendimiento, para que por medio del testimonio de los profetas y de los apóstoles puedas reconocer la voluntad de Dios para tu vida y más que nada sus maravillosas promesas por medio de Jesucristo.

 

Y si alguna vez, te encuentras sufriendo gran dolor e interiormente estés quebrado y confuso y cuando te parezca que el amor de Dios no se encuentra para nada a tu lado, o sea inalcanzable, quizás, no tengas miedo. Hay uno que, llamamos el amigo que viene en tu ayuda y que sí está a tu lado. Ora en silencio: “¡Ven Espíritu Santo!”. Puedes estar seguro que, él sí siente cómo estás. Es como que él podrá abrazarte y consolarte, el paracleto, el consolador. Y aunque estés muy triste para poder orar o cuando simplemente te falten las palabras, deberás saber que, el Espíritu Santo es quien intercede ante Dios por ti con gemidos indecibles (Ro 8:26).

 

Cuando nos encontremos como iglesia, ante situaciones difíciles y problemas, y no sepamos bien cómo seguir y qué acciones emprender en la misma conforme a la misión que Jesús nos pide. No nos desanimemos. Pidamos todos juntos como iglesia: “¡Ven espíritu Santo!”, y él nos va a responder y guiar. Nos va a conducir por el mejor camino y nos va a bendecir. Y es por eso que, no sólo en los cultos dominicales, sino también a diario queremos orar por la iglesia, y decir: “¡Ven Espíritu Santo y transforma a tu iglesia según tu voluntad!”

Es verdaderamente así, Jesús lo prometió y puedes confiar tranquilamente en él. Amén

 

El buen comportamiento que proviene de la oración

 

La congregación que ora

Domingo Rogate

“La congregación que ora”



 

“Dedíquense a la oración, y sean constantes en sus acciones de gracias. Oren también por nosotros, para que el Señor nos abra las puertas y prediquemos la palabra, para que demos a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso. Oren para que pueda proclamarlo como debo hacerlo. Compórtense sabiamente con los no creyentes, y aprovechen bien el tiempo. Procuren que su conversación siempre sea agradable y de buen gusto, para que den a cada uno la respuesta debida“. Colosenses 4:2-6

 

Salmo 95:1-7b

A.T.: Ex 32:7-14

Evangelio: Jn 16:23b-28 (29-32).33

 

En los cursos de confirmación he enseñado muchas veces acerca de la ética cristiana. De más está decir que, los confirmandos no tenían ni idea de qué se trataba esto y ni siquiera qué quería decir la palabra ética. La palabra ética significa: el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana. Y allí lo trasladamos al ámbito cristiano. En palabras simples la ética es la doctrina del comportamiento. Y con comportamiento se piensa en todo lo que, el ser humano hace o dice o también deja de hacer. Durante toda la existencia de una persona, ésta, tiene una manera de comportarse lo quiera o no. De una forma u otra se comportará en la vida. Aunque seamos muy pasivos, aunque estemos sentados quietos en los bancos de la iglesia, aún así nos estamos ‘comportando’ y ese comportamiento tiene un significado claro. O si estamos sentados derechos o chuecos, o si estamos mirando al pastor o miramos al piso, o si mientras predico alguno duerme, esa persona está comportándose y ese comportamiento tiene siempre un significado. Desde el púlpito les aseguro que se tiene una buena perspectiva de esto.

 

Los niños muchas veces no se dan cuenta de su propia conducta. Se ríen, lloran, patalean o bostezan con la boca bien abierta, lo hacen de la forma más natural y como les viene bien. Y esto es correcto. Los padres sólo controlan que, no se pasen de la raya. Hay incluso adultos que, siempre se comportan de forma infantil, y siempre hacen lo que les da la gana y no piensan mucho sobre esto. Aunque para los adultos esto es cuestionable. Si un adulto no toma decisiones con la cabeza o siempre quiere hacer cualquier cosa que se le ocurra y le divierta, esto tendrá para él y para los demás malas consecuencias. Quien por ejemplo, porque tiene ganas nomás, se tome a diario dos o tres litros cerveza, correrá el peligro de convertirse en alcohólico. Y eso tendría consecuencias devastadoras para él y para su familia. Quien no pueda controlar su conducta, será siempre manipulado por otras personas. Se dejará llevar por ejemplo, por las propagandas y pensará que necesita sí o sí aquel celular de moda, o aquel cabello más fuerte, para poder ser feliz. Quien no tome decisiones con la cabeza, en este sentido, correrá el peligro de que no le alcance el dinero para llegar a fin de mes.

 

 

La palabra de Dios nos exhorta: “Compórtense sabiamente”. Corresponde a personas adultas, el reflexionar acerca de lo que hacemos y las consecuencias que estos hechos tengan para nosotros y para los demás. Aprendamos de la experiencia que, nosotros mismos hacemos y permitámonos recibir buenos consejos de los demás, acerca de lo que es correcto. Aprendamos a tener disciplina propia, controlemos nuestro comportamiento. Y para nosotros cristianos lo más importante es: comportémonos según los parámetros de Dios. El parámetro de Dios, es el parámetro del amor, el parámetro de la veracidad, el parámetro de los Diez Mandamientos. Quien haya aprendido a vivir según éstos, ese será sabio o sabia. Por eso: “Compórtense sabiamente”

 

Cuando como cristianos nos comportamos así, esto tiene también una dimensión misionera. La misión no es una cosa sólo para los pastores y misioneros. Misión no es sólo actividades específicas o definidas con el fin de anunciar el Evangelio. La misión es más bien una expresión de la vida de toda la iglesia y claro está de cada cristiano. Cuando los no cristianos saben que uno es un cristiano, lo primero que hacen es fijarse en su comportamiento, no tanto en lo que dicen (o escriban). Y quedarán impactados o decepcionados a partir del comportamiento mismo. La conducta de un cristiano en su cotidianidad es lo que más va a decidir, si las puertas se van a abrir para el Evangelio o no. Es por eso que, la palabra para el día de hoy anuncia con énfasis: “Compórtense sabiamente con los no creyentes”.

 

Y nuestras palabras también tienen un papel importante. Las palabras muchas veces son menospreciadas. Una y otra vez me sorprendo, cuando voy a los supermercados o en la calle y escucho las conversaciones de la gente a mi alrededor. Muchas veces son cosas sin importancia, cosas de todos los días y muy a menudo quejas permanentes o críticas. No se necesita mucho para entender lo que el otro está diciendo. Uno se da cuenta por el tono de voz o lo ve en la expresión del rostro, cuando la persona se encoleriza por algo. Nuestra palabra para el día de hoy, nos exhorta a cambiar nuestra manera de hablar y nuestro comportamiento y a controlarlo: “Procuren que su conversación siempre sea agradable y de buen gusto”. Otra versión más antigua de la Biblia dice: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal”, es decir no insípida, desabrida o zonza. Podríamos decir una expresión más fuerte, no hablar estupideces. Que nuestra conversación, no sea repelente o que la gente quiera evitarnos, más bien que sentirse bien a nuestro lado.

 

Y otra vez lo mismo: Si como cristianos nos comportamos así, esto tendrá también una dimensión misionera. Y no recién cuando comenzamos a hablar exclusivamente sobre: “Jesús” o “Dios”. Allí cuando hablemos sobre el clima, o sobre el dinero o sobre las enfermedades, se mostrará claro está, la profundidad de nuestra fe. Dependiendo de si con nuestra charla llegamos de veras a aquello que, a nuestro interlocutor le está interesando o no, podremos mostrar si le tomamos en serio, le aceptamos y le amamos. Es por eso que, nuestro versículo acentúa: “Procuren que su conversación siempre sea agradable y de buen gusto para que den a cada uno la respuesta debida”.

 

La ética cristiana siempre me ha interesado, ya en los años de mi adolescencia. Para mí siempre fue una cosa importante, poder comportarme como a Dios le agradaba. Muchas veces hice grandes esfuerzos para agradar a Dios y a mi prójimo. Pero con el correr del tiempo me di cuenta que todo esto era una ilusión. Incluso con los esfuerzos puestos para llevar un buen comportamiento, veía que las cosas salían al revés de lo pensado. Cuando quería ayudar a una persona, esta persona no lo tomaba a bien; quería consolar a otra y no conseguía los resultados; quería decir algo amigable y era totalmente malinterpretado.

 

El comportarse sabiamente en este mundo, tarde o temprano comienza a chocar con las paredes del mal comportamiento de los no cristianos. Especialmente cuando reconocemos que, tenemos que aprender a orar como corresponde. Y ahora llegamos al tema de este Domingo Rogate (Orad). El domingo de la congregación que ora. De cinco de estos versículos que hablan sobre la ética que, hoy consideramos, tres hablan de la oración: “Dedíquense a la oración, y sean constantes en sus acciones de gracias”. Quien haya vivido que, aún con gran esfuerzo no pudo conseguir las cosas buenas que esperaba, deberá comenzar a orar. Entregarle a Dios todos los fracasos que, hemos tenido y decir: Señor, ya no sé como más seguir, encárgate tú de esto”. Y puesto que los fracasos en la vida de los cristianos no son pocos y son comunes a todos es por eso que, tienes que esforzarte, pero en la oración especialmente y que, la misma sea la actividad principal de tu día que no deberías soslayar: “Dedíquense a la oración, y sean constantes en sus acciones de gracias”

 

También la oración tiene una dimensión misionera. En el modelo de oración del Señor, el Padrenuestro, hay seis peticiones por el reino de Dios y sólo una por el pan diario. Lo más importante que, podemos y tendríamos que pedir a Dios es por la salvación –para nosotros y para los demás. Es por eso que, el apóstol Pablo que se encontraba prisionero por haber testimoniado a Jesús, incluye en sus oraciones este pedido tan personal: “Oren también por nosotros, para que el Señor nos abra las puertas y prediquemos la palabra, para que demos a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso. Oren para que pueda proclamarlo como debo hacerlo”. ‘Como debo hacerlo’, así dice el grande, sabio y admirablemente tocado por el Espíritu apóstol Pablo. El no sabía a ciencia cierta, cómo debía anunciar el Evangelio; él no sabía cómo debía comportarse en aquella cárcel. El quiere que, Dios le vaya ayudando sobre la marcha, y le pide a sus hermanos y hermanas cristianas que intercedan por él.

 

Jesús le había dicho a sus discípulos: “Sin mí nada podrán hacer” Y puesto que así es, tenemos que orar. Aún el cristiano más sabio fracasará miserablemente en su comportamiento, si Dios no le bendice este mismo. Por eso es que, hay que pedirle a Dios. Y cuando llegamos a reconocer que, Dios puede hacer cosas milagrosas en nuestro comportamiento, vamos a poder agradecerle con afecto. “Velen y oren con acción de gracias” Y así aprenderemos el gran secreto de la fe: En la vida cristiana no se trata tanto de lo que nosotros hacemos, sino de lo que el Señor hace. Aunque si a él le agrada que, algo se haga por medio nuestro, entonces lo alabaremos y glorificaremos. Amén

 

Alabar a Dios en todo tiempo

La congregacion que canta

Domingo Cantate- „La congregación que canta“

 

“Una vez, cuando íbamos al lugar de oración, nos salió al encuentro una joven esclava que tenía un espíritu de adivinación. Con sus poderes ganaba mucho dinero para sus amos. Nos seguía a Pablo y a nosotros, gritando:

 

—Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, y les anuncian a ustedes el camino de salvación.

Así continuó durante muchos días. Por fin Pablo se molestó tanto que se volvió y reprendió al espíritu:

—¡En el nombre de Jesucristo, te ordeno que salgas de ella!

 

Y en aquel mismo momento el espíritu la dejó.

Cuando los amos de la joven se dieron cuenta de que se les había esfumado la esperanza de ganar dinero, echaron mano a Pablo y a Silas y los arrastraron a la plaza, ante las autoridades. Los presentaron ante los magistrados y dijeron:

—Estos hombres son judíos, y están alborotando a nuestra ciudad,  enseñando costumbres que a los romanos se nos prohíbe admitir o practicar.

Entonces la multitud se amotinó contra Pablo y Silas, y los magistrados mandaron que les arrancaran la ropa y los azotaran. Después de darles muchos golpes, los echaron en la cárcel, y ordenaron al carcelero que los custodiara con la mayor seguridad. Al recibir tal orden, éste los metió en el calabozo interior y les sujetó los pies en el cepo.

A eso de la medianoche, Pablo y Silas se pusieron a orar y a cantar himnos a Dios, y los otros presos los escuchaban.

Hch 16:23-25

Salmo 98

A.T.: Is 12:1-6

Evangelio: Mt 11:25-30

 

¿Cómo es que Pablo y Silas pueden cantar en semejante situación? Su misión en Filipos había comenzado con grandes logros. Pero sucedió algo que, muchas veces son las consecuencias de anunciar el evangelio: algunos hambrientos de poder y de dinero veían en la buena noticia liberadora de Jesús una amenaza para sus intereses y perseguían a sus mensajeros

De esta manera Pablo y Silas, fueron conducidos con saña a un juicio público. Les arrancaron las vestimentas y desnudos fueron entregados a las miradas indiscretas. Luego fueron golpeados brutalmente con palos. Y finalmente fueron llevados a la cárcel de la ciudad. Fueron encadenados de los pies. Tuvieron que llegar a sufrir sin sentido alguno e impedidos de llevar a cabo su importante misión. ¿Cómo es que Pablo y Silas pueden cantar en tal situación?

 

 

Se podrían encontrar distintas respuestas. Quizás en el medio de la noche acostumbraban a tener sus oraciones y lo siguieron haciendo aún encerrados en la cárcel. Había cristianos que, tenían esta costumbre así como lo dice el salmo: “A medianoche me levanto a darte gracias por tus rectos juicios” (Sal 119:62) o: “Esta es la oración al Dios de mi vida: que de día el Señor mande su amor, y de noche su canto me acompañe”. Quizás Pablo y Silas no podían dormir por los dolores de las heridas y hacían lo posible para pasar el tiempo con cantos y oración. Aunque éstas son solo suposiciones superficiales. En verdad hay sólo una respuesta: Pablo y Silas podían cantar en esta situación, porque, y a pesar de toda desgracia, ¡seguían teniendo motivos para hacerlo! Los cristianos pueden cantar en todo momento, en los tiempos buenos y en los tiempos malos. Pues ninguna necesidad puede destruir la victoria de Cristo que ocurrió en Pascua y el vínculo que, pudo asegurar en nuestro bautismo: Tú eres mi hijo; yo cuidaré de ti eternamente. Los cristianos seguramente podrán llegar a sufrir, pero no deben desesperar, pues sus almas están a salvo en Cristo Jesús y no sufrirán ningún daño. Quien sufra, siempre podrá cantar; quien desespere no podrá hacerlo.

 

Pablo y Silas no estaban desesperados. Desde la perspectiva de la fe, su situación no era mala. Sabían que aún en la cárcel estaban bajo el cuidado de Dios. Es por eso que, estaban agradecidos por la situación que estaban viviendo. Estaban alegres por tener el privilegio de poder sufrir, dando testimonio de Jesús. De poder cargar la cruz de Jesús como consecuencia de su fidelidad a él. Tenían la posibilidad, de anunciar el evangelio a los trabajados y cansados que, se encontraban dentro de la cárcel; una posibilidad que no hubieran tenido de otro modo. La oración y la alabanza por medio del canto penetran los oídos de los demás presos y también en   sus corazones. Y finalmente, pudieron estar seguros, por la fe que, Dios tenía planeado algo especial para ellos. Más tarde se ve por qué tuvieron que ir a parar a la cárcel: para que el carcelero con toda su familia pudiera llegar a la fe y ser bautizados. ¡Qué bueno es, cómo Dios maneja las cosas, aún cuando todo parece ir de mal en peor!.

 

Es por eso que, podemos alabar a Dios en todo tiempo y nosotros lo hacemos también: en la alegría y en el dolor, en Viernes Santo y en Pascua, para una boda, como para un sepelio. Cantar y orar son dos cosas que tienen que ver con la vida cristiana y es por así decirlo el hálito de la fe. El pueblo de Dios siempre cantó y así seguirá haciéndolo. Cuando el pueblo de Israel marchaba feliz por el Mar Rojo, Moisés y su hermana Miriam entonaron un himno de alabanza. El rey David cantaba a menudo con el arpa y componía salmos maravillosos, salmos de alegría y de júbilo, pero también salmos de profunda necesidad. Cuando nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que fue traicionado, estaba celebrando la Santa Cena con sus discípulos, cantó con ellos luego de la misma. Y aún sabiendo, lo que le deparaba. Durante los primeros siglos después de Cristo había mártires que, por su fe eran arrojados para ser devorados por los leones o eran asesinados de otras formas crueles. Muchos de ellos iban a la muerte cantando himnos de alabanza; se alegraban de que pronto verían a su Señor. Martín Lutero, reconoció al canto como la teología de la más alta prioridad. Cuando estaba triste a menudo tocaba el laúd. Sus himnos son hasta hoy como joyas en nuestros himnarios. ¿Y qué sería de la cristiandad hoy, qué serían nuestras congregaciones sin canto y sin música en la iglesia? Que serían nuestras actividades para niños sin himnos alegres? No, como cristianos debemos cantar, simplemente, en todo momento, en la alegría y en el dolor, esto es algo que pertenece absolutamente a la vida cristiana. También en el cielo se cantará, y por la eternidad. El último libro de la Biblia, el Apocalipsis de Juan, nos da una pequeña descripción acerca de la alabanza de los ángeles y del redentor triunfante. Vemos que: Pablo y Silas no son casos especiales, son aquí ejemplos para la gente de Dios que, no puede hacer otra cosa que cantar. Se mantienen cantando en un coro que, cruza a través del espacio y el tiempo de todos los hijos de Dios, en todos los tiempos y por la eternidad.

 

Cuando llegamos a comprender esto, no nos queda otra cosa más que cantar. Y sería maravilloso, si los cristianos no sólo cantasen en el culto, sino también diariamente – siempre, cuando la ocasión lo permita. Yo quiero animarlos a que no pierdan el canto en sus devocionales hogareños. Los cristianos cantan en todo tiempo, es la respiración del alma. En todo tiempo tenemos motivos para cantar. Es una lástima que, hoy se escucha a menudo: “yo no puedo cantar”. Cuando muchas veces propongo un canto, parece que, para ello no habría tiempo o lugar. ¿Por qué es que la gente canta cada vez menos? Yo no creo que, porque muchos no sean musicales; creo que, porque no están acostumbrados a cantar. Los niños ya apenan si escuchan cantar a sus padres. A muchos, les gusta más vale escuchar cantar, de la radio o de una disquetera. Y cuando uno escucha a los mejores cantantes del mundo se tiene la impresión de que, uno no podría cantar. Otra vez: les animo a aprender de Pablo y Silas y de todas las generaciones de cristianos a aprender a cantar y a alabar a Dios con prodigalidad. Y aunque no seamos estrellas, aunque desafinemos o nuestra voz no sea de lo más claro y no podamos seguir de forma armoniosamente correcta a los demás: ¡No importa! Pero debemos cantar y alabar a Dios en lo posible a diario, pues tenemos todos los motivos para cantar. Tenemos a Cristo, tenemos el perdón de los pecados y la vida eterna.

 

También en la aflicción podemos cantar, así como Pablo y Silas. También nosotros lo podemos hacer. Y si nos resulta difícil, tenemos sólo que superarlo. El canto fortalece la fe. Y no es que tenemos que cantar para darnos más ánimo, así como algunos se ponen a silbar en la oscuridad. No, no es que cantamos para darnos ánimo, sino que cantamos para ser consolados. Pero mientras estamos cantando, el consuelo de Dios penetra cada vez más profundo en nuestros corazones por medio de nuestros cantos. Esto nos abre los ojos, cuando la aflicción quiere turbarnos nuestra vista. Esto nos prepara para nuestra última necesidad. Sí, quien canta mucho, aprende a morir en paz.

Y así como los presos que estaban con Pablo y Silas escucharon cantar, podemos y debemos hacer escuchar nuestro canto a otros. Este testimonio causa mejores efectos que incluso diálogos complicados sobre la fe. Qué importante es el canto durante cumpleaños o festejos familiares, cuando vienen visitas: ¡En esta casa se alaba a Dios con alegría! Y qué bendición que trae para los hijos y no sólo en lo espiritual sino en otros aspectos del desarrollo de los niños, cuando los padres cantan junto con ellos.

¡Estimada congregación, permitámonos alabar a Dios en todo tiempo y cantemos mucho! Tenemos todos los motivos para hacerlo. Amén

 

Una nueva creación

 

La nueva creacion

Domingo Jubilate- 3er. Domingo después de Pascua

 

“Por lo tanto, no nos desanimamos. Y aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando de día en día. Porque estos sufrimientos insignificantes y momentáneos producen en nosotros una gloria cada vez más excelsa y eterna. Por eso, no nos fijamos en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”.

2 Co 4:16-18

 

Salmo: 66:1-9

A.T.: Gn 1:1-4a.26-31; 2:1-4a

Evangelio: Jn 15:1-8

 

En un pueblo no había llovido durante meses. La sequía amenazaba con convertirse en una catástrofe. Los residentes fueron en busca de una solución y, finalmente, se decidió consultar a un sabio de quien se sabía que él podía hacer milagros. Querían preguntarle por la lluvia.

Todo el pueblo se puso en camino y después de un largo viaje por fin llegaron a la casa del hombre sabio.

Los ancianos del pueblo le pidieron lluvia para sus campos y pastos, los animales y las personas sedientas.

Pero el hombre sabio le respondió:

“Lo siento, pero no puede haber un milagro, porque tienen muy poca fe!

“¿Pero cómo puedes decir una cosa así”, respondió el anciano. “Hemos hecho un esfuerzo extra al venir todos aquí para pedir ayuda. ¿No es eso una prueba de nuestra fe? “

“No,” dijo el sabio, “si ustedes realmente creyeran firmemente en un milagro, entonces habrían traído cada uno un paraguas!”

 

Esta graciosa historia nos habla de forma simple acerca de lo que es la fe. Es simple confianza, confianza ciega. Esa es ‘lamentablemente’ la única forma en la que la fe funciona. Y de la misma manera que, funciona la fe o la confianza de la misma manera nuestra creencia en el poder supremo de Dios. Dios es un Dios todopoderoso. Lo llamamos así en muchas de nuestras oraciones en la iglesia. La pregunta es: ¿Verdaderamente, lo creemos, vivimos esas palabras en nuestra vida de todos los días?

El tema para el día de hoy es una nueva creación, o también podríamos decir una nueva criatura. Del mismo evangelio de Juan capítulo 15, se desprende la temática: aquellos que permanezcan en una relación con Cristo, tendrán una nueva existencia, ya sobre la tierra, y la promesa que, esa relación se prolongará de forma eterna también.

Jesucristo nos invita a vivir una nueva vida, una nueva existencia, a transformarnos en nuevas criaturas. Pero para poder transformarnos en nuevas criaturas, deberemos poner algo de nosotros mismos también. Lo que deberemos poner es la voluntad de aceptar su palabra, y de comenzar a confiar en ella, es decir, a vivir una vida pendientes de su palabra de una forma absoluta.

Dios, Padre, Dios Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo no constituyen sólo nombres de una religión. Son poder verdaderamente. Y en esas tres personas de la trinidad confiamos como en la existencia del único ser poderoso, creador y salvador para los seres humanos. Es por eso, como pregunté, si nosotros que, hoy estamos en esta iglesia, convocados por nuestra creencia en ese Dios, verdaderamente confiamos en él. ¿Dejamos lugar para que su poder celestial se manifieste en nuestras vidas de forma que podamos decir: en verdad somos nuevas criaturas?

Si respondemos afirmativamente a esta pregunta, entonces nos deberemos decir en voz alta una de las palabras de nuestro versículo: “No nos fijamos en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”.

 

El sentido de que hoy estés sentado en alguno de estos bancos allí y yo esté parado aquí diciendo estas palabras es, porque queremos ser iglesia. Esto es, estar reunidos en nombre de Dios para alabar su nombre y escuchar su palabra. Su palabra hoy nos dice que: se nos propone una nueva manera de vivir: “No nos desanimamos. Y aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando de día en día” Que aunque tengamos sufrimientos, estos serán insignificantes si los vemos en la perspectiva de lo que vendrá más allá de esta vida. Y lo más importante es que tenemos la capacidad de  ver otras cosas que, los que no aprendieron a confiar en Cristo, no lo pueden todavía hacer. “No nos fijamos en las cosas que se ven, sino en las que no se ven”.

 

Si de veras queremos ser cristianos, entonces debemos comenzar a cambiar nuestro pensamiento, en la manera que lo expresa este versículo. Porque ser cristiano no es la mera pertenencia a una iglesia, como si se tratase de cualquier asociación, sino una manera de vivir la vida. De ser una nueva criatura, distinta a la que éramos y distinta a la de mucha gente de la calle que, aún no ha hallado a Cristo.

Aquí no estamos sentados hoy, sólo para escuchar una prédica, o informarnos sobre las actividades de la iglesia o informarnos más sobre algún libro más de la Biblia. Hoy estamos aquí para nutrirnos con la palabra de Dios, para que el Espíritu Santo de Dios pueda llenarnos con un poder que, sólo se consigue en la iglesia y no fuera de ella. Un poder que no puede ser reemplazado por nada y que, tiene la función de mantener nuestro espíritu vivo y una relación viva, comunicada y renovada con Dios. Ese poder divino no lo podemos ver con nuestros ojos: “Por eso, no nos fijamos en las cosas que se ven, sino en las que no se ven”

 

Creemos que Dios, por nuestra fe, nos regala la salvación. Al iniciar una nueva relación con Cristo, se nos promete la salvación, sin necesidad de méritos u obras de sacrificio. Eso lo entendemos y lo sabemos bien. Pero aún hay muchas personas que, entienden este concepto, pero no lo pueden vivir. No lo pueden vivir en tanto, no puedan mostrar con su vida la alegría que produce esta buena noticia. De esa forma tampoco, pueden experimentar los beneficios de la fe y la confianza diaria en Dios durante toda su vida. El plan de Dios es la salvación de todos los seres humanos, pero también él desea que podamos comenzar a experimentar sus bendiciones ya en esta existencia sobre la tierra. Pero es imposible poder recibir las bendiciones de Dios ahora, si no podemos comenzar a vivir una vida en la alegría y la confianza que produce el sentirnos ya salvos por él.

No sólo es la intención de Dios darnos a futuro la salvación, más allá de la vida. Hay una persona que conozco que siempre dice: “Hay una vida mejor, pero no está en este mundo”. Es una triste declaración de falta de confianza que, lógicamente produce consecuencias tangibles. Dios nos promete un paraíso. Que tendremos parte en su reino. Pero ese reino de los cielos, comienza en el momento mismo que, decidimos creer y confiar en Cristo. Que no podamos disfrutar ya aquí y ahora los anticipos del cielo, eso no depende de Dios, sino de la manera en que nosotros encaramos nuestra vida. ¿A qué le estamos dando más importancia? ¿En qué cosas estamos depositando más nuestra fe, aunque nos decimos que somos cristianos? En las cosas del ser humano, en la cosas que se ven, solamente en la razón, en la lógica, en el materialismo? Bienaventurados somos si podemos confesar en voz alta con nuestra boca: “Por eso, no nos fijamos en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”

 

Hay muchos ‘Tomás’ (Jn 20:25) en nuestros días, aún entre los cristianos lamentablemente. Que ponen más su confianza en las cosas que se ven: por ejemplo: en los logros materiales del ser humano; en la ciencia médica; sólo en la fuerza de las máquinas; sólo en la fuerza de la voluntad y la capacidad de trabajo humanas; sólo en el poder que, tiene el dinero de conseguir cosas, etc.. Y sabemos que, todo lo material que el ser humano posee también es dado por Dios. Pero no nos debemos olvidar que, hay otra dimensión y esa es la espiritual que, proviene de Dios y no debemos ponerla en segundo lugar.

 

Dios quiere que vivamos una vida nueva. Somos muchos los que, ya lo estamos haciendo. Hay otros sin embargo que, aunque llevan décadas de iglesia, todavía no han dado el paso de poner en primer lugar a Dios en todas las áreas de su vida y permitir dejar actuar al poder de Dios en su vida. Tú sabes que Dios además de darte la salvación quiere que lleves una existencia bendecida en todos los aspectos ya en esta tierra, todo eso depende de tu fe y de tu confianza, en aquellas cosas como dice la Biblia: “Por eso, no nos fijamos en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”.

Que Dios pueda darte la bendición de la fe y la confianza ingenuas que te permitirán ya saborear la experiencia de un Dios que bendice ya en esta tierra. Amén.

 

 

 

 

 

El buen pastor

 

Misericordias Domini

El buen pastor

Misericordias Domini- 2do. Domingo después de Pascua

 

 

“El Señor es mi pastor; nada me falta.

En campos de verdes pastos me hace descansar;

me lleva a arroyos de aguas tranquilas.

Me infunde nuevas fuerzas

y me guía por el camino correcto,

para hacer honor a su nombre.

 

Aunque deba yo pasar por el valle más sombrío,

no temo sufrir daño alguno, porque tú estás conmigo;

con tu vara de pastor me infundes nuevo aliento.

 

Me preparas un banquete

a la vista de mis adversarios;

derramas perfume sobre mi cabeza

y me colmas de bendiciones.

Sé que tu bondad y tu misericordia

me acompañarán todos los días de mi vida,

y que en tu casa, oh Señor, viviré por largos días”. Salmo 23

 

A.T.: Dt 18:15-19

Ep.: 1 Pe 5:1-4

Evangelio: Jn 10:11-16

 

Este salmo tiene un valor poético y emotivo muy grande para la mayoría de los cristianos, es casi como una especie de Credo; y a la vez es uno de los más hermosos de la Biblia. Y la hermosura de este salmo radica en que, vemos expresados con claridad, el amor y la promesa concreta de ayuda de parte de Dios.

El Salmo 23 posiblemente haya sido un himno cantado por la comunidad. Expresa una verdadera confesión de fe y de confianza en Dios.

Quien ora en este salmo lo hace como si Dios fuera un pastor de ovejas que, le ofrece con esmero su cuidado y protección; y la segunda parte describe a Dios como un gran anfitrión que agasaja a su invitado con un magnífico banquete.

La idea de Dios como un pastor de su pueblo se deriva de que antiguamente se consideraba al rey, como un pastor de su pueblo; y hay muchos pasajes del Antiguo Testamento que  describen a los reyes así.

El oficio de pastor, es apacentar al rebaño en pastos tiernos y aguas mansas, confortar en el cansancio y guiar por senderos apropiados, la vara y el cayado del pastor infunden confianza y aliento en el rebaño pues son elementos de guía, defensa y protección.

Al final Dios como un anfitrión se nos describe con símbolos de solidaridad y comunión.

 

El significado principal de este salmo, o el núcleo del mismo lo encontramos en el versículo 4: “No temo sufrir daño alguno, porque tú estás conmigo”.

Bien claro se expresa en este himno la protección y cuidado de Dios, frente a nuestros miedos.

Y en esta día, quiero hablar sobre nuestros miedos y del antídoto que existe para el miedo.

Hoy podemos pensar aquí, cuáles son nuestros miedos concretos. Pensemos, tomémonos unos segundos para pensar, cuál es nuestro miedo hoy o nuestros miedos. Algunos pueden pensar, yo no tengo miedos. Bien, puede ser que, no tengas muchos o que no sean tales, en este caso, es únicamente porque estás poniendo en práctica las enseñanzas que se desprenden por ejemplo de este salmo: no deberás tener miedo porque Dios está contigo.

Algunos otros, la gran mayoría, admitirá tener problemas en su vida hoy que, se expresan por medio del sentimiento negativo que llamamos miedo.

No quiero hoy referirme al miedo, aquel que, más que nada es prudencia, o precaución que, nos sirve para conservar la vida y manejarnos sensatamente por ella. Llámese: cuidarse del tránsito cuando manejamos, cuidarnos de los peligros ante animales salvajes, cuidar de nuestra economía para poder vivir una vida bien administrada y sabia. Cuidarnos de llevar una vida sana, alimentarnos bien y hacer ejercicio. Esos no son miedos, esos son cuidados necesarios y reales que, me evitan conflictos. Hoy quiero hablar de los miedos irreales o imaginarios que, son aquellos que nos ocupan el tiempo mental y nos hacen preocuparnos y no poder disfrutar de la vida. Una definición del diccionario dice que, el miedo es: una perturbación angustiosa del ánimo. Perturbarse es trastornar la quietud o el sosiego. Angustiosamente significa: con tristeza, con sufrimiento, con preocupación. En una palabra podríamos decir que, el miedo es una preocupación que, me quita la felicidad.

No quiero hoy que me lo digan, pero ¿Quién podría decir hoy que no se preocupa? ¿Nos preocupamos a diario por las cosas?, o un pregunta más profunda aún, somos en verdad felices?

Si respondemos que sí nos preocupamos, entonces eso no está bien. No está bien porque preocuparse, significa ocuparse de pensar constantemente en acontecimientos negativos que, aún no han tenido lugar. Y de alguna manera aunque, aún no hayan tenido lugar, estamos preparando el terreno con nuestros pensamientos y sombrías perspectivas para que estas cosas sí puedan llegar a suceder. En Job 3:25 se dice: “Lo que más temía, me ha sucedido”. Job después de maldecir y preocuparse, le sucedió lo que declararon sus palabras. Y nuestro Señor Jesucristo dice: “Que se haga con ustedes conforme a su fe” (Mt 9:29). Lo sepamos o no, lo creamos o no, lo que expresamos con nuestra lengua, tiene sus consecuencias. De alguna manera son como ‘oraciones’ que pregonamos al aire, ‘confesiones de fe’ que dejamos libres. Lo bueno es poder discernir : qué tipo de confesiones de fe estamos liberando y en nombre de quien las hacemos. Cuando nos preocupamos, estamos haciendo declaraciones negativas sobre nuestra vida que, tendrán sus consecuencias correspondientes.

El miedo que proviene de la preocupación, no conduce, ni sirve para nada. No es un pensamiento cristiano, aunque muchos cristianos se preocupen. Porque está denotando miedo. Y ese miedo es inseguridad. Es la inseguridad que se siente acerca de lo que estamos imaginándonos (pues la preocupación es una imaginación) aquello que todavía no tuvo lugar, es decir que aún no existe. La preocupación es una falta de confianza en Dios. Falta de confianza en que, Dios se ocupará de nosotros de nuestras situaciones difíciles no resueltas que, nos provocan sufrimiento. Es una falta de confianza en el poder de Dios sobre nuestras vidas. Y si tal falta de confianza existe es porque no hay aún una fe cimentada en el señorío de Dios. No estamos ejercitando la confianza diaria en Dios. Al no confiar nos encontramos separados de Dios y de las promesas que él tiene para nosotros. Y una de las promesas más bellas, se expresa a través de las palabras del salmo 23, cuando dice: “No temo sufrir daño alguno, porque tú estás conmigo”. Esta falta de fe, en todo caso, es lo que llamamos pecado. Peca aquel que está separado de Dios, aquel que no deposita su fe en Dios, por más que diga que es cristiano. La falta de fe es un acto de separación de Dios y a la separación de Dios la llamamos pecado. Por tanto podríamos concluir que, quien no confía en Dios, está pecando contra él.

Y nosotros no queremos ser llamados pecadores, en este sentido, es por eso que queremos comenzar a confiar en él.

 

La pregunta más importante que, puede surgir de algunos de nosotros quizás sea: ¿Cómo hago para confiar en Dios, si mis miedos, mis preocupaciones mis angustias son tan profundas?

En primer lugar: debemos pedir perdón a Dios por no confiar en él, aunque quizás no fuimos conscientes que, estábamos pecando cuando nos preocupábamos.

En segundo lugar: Admitir el sentimiento de angustia y perturbación que nos producen nuestros miedos, eso sí es algo real. Admitir que estamos preocupados y que nos preocupamos a diario, aunque lo queramos disfrazar delante de la gente y delante de nosotros mismos. No ser hipócritas. Como una mujer que conocía que, le gustaba aleccionar a la gente sobre el tema de la preocupación y la confianza en Dios, pero en su vida familiar y en su intimidad era un fiasco. Pues vivía una vida torturándose por sus preocupaciones y molestando y amargando a su familia con su doble personalidad. La hipocresía también es un pecado que hay que confesar.

Luego de haber confesado nuestros pecados y de reconocer el sentimiento de dolor y de ansiedad que, nos produce el miedo y la preocupación, y en tercer lugar, hacer la siguiente oración:

Señor quiero confiar en ti. No sé cómo se hace para confiar, pero quiero decir, como lo decía Martín Lutero: “Fortalece Oh Dios mi fe y mi confianza en ti”.

Y en cuarto lugar: comenzar a dar gracias a Dios porque él está fortaleciendo mi fe, porque él está ya contestando o dándonos la mejor de sus respuestas a nuestras oraciones que, tienen que ver con nuestras preocupaciones.

Sabemos que Dios es un Dios que quiere bendecir abundantemente y sin escasez. Y quiere hacerlo en todos los sentidos. Pero para ello, primero debemos dejar que él nos bendiga con fe y confianza en él. Elevemos nuestros brazos al cielo y pidámosle a Dios que, podamos soltar todos nuestros sentimientos de miedo, angustia y depresión y pueda entrar en nosotros su Espíritu Santo que nos ungirá con fe y confianza. La mejor manera de ejercitarnos en la confianza, es hacer este acto práctico, dinámico, de soltar, liberarnos de lo que nos separa de él. Y comenzar, no tanto a pedir por lo que necesitamos sino más bien a agradecer por lo que ya tenemos y agradecer por lo que él ya está en camino a darnos. Ese es un acto de confianza, totalmente contrario al miedo que, nos sí nos separa de Dios.

“No temo sufrir daño alguno, porque tú estás conmigo”. Que esa sea nuestra confesión en este día que, podamos soltar aquello que nos aterroriza y nos impide poder tener una comunión con aquel Dios que dice también: “El Señor es mi pastor; nada me falta”. Amén.

 

El nuevo nacimiento

Domingo Quasimodogeniti

 

Como los niños recién nacidos

“Busquen, como los niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por medio de ella crezcan y sean salvos” 1 Pedro 2:2

 

Salmo 116:1-9

A.T.: Is 40:26-31

Epístola: Col 2:12-15

Evangelio: Jn 20:19-29

 

 

 

Para la predicación del día de hoy, he elegido el texto de 1 Pe 2:2 que da origen al nombre tradicional de este primer Domingo después de Pascua: “Quasimodogeniti”, las primeras palabras en latín de dicho versículo (Como niños recién nacidos: ‘Quasi modo geniti -infantes’-).

Somos como bebés. Por lo menos en un sentido figurado. Y así como niños recién nacidos busquen la leche espiritual, así nos habla la palabra de Dios. Somos bebés y tenemos que procurar con voluntad la leche, así como un niño de pecho sano sabe dónde buscarla.

 

¿Cuál es entonces ese sentido figurado de leche? “Leche espiritual”, así figura en la Biblia versión Reina-Valera Contemporánea. “La leche pura de la palabra” dice la traducción Nueva Versión Internacional. Si buscásemos una traducción literal podríamos decir “la leche que tiene que ver con la palabra”. Y a partir de allí podremos tener una idea de a qué se refiere con ‘leche’: se trata de la palabra de Dios. Y tiene que ver especialmente con la palabra de Dios hecha carne en la persona de Jesucristo y su buena noticia de salvación, el evangelio. Ese evangelio debemos buscar, como los bebés buscan la leche materna. Allí está todo lo que necesitamos para vivir como cristianos y crecer en la fe. Así como también la leche materna contiene todos los nutrientes que los niños de pecho necesitan. Esa leche pura, la leche de la palabra de Dios, no está adulterada. No está diluida con sabiduría humana o pensamientos críticos, ni con disparates, ni con omisiones, ni con intrepretaciones tergiversadas o forzadas, ni endulzada de forma artificial. Qué mal cuando los cristianos ansían encontrar esa leche y sólo reciben una infusión aguada, o algún tipo de historietas graciosas y reflexiones que, nada tienen que ver con el evangelio de Jesucristo. Esto puede conformar a un bebé por un rato, pero no podrá alimentarlo y mucho menos lograr que crezca.

 

Pero volvamos al tema de la leche no adulterada. Con esta imagen podemos ver que, la palabra de Dios es más un alimento que, una información. Que yo les predique siempre a ustedes desde este púlpito siempre el mismo Evangelio de Jesús, el salvador de los pecadores, no quiere decir que, lo hago porque ustedes son personas limitadas y es por eso que todo los domingos hay que predicarles para que aprendan. No, no es así. Cada domingo queremos proporcionar más bien la mamadera de la leche de Dios, si me permiten la expresión. Pues estoy convencido que, ustedes la necesitan, todo cristiano la necesita. Porque de otra manera la fe no podría crecer. Porque de lo contrario comenzaría a pasar hambre. Que la palabra de Dios es alimento para la fe lo vemos bien claro en el sacramento del altar. Pues la fuerza de la Santa Cena radica en la palabra que, habla del pan, como cuerpo y del vino como la sangre de Jesucristo. A esto lo comemos y lo bebemos y así crecemos en la fe. Busquen la palabra de Dios, busquen la palabra de la Biblia y las predicaciones; busquen la Santa Cena. Esto es lo que Jesús les quiso decir a sus discípulos cuando les motivaba con aquellas palabras de: “Toma y come, y toma bebe en memoria de mí”.

 

Muchas veces he escuchado gente que me decía: ¡Yo no voy al culto, pero yo rezo en mi casa y así mi fe también va a crecer!. ¿Puede la oración fortalecer la fe? Pensémoslo bien: orar es hablar con Dios, a veces es hasta clamar a Dios. Y tomemos la imagen del niño de pecho: ¿El llanto del bebé, llega a satisfacer su hambre? No, el llanto por sí solo no le satisface, pero la madre sí escucha el llanto y viene con la leche, de esa manera el niño se llena. Lo mismo pasa con la oración: Clamamos a Dios por ayuda y fortalecimiento de la fe y ahí el Señor se nos muestra con su palabra y sacramento en comunidad, con su alimento para la fe. ¡Y por supuesto que tenemos que tomarlo!. En cambio si pedimos y clamamos a Dios pero, no tomamos esa leche, ese clamor no sirve para nada. Dos son las cosas que debemos mantener: nuestra oración, y el ‘buscar’ de la palabra de Dios, que es la leche. Nuestro obrar y el obrar de Dios deben estar siempre claramente diferenciados, sino creeremos que sólo por medio de nuestra oración y la propia fe podremos transitar hacia el camino de la salvación. No, es Dios sólo, el que lo hace por medio de Jesucristo y la ‚leche‘ del evangelio.

 

“Busquen, como los niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por medio de ella crezcan y sean salvos”, así lo anuncia el apóstol Pedro. Puede ser que, él haya pensado en los recién bautizados y recién convertidos que, precisamente recién habían ingresado al reino de los cielos cuando, dice recién nacidos. Claro que podemos preguntarnos, si no es que también esto se está dirigiendo hacia nosotros que, somos cristianos desde hace años o incluso décadas. ¿No somos nosotros más vale veteranos que, niños recién nacidos? ¿Tenemos realmente que ‘crecer’?. En el caso de niños pequeños lo podemos admitir, ¡pero en el caso de adultos, más vale queremos “adelgazar”! ¿No es que no somos ya más bebés, también en un sentido figurado?

 

La respuesta puede ser sí y no. Sí, somos y seguimos bebés, en cuanto a lo que tomar se refiera: durante nuestra vida entera tenemos que buscar la leche de la palabra de Dios, recibir bien y a menudo del evangelio.

Y este recibir debe ser de forma pura, inocente, infantil, con fe, en la confianza básica de Dios, así como la confianza nata que tiene un bebé hacia su madre. Los pensamientos inteligentes, la razón, el escepticismo, son más bien un obstáculo, cuando se trata de aceptar la palabra de la cruz. Y quien haya crecido sólo por medio del ejercicio de la razón y sólo la lógica humana, deberá otra vez volver a ser como un niño inocente. Y en relación a ello dice la palabra de Dios: “De cierto les digo, que si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de los cielos” (Mt 18:3).

En lo que tiene que ver con recibir el evangelio, la fe y la confianza, allí deberemos permanecer siempre como bebés o llegar a serlo. Sí, en este sentido somos bebés.

 

Pero en otro sentido, debemos dejar atrás nuestro estadio de bebés espirituales. Tenemos que madurar y mejorar cada día en nuestro seguimiento de Jesucristo. Tenemos que crecer en conocimiento y sabiduría. Tenemos que aprender a conducir nuestra vida en responsabilidad delante de Dios y de la gente. Tenemos que testimoniar a otros sobre nuestra fe, tenemos que transmitir nuestro testimonio a las siguientes generaciones. Tenemos que enseñar y ser ejemplo para los demás. Debemos también aprender a diferenciar  los distintos espíritus. Debemos ser capaces de reconocer el falso discurso de lo que es de Dios y poder también rechazarlo. Debemos a aprender a luchar la buena batalla de la fe. Tenemos que ser astutos como las serpientes. Pero para todo esto que es poco infantil, se necesita madurar. Tenemos que llegar a crecer y ser adultos en la fe.

Dicho en pocas palabras: Donde no se trate de la escucha del Evangelio sino de la vida en la fe, allí, durante el transcurso de los años, no tendremos que permanecer como inocentes e infantiles.

 

También eso tiene que ver con el estudio de la Biblia y no ser perezosos y superficiales en ese sentido. Y esto no contradice el hecho que, debemos aceptar con la fe de un niño todo lo que escuchamos y aprendemos. En la epístola a los Hebreos se dice con un suave reproche a la gente que, ya hace años eran cristianos: “Aunque después de tanto tiempo ya debieran ser maestros, todavía es necesario que se les vuelva a enseñar lo más elemental de las palabras de Dios. Esto es tan así que lo que necesitan es leche, y no alimento sólido. Pero todos los que se alimentan de leche son inexpertos en la palabra de justicia, porque son como niños”. (Heb 5:12-13).

Cuando somos confrontados por nuestro texto de predicación, entonces reconocemos bien claro que, en un sentido seguimos siendo bebés y que tenemos que pedir la leche, y en otro sentido crecer y exigir alimento sólido.

 

 

Infantil en desear el Evangelio y en confiar en Dios, adultos en el entendimiento de la palabra y en la vida de seguimiento. Como se hace para conjugar estas dos cosas, para eso nos puede ayudar el ejemplo del reformador Martín Lutero. El fue un hombre de una gran erudición, un fuerte luchador en la fe, un maestro ejemplar, un cristiano maduro, un teólogo que podía ponerse a la altura de los grandes cerebros de su época en teología y en filosofía. Y sin embargo su fe y su anhelo por el Evangelio era más bien ingenuo e infantil. Cuando encontraba algo escrito en la palabra de Dios, trataba de tomarlo de la forma más sencilla, aún si la razón humana le ponía obstáculos. Y yo diría que Martín Lutero pudo hablar de sí mismo cuando en una interpretación de un salmo de la doctrina del Evangelio dijo:

„Son gente inocente e ingenua que, son iguales a los niños sin uso de razón, es decir que, sin tener en cuenta las cuestiones de la razón, se aferran y aceptan la Palabra con una fe simple y se dejan guiar por Dios como si fueran niños. Esos son los mejores alumnos y profesores en el reino de Cristo”.

Y a eso añado: Que la paz de Dios que, sobrepasa nuestro entendimiento guarde nuestros corazones y nuestras mentes en Cristo Jesús. Amén.

 

La fuerza elevadora de Dios

 

Resurreccion

Domingo de Pascua de Resurrección

 

Ana elevó esta oración:

«Mi corazón se alegra en el Señor;

en él radica mi poder.

Puedo celebrar su salvación

y burlarme de mis enemigos.

»Nadie es santo como el Señor;

no hay roca como nuestro Dios.

¡No hay nadie como él!…

»Del Señor vienen la muerte y la vida;

él nos hace bajar al sepulcro,

pero también nos levanta.

El Señor da la riqueza y la pobreza;

humilla, pero también enaltece.

Levanta del polvo al desvalido

y saca del basurero al pobre

para sentarlos en medio de príncipes

y darles un trono esplendoroso”.

 

1 Samuel 2:1-2.6-8ª

 

Salmo 118:14-24

Epístola: 1 Co 15:1-11

Evangelio: Mc 16:1-8

 

 

 

De seguro que, alguno de nosotros habrá subido ya a alguna de estas torres altísimas, como la que se encuentra en Toronto. Al subir con el ascensor las personas no se dan cuenta de la aceleración y la gran velocidad vertical que, desarrollan estos ascensores. Es un movimiento impresionante: se lo percibe en el estómago, o se lo siente en los oídos y cuando el ascensor frena, el cuerpo es un poco más liviano de lo normal. La persona que se interese por las características técnicas se dará cuenta que, allí se esconde un poderosísimo motor eléctrico.

 

A este ascensor se lo puede comparar con la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, si me permiten la comparación. A pesar de esa “fuerza de gravedad” de la muerte, Jesús vuelve a la vida y se eleva de la tumba y lo hace ya al tercer día. Hoy podemos decir que, lo celebramos en tiempo real. Anteayer Viernes Santo, un culto solemne con melodías no muy alegres, así como también es nuestra costumbre de poner paramentos de color negro y no colocar flores en el altar. Y hoy, todo es blanco y las canciones y las letras son alegres, tuvimos un festivo desayuno de Pascua y hoy un culto donde los ánimos se muestran más alentados. El día más triste y el día más alegre del año de la iglesia, se encuentran bien cerca el uno del otro. Si observamos la diferencia anímica que, nos evocan ambos días, podemos compararlo con un ánimo que se eleva, cual la velocidad de uno de estos ascensores: del subsuelo de la tristeza al mirador de la alegría. ¡Nuestro Señor ha resucitado, aleluya! ¡Ya no está más muerto, ya no está más en la tumba, sino que vive! ¡Pero qué movimiento hacia arriba más grandioso!

 

“Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta”, así dice nuestro texto de predicación. Esta palabra del Antiguo Testamento ha sido confirmada y cumplida con el milagro pascual. De esta manera, podemos darnos cuenta qué es lo que sería el arriba y el abajo: a los fallecidos se los deposita en tierra; su mundo es por tanto ‘abajo’, allí se puede decir está el reino de los muertos; allí es donde está la oscuridad, allí es la noche. Arriba, por el contrario, es el día, está la luz, arriba está la vida, arriba está Dios. La pascua es por así decirlo el ascensor milagroso de Jesús que va para arriba, hacia la luz. A la “resurrección” le llamamos el  milagro más poderoso que tira para arriba.

 

Pero la Biblia no habla sólo de la resurrección por sí sola, sino también de que Jesús fue levantado, resucitado. No sólo es que “Jesús resucitó”, sino que también: “Dios lo resucitó”. Así es como se formula en nuestro texto, de la promesa pascual del Antiguo Testamento: “Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta”. Allí estamos, por así decirlo junto a ese enorme y poderosísimo motor del ascensor. Es el Padre en los cielos que, ha sacado a su Hijo de la tumba y la muerte, él con su gran poder de vida, con su poder creador, con su omnipotencia. La pascua nos permite sorprendernos de lo que es capaz de hacer Dios.

 

Es por eso que, no tenemos que dejar de lado que, su poder actúa en ambas direcciones. Es decir no sólo va para arriba sino también para abajo. Y lo mismo pasa con el motor del ascensor: tira para arriba y conduce hacia abajo. Y nuestro texto de predicación no lo omite: “Del Señor viene la muerte…; él nos hace bajar al sepulcro…”. Algunos no se percatan de esto. La resurrección es un milagro de Dios, pero la muerte, ¿No es acaso algo natural? Para ir para arriba, se necesita fuerza, pero para ir para abajo, no es que se encarga de ello sólo la ley de gravedad?. Pero pensemos en la muerte de Jesús: ¿Quién permitió que Jesús muera? ¿Los soldados romanos que crucificaron a Jesús? ¿O Poncio Pilatos que condeno a Jesús? ¿O los fariseos que llenos de odio planeaban matarle? ¿O Judas que lo traicionó? ¿O él mismo que a pesar del peligro prefirió no obstante entrar en Jerusalén? Detrás de todas estas razones terrenales, se encuentra la razón última y esta es Dios mismo. El Padre Celestial había determinado que su Hijo debía morir, es por eso que él lo envió al mundo. Es decir: “Del Señor viene la muerte…; él nos hace bajar al sepulcro…”

 

Y hasta nuestros días es así. La última causa de la muerte de una persona no es la debilidad senil, o la enfermedad terminal, o la incompetencia de los médicos, o el mal cálculo cuando se quería sobrepasar a un auto, o la bala mortal del asesino, la última causa es siempre Dios que, ha determinado la muerte como consecuencia del pecado en nuestro mundo. Otra vez: “Del Señor viene la muerte…; él nos hace bajar al sepulcro”

 

Pero el también hace volver a la vida, él hace que nos elevemos de entre los muertos. Así lo hizo con Jesús y de esta manera mostró que también lo hará con toda la humanidad. Quien pertenezca a Jesús, deberá una vez “descender a los infiernos” (como dice nuestro Credo Apostólico), es decir al lugar de los muertos, pero Dios lo resucitará para tenerlo en su gloria celestial. Ese es el tan preciado mensaje de Pascua para nosotros hoy. Así como ese maravilloso suceso que ocurrió hace dos mil años, es el mensaje de vida del Evangelio para hoy. Y no comienza a obrar recién después de nuestra muerte. No. Si creemos en Jesús, la fuerza resucitadora de Dios comienza ya ahora a obrar en nuestras vidas.

 

Eso será bien evidente, cuando seamos conscientes de las palabras del Antiguo Testamento que, hoy estamos compartiendo: “Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta”. Había una vez una mujer que, no le había ido tan bien en la vida. Tenía por cierto, un buen marido, pero no podían tener hijos. Esto hacía que cada tanto se enfermara. Además tenía una enemiga que, se burlaba desconsideradamente de su infertilidad. La mujer oraba a Dios, y finalmente Dios le respondió y le concedió un hijo. Ella estaba tan feliz que, le compuso un salmo de alabanza. El salmo habla de cómo Dios por medio de su poder puede cambiar las cosas que, nosotros consideramos son ‘imposibles’ de cambiar. Las mujeres estériles tienen hijos, los ricos se hacen pobres, los pobres se hacen ricos, los desposeídos asumen el poder, los príncipes son derrocados. Y precisamente en ese contexto tiene que ver la palabra del profeta con la cual reflexionamos hoy para con la resurrección de Cristo:  “Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta”. La mujer que había orado, se llamaba por cierto, Ana y su hijo se llamaba Samuel a quien pertenece el libro de la lectura para hoy.

 

Así, esto se relaciona de forma bien personal, con nosotros, con nuestra vida.

Quizás pueda tener semejanzas con la vida de Ana, en cuanto a esperar la respuesta a nuestra oración. Quizás más de uno de nosotros tenga hoy más un espíritu de Viernes Santo que de Pascua de Resurrección. Quizás te encuentres bien por lo bajo, en cuanto a ánimos se refiera, golpeado, deprimido, tirado por el piso. Escuchas la palabra desde lo profundo, desde allá abajo. Pero, hoy es Pascua y tú Señor está ya resucitado. Y Dios es todopoderoso, un poderoso motor que te quiere levantar, llevar fuerte para arriba. Eso es lo que él hoy quiere hacer contigo. Así lo muestra el testimonio de Ana, y lo que más que nada quiere mostrarlo es la resurrección de Cristo. Dios te quiere otra vez arriba, él te quiere levantar, subir, poner por lo alto que, tengas otro ánimo, que cambies tu ánimo que, vuelvas a poner la vista en el horizonte. Pídele a él, confía en él y ten paciencia. ¡Y no olvides que lo que la Pascua significa es que tu Señor ya ha resucitado!

 

Es verdad que, hay que atravesar el valle de tinieblas. No importa cuánto ánimo te haya dado Dios en esta vida, llegará el día en el que él te llevará hacia abajo hacia el lugar de los muertos. Pero no, porque él te quiera dejar abandonado allí. No, es por otro motivo. Por el mismo motivo por el que tuvo lugar el Viernes Santo y tuvo Jesús que morir en una cruz: porque eso pertenece al plan de Dios. Y después de la Pascua es que nos damos cuenta de ello. Es sólo por ese motivo que, tendrás que ir una vez hacia abajo para que Dios pueda subirte luego definitivamente hacia arriba, bien arriba, al cielo donde el Señor resucitado, a ti también estará esperándote. “Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta”.

Que la Paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guarde vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús, Señor nuestro. Amén.